sábado, 5 de julio de 2014
La derecha se equivoca con sus ataques a Podemos
miércoles, 4 de junio de 2014
DOSSIER: Todo lo que hay que saber de Podemos y nadie te contará...
lunes, 2 de febrero de 2026
IRENE MONTERO Y EL “GRAN REEMPLAZO” ¿ESTÁN LOCOS LOS DE PODEMOS? (1 de 2)
El sábado 31 de marzo, en el curso del acto electoral central de
Podemos en Zaragoza, al que apenas asistieron 200 personas, Irene Montero se
despachó a gusto, ante ese pequeña parroquia favorable con frases del tipo "Ojalá podamos barrer de fachas y de racistas
este país con gente migrante", dando como cierta la "teoría del reemplazo",
defendiendo que las personas migrantes desplacen a "vividores" de las
instituciones y anunciando que su próximo objetivo sería conseguir el voto para
los inmigrantes mediante un cambio en la ley electoral. ¿Se ha vuelto loca Irene Montero? No y mil veces
no: fue perfectamente consciente de sus palabras. Sabe lo que dice y el hecho
de que lo diga con modos histéricos y agresivos, no implica que sus palabras
hayan sido el producto de un “calentón” en el curso de un mitin, casi familiar.
Para justificar esto nos vemos obligados a realizar un viaje político y psicológico.
IRENE MONTERO NO ES UNA CAJEARA DE SUPER VENIDA A MÁS
Deshagamos un bulo que ha acompañado a la Montero
desde su lamentable tránsito por el Ministerio de Igualdad. Nunca fue cajera
de un super, lo fue, menos de un año en una tienda de electrodomésticos. No es
una iletrada absoluta: por el contrario: estudio psicología, trabajo como
cajera para costearse sus estudios. Se licenció en Psicología con una nota
media alta, luego realizó un master en Psicología de la Educación en donde sus
calificaciones fueron también superiores a la media y, finalmente, un doctorado
sobre “inclusión educativa” becada e incluso obtuve otra beca -a la que
renunció- como investigadora en la Universidad de Harvard…
No se trata pues de una tonta del bote, como suele
pensarse entre los medios de derecha, ni de una estulta que solamente consiguió
auparse gracias a su relación con Pablo Iglesias. Y esto, vale la pena
tenerlo muy en cuenta para valorar sus declaraciones y sus actos. Porque a
una pobre cajera de super, los prejuicios burgueses tienden a atribuirle una
formación intelectual y política muy escasa (prejuicio absolutamente injusto si
tenemos en cuenta que el mercado laboral español desde hace un cuarto de siglo,
está empleando a licenciados universitarios en tareas modestas y que la
diferencia salarial entre un reponedor de super y un investigador junior del
CSIC no es mucha). De esto, los medios de derecha deducen que Irene Montero no
estaba capacitada para asumir la dirección de un ministerio… En realidad, lo
estaba: pero, a diferencia de un Salvador Illa, filósofo puesto al frente de
sanidad en tiempos pandémicos o de un Abalos, maestro de primaria, puesto al
frente del ministerio de fomento, que no tenían absolutamente ninguna noción de
las tareas del departamento a cuyo frente fueron colocados, todos los estudios
de Irene Montero iban en la misma dirección y, desde que se afilió a las
Juventudes comunistas ya demostró interés por la igualdad, la inclusión y demás.
Ahora bien, su fracaso al frente de Igualdad no
se debió a que lo ignorara todo sobre la materia, sino más bien a su falta de
experiencia en gestión y en lo radical de sus ideas. Y todo esto es
importante para centrar mucho mejor al personaje y a sus circunstancias.
EL ABISMO ENTRE LA IDEALIZACIÓN PODEMITA Y LA
REALIDAD SOCIAL
En este blog ya hemos dicho en muchas ocasiones
que movimientos que empiezan teniendo un gran tirón en la opinión pública,
son arrastrados por sus propios errores, a convertirse en sectas. Esto
suele ocurrir, cuando, tras un período de euforia, el movimiento en cuestión
empieza a confundir sus ideales y apoyos con la realidad social. Suele creer
que el hecho de recibir apoyos, aparentemente unánimes, la sociedad está
predispuesta a compartir unos criterios de los que ellos mismos se consideran “vanguardia”.
Le ha ocurrido a Podemos como le ha ocurrido también al independentismo
catalán.
Yo no he vivido directamente la situación de la
izquierda radical, pero sí conozco perfectamente la evolución y las situaciones
que se dieron en la extrema-derecha durante la transición. La idea que tenían
los miembros de Fuerza Nueva al ver que lograban llenar una y diez veces la
Plaza de Oriente y que el lleno de cualquier mitin convocado en la más alejada
provincia en la que tomara la palabra Blas Piñar, era el signo de que “la sociedad
española” compartía sus puntos de vista. Luego venía, como suele decirse, el
tío Paco con la rebaja y el baño de realismo. El problema con este sector
político, fue creer que la “sociedad sana” estaba con ellos. Ese mismo problema
estuvo presente en la fundación de Podemos.
¿Quién podía negar que, inicialmente, la lucha de
los “indignados” fuera justa? ¿Quién podía negar que, tras el zapaterismo, la
sociedad española estuvo sumida en una crisis sin precedentes que estuvo a punto
de costarnos el ser intervenidos por la UE y que estuvo en el hundimiento cada
vez mayor en la deuda pública? ¿Quién podía no ver que las clases más modestas
eran las que estaban sufriendo más y más esta crisis? Por tanto, una vez más (y
sin que ello suponga plagiar a José Antonio) podemos decir que “el nacimiento
de Podemos fue justo”. Ahora bien…
También he dicho en varias ocasiones que, cuando
me acerqué a los “campamentos de los indignados”, cuando vi de cerca el
movimiento, advertí que allí no se encontraban ni los más desfavorecidos, ni
los más modestos, sino que, sobre todo, estaban presentes marginados sociales,
miembros de minorías en absoluto competitivas, okupas, extranjeros sin oficio
ni beneficio, algún que otro colectivo LGTBIQ+ y poco más. Todo ello
dirigido por un grupo de amigotes de la Universidad, suficientemente
inteligentes como para saber dónde buscar fondos (en fuentes ya secas o poco
menos, Venezuela e Irán), en qué emplearlos y con qué objetivos. Y es muy
difícil hacer de este batiburrillo de marginalidades varias, un movimiento político
coherente y con perspectiva de futuro.
En las primeras elecciones en las que participó Podemos
(las europeas de 2014), la candidatura objetivo un 8% de los votos y 5
diputados. Fue una gran sorpresa. Había nacido a la izquierda un recambio al
PSOE y a IU: una “nueva izquierda”. En las siguientes elecciones, las generales de 2015, redoblaron este
éxito, junto a “marcas” regionales (En Marea, En Común, Compromís): obteniendo
69 escaños, quedando en terca posición, muy cerca del PSOE (Podemos tuvo un
20’66%, mientras que el PSOE quedaba apenas un punto y medio por encima).
Incluso gente habitualmente ubicada a la derecha, votó a las candidaturas de
Podemos por auténtico hastío y -no lo olvidemos- por el contenido de la
propaganda genial y los spots publicitarios que constituyeron el leit-motiv de
la formación.
Acto seguido empezó la crisis. Engañados por su
rutilante éxito momentáneo, los dirigentes de Podemos se confundieron creyendo que
el éxito se debía a las ideas que no habían explicitado completamente en sus
campañas… cuando en realidad, se debía a causas muy diversas: en primer
lugar que esas ideas “auténticas” no habían sido las mostradas en los spots
publicitarios de aquellas elecciones; en segundo lugar que la participación de
Pablo Iglesias en los programas de televisión de Intereconomía, televisión de
derecha-derecha, lo que le dio cierto predicamento entre electores de este
sector político; y, finalmente, en el hecho de que, en su primer fase, Podemos
contara con eficientes colaboradores que creían firmemente en las ideas
antiglobalizadoras y en la necesidad de aplicar una “nueva política”. Pero,
todo ese “capital” se fue perdiendo en los meses siguientes.
Desde el momento en el que Podemos alcanzó su cénit,
se inició también su ocaso. Había demasiada gente en su interior que procedían
de IU y llevaban mucho tiempo esperando en el banquillo su turno. Y este nunca
llegada. Cuando creyeron que había sonado su hora, se abalanzaron como hienas
sobre los puestos de mando, desplazando a “indignados” sin historial previo,
que se habían sumado al movimiento y que, en realidad, constituyeron su columna
vertebral en los primeros éxitos.
A esta lucha por las poltronas, aquellos que
tenían otros puestos de trabajo o unas ambiciones laborales que no estaban dispuestos
a sacrificar por la política, o simplemente, no se sentían cómodas en medio de
luchas por el poder dentro del partido que creían “alternativa a la política de
partidos”, se retiraron sin grandes escándalos, ni escisiones. Los “círculos de afinidad de Podemos” se fueron
vaciando, salvo los pequeños grupos LGTBIQ+, que consiguieron mantenerse. En un
momento dado, se dio la circunstancia de que dirigentes de Podemos que no
sentían el menor interés por estos grupos y que, incluso, sus comportamientos
sexuales y personales, iban en contra de ellos, optaron por cambiar el discurso
y “adaptarse” a lo que quedaba en las bases. Irene Montero no figuraba entre
estos: siempre había sino “feminista” radical y, como hemos visto, llevaba la
idea de la “inclusión” en la sangre.
En las elecciones de junio del 2016, Podemos,
ya muy debilitado, pactó una coalición con sus antiguos hermanos separados, IU,
formado Unidas Podemos, creyendo que así podrían garantizar el "sorpasso"
al PSOE. Pero fracasaron: perdieron un millón de votos respecto a los
resultados obtenidos por ambas formaciones un año antes. Si hasta ese momento,
la crisis había sido interior, a partir de ahora se exteriorizaría.
En 2017, durante el Vistalegre II se produjo la ruptura entre las dos tendencias dirigidas por Iglesias y Errejón. La victoria de Iglesias supuso un giro hacia posiciones más radicales y la salida progresiva de cuadros fundacionales que quedaban en el partido, lo que debilitó la imagen de transversalidad del partido. En 2019, Podemos pasó de 71 escaños a 35: el 50% de pérdidas.
La subida al poder de Pedro Sánchez facilito el
que Iglesias ocupara el cargo de Vicepresidente Segundo del Gobierno de
España entre los años 2020 y 2021, apenas 14 meses, hasta que, jugándose
el todo por el todo, optó por presentarse candidato a las elecciones de la
Comunidad de Madrid, renunciando al puesto en el ejecutivo. Pero, dato importante,
mientras fue vicepresidente, Iglesias también estuvo al frente del Ministerio
de Derechos Sociales y Agenda 2030. El fracaso de Iglesias le forzó a
abandonar la política en 2021 y Podemos, quedó sumido en el vacío y en la
crisis. Le sustituyó Ione Belarra en Vistalegre IV, con 4/5 partes de los
votos. Belarra, también sucedió a Iglesias en el Gobierno como Ministra de
Derechos Sociales y Agenda 2030, cargo que ocupó hasta noviembre de 2023. Durante
un periodo, el liderazgo se dividió entre el control orgánico del partido (que
asumió Belarra) y el liderazgo institucional y electoral dentro del Gobierno,
que recayó en Yolanda Díaz, aunque esta última nunca llegó a formar parte
de la estructura interna de Podemos.
Pero el declive se agravó drásticamente en las
elecciones municipales y autonómicas de mayo de 2023, donde Podemos desapareció
de varios parlamentos autonómicos (como Madrid y Valencia) y perdió casi
todo su poder institucional territorial. A finales de 2023, tras la
formación de Sumar dirigido por las “tres gracias” (Yolanda Díaz, Ada Colau y
Mónica Oltra), Podemos quedó con apenas 4 diputados en el Grupo Mixto.
Poco a poco, el discurso de Podemos se había ido
reorientando, a medida que se agravaba su crisis. Con el tándem
Belarra-Montero en el gobierno, la orientación principal se había centrado en
los derechos LGTBIQ+ (creando, incluso, fricciones con las feministas de la “tercera
ola” del PSOE) y en una denuncia radical de la “violencia sexual” que llevó a
la redacción de la Ley Orgánica de Garantía Integral de la Libertad Sexual,
popularmente conocida como la "ley del solo sí es sí" que
acarreó un efecto absolutamente contrario a sus intención (a pesar de las
advertencias): más de 1.200 reducciones de condena y al menos se
produjeron 126 excarcelaciones prematuras de violadores y agresores
sexuales, hasta el punto de que el PSOE pactó con el PP una reforma de
la ley en abril de 2023 para elevar las penas mínimas en casos de violencia o
intimidación, corrigiendo lo que el presidente Pedro Sánchez calificó como
el "mayor error" de su Gobierno. Pero Irene Montero no dio
marcha atrás: votó en contra de la reforma y aseguró que el problema no era la
ley, sino su “interpretación machista”.
Sánchez que había empezado apoyándose en Podemos, terminó
utilizando a Sumar como muleta, a la vista de la crisis de la organización, de
lo extemporáneo de sus puntos de vista y del rechazo que generaban en el propio
electorado socialista. Y es que,
a partir de los desastres que sufrió Podemos en 2023, el grupo -ya convertido
en una secta- se había refugiado en los temas queridos por las minorías
sexuales. Aquí, Irene Montero solamente fue capaz de repetir una y otra vez,
consignas cada vez más estrábicas: el “niñes”, los derechos de “niñas, niños y
niñes” para garantizar la “inclusión de las infancias trans y no binarias”,
los problemas de “identidad de género”, la Ley Trans impulsada por Montero durante
su etapa en el Ministerio de Igualdad, Irene Montero que reconoce el “derecho a
la libre determinación de la identidad de género” y, para colmo, los “derechos
reproductivos y sexuales” de los menores que, según el partido sostiene que
incluso los niños y niñas tienen derecho a conocer su propio cuerpo y a ser
educados en la “diversidad”, considerando que el uso del género neutro
ayuda a romper estereotipos desde la infancia: “Lo que no se nombra, no existe”,
ha dicho y remetido la Montero como leit-motiv.
LA PSICOLOGÍA DE LA PSICÓLOGA IRENE MONTERO
Parece claro que, si en el inició del “movimiento
de los indignados”, Irene Montero hubiera exteriorizado los puntos de vista que
luego impulsó cuando fue ministra de igualdad, muchos ni siquiera se hubieran
acercado. Esta temática estuvo ausente de los primeros tiempos de Podemos, y,
en concreto, ni se tocó en tiempos de sus grandes éxitos electorales, cuando
estuvo a punto del “sorpasso” al PSOE. Fue, a partir de las primeras derrotas
electorales y de las crisis internas de Podemos, cuando el partido fue
consciente de que precisaba un electorado propio y cautivo.
Y también aquí confundieron fantasías con
realidades: en primer lugar, creyeron que sus ideales sobre sexualidad, transexualidad,
infancias y sexualidad, eran compartidos por todos los sectores progresistas. Y
se equivocaban: no solamente eran rechazados por los grupos conservadores, sino
que también muchos sectores progresistas, incluidas las feministas radicales de
“tercera generación”, y padres de familia, las consideraron “excesivamente
avanzadas”, o más bien, productos de una élite -como hemos dicho en varias
ocasiones- de “chicas loquitas y hombres deconstruidos”. Sea como fuere,
mientras Podemos siga ostentando estas ideas, no parece que vaya a recuperar
mucho del espacio perdido, sino más bien, ha emprendido el camino que conduce a
la extinción.
Para colmo, si, desde el principio, la posición de
Podemos en relación a la emigración, fue favorable, la reciente intervención
de Irene Montero ante las 200 personas que acudieron a su mitin electoral en
Zaragoza, su intervención en relación ha sido comentada mundialmente. ¿Qué ha
ocurrido? ¿Se ha vuelto loca?
Ya hemos dicho que no: todo obedece, en primer
lugar, a un cálculo político; para Podemos, muy marcado por la rigidez de Pablo
Iglesias -que fue profesor asociado en la Facultad de ciencia Política de la
Complutense-, todo movimiento político precisa de una “base social” sólida, que
marque su “suelo mínimo”, más abajo del cual nunca descenderá. Cuando
Podemos inició su crisis, el debate interno los llevó a considerar que el
manojo LGTBIQ+ y la defensa de sus derechos e intereses garantizaría ese “suelo
mínimo”. Pero, el cálculo se ha mostrado erróneo: ese racimo de preferencias
sexuales, no tiene una respuesta política unánime, como no la tuvo el
proletariado tal y como preveía Marx; sus opciones varían extraordinariamente:
hay gays en el PP, el Sumar, en Vox, etc. Ni siquiera todos los trans se sienten
próximos a Podemos.
El fracaso de esta opción es, precisamente, lo que
ha generado el cambio de posición de Podemos: sigue hablando -porque Irene
Montero, sobre todo- cree verdadera en su particular concepción de la “igualdad”
y de la “libertad sexual” y lo aplica a sus excesos lingüísticos, pero ahora en
Zaragoza, el énfasis lo ha colocado en la inmigración ilegal y en sus “derechos”
adquiridos por el solo hecho de pisar territorio español y, especialmente, en
su “potencial electoral”.
Durante años, Montero ha visto cómo disminuían más
y más, hasta convertirse en reuniones familiares como el mitin de Zaragoza, los
asistentes a los actores Podemos. Una mente ágil y flexible, atribuiría esto
a un evidente divorcio entre sus propias ideas y las que recorren la sociedad.
Pero Irene Montero es, cualquier cosa, menos flexible: hoy está en posiciones
muy parecidas a las que mantuvo en la época en la que ingresó en las Juventudes
Comunistas y no advierte el fenomenal divorcio entre sus concepciones en
materia de sexualidad y las que están en vigor en la sociedad, incluso en el
sector progresista.
Es muy duro haber visto a miles de personas llenando
las gradas de Vistalegre para luego dirigirse a 200 personas en un mitin
central de campaña: no es raro que, Irene Montero, en su rigidez, no interprete
esta mengua como un resultado de sus políticas, sino como una “traición del
electorado”: la han abandonado en su lucha por una “nueva sociedad”. La
búsqueda de un “suelo electoral” no ha sido entendida ni siquiera por los que
fueron sus propios partidarios… que, en el fondo, eran “españoles”. Así pues,
en los intrincados corredores de su cerebro, quiere que los “españoles” sean
sustituidos por “migrantes”. Ella
está dispuesta a luchar por sus derechos: el del voto, nada más resulten
regularizados. Así piensa que, en pocos meses, prevé que revertirá su caída de
votos, con entre 850.000 nuevos votantes (que se convertirán en 3.500.000 a
partir de que se les autorice a la “reagrupación familiar”, algo que ella
aspira a que sea un derecho inmediato…) y todo para recuperar cierto “estatus
electoral”. En efecto, si, hoy la inmigración y los hijos de los inmigrantes ya
suponen entre el 20 y el 25% de la sociedad española, esto implicaría que, en
la más tímida de las hipótesis, convertirse en defensora a ultranza de los
derechos de los inmigrantes, le acarrearía un aumento del suelo mínimo
electoral…
Así se explica el “odio” que destila Montero hacia
“los españoles” que no han sabido reconocer sus méritos y el ansia que
demuestra en “extranjerizar” o “racializar” el país…
Por supuesto, también aquí se equivoca. Se
equivoca, pero no ha enloquecido: simplemente, Podemos ha perdido el norte y se
resiste a desaparecer como enésimo fracaso de la izquierda.
PODEMOS PUEDE, PERO SOLO MIENTRAS SÁNCHEZ ESTÉ EN
MONCLOA
Sacar a colación el tema de la inmigración en el
momento actual, puede parecer un error, especialmente, cuando el sector
mayoritario de la sociedad española es perfectamente consciente de los desfases
de todo tipo que genera la admisión ilimitada de nuevos vecinos con otras
costumbres, otras tradiciones, otras religiones y unos físicos diferentes, de
los que, además, ni se sabe nada sobre su pasado, ni se quiere saber. Para
Podemos, sin embargo, es el último recurso para salir de su indigencia electoral
y de su crisis interna. Además, Podemos ha sido el único partido que ha apoyado
a Sánchez (además de la Conferencia Episcopal, por supuesto…) para realizar la
nueva “regularización masiva”. E Irene Montero está tan orgulloso de ello, como
lo está de los 1.200 violadores que han visto reducidas sus penas gracias a su
malhadada ley.
No es Montero, ni Podemos, quien se ha vuelto
loco. Pero sí hay un colectivo que demuestra un nivel de locura,
afortunadamente, inalcanzable para el resto de la sociedad: la dirección sanchista
del PSOE.
En efecto, mientras que la regularización masiva y
las nuevas orientaciones de Podemos (que, en la práctica, implican una
explícita política de “reemplazo”) y está destinada a mejorar su suelo
electoral, Sánchez es perfectamente consciente de que la regularización no
va aportarle los votos necesarios para mantenerse en el poder. De hecho, sabe
con toda seguridad, de que salvo que ocurra un milagro para él, la sigla “PSOE”
tiene perdidas las próximas elecciones y suerte tendrá si sobrevive a su
mandato.
Entre las muchas opiniones sobre el motivo por el
qué Sánchez ha tramitado esta nueva regularización, la que gana más peso, a
medida que pasan los días, no es la de que trate de encubrir los casos de corrupción
abiertos, el hecho de que su mujer se niegue a entregar el pasaporte, o el desastre
ferroviario generado por años de mordidas, incompetencia y desvíos
presupuestarios del Ministerio de Fomento, convertido luego en “Ministerio de
Transportes, Movilidad y Agenda Urbana” y actualmente en “Ministerio de
Transportes Movilidad Sostenible”. Es algo mucho más profundo que solamente
podía surgir del cerebro de un individuo como Sánchez: la conciencia muy
clara de que lo que ocurra después de su mandato, no solo no le importa en
absoluto, sino que, cuando más degradada esté la situación que herede el
sucesor, mejor. Es el clásico "Après moi, le déluge"
(después de mí, el diluvio) frase atribuida a Luis XV.
El sanchismo, prevé el caos absoluto del país y lo
programa para DESPUÉS DEL SANCHISMO. Si nos fijamos atentamente, todas las
medidas del sanchismo resultan suicidas, empezando por la regularización masiva
de inmigrantes. Pero, mientras
que para él es una vendetta en forma de regalo envenenado para la derecha que,
sin duda, gobernará España en los próximos años, para Irene Montero, es
simplemente una oportunidad de ensayar una nueva temática -en la que profundamente
cree, por convicción ideológica, tanto como por resortes psicológicos
profundos- para subir su suelo electoral.
Dada la endeblez de Podemos, ni siquiera el
fracaso de Sumar, es susceptible de reavivarlo. En próximas elecciones está
destinado, sino a extinguirse completamente, al menos a quedar reducido a la
mínima expresión. Los dirigentes de Podemos son perfectamente conscientes de
que hoy son “algo”, porque Sánchez está en la Moncloa. No es que aprecien al
sanchismo (¿quién lo aprecia? Ninguno de sus aliados, por supuesto, que apenas
son “amigos” ocasionales y durante pocas semanas). A Sánchez no le importa pactar
y conceder las exigencias de unos o de otros, incluso aun cuando sea perfectamente
consciente de que sus concesiones van a ser rechazadas por instancias jurídicas
o constitucionales.
Es muy difícil que Irene Montero y Podemos
consigan este objetivo a la vista de que lo ignoran casi todo sobre la
inmigración y lo poco que saben es mucho más teórico e ideológico que realista
y “político”. Pero, lo que es seguro es que la estrategia de “tierra quemada”
de Sánchez tardará décadas en disiparse de España, si es que algún día este
país logra recobrar la normalidad después del período negro que se abrió con
las bombas del 11-M y con la irrupción del zapaterismo y que se prolongará
hasta que Sánchez salga de la Moncloa. Hasta que ese ocurra, Sánchez no
tiene el más mínimo inconveniente en ceder a todos sus aliados ocasionales en
lo que hemos llamado “una compra de tiempo”. Para aguantar unos días más, es
capaz de vender cualquier cosa. Gracias a Montero, sabemos que el próximo tramo
estará jalonado por su petición del derecho a voto para cualquier inmigrante recién
regularizado… Y Sánchez le concederá lo que ni siquiera el Tribunal
Constitucional aceptará. Pero ¡que le importa! Al menos habrá disfrutado unos
pocos días más de las vistas de la Moncloa, del presupuesto público y del
Falcon…

jueves, 26 de mayo de 2016
La inmigración en el programa de Podemos
viernes, 19 de febrero de 2021
CRÓNICAS DESDE MI RETRETE: LA “ANORMALIDAD DEMOCRÁTICA” DE CADA DÍA
En Barcelona
llevan dos noches de disturbios y se prevé un fin de semana “caliente, caliente”.
Sin olvidar que, tras las elecciones catalanas, la gencat y la guardia urbana
de Barcelona dieron vía libre para que los indepes volvieran a cortar el
tráfico en la Meridiana. Hace un año, idénticos incidentes tuvieron lugar
protagonizados por indepes y unos meses antes, por okupas. Durante la
campaña electoral los Mossos filmaron y toleraron las agresiones contra todos
los actos de campaña de Vox y la violencia fue alentada desde los tertulianos a
sueldo de TV3. Ahora, ese pobre diablo de Echenique y el partido del “moños”,
excitan la violencia como forma de “libertad de expresión. Esto tampoco es
nuevo, porque el “contextualizar
la violencia” es algo que Herri Batasuna vendía desde mediados de los 80: así,
la “contextualización” permite justificar hasta el asesinato de Abel por parte
de Caín (a fin de cuentas, Yahvé lo prefería al otro y generó en el
asesino daños psicológicos, impulsándole a matar, así que el responsable no es
Caín, sino la situación generada por Yahvé). No hay nada nuevo bajo el sol.
La mala noticia es que los “contextualizadores de la violencia”, antes pasaban
por ser extremistas y radicales, y hoy están al frente de ministerios.
PODEMOS, O LA
GRAN DECEPCIÓN
Inicialmente, Podemos
nació del “movimiento de los indignados”. ¿Cómo no sentir indignación en
2010 por lo que había ocurrido? Estallido -previsible, por lo demás- de la
burbuja inmobiliaria, decenas de miles de hipotecas impagadas, desahucios, seis
millones de parados, una deuda del Estado que, por primera vez, superaba el
Billón de euros, corte brusco del crédito, ayudas para la banca (responsable del
estallido de la burbuja), un Zapatero paralizado por no entender nada más allá
de la “Alianza de Civilización”, apegado a su batería de leyes (violencia
doméstica, igualdad, memoria histórica) y reformas de leyes (divorcio, aborto).
La “indignación” ocupó las calles y plazas. Y era justo que así ocurriera.
Pero, a los
pocos días de iniciarse las ocupaciones, cuando ciudadanos verdaderamente indignados
acudieron a solidarizarse con los que acampaban en las plazas públicas,
advirtieron que allí sobraban. Aquello no era el “movimiento de TODOS los
indignados”, sino solamente, el “movimiento de los indignados DE
EXTREMA-IZQUIERDA”. Esa era la pequeña diferencia. Pronto, en aquellas asambleas, dejó de
hablarse de la crisis, de las hipotecas impagadas, del paro y se pasó a hablar
de los mismos temas que “Pablo Hasél” incluía en sus canciones: antifascismo, amnistía
para etarras y grapaos, ocupación, droga libre y demás lindezas.
Con todo, en su
primera competición electoral, en 2014, los spots electorales casi parecían
patrióticos y el discurso de Podemos seguía apuntando a “todos los indignados”.
Gracias a eso, consiguieron un hueco en el Parlamento. Ahora bien, pronto se
demostró que el discurso político de Podemos era excepcionalmente simplista,
plano, incluso ignorante e inconsecuente en algunos aspectos. No era el
discurso de la “nueva izquierda”, sino el de la extrema-izquierda de toda la
vida, desprovisto de aditamentos intelectuales y convertidos sus propagadores
en simples panfletos parlantes. Detrás, no había, ni una crítica sólida a
la modernidad, ni siquiera a la globalización, ni, por supuesto, al
mundialismo, solo media docena de frases de agitación para adornar la presencia
mediática de los dirigentes del grupo.
Inicialmente,
llegaron a afiliarse más de 150.000 ciudadanos a los “círculos” de Podemos. Y
el partido en una primera fase, pareció “asambleario” (como había sido Herri
Batasuna en sus mejores tiempos). Pero luego se comprobó que cada “círculo” estaba
obsesionado con un tema concreto en torno al cual se había formado (feministas radicales,
por un lado, gays por otro, transex por otro, okupas por otro, defensores del
porro, partidarios del “puertas abiertas” a la inmigración, etc.). Cuando
Podemos empezó a manejar capital procedente de la financiación estatal, aparcó los
círculos y se convirtió en un estado mayor gestor de fondos y subvenciones,
cuyos miembros eran los primeros y principales beneficiarios del negocio.
Así se entienden todos los escándalos que han estallado siempre desde el
interior de la formación.
EL GRAN
HALLAZGO DE PODEMOS: CULTIVAR LA FRANJA MARGINAL DE ELECTORES
Podemos, en el
fondo, estaba compuesto por los segundas filas de Izquierda Unida, hartos de
chupar banquillo, que querían situarse en primera fila. Izquierda Unida nunca entendió
que, precisamente, su cambio de orientación, al pasar a ser defensor de la
clase obrera a convertirse en propagador de temas que nada tenían que ver con
los intereses de la clase obrera (igualdad, aborto, ocupación, ideologías de género,
defensa de la inmigración masiva, etc), le restó el apoyo de esa misma clase
obrera.
Los de Podemos
se dieron pronto cuenta de que ningún obrero les iba a votar y su problema era
cómo mantener el “modus vivendi” y obraron en consecuencia, con una lógica
aplastante.
Se trataba,
simplemente, de cultivar el voto de los únicos grupos que podían votar a la
sigla: feministas radicales, gays, transex, okupas, partidarios de la
legalización de drogas, extranjeros recién nacionalizados y, finalmente, el
gran hallazgo de Podemos, consistió fue aprovechar las metidas de pata del Rey
emérito, para introducir, más el antimonarquismo que el republicanismo.
Estaba claro
que no pasarían de un 15% de votos, pero era suficiente como para asegurar un
buen nivel de vida de su clase dirigente. Y, además, siempre era posible
que el PSOE necesitara un apoyo parlamentario o que, en el futuro, una
coalición de izquierdas llegara al poder. Eso sería el gran objetivo vital de
los dirigentes de Podemos.
GOBIERNO
BICÉFALO: EL BUITRE Y EL CUERVO GRAZNADOR
Cuando Sánchez
ganó las elecciones, lo normal hubiera sido un gobierno de centro-izquierda,
una combinación PSOE+Ciudadanos, o incluso una “gran coalición” PSOE+PP.
Pero, Sánchez no tiene ni siquiera aquel prurito del hombre de izquierdas
progre con un ideal en la cabeza y un proyecto de ingeniería social al estilo
zapateriano: es
simplemente un ambicioso sin escrúpulos.
Sánchez percibió
que Podemos era el único grupo que no le disputarían votos. A fin de cuentas,
siempre era posible que los votos socialistas pudieran pasar a Cs, o incluso al
PP (como ocurrió en Cataluña en los años 90), pero era mucho más difícil que el
electorado de centro-izquierda, por decepcionado que estuviera con la actuación
del PSOE, pudiera terminar apoyando a Podemos. Así que, ante el estupor de
la UE, Sánchez optó por apoyarse en Podemos y en los distintos grupos anti-sistema
y anti-Estado.
Era también, la
forma de orientar a la opinión pública hacia temas menores, muy secundarios y
evitar que fuera relevante la insostenible situación del país, incluso antes
del Covid. El resultado, ha sido un gobierno “bicéfalo”: por un lado, la
cabeza de buitre de Sánchez y por el otro, el cuervo graznador de Podemos.
Ambos unidos por sus ambiciones y por la convicción de que los grandes
pelotazos solamente se hacen teniendo las llaves de la caja, es del decir, del
Estado.
La UE sigue
horrorizada por lo que está ocurriendo en España. Es algo sin precedentes. Y
cada día, el sinsentido se agrava más y más: es comprensible que, a la UE, le
cuesta mucho dar unos fondos a un gobierno, una de cuyas partes, un buen día,
puede decidir que hay que expropiar chalés vacíos en la Baleares, Canarias o
Levante (propiedad de holandeses, ingleses y alemanes), para albergar a
millones de inmigrantes, o que el Estado Español no tiene la obligación de
asumir los compromisos económicos firmados por anteriores gobiernos, o cualquier
otra estupidez que conmueva los fundamentos del IBEX-35. De ahí que la UE,
antes del verano, a la hora de repartir fondos de ayuda por el Covid, pusiera a
Sánchez en la tesitura de deshacerse de sus socios.
RECOMPONER LA
SITUACIÓN TRAS LAS ELECCIONES DE LA gencat
Cada día que
pasa, la incomodidad dentro del PSOE es mayor: los antiguos “notables” y los “barones
regionales” hace quince días recogían firmas para exigir que Sánchez finiquitara
la relación con Podemos. Luego vinieron las elecciones catalanas (en las que Sánchez ofrecía un “tripartito”
a ERC, con En Común-Podemos, pero ERC, preso de su dogmatismo indepe siente
vértigo porque sabe que no será aquella asociación a principios del milenio con
un PSC dirigido por un Maragall con los primeros síntomas de su enfermedad)
y, finalmente, el encarcelamiento del rapero psicopatón y los incidentes que se
prolongarán, como mínimo, el fin de semana.
Mi impresión es
que las declaraciones de Echenique defendiendo la “violencia antifascista”
son la gota que colma el vaso. Echenique es otro de los que no puede vivir
ya sin sueldos públicos. En su momento, ya se sumó a Ciudadanos, aunque luego
cambió al percibir que, por su aspecto, le era más fácil impresionar a chicos con
poca experiencia vital. Él solito y sin ayuda de nadie, se cargó Podemos en
Aragón. Pero ¿cómo va a prescindir Podemos de un minusválido extremo que
garantiza el apoyo de unas decenas de miles de votos de minusválidos? Pero
las cosas han llegado demasiado lejos y la defensa de la violencia, deberá
pasar factura, tanto a Echenique como a la presencia de Podemos en el gobierno.
Tras el
descalabro electoral, el suelo se está hundiendo bajo los pies del PP.
Ahora, parece claro que, el declive y virtual desaparición de Cs y los malos
resultados del PP catalán, sin olvidar el culebrón Bárcenas o la mala idea de
cambiar el local para hacer borrón y cuenta nueva, desbroza el camino para Vox:
que la formación verde
conseguirá realizar el “sorpasso” al PP, es algo que nadie duda. La cuestión es
cuándo se producirá ese adelantamiento y cuando Vox pasará a ser la oposición.
VOX O LOS
ETERNOS APESTADOS
Sánchez tiene en
cuenta también este factor. Con el PP, incluso, podría entenderse (de hecho,
ayer se entendió para renovar el poder judicial y RTVE), pero nunca con Vox.
De no ser posible el
proyecto del tripartido catalán (que implica mantener buenas relaciones con ERC
en el Parlamento del Estado y, por consiguiente, sería una traslación del
gobierno de coalición a Cataluña con el añadido de ERC), lo más probable es que
Sánchez se decida a prescindir de Podemos y a volver su mirada al
centro-derecha. Sabe, además, que una coalición con Cs o con PP,
supondría para los dirigentes de estos grupos un “ahora o nunca”, la
posibilidad de que, un partido desahuciado (Cs) y un partido en crisis de
identidad (PP), perdieron aún más votos y quedaran definitivamente debilitados,
permitiendo al PSOE gobernar durante mucho tiempo.
Vale la pena
recordar lo que suele ocurrir en Francia: desde hace veinte años, el único
partido “de oposición” es el Front National (hoy Ressemblament National). FN-RN
sigue en la oposición y tiene pocas posibilidades de llegar al poder, mientras
persistan en Francia, los actuales equilibrios de fuerzas gracias al sistema electoral
“a dos vueltas”. Por mucho que gane el candidato de turno del RN en la primera
vuelta, lo normal es que, en la segunda, sea la coalición de todos los demás
partidos, la que obtenga el escaño.
Por eso, el
PSOE aspira a mantener un cordón defensivo ante Vox, como a principios de siglo
lo creó en torno al PP, con el “Pacto del Tinell”. Todos contra el “malo”.
Mientras Vox amenace la hegemonía del PP en la derecha, la posición del PSOE
seguirá siendo segura: el PSOE tiene mas posibilidades de encontrar aliados que
Vox que siempre aparecerá como el “malo” y, por mucho que crezca, nunca tendrá,
por sí mismo, la mayoría absoluta.
ESPAÑA
DEPENDE DE LO QUE OCURRA EN LA gencat
Podemos
prever un “reajuste” en el gobierno y un cambio de alianzas, cuando esté claro
quién gobierna en Cataluña. Poco importa cuál será la excusa para deshacerse
de Podemos, pero las presiones
que afronta Sánchez desde la UE son de tal magnitud (especialmente ahora que
van a empezar a llegar los fondos de ayuda) que, combinadas con las presiones
internas (recogida de firmas anti-Podemos) le dan muy poco margen de maniobra.
La puntilla
al gobierno de coalición PSOE+Podemos la va a dar ERC: o acepta el tripartito en
Cataluña o bien obliga a Sánchez a buscar otros aliados en Madrid.
¿Y los
incidentes callejeros? Forman parte de nuestra “normalidad democrática”. Es “normal”
en Cataluña que los Mossos d’Esquadra filmen incidentes, pero no participen en
ellos, cumpliendo órdenes de plaza Sant Jaume, es “normal” que dejen que cada
noche ardan 250.000 euros en contenedores y que los vecinos estén cada vez más
inquietos ante unos pocos cientos -porque son unos pocos cientos- de
descerebrados que, hacen y deshacen a su antojo, cortan la Meridiana o realicen
saqueos en nombre de la beatífica y sacrosanta “libertad de expresión”.
¿”Pablo Hasél”?
Sigo pensando que el lugar del chaval no es una prisión, sino el sofá del
psiquiatra y cursos de solfeo y de gramática como terapia de rehabilitación.
Además, claro está, de seguir cursos para el control de la ira. Lo “normal”
es que exista en la calle falta de autoridad e inseguridad, la misma que emana desde
el gobierno de coalición.
“Pablo Hasél” es la excusa del momento para los violentos y para que Podemos cultive el nicho electoral de los colgaos, nada más.
miércoles, 9 de julio de 2014
Planteamientos erróneos de Podemos (I): lucha contra la “casta”
martes, 26 de diciembre de 2023
LAS DIEZ CONTRADICCIONES INSUPERABLES POR LAS QUE COLGARÁN POR LOS PIES A PEDRO SANCHEZ SUS PROPIOS SOCIOS (1 de 3)
INTRODUCCIÓN
En lógica, se llama “contradicción” a la incompatibilidad entre
dos proposiciones. Por ejemplo: “hace
frío y no hace frío”: o lo hace o no lo hace, en una misma frase no puede
darse “A” y el “no-A” al mismo tiempo. En general, las contradicciones, cuando son
insuperables, rompen las leyes del razonamiento lógico y no pueden incluirse
dentro de un proceso dialéctico tesis-antítesis-síntesis. Son una “avería” del
razonamiento que impide prosperar y/o comprender la realidad. Una especie de
final del camino, más allá del cual se agota el terreno.
A pesar de que la política no sea una ciencia exacta, es evidente
que las “contradicciones”, pueden enriquecer la convivencia, en tanto que sean
“superables”. Por ejemplo: tras la muerte de Franco se produjo una
contradicción entre la “oposición democrática” y el “aparato franquista”. Sin
que tengamos intención de mitificar la “transición”, es cierto que, lo que, a
primera vista, parecía una “contradicción”, terminó siendo el fermento de una
síntesis en la que, aparentemente, no hubo vencedores ni vencidos, y lo que
resultaba era una síntesis de posiciones “reconciliables” entre las dos
posturas iniciales: partidos políticos y democracia convencional a cambio de
mantener la monarquía como forma de Estado. En otras palabras, un simple
cambalacheo. Y eso pudo ser porque la contradicción era “superable”.
Pero en otras ocasiones,
las contradicciones resultan imposibles de superar, especialmente cuando
irrumpe en política alguien que, por encima de todo, sitúa su propia ambición,
sobrevalora su propia personalidad y su capacidad, creyendo que puede operar el
milagro de la superación de lo que es, simplemente, opuesto sin posibilidades
de estabilizar una síntesis y sin respetar las leyes de la lógica. Tal es
el caso de Pedro Sánchez, un personaje que será estudiado por generaciones de
psiquiatras y psicólogos sociales, como una mente deformada, capaz de creer que
todo puede sacrificarse -incluso la lógica- en el altar de su personalidad
megalomaníaca e hipertrófica, y creer que, finalmente, saldrá indemne…
En las elecciones de 2019, los resultados, así como la dinámica de
los hechos y los criterios de la socialdemocracia europea, casi le obligaban a
una “gran coalición” con el PP. Era la única fórmula que hubiera logrado dar a
España una estabilidad y permitir, incluso, reformas constitucionales urgentes
y necesarias. En aquel momento, existía aún la creencia de que el pueblo
español asumía posiciones centristas y que, por tanto, la mejor fórmula para
gobernar era la coalición PP-PSOE. Era la época en la que las contradicciones
entre los partidos políticos todavía eran “superables”, tal como se había
demostrado en muchos países; pero, el problema era que el PP era demasiado
grande y Sánchez tenía miedo de sufrir el “abrazo del oso”. Era mejor, pactar
con grupos de extrema-izquierda que llegaban muy debilitados tras el resultado
electoral y aceptarían cualquier oferta de coalición, vendiendo sus votos por
unas migajas: así se formó el gobierno
Frankenstein 1.0. en la que Podemos se conformó con una vicepresidencia
honoraria y 4 ministerios de tercera división sin apenas rechistar.
Sin embargo, el gran problema es que Podemos terminó siendo
dirigido por unas chicas muy “loquitas”, obsesionadas por unos pocos temas:
mascotas, LGTBIQ+, violencia doméstica, “consumo sostenible”, la memez del
“niños, niñas y niñes” y poco más. En realidad, era de esperar: Podemos había operado desde el mismo
momento de su fundación una “selección a la inversa” que fue mermando sus
filas, quedando, finalmente, solo el “dernier
carré” de loquitas y varones deconstruidos, con declaraciones e iniciativas
legislativas peregrinas, torpes y patéticas en muchos casos, que convirtieron
el Frankenstein 1.0. en una irrisión. A Sánchez no le preocupaba mucho
porque parte de su partido estaban en las mismas o parecidas posiciones.
Hubiera podido prescindir de las “ministrillas y ministrillos” de Podemos en
cualquier momento y relevarlos por otros mucho más competentes, pero eso
hubiera equivalido a perder la mayoría y hacer entrar en crisis la coalición.
Así que optó por asumir el deterioro: los votos perdidos por los “socialistas
de toda la vida” se compensarían con votos de grupos clientelares subsidiados:
ni-nis, okupas, LGTBIQ+, o inmigrantes recién nacionalizados.
El problema vino en las
convocatorias electorales de 2023 cuando se percibió la creciente debilidad
electoral del PSOE. Fue entonces cuando se reveló el resultado final del
gobierno Frankenstein 1.0.: el país se había partido en dos, el centrismo había
desaparecido. Toda la izquierda estaba asumiendo
las posiciones de las “loquitas” y los “deconstruidos” de Podemos y sus excesos
en materia de “ingeniería social” habían convencido, incluso a votantes
socialistas, de que ese camino era impracticable y lesivo para el futuro de la
sociedad. Así pues, a lo largo de 2023 cristalizó
un “bloque de la derecha” (reducido a dos partidos, PP y VOX) y el “bloque de
la izquierda” (en el que, además del PSOE, figuraban Podemos, Sumar y los
independentistas catalanes y vascos).
Las elecciones autonómicas confirmaron esta tendencia: PP y Vox
pactaron en varias comunidades importantes, liquidando los años de gobiernos
regional socialista. Creyendo que en las
elecciones generales ambas siglas mejorarían sus posiciones, ninguna de las dos
formaciones del “bloque de la derecha” (mucho más homogéneo y coherente que el
“bloque de la izquierda”) se preocupó por firmar un “programa común”: Feijóo
estaba convencido de que iba a lograr una mayoría absoluta o que, al menos,
podría pactar con algún partido pequeño (UPN, Coalición Canaria) o bien obtener
el apoyo de Vox sin integrarlo en el gobierno. El resultado fue catastrófico
para la estrategia del PP: la Ley de Hondt operó un castigo a la derecha y la
pérdida de una decena de escaños a causa de los “restos” que fueron a parar al
PSOE.
Durante unas semanas, Feijóo siguió pensando que, o bien se
convocarían nuevas elecciones e, incluso, inicialmente creyó que Sánchez
accedería, esta vez, a pactar con el PP. Error de apreciación: a pesar de haber
ganado las elecciones, de ser el partido más votado y de la pérdida en escaños
del PSOE, lo cierto es que Sánchez se preparó desde el primer momento para
pactar con el diablo en persona para seguir siendo presidente. Y ni siquiera
contempló la posibilidad de pactar con el PP, a la vista de que, de hacerlo,
hubiera tenido que renunciar a la presidencia: es decir, vivir el pacto como
una derrota.
Fue así como surgió el
gobierno Frankenstein 2.0. Y es aquí en donde se fueron acumulando
contradicciones. Alguien cuya vida estuviera guiada por las leyes de la lógica,
jamás hubiera intentado unos pactos con fuerzas tan dispares como Bildu y el
PNV, Junts y ERC, Coalición Canaria y Sumar… Pero la lógica de Sánchez es la
propia de un ególatra, en absoluto la del sentido común o la razón de Estado.
Fue así como apareció la
“gran contradicción” de esta legislatura: un partido socialista gobernaría el
Estado Español apoyado por las fuerzas del no-Estado, de la no-España (los
independentistas que siempre han querido escindirse y una extrema-izquierda que
solo ha creído en el “internacionalismo”). La idea de Sánchez era que todos
estos partidos que habían perdido votos y escaños en las elecciones generales
(y se encontraban en una situación parecida a la de Podemos en 2019), estarían
lo suficientemente debilitados como para acceder a cualquier pacto que les
presentase a modo de salvavidas, a la vista de que la convocatoria de nuevas
elecciones hubiera podido convertirse en una catástrofe para todos ellos. Y, de hecho, si vencía el PP, esa victoria hubiera supuesto el
alejamiento definitivo y absoluto de las perspectivas independentistas o de las
“conquistas LGTBIQ+”. Así pues, Sánchez encontró en la debilidad de los otros
un impulso para su política de pactos, olvidando que él también había resultado
debilitado en las elecciones y que la pérdida de 30 diputados socialistas hacía
de la sigla PSOE la “perdedora”. De hecho, el gobierno Frankenstein 2.0. es el
gobierno de los perdedores en las elecciones de 2023.
El problema vino porque
cada una de estas fuerzas exigía mucho más de lo que, en buena lógica, Sánchez
podía ofrecer. Esto tampoco le importó. Es muy fácil negociar cuando una parte
ofrece 5, la otra pide 15 y, al final, todo queda en 10… El problema es que los
independentistas siempre quieren más… y consideran aceptable cualquier pasito
grande o pequeño -en este caso, una verdadera zancada de gigante- que les
suponga un avance en el camino a la independencia. A Sánchez esto le tenía absolutamente
sin cuidado: aceptó todo lo que le pidieron y raro es que la ley de amnistía no
contemple la anulación por lawfare de los procesos contra Joan Laporta
por corrupción en la presunta compra de árbitros para el Club de Fútbol
Barcelona…
Fue así como se ha llegado a esta situación endiablada e imposible
de soportar para cualquier país democrático o que aspire a ser mínimamente
estable. De repente, los españoles nos
hemos encontrado gobernados por una coalición que suma un mínimo de diez
contradicciones todas ellas insuperables y que entrañarán a cortísimo plazo,
una crisis institucional y nacional de consecuencia incalculables. A
Sánchez, por supuesto, todo esto le importa, literalmente, un higo. Su sueño es
ocupar el trono de Von der Leyen o -¿por qué no?- convertirse en un futuro
Secretario General de la OTAN o de las Naciones Unidas (sin darse cuenta de que
sus juicios sobre Hamas, la crisis de Gaza y el Estado de Israel, le han
enajenado para siempre el apoyo de la “comunidad judía mundial”). Sánchez debería
moderar sus expectativas futuras y pensar que, si logra ser presidente de una
comunidad de propietarios, al jubilarse, ese será su techo tras abandonar la
jefatura del gobierno.
En efecto, las
contradicciones generadas por la política de alianzas de Sánchez, se traducen
en tensiones internas que van a imposibilitar la tarea de gobierno. Parece
difícil que el gobierno Frankenstein 2.0. supere el año 2024. Dos van a ser sus
momentos de crisis: las elecciones catalanas (hacia finales de año) y las elecciones
europeas (en junio). Vale la pena enumerar las diez contradicciones para
advertir su importancia y gravedad.
1. Contradicción entre
el PSOE y Sumar
Sumar es la izquierda de la izquierda, pero Sumar no es un
“partido”, ni siquiera una “federación”, es un frente estrafalario formado por
partidos muy diversos, de los que solamente uno, el PCE (o lo que queda de él)
tiene una estructura más o menos unitaria. El PCE en los años 80 ya asumió la
estrategia “frentista” con el nombre de “Izquierda Unida” (que subsiste también
está integrado en Sumar). Y luego están herencias evolucionadas de grupos
trotskistas, maoístas y marxistas revolucionarios de los años 80, “nuevas
izquierdas” setenteras, “indignados” postcrisis 2018-2011, los círculos
feministas, LGTBIQ+ y, por supuesto Podemos, sin olvidar que Podemos ni
siquiera es un partido, ni una federación, ni un frente, sino, más bien, un
batiburrillo de “círculos”, cada uno de los cuales está obsesionado por su
temática particular.
Sumar, no es nada, es,
como máximo, una ambición de unos cuantos dirigentes que precisan algo detrás
para satisfacer sus ambiciones; estas, por
cierto, deberían estar a la medida de su calidad humana. Pero, lo cierto es que
tanto en Sumar como en cualquier otro partido político español, tales
ambiciones están muy encima de la valía de quienes las esgrimen. Los discursos
de Yolanda Díaz resultan patéticamente infantiloides, no tanto porque tenga
tendencia a rebajar el listón para ponerse al nivel de quienes la escuchan,
sino porque no da más de sí. Yolanda Díaz no aspira más que a sobrevivir en el
proceloso mundo de la política: si dirigir Sumar le genera discrepancias
internas, no dudará en afiliarse al PSOE.
En cuanto a la formación en sí misma, Sumar ya está rota desde el momento en el que los cinco diputados de
Podemos han pasado al grupo mixto. Es una mala señal. Para mantener el
apoyo de lo que queda, Sánchez deberá ir realizando concesiones cada vez más
demagógicas, aparcar necesidades sociales urgentes y otorgar más subsidios de
los que la economía española se puede permitir. La intervención de los “hombres
de negro” de la UE, dará al traste con esta política, seguramente en la segunda
mitad de 2024. La sonrisa estúpida de Yolanda Díaz, su discurso
ingenuo-felizote, no serán suficientes como para mantener un apoyo
incondicional a Sánchez que redundará en perjuicio de la coalición en las
elecciones europeas.
Todos buscan apuntarse a
los éxitos, pero todos huyen del fracaso: y la política económica del
pedrosanchismo (o, más bien, su ausencia de política económica) no va a tener
“aliados” en el momento en el que caiga como una losa sobre la gestión de
gobierno y no haya estadística “macroeconómica” capaz de suscitar entusiasmos. Y eso va a ocurrir en 2024: con una inversión extranjera
paralizada, con entre 40 y 50.000 millones de obligaciones de pago por
intereses de la deuda, con un incremento del paro real que volverá a rondar los
5-6.000.000 de parados, con la locomotora franco-alemana paralizada y en
recesión y con unas elecciones europeas que van a golpear a la izquierda a
nivel continental y de la que Sumar va a ser otra de las víctimas. Tras las europeas, poco importará lo que
quede de Sumar, lo que importará es si habrán extraído consecuencias sobre su
hundimiento y lo que implica frecuentas “malas compañías” como el
pedrosanchismo.
2. Contradicción entre
Sumar y Podemos
¿Qué es Sumar? La
antigua Izquierda Unida que quedó relegada al cero absoluto cuando Podemos
inició su arranque mas unas cuantas incrustaciones procedentes del desmigajamiento de
Podemos. Los “titulares” de IU querían seguir dirigiendo a la izquierda de
la izquierda, a pesar de las limitaciones de su programa y la mediocridad permanente
de sus resultados electorales, mientras que los “suplentes” que esperaban en el
“banquillo” se desesperaban al ver que tenían obstruido el camino hacia la
conquista de un modus vivendi. Pablo
Iglesias tuvo la genialidad de aprovechar el movimiento “de los indignados”
para lanzar una nueva plataforma política que pudiera eclipsar a Izquierda
Unida. Aprovechó la decepción de la izquierda con la socialdemocracia
zapaterista que había optado por salvar antes a la banca (con inyecciones de
fondos nunca reintegrados para salvarlos de sus errores) y a los empresarios de
la construcción (mediante aquellos lamentables Planes E y E2020 que costaron casi
medio billón de euros e iniciaron la pendiente de la deuda insostenible).
Pero, el problema de “los
indignados” apareció desde el principio: pronto se retiraron de la protesta,
los sectores más conscientes que aspiraban a oponerse “a la casta”, la protesta
fue solo de izquierdas y ni se consideraba que hubiera gente de derechas que
pudiera estar indignado contra el establishment.
Y la cosa no paró ahí: cuando se lanzó Podemos, en el interior de los “círculos de afinidad” en los que se organizó ya
estaban presentes todo tipo de minorías obsesionadas con “su problema”:
feministas radicales, anti patriarcales, homosexuales, transexuales, okupas, pro
legalización del porro, ni-nis… todo
ello dirigido por una camarilla que, simplemente, aspiraba a la sustitución de
la “casta” por ellos mismos.
Aquello de que los diputados de Podemos cobrarían sólo tres veces
el salario mínimo, que nunca utilizarían coches oficiales, quedó pronto
desmentido por la realidad: menos de un año después de obtener un éxito
electoral en las elecciones europeas de 2014 con un 8% de los votos, Podemos
actuaba como cualquier otro partido, con la diferencia de que su cúpula estaba
constituida por un macho alfa, unos hombres deconstruidos y una corte de chicas
que tenían prendidos con alfileres unos cuantos temas obsesivos que ni siquiera
eran capaces de defender razonadamente ni apoyar con argumentos lógicos.
Podemos había obtenido en las elecciones europeas de 2014 un 8% de
los votos y en las autonómicas del año siguiente rompió ese techo llegando en
algunas comunidades al 20% (Asturias, Aragón, Madrid, Galicia) quedando como
tercera fuerza a nivel nacional con 170 diputados autonómicos de un total de
1384. Revalidó esa posición en las elecciones generales de 2015 alcanzando un
20,7% de votos, pero cuatro años después, la debacle los llevó casi al punto de
partida con un 13% de votos y adelantados ampliamente por Vox. Fue el inicio de la decadencia de Podemos y
el momento en el que Sánchez les arrojó un balón de oxígeno. Pablo Iglesias
sintió que el suelo faltaba bajo sus pies y aceptó el ofrecimiento de una
vicepresidencia honoraria de “asuntos sociales” y cuatro departamentos de
“segunda división” para Irene Montero, Yolanda Díaz, Alberto Garzón y Manuel
Castells (propuesto por En Común y que pronto se cayó del gobierno).
El resultado fue que Podemos,
tras alcanzar su punto álgido, fue cayendo en picado y cuando accedió a formar
el gobierno Frankenstein 1 con Sánchez, ya era un despojo que se conformaba con
ministerios de tercera división y presupuestos limitados. Y, aun así, su
gestión se convirtió en catastrófica allí donde pisaron una alfombra oficial.
Cuando se aproximaron las elecciones de 2023, era evidente que Podemos estaba
en las últimas, y con la sigla, la izquierda del PSOE se arriesgaba a volver a
ser residual. Fue así como desde La
Moncloa se realizó la “Operación Sumar”, colocando para ello a Yolanda Díaz al
frente y aspirando a que reuniera fragmentos regionales del Podemos originario,
para constituir una nueva coalición, menos marcada que Podemos, sin los lastres
de las “loquitas” y que recogiera también a grupos regionales como Compromís,
En Comú, o Mas Madrid.
Así que, tras los resultados electorales de junio, Sánchez formó
coalición con Sumar que, finalmente obligó a la antigua Podemos, a formar parte
de su cartel electoral en una de las humillaciones más grandes que ha visto la
política española desde la transición. Con
5 diputados propios, el problema vino cuando Podemos vio que estaba fuera de
cualquier ministerio, que sus fuentes de financiación se habían reducido al
sueldo de sus diputados y que estaba a un paso de desaparecer por completo
(lo que ocurriría en las elecciones europeas de 2024). Y la sorpresa mayúscula
se produjo cuando Podemos comprobó que con apenas dos diputados más, Junts per
Catalunya recibía de Sánchez el “oro y el moro”. La etiqueta Sumar taponaba cualquier aspiración que pudiera tener
Podemos. Menos de un mes después de formalizarse el nuevo gobierno Frankenstein
2.0., los cinco diputados de Podemos rompieron con Sumar y pasaron al grupo
mixto: ahora Sánchez deberá de negociar también con Podemos.
Y, de hecho, Sánchez deberá afrontar los resentimientos que las
“loquitas” Podemos y su macho alfa, alberguen contra sus antiguos “camaradas”
(porque Sumar, en el fondo, no es más que Izquierda Unida con algunos añadidos
regionales). El problema para Sánchez es
que, las ambiciones políticas pueden neutralizarse con concesiones, pero los
resentimientos, con su carga de odio, resultan imprevisibles. Sin los votos de Podemos, el gobierno
Sánchez se queda sin mayoría absoluta. Y, por el momento, la defección de
Podemos es el primer golpe a la política de “pactos sin principios” del
pedrosanchismo. En otras palabras: la contradicción insuperable entre Sumar y
Podemos ya ha estallado.



























