Mostrando entradas con la etiqueta quejas ciudadanas. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta quejas ciudadanas. Mostrar todas las entradas

martes, 8 de mayo de 2018

365 QUEJÍOS (9): ¡PERO QUE PASA CON TANTO BAR DE CHINOS…!



Hasta ahora, aquel que quería zamparse un rollito de primavera, un chop-suey con gambas, un pollo agridulce o un pato laqueado, no tenía nada más que irse al restaurante chino de la esquina y por un módico precio saciarse. Igualmente, quien deseaba una herramienta de baja calidad, un cacharro de cocina poco sofisticado o un juguete para el Terminator de turno, solamente tenía que ir a un “Todo a 100” chino y ahí sabía que podría hacerse por unos pocos euros con unas objetos que prácticamente quedarían inservibles a poco de estrenarlos. Nos habíamos habituado a eso y lo dábamos como normal. Así que no me quejo de nada de todo ello.

El problema es que China tiene, más que cualquier otro país del mundo, una población excedentaria y sus dirigentes están contentísimos con que abandonen las fronteras nacionales y se busquen la vida en cualquier otro país del mundo. Por aquello de las reglas no escritas de la globalización, parece como si China tuviera la venia para exportar cualquier volumen de inmigrantes vulnerando las leyes nacionales de inmigración, especialmente en algunos países como España. Por otra parte, estos nuevos recién llegados cobran salarios de miseria, pero, de manera increíble, han conseguido hacerse con miles y miles de bares en todas las ciudades españolas. No han cambiado apenas la decoración, intentan servir lo mismo que antes y hacer como si nada hubiera cambiado.

De dónde llegan los capitales para pagar los traspasos de los bares, es un misterio que nadie parece interesado en explorar. Y sería interesante. Pero lo cierto es que, un buen día, en cientos de barrios de esta España entristecida y cuernilarga, uno va a tomar el café con leche de todas las mañana y se encuentra con que, en lugar del camarero que conocíamos desde siempre, nos encontramos con un chino hermético que apenas conoce las palabras: “café con leche”, “café solo”, “cubata”, “cerveza” y poco más. Los nuevos camareros de estos bares no parecen haber seguido ningún curso de “manipulador alimentario”, ni desde luego han salido de las aulas de ninguna escuela de hostelería. Y ahí están. De eso me quejo.

Las tapas les llegan por catering. Si antes podía identificarse por el sabor un bar propiedad de gallegos o de andaluces, si en los bares de extremeños el jamonaco partía con la pana, e incluso las cazuelas de habas a la catalana podían encontrarse en muchos bares del reino de Puigdemont, lo cierto es que ahora, se tome la tapa que se tome, en la provincia que sea, si detrás de la barra hay un rostro chino, todas saben igual y todas parecen haber salido de la misma factoría.

ME QUEJO DE QUE INCLUSO NUESTROS BARES ESTÁN PERDIENDO LAS SEÑAS DE IDENTIDAD. Se dirá que es el signo de los tiempos: globalización, mundialismo y clientela poco exigente.

Es así, pero no necesariamente debería serlo. De hecho, no es bueno que así sea. La mayoría de bares chinos tienen a un personal contratado subpagado. Ni les interesa hacer clientela, ni les interesa nada de lo que pueda interesar a los clientes. Sin olvidar que, buena parte de los que están al  otro lado de la barra –vale la pena recordarlo, y me resisto a llamarlos “camareros”- apenas sabe hablar castellano. Aquí tenemos otra muestra de empobrecimiento de la vida urbana (de la urbana y de la rural, porque nos hemos encontrado bares chinos en pueblos del interior de apenas 100 habitantes).

El cliché étnico y el tópico dice que los chinos son “guarros”. No sé si será cierto o no e incluso afirmarlo podría ser delictivo en esta España políticamente correcta, paraíso del pensamiento único. Pero la fama de “guarros” les acompaña y contribuye a disuadir a muchos, entre ellos a mí, de frecuentar bares con chinos al otro lado de la barra. Además, de tanto en tanto, me gusta conversar con el camarero. Sobre todo si lo veo todos los días. No me gusta tener a un chino hermético al que sé de sobras que no le importo nada, ni que comparte nada de aquello que me pueda interesar.
Los hijos del mandarinato tienen poco que ver con los hijos de la Vieja Europa.

¿Boicot a los bares chinos? Si quiero un restaurante indonesio, tengo un restaurante indonesio; si quiero cocina balinesa, seguro que encuentro algún local y si me apetece un kebab como los servidor en Siria o en Ankara, no faltarán. PERO COMO MUESTRA DEL ABSURDO DE LA MODERNIDAD Y DE LA GLOBALIZACIÓN, SI EN EL ENSANCHE BARCELONÉS, EN EL BARRIO EN EL QUE NACÍ, QUIERE UNAS TAPAS ESPAÑOLAS ¡¡NO LAS ENCONTRARÉ!! 

A cambio, eso sí, tendrá decenas de bares en donde me servirán el mismo café aguado, la misma ensaladilla rusa amazacotada, olivas del mismo sabor, cubatas de garrafón, todo eso sí, servido con expresión hermética. Ni siquiera podré discutir de Lao-Tsé o de Confucio con el que está al otro lado de la barra: porque apenas le interesa otra cosa más que el juego y los culebrones chinos, es hijo de su tiempo, ni siquiera de la China de siempre.

Me quejo de todo eso: de que ni siquiera los chicos de los bares son los descendientes de los constructores de la Gran Muralla o los educados en las filosofías contemplativas.

¿BAR CON CHINOS? SERÁ TU BAR, NO EL MÍO.


domingo, 6 de mayo de 2018

365 QUEJÍOS (7): ¿POR QUÉ NO LE PINTAS EL CULO A TU PADRE?



Vaya por delante que soy un gran admirador del arte urbano y que allí donde voy procuro fotografiar los grafitis de más valor artístico. He visto grafitis memorables en Montréal y Québec, los he visto portentosos e imaginativos en Lisboa, en Praga, en Budapest, en Edimburgo e incluso uno de mis hijos fue contratado para realizar varios grafitis por esos mundos de Dios. Pero, una cosa es hacer, más que “grafitis”, pinturas murales de más o menos calidad, lo que podríamos llamar “arte urbano” (impermanente por definición), y otra muy diferente ir emborronando paredes, trenes, metros y muros con firmas, con inscripciones gilipollescas o con imágenes simplemente mal concebidas y peor ejecutadas. De todos, sin duda, pintar los transportes públicos es una de las muestras más palpables de que hay mucho memo suelto por ahí. Ayer, sin ir más lejos, a las 3 de la madrugada un grupo de estos payasos apedreó en Barcelona un tren cuando estaban haciendo pintadas en la estación de Plaza de Cataluña. Porque, además, estos tipos creen que tienen el derecho a ensuciar paredes y transportes. Me resisto a llamarlos “grafiteros”. Se quedan en simples EMBORRONADORES.

Mi queja, de todas formas, no va contra ellos. De hecho, soy perfectamente consciente de que toda sociedad tiene una tasa de tarados que va en aumento. Y cada especialidad de estos tarados, hace solamente aquello que sabe hacer. Es, incluso, de agradecer que los “emborronadores” de este nivel sean sinceros y nos digan a través de sus “murales”: “soy un pobre diablo, no sé ni siquiera pintar, no tengo criterio artístico, sentido estético, ni sirvo para nada más que para pulsar un spray, ahí lo podéis ver, y por cierto, esta es mi firma”. Tanta sinceridad merece cierta compasión.

No, de lo que me quejo es de que desde hace más de una década, esta costumbre procedente de lo peor de lo peor de Nueva York (ciudad en la que, por lo demás, hay grandes muralistas y grafiteros y por la que ha pasado, entre otros notables, del género, Banshee), no tenga cabida en el código penal y no sea considerado como delito. ¿Para qué sirve el parlamento si no legisla? ¿Y para qué sirve el otro parlamentito autonómico si es incapaz de ver cómo están los transportes públicos de deteriorados por unas pocas docenas de pobres diablos que creen que así “afirmarán su personalidad”, en lugar de evidenciar sus carencias? Respuesta obligada: un parlamento que no legisla es como un jardín sin flores, miserable y deprimente, triste e inútil. Y lo mismo puede decirse a los ayuntamientos  que –como el de Barcelona- por boca de la Colgau se limitan a declarar “inaceptables” estas prácticas grafiteras… pero se niegan a tomar medidas, no sea que deba ejercer su autoridad…

¿Es un delito pintar las paredes? En mi época sí lo era. Si pintabas un muro con una consigna política y te pillaban, te podían acusar de una colección de delitos que te hacían arriesgar algún que otro año de cárcel. Hombre, tampoco es eso, pero si se  trata de atajar esta epidemia a la vista de la cretinización creciente de sectores de la juventud, víctimas del sistema de enseñanza, de la ausencia completa de escala de valores. No pido que pintar una pared o un transporte público: LO QUE PIDO ES QUE QUIEN LO HAGA ESTÉ OBLIGADO A LIMPIARLA, ESA Y CUALQUIER OTRA QUE EXISTA EN LA CIUDAD.

Porque se trata de restablecer la normalidad e incluso la belleza de barrios y transportes públicos (ya se sabe que los futuristas amaban la velocidad de trenes y vehículos) y alguien lo tiene que hacer. LO QUE ESTOY PIDIENDO ES:

1) Que se utilice esa tupida red de cámaras instaladas por todas las  calles, en los subsuelos, en los garajes, en las estaciones, para IDENTIFICAR A LOS EMBORRONADORES.

2) Para imponer a estos payasos la OBLIGACIÓN DE REPARAR LO QUE HAN EMBORRONADO (limpiando con cargo a su patrimonio: si tienen dinero para comprar sprays, tienen dinero para costearse legías, trapos y medios para limpiar)

3) Extender esa obligación a cualquier otra “firma” que hayan dejado por la ciudad.

4) El principio debe ser: el que emborrona, limpia; el que genera un gasto a la ciudad, paga ese gasto, el que molesta a sus vecinos debe compensarles.

5) Ya que se consideran una “tribu urbana” hay que tratarlos como tal: “aunque no sea tuya, esta basura la limpias tú”.

No creo que haya otra forma de combatir a estos emborronadores (que, por lo demás, siempre han demostrado ser muy agresivos).

Quizás alguien crea que se podría añadir la oferta de cursos gratuitos de formación artística. No, desengáñense, el nivel artístico de los emborronadores es cero. Ni sirven, ni servirán, como pintores, ni artísticos, ni industriales. Dudo incluso que sirvan para algo, ni-nis por derecho propio y para siempre.