domingo, 31 de agosto de 2025

Años 60: la encrucijada del neofascismo (6ª parte) - La fantasía de las "Brigadas Europeas" o la "fantasía armada" de Thiriart


Las Brigadas Europeas o la “fantasía armada” de Thiriart

La idea de organizar unas “Brigadas Europeas” ya la tenía en mente Thiriart cuando escribió Europa: un imperio de 400 millones, solo que, en aquel momento las contemplaba para ¡apoyar la resistencia popular al comunismo en los países del Este! La mencionó a propósito de la revolución húngara de 1956. Pero, la realidad, es que, fuera de los campamentos veraniegos de Jeune Europe en los que se realizaban entrenamientos físicos sin armas de fuego, pero con ejercicios de defensa personal, todo esto quedó en meros proyectos que expuso en el capítulo IV de su obra (La Europa legal contra la Europa combatiente) y en los capítulos VII (Cómo se hará la Europa unitaria), y VIII (Los que harán Europa o el partido moderno).

Y, a decir verdad, en 1968, cuesta trabajo imaginar al presidente Gamal Abdel Nasser, –a quien Thiriart dijo haber presentado el proyecto[1]– interesándose por la idea de unas “Brigadas Europeas”, justo cuando no se había cumplido ni un año del varapalo que recibieron los ejércitos egipcio, jordano y sirio, en la Guerra de los Seis Días. Sin olvidar que, en esos momentos, Jeune Europe, transformada en Partido Comunitario Europeo, estaba reducido a rescoldos en Bélgica y, solamente, mantenía cierta actividad, en su rama italiana. El juicio de Thiriart sobre el presidente egipcio no es menos temerario: “Encontré a Nasser que me decepcionó inmediatamente. Era un hombre teatral. Estoy tentado de decir que era un hombre más de palabras que de actos” [2].

En la web del extinto Partido Comunitario Europeo[3], que dirigió Luc Michel, puede leerse que “nuestro llorado consejero político” (Thiriart) pretendía el “envío de militantes de Jeune Europe al teatro de los conflictos antiimperialistas”, añadiendo que “Roger Coudroy fue uno de los primeros en partir”. El texto en cuestión que justificaría la llegada de “militantes de Jeune Europe” a los “conflictos antiimperialistas” dice así:

"... la lucha armada en el marco de una insurrección antiestadounidense en Europa fue una hipótesis seriamente considerada por Thiriart. A partir de entonces se buscarán los medios para dotar a Jeune Europe de un aparato político–militar y encontrar un terreno en el que entrenarlo y entrenarlo.

Debido al dogmatismo chino y a pesar de la reunión de Thiriart con el primer ministro Chu Enlai en Bucarest en 1966 [ver el parágrafo siguiente], rápidamente dejó de hacerse ilusiones sobre la ayuda de Pekín. Por lo tanto, debe encontrar otros aliados: estos serán los países árabes progresistas que luchan contra el imperialismo sionista israelí y su inseparable aliado estadounidense. Las condiciones son favorables: un movimiento de resistencia palestino incipiente y embrionario; Países árabes humillados por Israel y deseosos de venganza (este sentimiento sólo aumentará después de la agresión sionista de 1967); falta de ejecutivos de alto nivel y muy técnicos; gobiernos revolucionarios, nacionalistas y no marxistas. Por tanto, indudablemente hay un terreno favorable. Queda ocuparlo. Esta será la oportunidad para que Jean Thiriart desarrolle su concepto de "Brigadas Europeas":

 

"La inevitabilidad de un próximo enfrentamiento militar entre Israel y los árabes –todo el determinismo histórico conduce a ello– debería alentar la creación de Brigadas Internacionales reclutadas aquí, en Europa, y destinadas a formar divisiones altamente mecanizadas, altamente especializadas, para ser utilizadas por la ruptura. Lo dije antes: la guerra por la liberación de Palestina nos interesa en el más alto grado porque es una guerra antiamericana. Los nacionalistas paneuropeos deben formar cuadros, probarlos, resolverlos. Una participación militar en la acción por la liberación de Palestina constituiría al mismo tiempo para los árabes un aporte material y moral y para nosotros la ocasión del establecimiento de una formación armada de intervención que seguramente podrá ser utilizada nuevamente después de la campaña de Palestina, en otros teatros"[4].

Se trataba, pues, de crear una fuerza político–militar europea, desarrollada según el modelo de las "Brigadas Internacionales", puestas en marcha por el Komintern durante la guerra civil española (1936–39). Estas "Brigadas Europeas" supervisadas por activistas de Jeune Europe habrían desempeñado el papel de "cubanos europeos"[5] animando la lucha antiamericana en todas partes. "En el marco de una acción planetaria contra la invasión planetaria del imperialismo de los Estados Unidos, es decir en el marco de una acción cuatricontinental contra Washington, es necesario vislumbrar allí una presencia militar europea (...) Esta presencia militar europea, en la propia Europa, es por el momento prematura, pero esta presencia militar puede y debe establecerse en otros teatros de operaciones, en América del Sur y Oriente Medio”.

Thiriart expone claramente las ventajas que espera de esta operación político–militar: "la ventaja para nosotros, los patriotas europeos, sería capacitar sobre el terreno a los cuadros del futuro Ejército Popular de Liberación de Europa. Son esenciales para el establecimiento de un marco militar completamente nuevo. Debemos poder tener experiencias en Bolivia o Colombia antes de hacerlo aquí en Europa. Será de alguna manera el estilo "garibaldiano", uno de los muchos aspectos de la liberación europea. Tan pronto como sea posible implementarlo en suelo europeo, tendríamos así el marco preparado para una acción militar insurreccional y liberadora".

El objetivo de Thiriart es obvio: conducir rápidamente a una acción militar antiamericana, aquí mismo en Europa. “La formación de estas brigadas debe hacerse con un estilo y con estructuras formalmente europeas desde el principio. No se puede hablar de disolver nuestros elementos con otros sino de prestarlos para campañas específicas. Todas estas operaciones estarán orientadas a construir en el teatro europeo una herramienta político–militar debidamente estructurada, supervisada, jerárquica y educada”.

Definido el concepto de estas "Brigadas Europeas", faltaba encontrar el "pulmón" en el que desarrollarlas.

"¿Dónde entrenar a estas Brigadas? En los países que están realmente decididos a romper el imperialismo estadounidense"[6].

Fin de la cita. Y es ahí en donde Thiriart llega a la conclusión de que el “teatro palestino” puede ser un buen lugar para que estas “Brigadas Europeas” realizaran su “gimnasia revolucionaria”.

Vamos a reflexionar sobre lo que acabamos de leer.

Thiriart estaba hablando de “guerra de guerrillas” ¡en Europa Occidental! en 1967–69. Son los años de La Nation Européenne. Ya por entonces, podían formularse serias dudas sobre la posibilidad de que en Europa pudiera desarrollarse algo similar. Ahí estaba la acción de la OAS que lo intentó apenas un lustro antes. Y fracasó. Ahí estaba el Frente Español de Liberación Nacional y el Directorio Ibérico de Liberación que, en los años 60, habían intentado luchar contra los regímenes de Franco y Salazar por la vía del atentado y la “guerra de guerrillas” y sus miembros habían acabado cumpliendo duras condenas de prisión. Ahí estaba ETA, regularmente desmantelada por la policía. En cuanto a la persistencia del IRA se trataba, a fin de cuentas, de una “guerra de religión”. Ejemplos no faltaban, incluso con los mismos estándares de vida que los belgas. Lo que no había, eran garantías de éxito.

De hecho, el nombre de “Brigadas Europeas” remitido a las “Brigadas Internacionales” había sido una mala elección. Estas unidades del Internacional Comunista, con una mayoría de militantes comunistas –y un elevadísimo porcentaje de origen judío, por cierto–, fueron efectivas en operaciones defensivas (especialmente en la defensa del frente de Madrid) y solamente gracias a que la URSS se preocupó de armarlas directamente, desde luego, mucho más y mejor que a las columnas anarquistas o socialistas. Luego, como explica Orwell, los propios estalinistas se preocuparon de purgar de sus filas a otras tendencias[7]. El resultado final, fue pobre y, si vamos a eso, la labor de los “asesores soviéticos” a la hora de asumir la dirección estratégica de la guerra a partir de mediados de 1937, fue bastante más eficiente que la acción de la verdadera “carne de cañón” que constituyeron los desgraciados “internacionales”. No, desde luego, ni el nombre de Brigadas era el más adecuado, ni siquiera respondía a la tradición política de la que –vale la pena no olvidarlo– procedían la mayoría de militantes de Jeune Europe.

Con la distancia que da el tiempo, hay que felicitarse de que Thiriart nunca estuviera en condiciones de implementar estas “Brigadas Europeas”. El doctrinario belga, había olvidado que un dirigente político, digno de tal nombre, no puede embarcar a sus partidarios en aventuras poco o nada meditadas, susceptibles de costarles la vida, sin la más mínima esperanza de obtener resultados, ni absolutamente ninguna garantía de continuidad.

Porque ni Thiriart ni ninguno de sus seguidores habían dado muestras –al menos no existe ningún escrito– en el que meditasen en profundidad sobre “guerrilla urbana” y “guerrilla rural”, sobre “aparato político y aparato militar”, sobre tácticas y objetivos guerrilleros, sobre ningún aspecto técnico, empezando por la viabilidad de querer combatir, no solamente a los norteamericanos en Europa, sino a los gobiernos europeos “aliados” suyos, a sus policías, a sus servicios de seguridad, a sus cómplices, y mucho más, cuando nunca en Jeune Europe existió ni siquiera una red clandestina, ni un equipo dispuesto para realizar atracos (no vayamos a cometer el eufemismo de llamarlos “requisas revolucionarias”) para financiar la propia revista La Nation Européenne, deficitaria y siempre con problemas económicos. En 1967–69, Thiriart no tiene ni un solo escrito en el que demuestra haber meditado más allá de lo que recoge el párrafo que hemos citado antes sobre la lucha armada y la “lucha de liberación nacional” en Europa.

Todos los que nos hemos movido por ambientes radicales sabemos que es frecuente encontrar en ellos lo que podríamos llamar “el fetichismo de las armas”. Cuando conocimos a Thiriart, bromeando, nos dijo que le hubiera gustado escribir un “tratado de psicopatología política”. En el momento en que lo oí, no pude evitar pensar que una iniciativa así podría volverse contra él: esta misma idea de las “Brigadas Europeas” antiamericanas, no dejaba de ser un producto psicológico de la frustración que la había causado la crisis de Jeune Europe, y el no haber podido afirmar su liderazgo dentro de la organización, ni haber podido alcanzar una posición cómoda en la política belga. Parece como si, en esa época, Thiriart hubiera adquirido un “complejo de Asterix” o se viera afectado por un verdadero “síndrome del Capitán Trueno”, consistente en creer que el golpe de mandoble podía resolver los problemas que cualquiera de las vías políticas no estaba en condiciones de resolver.

En la psicología de Thiriart no hay ni una sombra de autocrítica: los fallos en la conducción política de Jeune Europe o de La Nation Européenne, se deben a otros o bien a las situaciones cambiantes a las que es preciso adaptarse. Cuando busca ayuda en el exterior –como veremos– predica la “verdadera vía” y no admite que le den lecciones, ni siquiera Chu–Enlai, primer ministro de un país de, entonces, 1.000 millones de habitantes. Es el Baas, es Nasser, el Chu–Enlai, son los argelinos, quienes se equivocan, nunca Thiriart. Esa falta de autocrítica revela, además, cierta dosis de irrealidad sobre las propias fuerzas, a lo que se une una absoluta falta de habilidad para atraer la atención de los gobiernos elegidos para presentar sus proyectos. Antes bien, pretendió, con aires de suficiencia, dar lecciones de geopolítica a los interlocutores.

Cualquiera que haya mantenido algún tipo de relaciones sociales con “élites” y gobiernos del Tercer Mundo, sabe que no se trata solamente de “vender” un proyecto inteligente al interlocutor, sino además de crear un clima de empatía. Thiriart, con sus modales de profesor emérito, con su altivez y distancia hacia el interlocutor, lograba justamente lo contrario. Y no digamos en una cuestión tan delicada como la propuesta de abrir un “frente guerrillero antiyanqui” en Europa que, en la práctica implicaba embarcar a la propia militancia en acciones “guerrilleras” (que serían presentadas como “terroristas” por los medios de comunicación) que contribuirían, aún más, al aislamiento de quienes sostenían esas posiciones, sin olvidar los riesgos, ni el hecho de que su ya muy escasa militancia ni siquiera estaba advertida de lo que pretendía y proponía.

Aunque sus interlocutores chinos o árabes se hubieran tomado en serio estas propuestas, inmediatamente, acabada la entrevista, habrían consultado con sus propios especialistas, sobre la viabilidad de lo propuesto. Es fácil intuir que un proceso así habría llevado –como de hecho ocurrió en el caso de que todas estas relaciones fueran tal como Thiriart las contó– a cortar cualquier relación entre el anfitrión y el belga que, a todas luces parecía un aventurero en el mejor de los casos y alguien poco serio en el peor.

Para proponer algo tan extremo como la apertura de un “frente guerrillero en Europa” y proponerlo al mundo árabe y a la República Popular China, quien lo propone, debería tener detrás un movimiento político ampliamente extendido en la sociedad (lo que no era el caso de Thiriart que, en aquel momento solo le quedaba la sección italiana de su movimiento paneuropeo) y además, actuar con discreción para evitar que el apoyo a un elemento desencadenante de un movimiento armado en Europa llevara a una escalada diplomática de acusaciones entre los gobiernos europeos y el país elegido como “santuario”. Se precisaba, en cualquier caso, discreción: y esto no era de lo que hacía gala la revista de Thiriart empeñada una y otra vez en mostrarse solidario con la lucha árabe, dispuesta a enviar “brigadas” a Palestina y en cuyas portadas aparecían ametralladoras y armas enarboladas como argumentos… El viejo refrán español tiene razón en sostener que “por la boca muere el pez”.

La propuesta más seria y coherente salida del entorno del Partido Comunitario Europeo, fue realizada, por Thiriart y por Gerard Bordes. Se trataba de un Memorándum a la atención del gobierno de la República argelina. El documento estaba fechado en París el 12 de abril de 1968, y se proponía la “creación de un servicio de informaciones anti–americanas y antisionistas de cara a una explotación simultánea en los países árabes y en Europa” [8]. La propuesta, en sí misma, era viable por dos motivos: uno de ellos, por su realismo, el otro porque la puerta de entrada al gobierno argelino era Gilles Munier, corresponsal de La Nation Européenne en la capital de este país y bien relacionado con su administración. Gracias a Munier, Bordes fue a Argel en abril de 1968, pero no solamente para proponer la creación de ese “servicio de informaciones” (¿periodísticas? ¿de inteligencia y espionaje?) sino que también añadió otras propuestas adicionales como proponer una “contribución europea a la formación de especialistas de cara a la lucha contra Israel” y a la “preparación técnica de la futura acción directa contra los americanos en Europa” [9].

Con una ingenuidad rayana en la candidez, Cuadrado Costa añade: “Sorprendidos por este proyecto revolucionario, los dirigentes argelinos no mantuvieron los contactos que se rompieron inmediatamente”[10]… Es muy fácil intuir lo que ocurrió. Habitualmente, cuando un gobierno recibe una propuesta, cualquiera que sea, incluso de carácter simplemente económico, se preocupa de investigar quién es el amisor. Estamos en 1968. Solamente seis años antes, Thiriart se había manifestado públicamente a favor de la OAS, es decir, en favor de quienes trataron de impedir, con el plástico y los atentados, la independencia de ese mismo país al que ahora, se acudía en petición, no solamente de ayuda, sino para proponer iniciativas problemáticas. Fracasados estos contactos, Thiriart orientó su acción internacional hacia los gobiernos sirio e iraquí en el curso de su famoso viaje por Oriente Medio en el otoño de 1968.

Porque no hay que olvidar que la “lucha armada” que proponía Thiriart para sus “Brigadas Europeas”, solamente podría abordarse, después de una larga preparación previa, en la que el movimiento lograse una implantación social suficiente como para soportar la presión que, inevitablemente, desencadenaría el Estado desde el momento en que se iniciase la “lucha armada”. Si volvemos a las cifras que hemos dado antes de militancia en la red de Thiriart, comprobaremos que el proyecto era, no sólo suicida, sino particularmente falto de realismo.

Thiriart lanza estas propuestas (y, según dice abiertamente la traslada a líderes de países tercermundistas, que, bastante más realistas que él, ignoraron cualquier propuesta en esa dirección), dando por supuesto que tenía detrás tiene a legiones de voluntarios dispuestos a embarcarse en insurrecciones armadas y que contaba con un movimiento capaz de asumir la dirección política del proceso, de aportar militantes y cubrir las bajas que inevitablemente sufre toda iniciativa guerrillera. Pero en ese momento, su red, Joven Europa, hacía ya años que estaba en crisis y había perdido cientos de militantes y secciones nacionales enteras. A pesar del plural que utiliza Luc Michel y Cuadrado Costa en sus textos, explicando que Coudroy era “uno más” de los militantes enviados por Thiriart a los “frentes de lucha”, la triste realidad es que no existió ningún otro en similares condiciones. Dicho de manera mucho más sencilla: estas especulaciones no pasaron de ser divagaciones propias de estrategas de taberna. Podemos imaginar el efecto que debía producir un planteamiento así en interlocutores árabes, palestinos o chinos.

A finales de los años 60, era frecuente encontrar en cada esquina de Europa a alguien capaz de glosar la “heroica lucha del pueblo vietnamita” o “el combate de la resistencia palestina”, incluso “la aventura del Ché en Bolivia” o del “pueblo brasileño contra los gorilas de la dictadura”, “del Black Panther combatiendo al imperialismo yanki en su casa”, etc, etc. Era una época en la que estaba de moda, especialmente entre los diletantes, hablar de “lucha armada”, de “brigadas de combatientes”, de “resistentes”, verter sobre estas temáticas ríos de retórica, párrafos exaltados, fintas literarias desgarradas por el romanticismo y por llamamientos a la “lucha contra el imperialismo” que, aquí, en Europa, apenas eran los ecos de una asamblea estudiantil, de un mitin, o las soflamas de un boletín de extrema–izquierda. Los europeos que se dejaron seducir por tales argumentos y, contra toda lógica, creyeron que la lucha en Europa era parecida a la que tenía lugar entre los arrozales vietnamitas, en la selva congoleña o en el altiplano andino, merecerían un capítulo completo en ese tratado de psicopatología política que Thiriart jamás escribió.

Cuando en los años 70, Europa vivió un terrorismo de extrema–izquierda que golpeó especialmente en Italia y en menor medida en Francia, Alemania, Bélgica, Grecia y España, la “lucha armada” adquirió sus verdaderas dimensiones: puro terrorismo. No hubo nada heroico en el tiro en la nuca, en la bomba colocada furtivamente o en el asesinato accidental del que había elegido un mal momento para pasar por ahí. Muchos radicales de la época, seguramente, habrían firmado la sentencia de Cohn Bendit: “En el western de la civilización, todos merecen la bala que se les dispara”, pero, afortunadamente, muy pocos, la pusieron en práctica. Algunos por cobardía, otros porque el análisis los llevaba a rechazar lo que era un suicidio en Europa, sin ninguna perspectiva política, mero producto de la traslación acrítica de esquemas tercermundistas al primer mundo, copia fácil de estrategias que podían desarrollarse entre arrozales, selvas o altiplanos, pero no en una Europa con una población cada vez más pendiente del progreso económico, el pago de la hipoteca y el desenfreno consumista.

Algunos de quienes lo intentaron no fueron responsables: desconocían los efectos que podía tener la lucha armada, cuando pasa de ser ejercicio retórico a chocar con la realidad, pero eso no vale para Jean Thiriart que ya había dejado atrás las exaltaciones de su juventud y, a poco que lo hubiera meditado, sabía perfectamente lo que suponía emprender esa vía: en primer lugar por la desproporción de fuerzas entre un guerrillero “europeo” provisto de su pistola, y los recursos que el Pentágono, las policías y los servicios de seguridad nacionales tenían a su alcance, lo que, en sí mismo, reflejaba la exacta dimensión del desequilibrio de fuerzas. Y Thiriart lo sabía porque había seguido la lucha de la OAS contra De Gaulle. Ni siquiera un movimiento que gozaba de cierto apoyo popular en la metrópoli y total entre la población europea de Argelia, con oficiales decididos que habían conocido el fuego enemigo en dos e incluso en tres guerras, no pudieron soportar dos años de represión. Thiriart que, en su momento, se había solidarizado con la OAS, tenía forzosamente que conocer que, en el enfrentamiento armado de un movimiento revolucionario contra el Estado, éste siempre tiene en su mano los cuatro ases de la baraja: leyes, represión, logística y efectivos.

Thiriart nunca hizo autocrítica de estas ideas que fueron un triple producto: de sus fracasos anteriores y de vías que se le habían cerrado; de un análisis superficial absolutamente incompleto sobre la situación en Europa en el que la obsesión anti–imperialista era omnipresente; y del “zeitgeist” de la época en la que Vietnam, Palestina, las guerrillas, el Ché eran iconos atractivos para una parte de las masas.



[1] J. Cuadrado Costa, op. cit., pág. 42.

[2] Ibid.., pág. 43.

[3] http://www.pcn-ncp.com/

[4] J. Cuadrado Costa, op. cit., págs. 37-38

[5] Ibid., pág. 38

[6] Op. cit., pág. 39

[7] Sus experiencias en la Guerra Civil española están contenidas en su obra Homenaje a Cataluña, cuya primera edición inglesa data de 1938. La obra puede encontrarse fácilmente mediante programas de intercambio de archivos y en edición convencional en Editorial Debate, Madrid 2011.

[8] J. Cuadrado Costa, op. cit, págs. 41-42

[9] Ibid.

[10] Ibid., pág. 42.