El extraño caso de Jeune Europe como
paradigma
El título de este capítulo puede
sorprender: “extraño”, implica algo distinto a lo habitual, a lo que es normal
o natural, y, en sí mismo, contiene algo que resulta extraordinario o
inexplicable que causa curiosidad, interés o sorpresa. Tal fue el impacto que generó
la irrupción de Jeune Europe en los distintos países en los que estuvo
presente. El mismo fundador de la organización, Jean Thiriart, después de la
desintegración de la misma, paso al silencio y a ejercer su profesión de
óptico, para volver a sorprender reapareciendo en los años 80 con declaraciones
que siguieron sorprendiendo hasta el momento mismo de su muerte.
Es difícil describir a la persona “Jean
Thiriart” (su seudónimo) se cuidó de que apenas se publicaran más datos sobre
él que los facilitados por él mismo y mucho más aún al doctrinario (en
distintos momentos de su vida fue neo–fascista, nacionalista, colonialista,
anti–colonialista, europeísta, neo–fascista, nacional–bolchevique,
maquiavelista–leninista–jacobino, tercerista, euro–asista) que atravesó por
tres etapas muy diferentes a las que aludiremos (especialmente a las dos
primeras) en este estudio.
Jean Thiriart es él mismo, el resumen del
tema de este Dossier: todo depende de la fecha a la que nos refiramos,
encontraremos a Thiriart en una u otra posición. Era la actitud propia, no
solamente de un espíritu inquieto, sino también de una personalidad
suficientemente aguda como para percibir que “algo falla” en cada actitud que
adopta, y que, por razonada que sea, no logra avances visibles sobre el plano
político y eso le impulsa a no detenerse allí y seguir formulando nuevas
teorías. Y así hasta el momento mismo de su muerte. Esto hace que su evolución
fuera difícil y tortuosa para quienes decidieron situarse en su estela. Para la
mayoría de ellos –para nosotros mismos– siempre hubo un momento en el que ya no
estuvimos en condiciones de seguir sus cambios de posición, ni su progresivo
reduccionismo geopolítico.
Sin embargo, siempre tuvo atractivo para nuevas generaciones, inquietas como
él, y deseosas de discurrir por caminos poco trillados. Es cierto que, a partir
de la segunda mitad de los años 60 y hasta nuestros días, era preciso mirar
toda su evolución empieza a percibirse una “ruptura” y una brecha en su
pensamiento que él justificó en nombre del “realismo”, pero que, en realidad,
lleva por otro camino muy diferente: vive de ilusiones más que de realidades.
Cuando volvió a salir a la superficie,
Thiriart –especialmente en 1982– gustaba presentarse como un “doctrinario de lo
racional, un doctrinario del materialismo”, añadiendo: “No me apego
sistemáticamente a una opinión, sino a un método de pensamiento. Este método es
el del materialismo científico (…) Estoy a favor de la investigación inductiva
opuesta a la especulación ideológica”.
No era este mismo planteamiento el que tenía veinte años antes cuando Jeune
Europe se encontraba en el momento más álgido, ni lo que había suscitado la
adhesión de unos miles de jóvenes esparcidos por toda Europa. Unas líneas antes
de estas citas, Thiriart recordaba que se le había prohibido entrar en Suiza,
Francia, Inglaterra y Austria y, significativamente, mencionaba que, en cambio,
había recorrido Transilvania mochila al hombro y la República Democrática
Alemana.
Estos textos están separados apenas por 10 líneas y, sin embargo, al
“materialista científico” no se le había ocurrido pensar que, si podía entrar
en Rumania o en la Alemania comunista, y no en Francia o en Inglaterra, era
porque nunca había tratado de lanzar su movimiento en estos países, nunca había
realizado críticas a sus regímenes y en cambio había mantenido iniciativas y
relaciones, como mínimo, problemáticas en algunos países occidentales. Era algo
elemental, pero en esa época (1982), Thiriart había pasado a admirar a
cualquier país que permaneciera en el bloque comunista y a odiar todo lo que
tuviera que ver con “Occidente”, entendiendo como tal, el bloque ubicado en
torno a los EEUU.
El problema de Thiriart es que no puede
estudiarse su papel, su evolución y su figura, sin atender a su compleja y casi
indescifrable personalidad. En las dos horas que duró la entrevista que mantuve
con Thiriart (acompañado por Enrique Moreno y Joan Colomar) en el Hotel
Majestic (en 1991, apenas seis meses antes de su fallecimiento), pude comprobar
que todo lo que me habían contado de él, habitualmente, admiradores, era
cierto: autoritarismo,
falta de empatía y sutilidad, un ego excepcionalmente desarrollado acompañado
de cierto narcisismo, maniqueísmo (o se estaba con él o se estaba contra él y
quien estaba contra él era tachado de “tonto”, “loco”, “primitivo”,
etc.). A lo largo de la conversación, se empeñaba en mostrar una superioridad
intelectual, no reconoció absolutamente ningún error en la conducción de Jeune
Europe y solía atribuir cualquier fracaso a otros.

Era, ciertamente, una personalidad
complicada de tratar. En alguna ocasión, especialmente, al inicio de nuestra
conversación, aportó algunos datos que, me consta, no correspondían a la
realidad (concretamente, sus relaciones con el Coronel SS Otto Skorzeny durante
la Segunda Guerra Mundial) y que, sin duda, tenían como intención impresionar a
unos “jóvenes” como nosotros. Me habían advertido antes –y no precisamente un
adversario político, sino Yves Bataille, fundador de Lutte du Peuple, uno de
los más próximos a la teoría de Thiriart desde principios de los 70, que fue
con Yannick Sauveur a Bruselas para entrevistarse con él en 1973–, que era
mejor leer sus obras que conocerlo personalmente.
La conclusión que saqué de aquel encuentro
es que era muy difícil que una personalidad así pudiera ser el líder de un
movimiento político a escala continental, como el que pretendió crear. Él mismo
se definía en aquella época como “doctrinario”. Lo era, pero también asumía el
liderazgo de la organización. En lo que a mí se refiere, siempre he reconocido
que “el primer Thiriart”, el autor de ¡Arriba Europa! ,
influyo extraordinariamente sobre toda una generación que aceptábamos y nos
reconocíamos en el calificativo “neo–fascista”. Y, como siempre, los años, la
evolución del propio Thiriart, el conocimiento de lo que era la lucha política,
marcó algunas distancias, pero siempre hemos mantenido en un lugar privilegiado
de nuestra biblioteca el libro que leímos en 1968 y que nos ayudó a superar un
plano estrictamente nacional y asumir una “dimensión europea”.
Algunos datos sobre Jean Thiriart
Todo lo que se sabe sobre el nacimiento,
la infancia y la juventud de Thiriart, está recogido en la obra del que fuera
partidario de sus teorías Yannick Sauveur.
La tesis de Sauveur sobre Thiriart contiene muy pocos datos sobre su vida y en
su libro Qui–suis je? Thiriart, escrito en 2016, tampoco aparecen nuevos datos biográficos
relevantes (salvo los relativos a su profesión de optometrista y su
participación en asociaciones europeas de esta especialidad). Otro tanto ocurre
con la obra de Lorenzo Disogra dedicada a Thiriart. Sin
embargo, es posible reunir algunas informaciones dispersas aquí y allí que
resultan significativos.
Thiriart
declaró a Sauveur que su familia era “pequeño–burguesa con una orientaci
ón
anticlerical y liberal de izquierda”. Su padre, nació en 1883 y su madre,
luxemburguesa, en 1898. En las muy escasas ocasiones en las que Thiriart
hablaba de su juventud en el curso de entrevistas, se autodefinía como “autodidacta”
y con provisto de “una gran curiosidad intelectual”. Montesquieu,
Rousseau y Voltaire, fueron sus lecturas de cabecera a los 16 años.
Thiriart
revela algunos de estos datos a mediados de los 70 a Sauveur y en 1982 a Gil
Mugarza, que le sirven para describir un ambiente familiar de izquierda
burguesa que “calificaba positivamente a la URSS”, con lo que convertía
en lógica su adhesión a la “izquierda socialista y antifascista en su
juventud”. Se ha escrito que militó en la Jeune Garde Socialiste y en la
Union Socialiste Antifasciste, aunque por
la edad, debió de tratarse de una militancia episódica, sin ninguna repercusión
real, casi a título de currículo.
En efecto, en
1939, cuando comienza la Segunda Guerra Mundial, Thiriart tiene 17 años. Los
datos biográficos de este período escasean. Porque si, su compromiso con la “izquierda
socialista y antifascista” fue a los 16 años, no termina de entenderse el
dato de que trabajase con “Theodore Kassemeier, director del Der Deutsche
Fichte–Bund” . Vale la
pena dedicar unas líneas a esta organización.
Fundada en
1914 como Reichsbund für Deutschtumsarbeit, su ideología era “völkisch”.
En los años 20 cambió el nombre por el de Deutsche Fichte–Bund y se
convirtió en uno de los motores del Ministerio de Ilustración Pública y
Propaganda, orientado para influir en la opinión pública internacional. Durante
la República de Weimar, esta organización se preocupó especialmente de combatir
las consecuencias para Alemania del Tratado de Versalles y defender la
inocencia alemana en el estallido de la Primera Guerra Mundial. Buena parte de
los panfletos, circulares y folletos que editó eran de carácter antisemita. A
partir de 1940, el Fichte–Bund abrió oficinas en países ocupados y
financió iniciativas locales de carácter “colaboracionista”. Los cuatro
puntales de distribución de esta propaganda fueron Hamburgo, Viena, Praga y
Biarritz. Buena parte de este material pasaba por puertos españoles. En 1945,
la organización fue declarada en el Tribunal de Nuremberg como “influenciada
por el nacionalsocialismo” y, por tanto, el personal que había ocupado cargos
en ella debía de ser “examinado cuidadosamente”.
No se
entiende como Thiriart buscó el contacto con esta organización en 1939, cuando
solo unos meses antes militaba en “la izquierda socialista y antifascista”,
si bien es cierto que, una de las publicaciones que distribuía eran los
cuadernos de La Joven Europa, Hojas de los Combatientes de la Juventud
Estudiantil Europea, publicadas a partir de 1942. Esta
revista se publicó en 14 idiomas, colaboraban plumas destacadas de cada país y,
seguramente, influyó en Thiriart cuando tenía 20 años. Pero, tanto en el caso
de su relación con Kessemeier y con el Fichte–Bund, como en el de la
revista La Joven Europa, Thiriart se muestra remiso a facilitar datos.
Sin embargo,
desde los años 60, se publicó en toda la prensa que Thiriart, durante la guerra
había colaborado con el movimiento Les Amis du Grand Reich Allemand
(AGRA). Esta asociación había sido creada en 13 de marzo de 1941, impulsada por
la delegación de la SIPO–SD en Bruselas.
Llegó a tener 2.500 afiliados en el otoño de 1942, especialmente en Lieja, en
un 80% de origen proletario. Thiriart justifica su adhesión alegando que la
AGRA había sido creada para “contrarrestar la presencia del movimiento
conservador católico Rex”. Y es rigurosamente cierto que los alemanes
crearon esta asociación para tratar de influir en el Rex, el partido fascista
mayoritario, pero cuando se inició la Operación Barbarroja, Leon Degrelle optó
por adherirse a la campaña antibolchevique y la AGRA pasó a ser una
organización que colaboraba en la distribución de propaganda alemana. El emblema
de la AGRA era la “rueda solar”.
No hay dudas
sobre la participación de Thiriart en las actividades de la AGRA, que le
costaron la detención el 2 de octubre de 1944 y su encarcelamiento en la
prisión de Saint–Gilles por “delito contra la Seguridad del Estado en virtud
del artículo 118bis del Código Penal Belga”, castigado con la pena de muerte con la que se “castiga
a todo aquél que haya contribuido a la transformación de instituciones o
personas jurídicas a través de la acción del enemigo, que haya socavado la
lealtad de los ciudadanos al rey y al Estado en tiempos de guerra o que, a
sabiendas, sirviera a la política o los planes del enemigo”
. En febrero del 46 todavía se encontraba en Saint–Gilles
. El proceso se vio el 5 de mayo de
1947. Cuando salió se inicia el primer período sin informaciones sobre sus
actividades, aunque todo hace pensar que se dedicó a su profesión de óptico. En
1959 sería rehabilitado.
Las influencias intelectuales (reconocidas o no)
Al llegar a este punto, las
biografías de Thiriart (o los artículos a él consagrados) pasan a la biografía
intelectual. Resaltan la importancia que tuvieron en su cosmovisión las figuras
de Carl Schmitt
, Konrad Lorenz, Edward H. Carr
y Alexandr Zinoviev. Es Thiriart quien habla de la
influencia que estoy autores tuvieron en su obra, pero no dice nada de otros
que nos parecen demasiado evidentes como para ignorarlos.
Contrariamente a lo que se tiene tendencia
a pensar, antes de la Segunda Guerra Mundial, Europa ya vivió un primer impulso
“europeísta” de la mano del Conde Coudenhove Kalergi
y de su proyecto de “Pan–Europa”. La radicalización de las relaciones entre
Francia y Alemania a partir, especialmente de 1935, impidió que esta primera
aproximación europeísta pudiera concretarse. Sin embargo, las ideas de
Coudenhove–Kalergi causaron mucho impacto en la Europa de las entre–guerras y
en todos los países europeos aparecieron “comités” favorables a la idea.
Ciertamente, en muchos aspectos, las ideas de Thiriart y las de Coudenhove–Kalergi
no son totalmente coincidentes, pero en los momentos en los que el Thiriart
adolescente intentaba forjar sus criterios políticos, no podía permanecer ajeno
a este proyecto que cristalizó en la creación de la Unión Paneuropea en 1938.
Y, en cualquier caso, con posterioridad a la guerra, sus ideas fueron
recuperadas por los impulsores de la Comunidad Económica Europea.
En la Conferencia Paneuropea de 1939, se
trató de definir un “patriotismo europeo”. Los miembros de esta organización
eran pacifistas, no se llamaban a engaño y, a partir de finales de 1938, fueron
conscientes de que Europa caminaba hacia un nuevo conflicto. Sostenían que la
Primera Guerra Mundial había quitado protagonismo a los Estados europeos y que,
a partir entonces, ninguno de ellos, en solitario, lograría recuperar un
protagonismo internacional, a menos que se “pusiera fin a la soberanía
ilimitada de los 30 Estados europeos” y se constituyera un bloque único
europeo. El resultado de esa conferencia se parece extraordinariamente a las
ideas defendidas por el “primer Thiriart”: no a una Europa alemana o pivotando
en torno a cualquier otra potencia europea, sino un Europa unitaria, federada
siguiendo el modelo suizo, rechazo del modelo de dominación capitalista y del
modelo bolchevique, defensa de los valores tradicionales, todo ello para asegurar
la paz, pero también el renacimiento de Europa que debe estar a la cabeza de
las naciones. Igualmente, existen simetrías entre la crítica que realizó
Thiriart a la Comunidad Económica Europea (a la que consideraba como el “menos
malo” de todos los intentos de unificación continental)
y la opinión vertida en 1966 por Coudenhove–Kalergi en el Xº Congreso
Paneuropeo de Viena, donde se mostró a favor, pero lamentó la lentitud de sus
avances.

A diferencia de Thiriart, Coudenhove jamás
descendió al terreno del militantismo político, su tarea se limitó a la de ser
el doctrinario de Pan–Europa y difundir esta idea entre las élites
intelectuales a partir de los años 20. Algunos miembros de la derecha nacional
alemana y del movimiento de los jóvenes conservadores que, posteriormente a la
llegada de Hitler al poder, ingresaron en el NSDAP y pasaron a ser funcionarios
del Ministerio de Asuntos Exteriores, incorporaron estas ideas a la del “Nuevo
Orden Europeo”.
Ya hemos visto que el Thiriart
“colaboracionista” durante la Segunda Guerra Mundial, debía conocer las ideas
propagadas por la embajada alemana en Bélgica y a través de qué entidad: según
estas ideas, la “cruzada contra el bolchevismo” había favorecido el despertar
unitario de fuerzas en toda Europa que se reconocían en la necesidad de
liquidar el foco de propagación del marxismo, la URSS. La camaradería, la
sangre común vertida en el frente del Este, en donde combatían legiones de
todos los países europeos, contribuiría, después de la guerra, a afirmar el
destino común de todos los pueblos de Europa. La propaganda alemana insistió
mucho en esta temática, especialmente, entre 1942 y 1945. Es fácil que Thiriart
se hiciera eco de ella y confirmara sus intuiciones juveniles.
Pero en Bélgica, en esos mismos momentos
en los que el joven Thiriart se estaba formando de manera autodidacta, existían
otros movimientos intelectuales que iban en la misma dirección. Por una parte,
un sector de los “no–conformistas”
de los años 30, especialmente el grupo formado en torno a la revista L’Ordre
Nouveau, y muy en concreto, dos de sus miembros, Armand Dandieu y Robert
Aron, publicaron en 1931, lo que puede ser considerado como el primer
manifiesto antiamericanista escrito en Europa: Le Cancer américain.
El movimiento “no–conformista” francés
tuvo un especial impacto en la Bélgica francófona que contó con Raymond de
Becker
como principal animador. Aunque de Becker tuvo relaciones, especialmente, con
Emmanuel Mounier y era el representante en Bélgica de la revista Esprit,
otra de las tendencias “no–conformistas”, en la práctica, estuvo siempre más
próximo a las ideas del grupo L’Ordre Nouveau. Thiriart y De Becker,
sufrieron, por lo demás, el mismo destino: condenados por colaboracionistas,
pasaron varios años encarcelados. Es posible que, en algún momento se
conocieran, o que Thiriart, antes o después de la guerra, hubiera leído las
obras de este grupo del que prácticamente no volvió a hablarse hasta la
aparición del estudio de Loubet del Bayle en 1969, del que se hizo eco Jean
Touchard inmediatamente.
En alguna ocasión, los “no–conformistas” de L’Ordre Nouveau intentaron
un primer esbozo de “colaboración intereuropea” con los disidentes alemanes del
NSDAP, poco antes de la subida de Hitler al poder. Parece bastante claro, en
cualquier caso, que la orientación anti–americana de Thiriart estuvo presente
desde los primeros momentos, así pues, es lícito pensar que, como mínimo,
conocía la obra de Aron y Dandieu, Le cancer américain.
Thiriart no debió atribuyó, ni a
Coudenhove–Kalergi, ni a los “no–conformistas”, ningún peso en su formación
intelectual, pero es innegable, en cualquier caso, que la forma de ver el mundo
del “primer Thiriart”, tiene innegables concomitancias con estos dos
movimientos y, por supuesto, con las ideas expresadas por la propaganda alemana
sobre el “Nuevo Orden Europeo”, a través de la revista La Joven Europa.
Antes de Jeune Europe: el CABDA y el
MAC
Desaparecido tras su puesta en
libertad, Thiriart se dedicó a la óptica en los años de la postguerra. No será
sino hasta julio de 1960, cuando vuelva a salir a la superficie. A partir de
ese momento, entramos en el período que podemos definir como “el primer
Thiriart” y que se prolongará durante los cuatro años siguientes.
El Estado Belga había firmado, quizás
demasiado ligeramente, la Carta de las Naciones Unidas, cuyo artículo 73,
propugnaba la “autodeterminación de los pueblos”. Era, claro está, una excusa
de los “dos grandes” para desmantelar los restos de los imperios europeos y
promover la creación de nuevas naciones en las que les fuera fácil penetrar
económica y políticamente en sustitución de los antiguos países colonizadores.
La pérdida de Indochina supuso para Francia la sensación de que ya no era un
gran imperio, de la misma forma que la interrupción de la operación anglo–francesa
sobre Suez en 1956, por presiones de los EEUU, les terminó de convencer de que
su papel político internacional había terminado y que no les quedaba más
remedio que ceder la preeminencia a los EEUU.
Cuando tiene lugar la crisis de Suez,
Bélgica ya se sentía presionada para que concediera la independencia del Congo,
pero ninguno de los gobiernos que se sucedieron entre 1945 y 1956 dieron
prioridad a esta iniciativa. Las fuerzas políticas belgas, sabían que,
finalmente, tendrían que acceder a la independencia, pero no terminaban de
ponerse de acuerdo, ni siquiera en elaborar un plan a medio y largo plazo. En
1956, finalmente, el gobierno belga adoptó un plan que preveía la
descolonización entre 1980 y el año 2000. Sin embargo, el hecho de que otros
países europeos estuvieran procediendo a la independencia de sus colonias
africanas y las revueltas que se produjeron en el Congo en enero de 1959,
acortaron estos plazos. Finalmente, la fecha se fijó para el 30 de junio de
1960. El vasto territorio no tenía conciencia de nación, ni disponía de una
élite nacional capaz de ponerse el frente. De hecho, no existía ni un solo
universitario nativo. Bélgica cumplió su palabra, pero, desde el primer día,
estuvo claro en el discurso de Patrice Lumumba, primer ministro de la República
Democrática del Congo, que habría “ajustes de cuentas” con los antiguos
colonizadores. Las cosas se complicaban además por la existencia de una
República del Congo, antigua colonia francesa que también llegó a la
independencia en las mismas fechas. Ambos países, se distinguían por sus
capitales respectivas, Leopoldville y Brazzaville.
Desde el primer momento, la
independencia del Congo belga resultó conflictiva. El 6 de julio de 1960 se
produjo un motín en Leopoldville, dos días después tuvieron manifestaciones muy
amenazadoras contra los belgas que habían decidido permanecer en el país tras
la independencia. El día 9, comandos paracaidistas belgas tuvieron que
intervenir por primera vez en Kabalo para liberar un tren de refugiados belgas
bloqueados por la policía congoleña. Ese mismo día, en la metrópoli, se
formaron dos comités distintos para “defender a los europeos de África”. Al día
siguiente 3.000 personas se manifestaron en Bruselas para pedir la intervención
militar en el Congo e impedir la masacre de europeos que se preveía. Uno de
estos comités era el CABDA, Comité d’Action et de Défense des Belges d’Afrique,
con sede en el café Tanganyka de Etterbeek, cuyo propietario era un antiguo
colono del Congo.
Desde el principio, el CABDA demostró
ser bastante más radical en sus objetivos y en sus métodos que el otro comité
rival (el Rassemblement pour la Défense des Belges au Congo, RDBC). El CABDA, no
ocultaba que su intención iba mucho más allá que lo proclamado por su sigla. Se
proponían “destruir el sistema de partidos y sustituirlo por un gobierno de
salvación nacional, dirigido por el Rey”.
Sus miembros parecían tener prisa en
aprovechar la crisis congoleña para generar en la metrópoli un movimiento de
opinión contrario a la partidocracia belga. Tras este planteamiento se descubre
un procedimiento similar al “método de masas” leninista: “llevar lo particular
a lo global”. Sabían que la descolonización generaría
la repatriación de miles de refugiados europeos y aspiraban a convertirlos en
los nuevos militantes de la lucha contra la partidocracia, pues no en vano, la
indecisión y los errores de los partidos eran considerados como responsables de
la catastrófica descolonización. La primera manifestación convocada en
Molsbroeck para el 17 de julio se limitó a una distribución callejera de
panfletos. En la segunda, el 21 de julio, las cifras de asistencia dadas por la
prensa oscilaron entre 300 y 600 asistentes, cifras, como se ve, muy modestas.
El nombre de Thiriart no aparece en
estos primeros documentos. En realidad, el CABDA está formado y dirigido por
antiguos prisioneros políticos, resistentes antialemanes, encarcelados entre
1940 y 1944 y por miembros de la extrema–derecha monárquica. Será uno de estos,
M. Fourneau, editor del Cri du Peuple, revista monárquica belga de los
años 50, el que figurará como “editor–responsable” del boletín semanal del
CABDA, Belgique–Congo, cuyo primer número aparecerá el 21 de julio de
1960. El programa del CABDA se reducía a cuatro temas:
“1. El gobierno debe ceder su puesto
a hombres que no estén nunca comprometidos en las lamentables maniobras de los
pretendidos “partidos nacionales”.
2. Todos los poderes deben estar en
manos del Rey, el único árbitro válido.
3. La ONU es Kruschev. La ONU es
Nasser. La ONU es Lumumba. Impidamos que la ONU nos robe el Congo.
4. El ejército belga debe intervenir
masivamente, ante todo en Leopoldville”
En general,
la lectura de los boletines Belgique–Congo, indica que los sucesos de
Argel y la actividad de los contrarios a la independencia de Argelia, marcaron
a fuego su estrategia y su actividad. Los partidos de la derecha, tomaron estas
actitudes como “provocadoras”, en especial el Rassemblement National (RN),
partido cristiano que defendía un “liberalismo tradicionalista” y promovía
entonces una “confederación belga–congolesa”. Este partido, en cambio, apoyó al
otro comité rival, el RDBC.
¿Quiénes eran
los “radicales” del CABDA? Se conocen sus nombres: Fourneau, editor, como hemos
dicho, de la revista monárquica Cri du Peuple; Louis Gucuning, antiguo
miembro del VERDINASO, autor de la
Carta al Rey que fue distribuida masivamente como panfleto por los
miembros de la CABDA; René Dilen, antiguos redactores del semanario Septembre,
el presidente de la Union
Nationale des Croix de Feu (excombatientes francófonos de la Primera Guerra
Mundial). Incluso en antiguo rexista, Jean Robert Debbaudt,
pero el nombre de Thiriart no aparece como dirigente. No fue sino hasta que se
inició la aventura de Jeune Europe, cuando empiezan a aparecer en distintos
medios de prensa, las relaciones de Thiriart con el CABDA:
“La CABDA había surgido como una reacción
contra la política gubernamental con respecto a la cuestión del Congo y sus
objetivos eran el de apoyar al gobierno katangueño y derrocar al gobierno belga
de turno. Pero ya algunas semanas más tarde, la CABDA publicaba en el semanario
titulado Congo Belga,
un artículo que bajo el título ‘Argelia y Leopoldville, dos frentes en una
misma guerra, la guerra que Moscú ha desencadenado contra Europa’,
estableció una analogía entre los conflictos de Argelia y del Congo,
relacionados con Europa. Aquel semanario pronto se transformó en Bélgica–África
y la CABDA se dedicó a la política internacional, declarando: ‘Los
financieros anglo–sajones quieren aherrojar Europa… hay que volver la espalda a
la ONU y obligar a los norteamericanos a que abandonen nuestro país… ante la
ONU y la OTAN hemos de guardar a nuestros hijos y también nuestro dinero…’.
Y, por último, emplazaba a todo el sistema a una lucha sin cuartel”.
En estos párrafos se intuye ya la pluma
y/o las ideas de Jean Thiriart. Con todo, hay que reconocer que la importancia
de los dos comités a favor de los repatriados del Congo, fue mínima, incluso en
aquellos mismos momentos: en el período crítico de la crisis –del 9 al 11 de
julio de 1960– no lograron movilizar más de tres mil personas y en las
convocadas por el CABDA, en concreto, apenas 600.
La modestia de estas cifras puede sorprender, dado que la opinión pública belga
era, en la época, mayoritariamente favorable a una intervención militar en el
Congo. Los motivos por los que la acción del CABDA no tuvo el impacto ni las
repercusiones que cabían esperar se debieron, en primer lugar, a que los belgas
repatriados del Congo no se sumaron de manera significativa a estas
iniciativas. Por otra parte, el Estado belga asumió las ayudas asistenciales,
impidiendo que el CABDA se situara en el centro del movimiento de solidaridad
con los colonos repatriados. Además, no solamente el CABDA, sino los grandes
medios de comunicación se mostraron favorables, desde el primer momento, a una
intervención militar en el Congo y privó de razón de ser a estos comités.
Finalmente, tampoco tuvieron líderes conocidos con suficiente talla política
para proyectarse con voz propia sobre la opinión pública. Faltó también
capacidad organizativa para explotar un tema popular y extraer beneficios
políticos, sin olvidar, que el radicalismo anti–partido del CABDA se había
fijado un objetivo excesivamente alto para una proyección tan limitada como la
que tuvo.
El 27 de diciembre de 1961, esto es, casi
año y medio después de la fundación del CABDA, el diario parisino, Le Monde,
publicaba un artículo titulado: “El Movimiento de Acción Cívica no oculta
sus simpatías hacia la OAS, pero tiene poco éxito entre los repatriados del
Congo”.
La aparición de la Organisation de l’Armée Secrète había generado un nuevo
marco político en el área francófona y anticolonialista. Fundada oficialmente
el 11 de febrero de 1961 en Madrid por civiles que se habían exiliado después
de la “semana de las barricadas”
de Argel. El 8 de enero anterior el referéndum de autodeterminación de Argelia
había dado un resultado del 75% a favor de la independencia, lo que supuso un
drama para los colonos franceses que vivían allí y para los argelinos que
habían colaborado con ellos.
A mediados de marzo de 1961, la sigla
“OAS” se había popularizado tanto en Argelia como en la metrópoli: por todas
partes aparecían pintadas son las inscripciones: “Argelia es y seguirá
siendo francesa”, “OAS Vencerá”, “OAS golpea a quien quiere, donde quiere y
como quiere”. Un mes más tarde, una parte del ejército, mayoritario en
Argelia, se sublevó contra De Gaulle, pero no pudo arrastrar al ejército en el
continente.
Tras el fracaso del golpe y en la semana siguiente, resultaron detenidos 200
oficiales y 400 civiles, disolviéndose tres regimientos por su participación en
la intentona. A partir de ese momento, los militares que eludieron la detención
o se exiliaron y que, hasta ese momento, no se habían comprometido con las
siglas OAS, se integraron en la mista. A pesar de que nunca estuvo del todo
unificada, lo cierto es que, a lo largo de 1961 y hasta 1963, prosiguieron los
atentados y las acciones de la OAS. La actividad de la OAS fue seguida
particularmente en la Bélgica francófona y por Thiriart en particular.
La OAS encontró en Bélgica –y
especialmente en Bruselas– un mercado para la compra de armas. A pesar de que
ningún miembro de la OAS encontró refugio durante mucho tiempo en Bélgica (la
mayoría de exiliados optaron por instalarse en España
que, para ellos, constituyó el “santuario”). El período de tiempo transcurrido
entre 1961 y 1963 es rico en episodios internacionales para el neo–fascismo:
son los de mayor actividad en Francia por parte del terrorismo de la OAS que
encuentra puntos de apoyo en España (con Narciso Perales y de su entorno,
especialmente) y en Bélgica. En este último país, además, es el período en el
que algunos miembros de la CABDA intentan ampliar su radio de acción –a la
vista de lo limitado y del escaso crecimiento que les había reportado las
acciones de solidaridad con los repatriados del Congo– y crean el Mouvement
d’Action Civique (MAC). Thiriart, que había permanecido a la sombra durante los
meses en los que la CABDA estuvo en actividad, aparece ahora en primer plano,
ocupando el papel de doctrinario del movimiento y asumiendo su liderazgo. Como
dirigente del MAC, acude a la “conferencia de Venecia” organizada por el MSI
del 1 al 4 de marzo de 1962. Cuando se desvanecieron las esperanzas puestas por
Thiriart en esta iniciativa, es cuando aparece Jeune Europe y empieza su
extensión por varios países europeos.
Vamos a seguir estos tres episodios…
Título con el que se editó en España la obra que en
otros países figura como Un Imperio de 400 millones de hombres (que pasó
a ser el subtítulo en castellano), Editorial Mateu, Barcelona, 1966. Título
original Un empire de 400 millions
d'hommes l'Europe (Bruselas,
Imprimerie Sineco, 1964).
Partido
fascista belga dirigido por Joris Van Severen. Su nombre era la contracción de Verbond
van Dietsche Nationaal- Solidaristen - Unión
de Solidaristas Nacionales). Se conocía a sus miembros como “dinasos”,
especialmente a los miembros de su milicia, uniformada con camisas verdes, la Militanten
Orde (que contó con 3.000 miembros). Prolongó su actividad en Bélgica y
Holanda entre 1930 y 1941. En
las elecciones de 1936, el Verdinaso se presentó formando un frente con otros
partidos flamencos, obteniendo el 13% de los votos y 16 escaños, mejorando
levemente sus posiciones tres años después con un 15% de los votos y 17
escaños. Van Severen fue asesinado, junto con dirigentes rexistas y comunistas,
al iniciarse la campaña alemana en el “frente occidental”. La desaparición del
líder de la organización entrañó una profunda crisis. Algunos “dinasos” optaron
por la resistencia anti-alemana, mientras que el sector mayoritario se unión a
la Vlaamsch Nationaal Verbond
(V
NV, Unión Nacional Flamenca) de carácter
colaboracionista, fundada por Staf de Clercq en 1933.
