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martes, 9 de noviembre de 2021

DIARIO DE UN DISIDENTE: SESIÓN DE AUTOHIPNOSIS ENTRE LAS RUINAS

Elija música que serene el espíritu, que lo relaje. Medite ante un televisor apagado. Deje que fluyan sus pensamientos, pero no se apegue a ellos. Terminarán eclipsándose, son banales como todo lo que nace de la mente. Siéntese en una postura cómoda. Trate de relajar todo su cuerpo. Cuando se sienta ajeno a dualismos y contradicciones, a conflictos y problemas, entonces está dispuesto a comenzar. Si ha llegado hasta aquí, es que tiene la sensación de que los hongos de la destrucción han afectado a toda la planta -la civilización- y, hoy ya no basta con realizar una poda otoñal para que recobre su fortaleza, sino de arrancar los problemas sin perdonar ni una sola de sus raíces. Hágase a la idea de que está solo: usted y su propio mundo interior: exíliese ahí.  ¿Ha logrado llegar hasta esa convicción? Entonces sigua estos pasos.

En ese estado de profunda relajación interior cuente de cinco a cero. Empezamos

Cinco: piense que esta civilización ha llegado a su última fase de desintegración; que, de una crisis como ésta, crisis global, no se sale, así como así y que votar o forjarse falsas esperanzas en que tal o cual sigla lo resolverá todo, solamente implica hundirse en la legislatura siguiente un poco más en la crisis. Adquiera la seguridad de que quien intenta venderla un bálsamo tranquilizador para su conciencia (esas ONGs del carajo), un objetivo bienpensante (salvar el planeta, la libre empresa, la liberta de conciencia), una solución a todos sus problemas, quiere engañarle. Ya no hay escalera alguna que permita salir de un pozo tan profundo como en el que estamos. No confunda la luz del final del túnel, con el reflejo mucho más real y lejano del sol que puede verse desde el fondo del pozo que ha ido cavando nuestra civilización desde el siglo XVIII. Ahora, trate de llegar a un nivel más elevado en su conciencia.

Cuatro: Asuma que cualquier valor que nos ofrezcan modas, medios e instituciones es una simple cobertura al nihilismo. Convénzase de que cualquier valor que le ofrezcan es un “falso valor”, un espejismo tranquilizador: pacifismo, humanitarismo, solidaridad, amor universal, conciencia cívica, es tan falso como los miedos que se promueven para hacer de usted alguien mentalmente lobotomizado. Rechace todas las modas, sistemáticamente, niéguese a ser estandarizado y homogeneizado, atemorizado y castrado. Niéguese a aceptar el pensamiento masificado. Niéguese a ser zombificado. Cierre las puertas a todo lo que le ofrecen como analgésico social y drogas de la felicidad. No existen. Son falsos mitos, espejismos, camuflajes de la realidad. Si lo ha logrado, entrará usted en una dimensión más elevada para el ser. Alcanzará el inicio de un estado interior progresivamente incondicionado. Será el principio de la construcción de su invulnerabilidad y estará en condiciones de escalar a la siguiente cota.

Tres: piense que ya no hay nada donde agarrarse: ni instituciones, ni religión, ni ejército, ni magistratura, ni parlamento, ni leyes, ni ongs, ni demás chorraditas en oferta en los mercados de la esperanza. Está usted solo, con su propio nihilismo. Solo, sin clavos ardiendo a los que asirse. Solo, inmensamente solo. Terriblemente solo. Recuerde la palabra del Innombrable: “El fuerte, es más fuerte cuando está solo”. Ahí está su fuerza: dentro de usted no hay nadie. Puede cerrar su fuero interno a cualquier asalto del exterior, a cualquier ataque de la corrección política, a las imposiciones del pensamiento único, a los designios del Nuevo Orden Mundial. Siga ascendiendo al siguiente nivel de conciencia. Ahora puede, porque es invulnerable.

Dos: Inicie su viaje hasta el fondo del nihilismo y, una vez llegado allí, decida si vale la pena vivir o es mejor interrumpir una línea de RENFE, arrojándose a la vía. Le estoy proponiendo que, abra su interior y arroje fuera todas las falsas esperanzas y todos los horrores que le atenazan y cuando lo logre, decida si, como en la caja de Pandora, queda lugar para la esperanza o ya está usted completamente vacío. Y si es así, la vía del suicidio es legítima para usted. Porque es usted quien decide en última instancia. Ni leyes, ni normas, ni moral, ni legislador. Pero si decide vivir, tenga la seguridad de que, en este nivel, ya verá cada amanecer con una luminosidad nueva, diferente. Usted habrá despertado. Será autónomo de todo y de todos. Se sentirá un privilegiado, aunque vive debajo de un puente, le sirvan criados en un palacio o tenga que afrontar el enésimo pago de la hipoteca y un día de trabajo duro. Será libre porque nada ni nadie le causará espanto, ni dolor.

Uno: Siga en su estado de meditación profunda. Ahora, usted, ya no pertenece al pelotón del “último hombre”, a los de ayer, sino forma parte de la vanguardia del futuro. Vuelva al mundo. Usted ya es invulnerable. Ningún poder humano puede nada contra usted. Por eso es libre y por eso, ante las nuevas leyes y reglamentaciones (a cuál más absurda), ante los nuevos horrores y miedos augurados por el poder o generados por su incompetencia, ante el hundimiento generalizado de una sociedad, ante cada noticia que lea en las mañanas en los digitales: usted podrá lanzar la insolente y provocadora carcajada de Dionisos. Lo que para otros es un sufrimiento, a usted le da la razón. Lo que en otros genera miedo y muerte, en usted provoca la convicción de que está más cerca el nuevo amanecer. Y su carcajada demuestra su convicción y la consideración que le merece todo lo que es humano y nada más que humano. Después de lanzar esta carcajada desvergonzada e impúdica hacia todo lo moderno, está casi a punto de llegar al final de la escalada. Su destino, está allá arriba. No caiga ahora, pues el batacazo es mayor cuanto más alto haya ascendido. La cúspide de la montaña está muy cerca de usted. Llegará a ella cuando diga…

Cero: Usted está liberado. Vive la libertad. Está instalado en la verdadera y única libertad. Se domina a sí mismo, luego domina al mundo. Sin conflictos, sin choques, sin contradicciones. Nada le oprime. Nada le condiciona. No teme nada. Ha doblegado todos sus miedos y nada le ata. Ahora es cuando le toca ser el motor inmóvil, el eje que no se mueve y que hace girar todo en torno suyo. Ahora le toca asumir la serenidad del Apolo Délfico. Usted ya es como el Sol de las razas antiguas: estable, sereno, distante. Vive en su tiempo, pero no pertenece a ese tiempo. Usted ha conocido el futuro. Ha decidido instalarse allí, en un nuevo comienzo. Ha conectado con las raíces de su raza. Y ha entendido dónde está el nuevo comienzo. Las ruinas han quedado atrás. Ahora sabe que no está solo. Ha conectado con los que son como usted, con los que conocen el valor de la Tradición. Ya no hay nada “bueno”, ni “malo”, tan solo lo “Grande” y lo “Pequeño”. Lo que construye y lo que destruye. Usted ahora, está junto a los creadores del futuro. Es uno de ellos. Ahora es cuando Hombre y Mujer se escriben con mayúscula y las demás letras del abecedario de la modernidad se disipan en la nada. Usted (y su compañera, porque es bueno que el hombre no esté solo) ya han tomado el cielo por asalto.

 

lunes, 3 de mayo de 2021

60 años de “Cabalgar el Tigre” – Actualizando el catálogo de la decadencia (2 de 10). LA RUPTURA DEL HOMBRE CON LA FAMILIA

Los últimos sesenta años no han contribuido a mejorar la situación de la familia. Los procesos iniciados en la primera mitad del siglo XX, con la decadencia de la familia burguesa, se han ido acelerando desde entonces y, hoy, prácticamente ya no queda nada, no sólo de la familia “tradicional”, sino ni siquiera residuos de la familia “burguesa”. También el este terreno la desintegración de una estructura orgánico–social se ha desarrollado de manera cada vez más acelerada, hasta el punto de que, si en 1961, cabían esperanzas en que la familia continuara siendo “la célula base de la sociedad”, tal como sostenían algunos, a pesar de su franca decadencia, hoy ya nadie puede hacerse ilusiones al respecto: la familia, tal como la concibió la sociedad burguesa ha desaparecido por completo.

Lo que queda y sigue llamándose “familia”, es un agregado inestable (la duración media de un matrimonio en España es de 16,8 años), que ni siquiera es utilizado a fines de supervivencia de la especie, mediante la paternidad (España es el país de la Unión Europea con el nivel más bajo de natalidad, con 1,3 hijos por mujer en edad fértil, incluyendo las mujeres inmigrantes instaladas en España que, hasta ahora, han tirado hacia arriba estas cifras que, de no ser por ellas, posiblemente serían inferiores a la unidad). En estas condiciones, la familia es una institución que ha sufrido un destino similar a cualquier otra heredada de períodos anteriores: simplemente, se ha extinguido y lo ha hecho en medio de la mayor de las confusiones.

A decir verdad, la familia es una de esas instituciones en las que se ha puesto de manifiesto hasta qué punto la degradación de una institución en el seno de la modernidad, la convierte en reflejo especular, sino en caricatura, de lo que fue en otro tiempo.

No está de más estructurar el presente parágrafo exponiendo cómo fue la Familia en las sociedades tradicionales. Seguiremos en esto a Foustel de Coulanges (al que frecuentemente recurre Evola en el Rivolta contro il mondo moderno), para pasar a enumerar las posiciones presentadas en Cabalgar el Tigre. Esto nos permitirá realizar, finalmente, un análisis de la deriva de la institución familia desde 1961 hasta nuestros días y establecer algunas conclusiones.

LA FAMILIA TRADICIONAL

En la sagrada tierra de Europa nació una concepción de la familia que merece ser recuperada. Foustel de Coulanges explica en su obra no superada y más que centenaria obra La Ciudad Antigua, que si nos trasladamos con la imaginación al mundo clásico encontraremos en cada casa un altar y, en derredor del altar, a una familia congregada. La familia tiene conciencia de sí misma gracias a la memoria de sus ancestros. Si careciera de ancestros, ni siquiera existiría. Los vivos y los muertos están unidos en torno a este altar y no lejos de él, siempre cerca de la casa, se encuentra la tumba de los antepasados, que Foustel denomina “la segunda mansión de la familia”. Y añade: “allí reposan en común varias generaciones de antepasados: la muerte no los ha separado. Permanecen agrupados en esta segunda existencia y continúan formando una familia indisoluble”. Porque lo que une a los miembros de la familia antigua es la religión del hogar y de los antepasados, sin duda la mejor y la más realista de todas las religiones. Resulta difícil que la presencia de un dios, ignoto, personalizado e improbable, condicione nuestro comportamiento cotidiano, pero la fidelidad a los ancestros, a los de nuestra sangre, de nuestro linaje, a los que nos precedieron y de los que somos últimos vástagos, eso sí que tiene fuerza de compromiso.

La familia antigua tenía su altar en el hogar. Hogar, religión, familia, eran lo mismo. El fundamento de la familia era religioso y cultual. Separándose de la familia, el individuo quedaba al margen de la sociedad; espiritualmente se convertía en un desahuciado porque jamás su memoria sería recordada por los miembros de su familia. La idea era que, al morir, el hombre clásico perdía su cuerpo físico, pero una entidad más profunda seguía acompañando a los miembros de su familia y se manifestaba a través del fuego sagrado del hogar situado en el altar del culto doméstico. Además, las familias patricias romanas podían establecer con toda precisión el origen de su linaje en algún dios o héroe de la mitología clásica: Hércules, Agamenón, Aquiles, Marte, etc. Y había que ser fiel al linaje de los ancestros porque ellos eran dioses.

Cada culto doméstico era diferente al resto y particular. Cuando una joven perteneciente a una familia determinaba terminaba casándose con un miembro de otra familia, no se trataba sólo de una boda con consecuencias sobre la herencia, la dote, la descendencia, etc. sino que afectaba, sobre todo, al culto doméstico. Abandonar el hogar paterno y construir otro con el esposo, equivalía a convertirse a otra religión: de ahí la importancia del matrimonio y la gravedad de la elección. Por eso los antiguos llamaban al matrimonio “ceremonia sagrada”.

La boda constaba de tres episodios: el primero transcurría en el hogar del padre, el tercero en el hogar del marido y el segundo era el tránsito de uno a otro. Inicialmente, el padre de la novia, en su hogar ofrecía un sacrificio a los ancestros y declaraba que entregaba a su hija al novio. Solamente si el padre accedía a que su hija se desligara del culto doméstico, el matrimonio era considerado válido. Para entrar en la nueva religión doméstica, debía, previamente, abandonar la antigua. La segunda fase era una ceremonia iniciática que equivalía a un rapto: no en vano, el marido cogía entre sus brazos a la novia y entraba así en el nuevo hogar, costumbre con tal arraigo que se ha perpetuado incluso en nuestros días. Las amigas de la novia y ella misma debían gritar y realizar un simulacro de resistencia, aunque, claro, ninguna aspiraba a que el “rapto” fracasara. Ya en el hogar, el esposo colocaba a la esposa en presencia de la divinidad doméstica. La rociaba con agua lustral y tocaba el fuego sagrado. Rezaban unas oraciones y comían juntos una torta de pan, frutas y vino. Las tres fases se llamaban: traditio, deductio in domun y confarreatio. La fórmula romana: “Nuptiae sunt divini juris et humani communicatio” [el matrimonio es una ley divina y una comunicación humana] implicaba que la mujer había entrado a formar parte de la religión del marido.

Así concebían nuestros ancestros la unión de un hombre y una mujer con vistas a formar una familia. Foustel, por eso concluye: “La institución del matrimonio sagrado debe ser tan antigua en la raza indoeuropea como la religión doméstica, pues la una va unida a la otra. Esta religión ha enseñado al hombre que la unión conyugal es algo más que una relación de sexos y un afecto pasajero, pues ha unido a dos esposos con los poderosos lazos del mismo culto y de las mismas creencias”. Por todo ello, el matrimonio era sagrado e indisoluble: “Solo –dice Foustel– la religión podía separar lo que la religión había unido”.

Luego estaba la cuestión de los hijos. Cada romano y cada griego tenían el máximo interés en dejar un hijo tras de sí, porque gracias a ellos dependía su propia inmortalidad. Es más: tener hijos era uno de los deberes para con los antepasados, pues su dicha podía durar lo que durase la familia. En el mundo indo–europeo, el primer hijo recién nacido se llamaba “el hijo del deber”, los demás eran hijos del amor, de la pasión o de los efectos de una noche de luna llena. Pero el indo–europeo debía ante todo cumplir con su deber engendrando el vástago que supondría la posibilidad de prolongar el linaje. Porque el matrimonio era poco menos que obligatorio. Foustel cuenta que Dionisio de Halicarnaso había visto en los viejos anales de Roma una ley que prescribía el matrimonio de los jóvenes. Cicerón en sus comentarios sobre la ley romana dice que proscribía el celibato. Y Foustel colige de todo esto que “el hombre no se pertenecía, sino que pertenecía a la familia”.

Pero No era suficiente tener un hijo. El hijo, además, debía ser engendrado según un ritual sagrado para que pudiera tener el poder de perpetuar la religión doméstica (y, por tanto, a la familia misma). El vínculo de sangre no era suficiente para prolongar la familia: era preciso un vínculo superior. Foustel, una vez más, explica con brillantez: “el hijo nacido de una mujer que no hubiese estado asociada al culto del marido por la ceremonia del matrimonio, no podía participar por sí mismo en el culto”. El casamiento era, por ello, obligatorio. Su objeto no era el placer, ni el pragmatismo, ni la fusión de dos fortunas patricias o del hambre y las ganas de comer plebeyas. El matrimonio servía para unir a dos seres del mismo culto doméstico para hacer nacer un tercero que fuera apto para continuar este culto.

Estaba claro que, si la mujer era estéril, el matrimonio podía disolverse sin excepciones. Lo fundamental para el griego y el romano antiguo era que la familia no se extinguiera y que la llama del culto doméstico jamás se consumiese. Y a este objetivo se subordinaba el amor, el pragmatismo o la pasión. Más aún: en las legislaciones indo–europeas más antiguas, si la esposa enviudaba, estaba escrito que debía casarse con el familiar más próximo del marido. Y si tenía hijos con él, éstos se consideraban hijos del difunto.

El nacimiento de una hija no suponía cumplir con el “hijo del deber”. Debía ser hijo varón. Pero tener un varón tampoco bastaba. Era preciso recibirlo en la comunidad religiosa familiar. El rito prescribía que, inicialmente, el hijo fuera reconocido por el padre. Luego venía la iniciación que los romanos celebraban al noveno día de vida del recién nacido, los griegos el décimo y los hindúes el duodécimo. El hijo era presentado a los dioses domésticos, una mujer debía llevarlo en brazos y dar con él varias vueltas en torno al fuego doméstico. A partir de ese momento se consideraba que el niño había entrado en la comunidad familiar, estaba obligado (tenía el derecho, sería más adecuado) a practicar el culto doméstico y a profesar la religión de los antepasados, un privilegio más que una obligación.

En aquellos tiempos se tendía a que las familias fueran numerosas; la propia matrona romana era el símbolo de la fertilidad y de las necesidades de aquella sociedad tan ruda como pura y esencial. Además, si algo caracteriza a Roma era el pragmatismo. De ahí que existiera un ritual de adopción que garantizase la incorporación de hijos no sanguíneos al linaje. Si un linaje carecía de hijos varones, la legislación y el ritual permitían que se incorporara uno. Se repetían las mismas exigencias que para el matrimonio: para que un hijo pudiera integrarse en una nueva religión debía de abandonar la antigua. Cuando se adoptaba un hijo era preciso, ante todo, iniciarle en el culto familiar: “introducirlo en la religión doméstica, acercarlo a los penates” [dioses del hogar]. El lazo de nacimiento quedaba roto, el vínculo otorgado por la iniciación era más fuerte y, desde luego, superior. Se integraba en una nueva familia y, para ello, era preciso emanciparse de la anterior; esto es, debía emanciparse de la religión practicada por su antigua familia que, a partir de ese momento, ya no era nada para él. Para el mundo clásico, el lazo de la sangre no era nada a la hora de establecer un parentesco –cualquiera que sea– era preciso el vínculo del culto. Porque –recuerda Foustel– “la religión determina el parentesco”. El hijo no podía recibir la herencia del padre si no compartía el culto doméstico o si había abrazado otra forma de culto.

En las sociedades indo–europeos la religión doméstica, la familia y el derecho de propiedad estaban íntimamente unidos. Cada familia tenía sus dioses y su culto; la propiedad se inicia precisamente con ese concepto: la familia es propietaria colectiva de los dioses. En un segundo paso, dado que los dioses están asentados en el culto doméstico, esto es, en el hogar, y éste sobre una tierra, existe finalmente una relación misteriosa entre los dioses y el suelo. Eta concepción estaba arraigada de tal manera que la pena de destierro, por la cual el sujeto debía abandonar la tierra de sus ancestros, era considerado tan grave como la pena de muerte, e incluso más, porque suponía vagar por el mundo como un muerto en vida, sin relación con un linaje, con un culto doméstico y con un hogar.

Después de los dioses, el hogar –templo de esos dioses– constituye la segunda etapa de la aparición del derecho de propiedad. Pero, fijémonos, que no se trata de una propiedad individual, sino familiar. Aquella seguía sin existir. El hogar tenía puerta y esta debía permanecer cerrada, ¿por seguridad? ¿para preservar la intimidad? Sólo en parte: no conviene que el hogar permanezca abierto para que alguien ajeno a la familia vea el desarrollo del culto doméstico. Por eso los dioses de este culto se llamaron “penates”, literalmente dioses interiores u ocultos. Por eso mismo, el hogar estaba aislado del exterior mediante un cercado que delimitaba un espacio sagrado protegido por el dios protege. Violar este recinto suponía, no tanto un atentado a la propiedad privada, como un sacrilegio y una muestra de impiedad. De ahí la dureza con que siempre se castigó en el mundo antiguo el “allanamiento de morada” (que contrasta con la lasitud actual ante el fenómeno “okupa” y la simpatía que el ultraprogresismo le depara).

El domicilio era inviolable: el dios doméstico –comenta Foustel– “ahuyentaba al ladrón y alejaba al enemigo”. El recinto sagrado era el herctum [la herencia] y en su centro estaba el altar doméstico. Cada casa debía estar aislada de otras; no podía haber muros en común (también aquí el “reflejo” actual es sorprendente, si tenemos en cuenta los rasgos de las viviendas modernas). “¿Qué hay de más sagrado que la morada de cada hombre?” se preguntaba Cicerón. Foustel escribe: “Para invadir el campo de una familia era necesario derribar o cambiar de sitio un límite; ahora bien: este límite era un dios. El sacrilegio era horrendo y el castigo severo”. Los romanos establecieron en su legislación más antigua: “Si ha tocado el término con la reja de su arado, que el hombre y sus bueyes sean consagrados a los dioses infernales”, en otras palabras, que debían ser sacrificados en expiación.

Nadie podía vender su propia casa ni renunciar a ella (lo que contrasta con el afán especulativo moderno: se compra una casa para revalorizarla y revenderla realizando una “buena inversión”). Era una ley antigua: ni vender la tierra ni dividirla. “Fundad la propiedad en el derecho del trabajo, y el hombre podrá enajenarla. Fundadla sobre la religión y ya no le será posible, pues un lazo más fuerte que la voluntad humana asocia al hombre a la tierra” escribía Foustel. La propiedad no es el patrimonio de un sujeto, sino que éste es su depositario en tanto que mero eslabón en la cadena del linaje. Por eso mismo, la expropiación con fines de utilidad pública era desconocida por los antiguos. La Ley de las Doce Tablas prescribía la imposibilidad de confiscar las tierras de un deudor, pero con la misma autoridad establecía que el cuerpo de éste pertenecía al acreedor.

El derecho de sucesión estaba plenamente regulado y garantizado (mientras que, en la actualidad, el “impuesto de sucesiones” tiende a desincentivar y a castigar la entrega de una herencia patrimonial). Cicerón resume: “La religión prescribe que los bienes y el culto de cada familia son inseparables y que el cuidado de los sacrificios recaiga en aquel que reciba la herencia”. El cuidado del culto y la sucesión eran inseparables: “transmitiéndose la religión doméstica de varón en varón, la propiedad se hereda del mismo modo”, recuerda Foustel. Lo que hace que el hijo herede no es la voluntad personal del padre. El padre no necesitaba hacer testamento: el hijo hereda sin restricciones. Pero es el hijo mayor el que hereda; no la hija. ¿Por qué?

Dado que la hija no es apta para mantener la llama de la religión doméstica en la medida en que, al casarse renuncia al culto de su propia religión para asumir la del esposo, por eso mismo no tiene derecho a la herencia. Hacer heredera a la hija implicaría dejar al altar doméstico sin culto. ¿Y si el padre moría sin hijos? Entonces se intentaba buscar entre sus familiares quien debía ser el continuador del culto. La ley ateniense prescribía que “Si un hombre muere sin hijos, el heredero es el hermano del difunto, con tal que sea hermano consanguíneo; a defecto de éste, el que hereda es el hijo del hermano: pues la sucesión pasa siempre a los varones y a los descendientes de los varones”.

De todo esto puede deducirse que nuestros antepasados no daban importancia alguna al testamento (venerado y regulado hasta la saciedad por los leguleyos de nuestros días). Los recios habitantes de Esparta lo proscribieron, simplemente. Solón, en su código, lo permitió sólo a quienes morían sin herederos. Legar arbitrariamente los bienes era una opción que apareció en un tiempo muy posterior a los orígenes. Todo el patrimonio era indivisible e iba a parar al primogénito, el “hijo del deber”. El Código de Manú, ley de los antiguos arios establecía que “el primogénito sienta por sus hermanos menores el amor de un padre por sus hijos, y que éstos, a su vez, lo respeten como a un padre”.

El padre de familia detenta una autoridad equivalente y similar a la de un jefe de Estado. En el mundo clásico el origen del derecho no hay que buscarlo en un legislador, sino en la familia. Los principios que regían a la familia, con el tiempo pasaron a ampliar su radio de acción y a trasladar sus principios a un marco más amplio. De este concepto ha quedado, como recuerdo lejano, la afirmación de que la “familia es la célula básica de la sociedad”.

La autoridad familiar no la detentaba el padre en tanto que tal: por encima del padre se encontraba la religión doméstica y el dios al que los griegos llamaban el “hogar–dueño” y los latinos “lar familiae pater”. Era una divinidad interior o, con más precisión, la creencia que anida en el alma humana, de una autoridad indiscutible a partir de la cual se establecía la jerarquía familiar. El padre era el primero en tanto que encendía el fuego sagrado y lo conservaba. Era el “pontífice”, que establecía puentes entre el mundo humano y el de los lares. Le correspondía dirigir y ejecutar la liturgia y los sacrificios, pronunciar las oraciones. La familia se perpetuaba a través suyo. Cuando moría se transformaba en un ente divino que los descendientes invocaban.

La mujer tenía otro rango, ni superior, ni inferior, simplemente diferente. No podía tener hogar propio ni presidir el culto. Era la materfamilias, pero perdía el título al morir el marido. Soltera estaba sometida al padre; muerto el padre, a sus hermanos; casada, a su marido; muerto el marido, a sus hijos. Que no se vea en esta dependencia una imposición, ni el derecho del fuerte, sino que derivaba de las creencias religiosas que situaban al varón como pontifex del culto doméstico.

La mujer ejercía también, en cierto sentido, un sacerdocio. Gozó de los derechos derivados de ser la encargada de velar para que el hogar no se extinguiera. Sin ella, el culto doméstico resultaba insuficiente. Si el paterfamilias enviuda, pierde por eso mismo el sacerdocio. En contrapartida, la legislación, las costumbres y la tradición romana atribuían a la mujer una alta dignidad (muy diferente del actual concepto de “igualdad”), tanto en su papel de madre-matrona como de amante. Pocas sociedades como la romana han tenido en tan alta estima a la mujer y la han dotado de semejante veneración, incomparable con el rol social actual de la mujer. El hijo, por su parte, no podía cuidar el culto doméstico mientras viviera el padre, aunque se casara y tuviera hijos. En la casa romana, en la casa indo–europeo, si bien no existía la igualdad de derechos y obligaciones, si al menos había una igual dignidad.

La religión doméstica configuraba el núcleo familiar y lo organizaba. Se equivocan quienes atribuyen a este modelo organizativo un machismo inherente a la condición de varón como padre. “Pater”, utilizada en griego, latín y sánscrito, se diferenciaba de “genitor” (“gânitar” entre los hindúes), palabra con que se definía a quien había contribuido al nacimiento de los hijos. Por lo demás, su autoridad distaba mucho de ser absoluta: era dueño del hogar y de sus bienes, pero no podía ni entregarlo, ni enajenarlo. Podía repudiar a los hijos, pero no era una decisión que se tomara a la ligera pues podía correr el riesgo de morir sin descendencia y, por tanto, su familia se extinguiría y los manes de sus antepasados caerían en el olvido. Cualquier derecho de que gozara el padre estaba acompañado de obligaciones. Era el primero de entre los miembros de su familia, porque le correspondían unos deberes tan absorbentes que, en el fondo, no era sino el primer servidor de la familia.

Los lares eran los dioses terribles encargados de castigar a los humanos y velar sobre el destino del hogar. Los penates, dioses que nos hacen vivir, mantienen nuestro cuerpo y sostienen nuestra alma. Los manes son nuestros antepasados devenidos dioses tras la muerte. Dioses protectores, dioses mantenedores, dioses destructores, era difícil que el romano en su hogar se sintiera solo: toda una cohorte sutil le acompañaba, le protegía y lo sostenía. El dios de la caridad no existía. El amor al próximo tampoco. Un hombre veía en otro a un ente exterior a sus ritos, con el que no tenía oraciones en común, ni siquiera dioses. Por lo mismo, el romano antiguo no imploraba a su dios en beneficio de alguien ajeno a la familia. También ignoraba lo que era la caridad: el romano entendía sólo de deberes. Y el primero de todos era contraer matrimonio. El celibato no era solo una negligencia, era también un crimen.

Estas notas nos parecen suficientes como para hacernos una idea, bastante aproximativa de lo que fue la familia en sentido originario: una institución sagrada y, en este sentido, efectivamente, “célula-básica” de una sociedad que, en cada nivel jerárquico más amplio, hasta llegar al Imperium, reproducía el mismo esquema. Pues bien, de esta institución no queda absolutamente nada. De hecho, la familia burguesa no fue más que un fuego fatuo surgido del cadáver de aquella institución. A lo largo de los párrafos anteriores, hemos apostillado en varias ocasiones que lo “actual”, lo “moderno” es, también en este terreno, el reflejo y la inversión de la normalidad “originaria”.

Evola, que en Cavalcare la Tigre, da por sentado que conocemos los fundamentos de la familia según la Tradición, pasa directamente a la crítica de la familia burguesa. Vale la pena repasar las líneas maestras por las que discurre esta crítica, pero poder advertir luego las evoluciones posteriores a 1961.

EVOLA Y LA CRÍTICA A LA FAMILIA BURGUESA

Los puntos sobre los que se asienta la crítica evoliana a la familia burguesa están incluidos en el parágrafo 27 de su obra. Los podemos resumir así:

1) El matrimonio sólo se volvió un rito y un sacramento, tardíamente en la Historia de la Iglesia (no antes del siglo XII). La ceremonia religiosa fue obligatoria para toda unión que no quisiera ser considerada como un mero concubinato en el Concilio de Trento (1563).

2) San Pablo, significativamente, anuncia el verdadero significado del matrimonio–rito, cuando utiliza la palabra "misterio" (en Efesios V, 31–32) y no “sacramento”. Pero la Iglesia parece haber olvidado esta concepción.

3) Una unión de tipo “sagrado” (antigua concepción clásica de la familia), solamente es concebible en casos excepcionales, cuando se parte de la base de una devoción absoluta, casi heroica, de una persona a otra, en la vida y en el más allá.

4) En una civilización y en una sociedad materializadas y desacralizadas como las nuestras, es por lo tanto natural que los diques que se oponían a la disolución de la concepción cristiana del matrimonio y de la familia —por más problemática que fuera esta concepción, como acabamos de decir— hayan cedido y que, en el actual estado de cosas, nada exista que merezca ser defendido y conservado.

5) Por lo que respecta a la institución familiar, su crisis en nuestros días es tan manifiesta como la idea romántica ochocentista de patria, tratándose de procesos en amplia medida irreversibles, ligados a factores característicos de los últimos tiempos.

6) La familia ha cesado desde hace tiempo de tener un significado superior y de estar cimentada en factores vivos que no sean simplemente de orden individual. El carácter orgánico que ofrecía su unidad en otros tiempos, se ha perdido en el mundo moderno.

7) En la mayoría de los casos, la familia de los tiempos modernos es una institución de carácter pequeño–burgués, casi exclusivamente determinada por factores naturalistas, utilitarios, rutinarios, primitivamente humanos y, en el mejor de los casos, sentimentales.

8) Sobre todo ha desaparecido su eje esencial: la autoridad, ante todo espiritual, de su jefe, del padre: la que puede encontrarse en el origen etimológico de la palabra pater: "señor", "soberano".

9) ¿Qué autoridad puede revestir el padre, si, se reduce hoy casi exclusivamente a una máquina de fabricar dinero pluriempleado? ¿Cómo reconocer a la unidad familiar moderna un carácter diferente de un conglomerado unido por factores extrínsecos, necesariamente expuesto a procesos erosionadores y disolutivos?

10) Al prestigio decaído del padre corresponde el distanciamiento de los hijos, la ruptura cada vez más nítida y brutal entre las antiguas y las nuevas generaciones. A la disolución de los lazos orgánicos en el espacio (castas, cuerpos, etc.) corresponde en nuestros días, la de los lazos orgánicos en el tiempo, es decir, la interrupción de la continuidad espiritual entre las generaciones, entre padre e hijo.

11) Es significativo que este fenómeno se manifieste de un modo particularmente crudo en lo que queda de la antigua aristocracia nobiliaria, en las que hubiera podido esperarse que los lazos de la sangre y de la tradición hubieran sido más duraderos.

12) El hecho de que, en una civilización materialista y sin alma, la familia esté desprovista de todo significado superior contribuye, entre otras, a la aparición de fenómenos extremos entre la juventud: la "juventud quemada" y la creciente criminalidad juvenil.

13) Dada esta situación y cualquiera que sea la causa principal, imputable a los padres o a los hijos, incluso la procreación asume un carácter absurdo y no puede razonablemente continuar siendo una de las principales razones de ser de la familia.

14) La unidad familiar sólo podía permanecer sólida mientras que una manera de sentir suprapersonal tuviera suficiente fuerza para hacer pasar a un segundo plano los hechos simplemente individuales. Antaño, en un matrimonio se podía no ser “feliz”, sin embargo, la unidad permanecía. Al contrario, en el clima individualista de la sociedad actual, no puede invocarse ninguna razón superior para mantener la unidad de la familia cuando el hombre y la mujer "ya no se entienden" y los sentimientos o el sexo le conducen a nuevas opciones.

15) En principio, un “hombre diferenciado” no puede conceder, en el actual estado de cosas, ningún valor al casamiento, a la familia o a la procreación. Todo ello puede serle ajeno y no reconoce en ello nada que tenga un significado y merezca su atención.

16) Sobre el matrimonio, la mezcla de lo sagrado y lo profano y el conformismo burgués son evidentes, incluso en el caso del matrimonio católico indisoluble. En realidad, tal indisolubilidad, que en el ambiente católico debería proteger a la familia, no es hoy más que una fachada.

Tales son los puntos de vista evolianos en relación a la crisis de la familia. Queda ahora explicar las derivas que ha tenido la institución familiar en los últimos 60 años (que dan la razón a nuestro autor y, al mismo tiempo, son necesarias para redefinir la actitud del “hombre diferenciado”, el único para el que Evola escribió su obra.

1. Más allá de la ruptura generacional

En los años 60, efectivamente, existió una disrupción entre la “generación de la guerra” (la Segunda Guerra Mundial) y la “generación de la postguerra”. En realidad, no era algo nuevo, sino lo que venía ocurriendo desde principios del siglo XX. Los avances técnicos y los cambios en los ritmos de vida habían generado las diferencias generacionales. Pero no fue sino hasta mediados de los años 60, cuando la comunicación entre las generaciones empezó a volverse difícil. Si tenemos en cuenta que la postguerra fue un período de grandes cambios y de aceleraciones en todos los terrenos de actividad humana, tampoco esto puede extrañarnos, como tampoco nos extraña el que, a medida que estos cambios, se iban haciendo cada vez más continuos hasta alcanzar la endiablada velocidad actual, las diferencias ya no fueran entre generaciones, sino en el interior de cada generación: en el siglo XXI, bastas apenas 2 años de diferencia en el momento del nacimiento, para que los nuevos nacidos conozcan realidades muy diferentes. En los años 80-90, bastaban 5 años para que se operasen estos mismos efectos: los nacidos en 1980 no habían conocido el ordenador personal, pero los que nacieron en 1989, manejaban ya un PC antes incluso de llegar a la escuela. Los nacidos en 2000, al cumplir los 7 años ya eran usuarios habituales de Internet y los que nacieron 10 años después, manejaban con más facilidad la telefonía móvil que el antiguo PC. Hasta los años 70, se consideraba que “una generación” tardaba 25 años en ser reemplazada por la siguiente y era, más o menos, homogénea: hoy esos plazos se han acortado extraordinariamente.

Hoy, resulta casi imposible encontrar temas de conversación no solamente entre padres e hijos, sino incluso entre miembros de lo que, por edad, debería ser la misma generación. La transmisión generacional se ha interrumpido y no son solamente los padres quienes “no entienden” a los hijos, sino que, incluso, el diálogo es imposible entre hermanos separados por un lustro de diferencia. Las conclusiones que podemos extraer de este fenómeno son, por una parte, la confirmación de la velocidad de aceleración que está experimentando la modernidad, propia de todo cuerpo sólido que cae por una pendiente y cuya velocidad, por pura inercia, va aumentando. Por otra parte, nos encontramos de nuevo con la confirmación de la crisis de la estabilidad del mundo burgués, trasladado al diálogo intergeneracional.

2. Los “nuevos modelos familiares” como resultado de la pérdida de las identidades

Sobre las cenizas de la familia burguesa y como resultado de su crisis irreversible, se han alzado lo que, pomposamente, ha recibido el nombre de “nuevos modelos familiares”, esto es, de las alternativas surgidas a la familia burguesa. Y aquí, todo vale, hasta el punto de que pueden preverse sus desarrollos futuros en los próximos años.

Los elementos propulsores de estos “nuevos modelos familiares” son tres fenómenos íntimamente concatenados:

- El dogma del “relativismo” y de la “libertad”: todo vale y nada es completamente “bueno” ni “malo”, por tanto, todo es legítimo.

- El dogma de la igualdad aplicado a este terreno: ningún modelo familiar es superior a otro, dado que “somos iguales”, cualquier forma de relación y de organización entre humanos, es aceptable.

- El dogma del progreso hace que se conciba, aun sin esperar los resultados, a los “nuevos modelos familiares”, no sólo como legítimos, sino además superiores a cualquier otro.

Se da por supuesto que los “nuevos modelos familiares” son provisionales: cuando una unión no “funciona”, o aparece la posibilidad de cambiar a otro modelo que pueda reportar más satisfacciones personales, nadie tiene el más mínimo empacho en realizar tal cambio.

El resultado es que, mientras las familias tradicionales tenían un ciclo de duración que se prolongaba por espacio de generaciones y la familia dejaba de ser algo que uniera a la generación de los padres, de los hijos, de los abuelos, etc, a lo largo de linajes, para la familia burguesa el ciclo de vigencia era mucho menor y siempre ligado a la fortuna familiar, dado que la herencia quedaba distribuida entre todos los hijos, en lugar de corresponder solamente al primogénito como había ocurrido en las sociedades tradicionales. Éste, el hijo mayor, heredaba, no solamente el patrimonio -evitando así su fragmentación- sino las responsabilidades del padre. Es significativo, así mismo, que parte del patrimonio familiar -que ya ha tributado los impuestos establecidos- vuelva a pagarlos en concepto de “impuesto de sucesiones”. El Estado, simplemente, aspira a anular el peso de las herencias. Si a esto unimos otros fenómenos sociales aparecidos en los últimos tiempos y que analizaremos en su lugar, el resultado es que todo juega en contra de la familia burguesa que ya no está en condiciones de oponer ninguna resistencia a los “nuevos modelos familiares”, ni siquiera en nombre de los principios más conservadores.

Existe una unanimidad en aceptar estos “modelos”, a pesar de que nada sugiere -sino todo lo contrario- que resulten viables y que, difícilmente, podrán consolidarse en el tiempo.  Podemos establecer una ley: a medida que se produce un alejamiento de la sociedad Tradicional, se va perdiendo su carácter esencial, la estabilidad y la perennidad de su modelo de familia, para ir cayendo en formas, en sí mismas, pura transitoriedad inestable.

Entre otros, podemos citar como “nuevos modelos familiares”, la figura de la madre soltera que haya decidido tener un hijo mediante algún procedimiento de reproducción asistida; las madres solitarias que después de un divorcio -en España, los jueces atribuyen siempre la custodia de los hijos a las madres, salvo en casos de notoria incapacidad de la madre. Ambos modelos se conocen como “familias monoparentales”. Las parejas de lesbianas y las de homosexuales forman “familias homoparentales” que también pueden tener hijos gracias a la reproducción asistida, a la donación de semen, el “vientre de alquiler” o a la adopción. La opción de aquellos hombres que deseen ser padres en solitario, puede ser desde la adopción hasta el vientre de alquiler. Habitualmente, feministas radicales y colectivos LGTBI+ se quejan de que determinados países no permiten la “adopción” de nacionales por parte de parejas homosexuales o de padres o madres en solitario.

Además de estos “modelos” podríamos hablar también de los restos de la familia burguesa que actualmente tiende a llamarse “familia nuclear” (dos adultos de sexo opuesto más sus hijos). Sin embargo, este tipo de familia, sometida a los vaivenes del divorcio y de las crisis económicas, puede dar lugar a “familias extendidas” (en las que, además de padres e hijos, conviven bajo el mismo techo otros parientes, tíos, abuelos, sobrinos), las “familias de padres separados”(en la que los hijos viven unos períodos con su padre y en otros con su madre), las “familias reconstituidas” (en las que dos cónyuges procedentes de distintas unidades separadas previamente y con hijos una o ambas, han decidido vivir en común, pasando los hijos a ser hermanastros”, modelo en el que se incluiría también hombres o mujeres que hayan enviudado previamente o que hayan sido padres o madres solteros), finalmente encontraríamos a las “familias adoptivas” (en los que la pareja decide adoptar a un hijo que, casi inevitablemente, resulta proceder de un país extranjero, casi siempre del Tercer Mundo).

Al ritmo que avanzan las propuestas de los sectores más progresistas de la sociedad, parece inevitable que, en un plazo de 15 a 30 años, sea posible reivindicar “nuevos modelos familiares” en los que ni siquiera se tendrá en cuenta la biología. Por el momento, la ciencia ficción ya avanza parejas formadas por entidades biológico-mecánicas (cyborgs) con humanos e, incluso, hay “animalistas” que proponen los mismos derechos para las mascotas (en EEUU se han dado ya múltiples casos de testamentos en los que el beneficiario de una herencia es una mascota, habitualmente perros o gatos…). Así que es fácil prever lo que nos espera en los próximos lustros.

Asustarse por esta perspectiva no es una opción. Temerla tan poco. Sonreír, quizás sea lo más oportuno. Estamos ante estertores terminales de una sociedad que se aproxima a su fin. No puede sorprendernos, ni siquiera airarnos, el que las formas de organización más absurdas, todo aquello que civilizaciones anteriores, desde el neolítico, han rechazado como inservible, constituya, tanto en este como en otros terrenos, el signo de los tiempos de la modernidad.

3. La caída de la natalidad como síntoma

Otro de los aspectos sobre los que no hay que asustarse es sobre la caída de la natalidad. España es, en la actualidad, incluso tras la llegada de diez millones de inmigrantes en los últimos 25 años, uno de los países europeos con más baja natalidad. A ello contribuyen tres factores: de un lado, las condiciones económico-sociales, cada vez más adversas a causa de la inflación, la pérdida de poder adquisitivo de los salarios y al encarecimiento general de la vida. De otro lado, los ritmos de vida modernos, determinados agentes químicos presentes en la alimentación (incluso en la más “sana”), contribuyen a generar todo tipo de problemas en el esperma del varón y en la motilidad de los espermatozoides. Finalmente, los valores que han sustituido a los de la familia tradicional: el culto al cuerpo y a la belleza, la aspiración o no tener ataduras de ningún tipo para el propio placer, la negativa a asumir responsabilidades y cargas propias de la paternidad e incluso la pérdida de los instintos propios de los mamíferos superiores, presentes en el ser humano y que, como veremos, resulta significativo, como reflejo de una decadencia, también, de carácter biológico. En cualquier caso, todos estos fenómenos están íntimamente ligados a la modernidad.

En realidad, el hecho de que la natalidad descienda, no es nada de lo que haya que alarmarse. Indica, simplemente, que algo anómalo ocurre en la sociedad. De hecho, “calidad” y “cantidad” siempre han estado en razón inversa. Lo realmente preocupante es que, en la actualidad, nada sugiere que una bajada en las tasas de natalidad, como la que se están dando en los países de Europa Occidental, desde hace casi medio siglo, redunde en un aumento en la “calidad” de los nacimientos. A decir verdad, lo que se constata es justo lo contrario: lo que se delata es, sobre todo, una crisis global de la maternidad que afecta, sobre todo a las razas caucásicas, en absoluto a otros marcos étnicos. Da la sensación de que esos grupos étnicos, por las razones que antes hemos enumerado, han perdido “vitalidad”, o si se quiere, “instintividad”.

Aunque solamente fuera por razones instintivas (en tanto que el soporte de lo humano es fisiológicamente un mamífero superior), el ser humano debería tener los mismos instintos que estas especies, sometidos, por supuesto, a modulación: instinto de agresividad, instinto territorial e instinto de supervivencia manifestado con la generación de hijos. En otros marcos geográficos, la situación no es mejor: se tienen más hijos que en Europa, pero los problemas generaciones son similares, agravados -en China, en la India, en el mundo árabe- por una masificación jamás conocida en períodos anteriores.

Pero la realidad es que, en Europa, el descenso de la natalidad no ha generado unos pocos nacimientos de individuos de una estatura excepcional, ni en el Tercer Mundo, el aumento de la población se ha traducido en aparición de un mínimo porcentaje de seres espiritualmente superiores.

La hora del régimen de “sucedáneos” también ha llegado a este terreno. Ya en los años 90, vimos, no sin cierta sorpresa, la aparición de “mascotas” electrónicas (los “tamagochi”) que había que cuidar como si se tratara de hijos biológicos: era preciso estar pendiente de ellos, alimentarlos, despertarlos, entrar en sus rutinas… Era una moda, pero, en cualquier caso, significativa. Posteriormente, las familias han tendido a sustituir a los hijos por las mascotas. Se trata, por supuesto, también de una moda impuesta por determinadas empresas instaladas en este sector. Son muchos los poseedores de una mascota que les deparan el mismo amor, incluso, la abnegación propia que un padre puede entregar a un hijo biológico. En torno a las mascotas se ha desarrollado toda una industria de servicios: peluquerías caminas, alimentación con todo tipo de complementos vitamínicos, cirugía y medicina, incluso vestimenta y gadgets. Obviamente, el próximo paso es atribuir derechos a las mascotas que antes fueron solo patrimonio de lo humano. Cada vez más personas afirman, sin ningún tipo de ambages, que quieren más a su mascota que a cualquier humano e incluso mantienen animadas conversaciones con ellos o los sacan a pasear en carrito, o arropándolos en invierno con abrigos, mantas e incluso botas, demostrando con ello que lo ignoran todo sobre la vida y las características de estos animales. Pero tampoco aquí hay que sorprenderse: el amor a los animales, la defensa de sus derechos, e incluso la denuncia a los “abusos” de que son víctimas las vacas al manosear sus ubres para extraer leche o las gallinas al robarles los huevos, no pueden ser sino considerados como síntomas de una especie de locura colectiva, grotesca habitualmente y en ocasiones, incluso, siniestra.

Todo esto nos demuestra que, tras el repliegue de lo espiritual, ha seguido el declive de lo psíquico, al que no ha tardado en seguir la decadencia del mismo soporte biológico del ser humano. Si el ser humano está compuesto por cuerpo, alma y espíritu, hoy estos tres elementos están en crisis.



4. La pérdida del sentido de la paternidad

Una sociedad que ni siquiera es capaz de recordar lo que es la “autoridad”, no ya la Autoridad Espiritual, sino la pura y simple autoridad más allá de la simple represión, es una sociedad en la que la noción de la paternidad, sería insostenible en la medida en que implica una forma muy concreta de Autoridad. Hay que situar la crisis de la paternidad como un frente más abierto por la crisis de la Autoridad.

Hoy, aludir a la autoridad paterna implica hacerse acreedor de los epítetos de “reaccionario”, “patriarcal” y “machista”. Toda forma de autoridad (que no sea la tendente a mantener el orden público) es considerada como “castradora”: al impedir hacer algo se evita que esa persona “experimente” y decida por sí mismo.

En las sociedades tradicionales, Autoridad y Jerarquía, eran los polos de agregación y las fuerzas motrices de la sociedad: la Autoridad ordenaba y polarizaba en torno suyo irradiando energías y ejemplo; esta Autoridad se dividía en grados y niveles generando una jerarquía que implicaba siempre una complementariedad en todos sus niveles: la autoridad llegaba y marcaba el camino a los que tenían determinadas carencias del carácter. Eso era una sociedad “orgánica”. Cualquier sociedad en la que no existe un centro o un polo de referencia claro, es una sociedad inorgánica y a largo plazo inviable.

La sociedad burguesa ya transformó al padre en una máquina de traer dinero a casa y a la madre en una mezcla de ama de llaves, nodriza e institutriz. Las “conquistas sociales” de los años 60 integraron a la mujer en el mundo del trabajo convirtiéndola, además de sus responsabilidades familiares, en un personaje tan alienado como su marido en tanto que ambos no eran dueños de su trabajo. El paso siguiente, la destrucción de la familia burguesa, se ha cubierto de manera irreversible. El final de la sociedad burguesa ha coincidido con los últimos estertores del principio de autoridad. En realidad, si todos fuéramos “iguales”, nadie tendría el derecho de imponerse y guiar a otros. Hoy, como máximo, la autoridad se extrae de la aceptación numérica expresada en las papeletas de voto y se trata siempre de una autoridad provisional en la que ni siquiera cuentan las cualidades morales, éticas o profesionales, sino simplemente el número de votos recibidos. Por tanto, no es que el fin de la autoridad en el seno de la familia -tanto de la autoridad paterna como materna- sea un elemento inesperado, sino que supone que está próximo a alcanzarse el punto omega de los principios elevados a dogmas con la revolución de 1789.

5. Los nuevos arsenales legislativos

Desde los años 80, la ciencia ofrece a las mujeres técnicas de reproducción asistida. Inicialmente, fueron utilizadas para resolver los problemas de familias en las que alguna de las partes estaba incapacitada fisiológicamente para tener hijos, pero luego, la técnica fue utilizada por mujeres que no habían contraído matrimonio, pero querían tener hijos.

A partir de 2005, la legislación española -y luego otras legislaciones europeas- siguiendo las directivas de la UNESCO introdujeron el derecho al matrimonio de las parejas homosexuales y, poco después, su derecho a la adopción, eliminándose cualquier limitación legal que pudiera existir. Poco después se aplicó la misma regulación a las uniones de hecho, por transitorias y circunstanciales que fueran.

En España, la legislación del período “zapateriano” estableció, además, facilidades extremas al divorcio que pasó a ser una práctica generalizada, reduciendo al mínimo los plazos de “separación” y pasando directamente a la ruptura de todo vínculo administrativo entre los cónyuges, práctica que seguía a la Ley del Divorcio establecida por el gobierno de Adolfo Suárez en 1981. Cualquier pequeña disputa conducía legalmente y, sin períodos de reflexión, directamente a la disolución de todo vínculo.

La ley del aborto, inicialmente aprobada en 1985, sufrió durante el período de Zapatero una reforma en profundidad que, prácticamente, convirtió el aborto en universal, legal, libre y gratuito, pasando de practicar en España menos de 500 en 1986, a 100.000 en 2020. Las estadísticas demuestran que hay mujeres que han entrado en el quirófano hasta ¡seis veces! para abortar, en un momento en el que existen múltiples métodos anticonceptivos, o formas de interrumpir el embarazo mediante procedimientos farmacológicos.

A pesar de que la legislación española, en estos momentos no admite la figura del “vientre de alquiler” -también conocido como “maternidad subrogada”- lo cierto es que viene haciéndose desde los años del franquismo

Pero nada de todo esto ha servido para tranquilizar y refrenar los ánimos de una izquierda que se ha quedado, prácticamente, sin ideas-fuerza, y pide más y más rápidamente, medidas legislativas tendentes a liquidar los últimos residuos de la familia burguesa, a propulsar cualquier nuevo modelo familiar que pueda idearse. La reacción solamente ha llegado de los ambientes católicos, motivada por cuestiones de dogma y de fe. La derecha política “conservadora”, apenas ha hecho nada para oponerse a estas iniciativas legislativas.

UN MUNDO EN EL QUE LA FAMILIA HA DEJADO DE EXISTIR

Lo que nos puede deparar el futuro en los próximos años en relación a la paternidad es fácil de prever: la fecundación en incubadoras artificiales que sustituirán a la madre y el tener hijos “a medida y bajo demanda” figuran en estos momentos entre los principales objetivos de las nuevas investigaciones genéticas. De ahí al futuro pintado en Un mundo feliz de Aldous Huxley, no hay más que un paso. Al igual que en la novela, la “felicidad” se ha conseguido liquidando a la familia, a la diversidad cultural, al arte, a la religión, la filosofía y el amor. No es difícil establecer el diagnóstico: la familia burguesa ha sido sustituida, tras un período de decadencia que termina exteriorizándose a partir de la “contestación juvenil” de mediados de los 60, no por un “nuevo modelo familiar”, sino por la “no-familia”, esto es, por entidades provisionales, de dudosa eficacia, en todos los casos, como “células base de la sociedad”.

Los períodos de fin de ciclo se caracterizan precisamente por el caos al que conduce la sustitución de fórmulas tradicionales ya degradadas por nuevos experimentos que tienden a atomizar la sociedad en lugar de darle una mayor coherencia. Pues bien, esto ha ocurrido en apenas 60 años, tal como anticipaba Evola y como describía Huxley en su novela (que, más que una novela crítica, casi habría que considerar como una “hoja de ruta” en la marcha hacia un futuro que desdice el título de su novela).

La relajación de las identidades sexuales a la que hemos aludo en relación al sexo (ver La ruptura del ser humano con la sexualidad) ha tenido también como resultado, la aceleración de la crisis de la familia y su destrucción irreversible. El hecho mismo de que las condiciones socioeconómicas (que examinaremos en su lugar) hayan hecho inevitable que en la mayor parte de los hogares se precisen dos salarios para poder afrontar el día a día, ha obligado a padre y madre a permanecer durante la jornada laboral fuera del hogar y, por tanto, a imposibilitarles, en la práctica, las tareas de educación de los hijos. En ese punto, el Estado ha sustituido a la familia en la “educación” de los hijos. El fracaso de los sistemas educativos y las condiciones y dogmas que imperan en la enseñanza actual, han destruido también la posibilidad de transmitir conocimientos válidos y de ofrecer una visión del mundo y unos valores instrumentales, convirtiéndose las aulas en meros silos y contenedores para el almacenamiento del “material humano” (los hijos), mientras los padres trabajan.

A todos estos elementos que contribuyen a la aceleración del hundimiento de cualquier estructura social estable, se une la marcha acelerada de los progresos técnicos y la aparición constante de nuevas modas y de productos culturales que, como hemos dicho al principio, provocan una imposible transmisión generacional de conocimientos e, incluso, la propia comunicación entre padres e hijos y entre hermanos separados por pocos años de edad, en los raros casos en los que las “unidades de convivencia” (que no familias) tienen más de un hijo. Los hijos han dejado de ser educados por los padres, y el Estado ha fracasado en la tarea: el medio y el clima socio-cultural, las modas y los dogmas en vigor son quienes modelan a las nuevas generaciones. Pero no perdamos de vista el que, desde la Grecia clásica, incluso desde el neolítico, la familia había sido considerada, con razón, célula base de la sociedad. Faltando coherencia en las familias, la propia sociedad y su expresión organizativa, el Estado, es la que se resiente.

La pregunta que ya se planteó Evola hace 60 años es ¿cómo puede actuar un “hombre diferenciado” que no ha perdido de vista lo que fue la familia tradicional en el período terminal que le ha tocado vivir? No puede añadirse mucho más a lo escrito en aquel momento por nuestro autor: en 1961, a pesar de no poder prever, algunos desarrollos que se han producido en estos últimos 60 años en relación a la familia, tenía muy claro que, en la fase de desintegración de la institución que conoció ya en aquella época, no podía salirse en defensa de la familia burguesa en la medida en que ésta lo reducía todo a un mero pragmatismo que -tal como ocurrió- fue variando su orientación a medida que las condiciones objetivas de carácter económico-social, obligaron a ello.

En estos momentos de fin de ciclo resulta absolutamente imposible reconstruir en la práctica modelos de familia tradicional (esto es, pre-burguesa). Los “hombres diferenciados” a los que Evola dirigía su obra, solamente podían aspirar a transmitir valores y a preservar el concepto de “familia tradicional”, reconociendo las pocas posibilidades de adaptarlo a las condiciones del fin de ciclo. Evola afirmaba que, en estas circunstancias, la paternidad ya no puede estar vinculada a la sangre o al linaje: nosotros podemos añadir que, tampoco puede estar vinculada a ninguno de los “nuevos modelos familiares”, en la medida en que no son un “más”, sino un “menos”, en relación al modelo burgués. Además, lo importante, no es “formar familias” sino garantizar la “transmisión” de valores y de certidumbres en condiciones de restablecer la continuidad generacional supliendo el abismo creciente generado por la modernidad entre las distintas generaciones.

Es el momento de volver a la etimología y al concepto tradicional de la palabra “familia”. El término procede del término latino que implicaba a todas las personas que vivían bajo el mismo techo y que no incluían -y esto es lo importante- solamente a los que eran de la misma sangre, sino también a los invitados, a los sirvientes (que, individualmente, eran llamados “famulus” o “servus”) y a cualquier otra persona que conviviera bajo aquel hogar. La “res familia” era el patrimonio del grupo. Entre todos ellos existía un trato “familiar”. Pero, la palabra “familia” tiene un origen pre-latino, el mismo concepto está presente en los pueblos indo-europeos. Algunos lingüistas han sostenido que el término famulus, famelo, familia, deriva del sáncrito dhe-mon (poner) del que procedería dhaman (doméstico o propio de la casa). El mismo sufijo se encuentra en el término latino, mientras que, en griego, la raíz sánscrita daría lugar a themelios, fundamentos y a themis, justicia o ley, en las que está presente la raíz sánscrita dhe. Pero fueron los latinos los que más afinaron la concepción tradicional designando por este término a todos los habitantes de la casa, fuera cual fuera su parentesco y su lugar jerárquico. Pues bien, tal es el concepto que se trata de recuperar.

Sustituyendo el término “casa” por “valores”, lo que tendremos es la pertenencia a la misma familia de todos aquellos que compartan los mismos valores. El enunciado podría establecerse así: “somos familia, si compartimos la misma visión del mundo”.

En la antigua Roma, el pater familias, como hemos visto, podía integrar en su clan a todo aquel que aceptase el culto doméstico, abandonara el suyo y viviera bajo su mismo techo. Algo parecido es lo que podría servir en estos momentos de fin de ciclo para garantizar el tránsito al nuevo momento histórico que está por llegar. Deberían ser individuos “diferenciados”, dotados de autoridad natural, verdaderos maestros espirituales, quienes polarizaran en torno suya a quienes compartieran los mismos puntos de vista, reconstruyeran rituales y estilos propios de cada “familia”. Solamente así podría garantizarse el tránsito.

En cuanto a las familias que, en esta época, hayan conseguido mantener su unidad y una cierta voluntad tradicional, las que se hayan salvado de la destrucción de la institución, deben reforzar sus rasgos identitarios, su funcionalidad, alejándose del modelo burgués y de la degradación de éste en los “nuevos modelos familiares”, para, en la medida de lo posible, restablecer los vínculos de transmisión de valores entre las distintas generaciones y la enseñanza de un estilo de vida que libere a los hijos de la tiranía de la modernidad, de sus modas, sus usos y hábitos.

Cada época impone a los que viven en ella determinadas condiciones. En la actualidad, por adversas que sean todas ellas, no pueden evitar que, cualquier propuesta que pueda realizarse tenga sus límites y difícilmente pueda aspirar a algo más que mantener vivos los valores tradicionales, evitar su pérdida y agrupar a un cierto número de “hombres diferenciados” o con voluntad suficiente como para serlo, sin hacerse ilusiones y sin pretender siquiera influir en el conjunto de una sociedad, muerta en su espíritu y en sus posibilidades de prolongarse en el futuro. No será, desde luego, en el final de esta última parte de nuestro ciclo histórico en el que lograremos hacer revivir la familia tradicional, pero sí podremos hacer que otros nacidos en el nuevo ciclo que vendrá puedan conocer y vivir estos valores.

miércoles, 28 de abril de 2021

60 años de "Cabalgar el Tigre" - Actualizando el catálogo de la decadencia (1 de 10). LA RUPTURA DEL HOMBRE CON LA SEXUALIDAD

Julius Evola escribió su Cabalcare la Tigre en 1961. En aquel mismo año se lanzó el Enovid (la píldora anticonceptiva). En la misma década, otros fenómenos, conectados con éste, como la irrupción de la minifalda en 1965 por Mary Quant, con apenas 35 centímetros, el inicio de la “revolución sexual” (que tendrá su primera plasmación en el “verano del amor” de 1967 y en el movimiento hippy) y la aparición del movimiento de liberación de la mujer en EEUU (el Women’s Lib), cambiarán la sexualidad para siempre.

La visión que tenía Evola en aquel momento sobre la sexualidad, derivaba de su análisis de los cambios sociales y culturales que se habían producido en EEUU y en Italia en la postguerra. Como buen conocedor de la sexualidad y autor de un libro fundamental para reconstruir la historia de la sexualidad y su presencia en todas las tradiciones, Evola era consciente de que se estaba caminando hacia el “pansexualismo”. Para vender desde un vehículo hasta una marca de jerez o de colonia, se recurría a generar la excitación sexual. Además, los concursos de belleza que se habían popularizado desde 1950 contribuían a que la mujer adquiriera la condición de un objeto de consumo, con una falta de dignidad que jamás se había conocido en la historia.

Existía pornografía, pero todavía circulaba solamente en medios muy restringidos y sometida a limitaciones legales. Algunos empresarios espabilados, como Hug Hefner, se dieron cuenta de que, el error de la literatura pornográfica consistía en su sordidez y optó por hacerla presentable. La excusa era exaltar la belleza del desnudo femenino y quedarse un paso antes de la pornografía, en el terreno del erotismo. A fin de cuentas, el desnudo siempre había estado presente en la estatuaria desde el mundo clásico y era una constante en la pintura. El primer número de Play-Boy aparecería en 1953, pero su gran éxito se produjo en la segunda mitad de los sesenta y, sobre todo, en los años 70, cuando tuvo que competir con otras publicaciones similares de Europa (Lui) y américa (Penthouse), siendo paralelo a los fenómenos enumerados en el párrafo anterior.

Otro hecho histórico merece ser tomado en consideración. En 1962 se abrieron las sesiones del Concilio Vaticano II que se prolongaría hasta 1965. Parecía oportuna la celebración de una asamblea de la cristiandad, porque era evidente que los tiempos estaban cambiando y que la Iglesia precisaba un aggiornamento, a menos que quisiera ser rebasada por los tiempos tal como le había ocurrido en su toma de posición sobre el liberalismo 100 años antes. Evola, al escribir su última obra importante, no pudo conocer las conclusiones de los “padres conciliares” y, por tanto, ignoraba que en materia de sexualidad no cambió absolutamente ninguna posición y que, por tanto, todos los demás cambios en la cuestión del ecumenismo y de la unión de las iglesias, el culto mariano, de liturgia, y los demás decretos pastorales, decepcionaron, especialmente, a millones de jóvenes católicos que esperaban, una moral más relajada en materia de sexualidad. Las distintas comisiones del Concilio, ni siquiera se propusieron explicar de una manera más inteligible la moral sexual católica.

Previendo todos estos desarrollos y los que se producirían luego, Evola, en materia de sexualidad, afirma en esta obra:

1) La sexualidad que está en crisis, no es la sexualidad tradicional, sino las formas burguesas de sexualidad y, en grandísima medida, a la concepción católica de la sexualidad. Esto abre un “espacio de libertad” sexual que puede ser aprovechado por los “hombres diferenciados”.

2) Las cuestiones relativas a la moral sexual y a la ética quedaron unidas en las distintas ramas del pensamiento cristiano desde sus orígenes mismos y se ha seguido manteniendo hasta no hace mucho, quedaban abolidas.

3) Términos que, inicialmente, no tenían nada que ver con la sexualidad (como el término “virtud”, que, era una cualidad del “vir”, y tenía un significado de fuerza de ánimo y potencia, con el paso del tiempo, pasaron a medir solamente el rigorismo y puritanismo en materia de sexualidad. Esto también estaba en crisis. Eran posiciones que no valía la pena defender en tanto que pertenecían ya a una época de crisis.

4) Ética, sexualidad y honor son campos completamente diferentes y se equivoca quien los sitúa en el mismo plano, el honor nunca se ha perdido, salvo en la sexualidad burguesa, por mantener relaciones sexuales fuera del matrimonio. Se pierde el honor al romper la promesa de fidelidad, no por el hecho de haber mantenido relaciones sexuales con otro.

5) En la antigüedad no existía una gran preocupación por la sexualidad, es con el cristianismo cuando aparece esa obsesión por el sexo (en algunas ocasiones, Evola utiliza el término “odio teológico al sexo” para definir la posición cristiana), ausente en formas religiosas anteriores.

4) Crítica a aspectos de la sexualidad católica y al tabú de la virginidad, según la cual una mujer debía dejarse matar antes que ser violada y que convirtió en Santa a María Goretti, con lo que la Iglesia daba más peso al tabú sexual que a la vida.

5) Cuando una religión demuestra una preocupación fuera de toda medida por la sexualidad es que esa misma religión es mucho más dependiente de ella como cuando se exalta.

6) Una vida sexual libre tiene un sentido muy diferente al de una vida libre (o liberada) del sexo.

7) El “demonismo del eros” (esto es, crecimiento del poder desmesurado y obsesivo del eros), es una característica de la época actual, normal en las fases crepusculares de un ciclo de civilización.

8) El “demonismo del eros” se caracteriza porque supone una intoxicación sexual crónica, manifestada de mil maneras en la vida pública y en las costumbres, corresponde a una ginecocracia virtual, una tendencia sexualmente orientada a la prepotencia de la mujer, prepotencia que, a su vez, está en relación directa con la involución materialista y utilitarista del sexo masculino.

9) Este demonismo se ha manifestado particularmente en los Estados Unidos, donde el proceso involutivo está más adelantado, gracias al "progreso".

10) En las distintas variedades de erotismo comercializado, la persona real de la mujer es una especie de soporte desprovisto de alma, un centro de cristalización de esta atmósfera de sexualidad difusa y crónica, de tal modo que la mayor parte de las "estrellas" cinematográficas, de rasgos fascinantes, "mujeres fatales", en realidad, como personas, tienen cualidades sexuales muy mediocres y decadentes, siendo su fondo existencial, más o menos, el de mujeres ordinarias con rasgos neuróticos. Es la contrapartida en la mujer de los numerosos hombres que se distinguen, hoy en día, por su fuerza, su vigor, por su masculinidad puramente atlética o deportiva, como "duros", "machos”, etc.

11) Los procesos de disolución que se han manifestado en las costumbres sexuales podrían presentar un aspecto positivo cuando contribuyen a eliminar las interferencias anormales entre ética y sexualidad, entre espiritualidad y sexualidad. Lo importante sería sacar partido de esta nueva situación para hacer valer, más allá de las costumbres burguesas, una concepción más sana de la existencia, liberando los valores éticos de sus conexiones sexuales.

12) Más allá del "virtuosismo", la eventualidad de una vida sexual libre, en personajes de una estatura excepcional, no debería atentar de ningún modo a su valor intrínseco (de lo cual la historia es rica en ejemplos). Debería poder concebirse, entre hombre y mujer, incluso dentro de la perspectiva de una vida en común, relaciones más claras, más importantes y más interesantes que las que corresponden a las costumbres burguesas y a la intransigencia sexual.

13) Además de la atmósfera de intoxicación erótica, pandémica y difusa de la que ya hemos mencionado, el sexo disociado y “libre” puede conducir prácticamente a una banalización y a un "naturalismo" de las relaciones entre hombre y mujer, a un materialismo y a un inmoralismo expeditivo en donde faltan las condiciones más elementales para realizar experiencias sexuales de algún interés o intensidad.

14) La crisis del pudor femenino hace que mirar un cuerpo desnudo de mujer termine siendo algo tan banal como mirar a un gato. De aquí deriva una despolarización de los sexos y la disminución de la tensión erótica.

15) Como ya hemos dicho, la situación actual excluye la posibilidad de integrar el sexo en una vida llena de sentido que transcurra dentro de marcos institucionales. Para un “hombre diferenciado”, la sexualidad deberá estar desvinculada de la concepción romántica y burguesa del amor y tampoco encontrará el sentido de la vida en una mujer o en la familia y los hijos. 16) Para un tipo de hombre así, lo “natural” será la libertad acrecentada de las fuerzas más modernas y la transformación de la mujer, gracias a relaciones que, sin ser superficiales o "naturalistas", sean claras y se funden, en el plano social y ético, sobre la lealtad, la camaradería, la independencia y la valentía, guardando siempre, hombre y mujer, la conciencia de ser dos seres con vías distintas que, en un mundo en disolución, sólo pueden sobrepasar o superar su aislamiento existencial y fundamental gracias a lo que procede de la pura polaridad sexual. No se tratará de la necesidad de "poseer" al otro ser humano, y tampoco se hará de la mujer un simple objeto de placer y una fuente de sensaciones buscada para confirmarse uno mismo.

17) Los actuales movimientos de liberación sexual no son más que degeneraciones “naturalistas” que no se diferencian mucho de la sexualidad animal, reino en el que encuentran muchos de sus argumentos y justificaciones.

18) Hoy, cuando el psicoanálisis, con su inversión casi demoníaca, ha subrayado la primordialidad infrapersonal del sexo, hay que oponer a éste otra primordialidad, metafísica ésta, de la cual, la primera, es una forma degradada.

19) El régimen de residuos que se inspira, en los países latinos, en el conformismo católico y burgués, o en los países protestantes, en el puritanismo, todavía conserva cierta fuerza. La vida sexual se convierte en neurótica cuando están presentes las inhibiciones o bien, si las costumbres son completamente libres, las relaciones sexuales tienden hacia un naturalismo insípido y hacia el primitivismo.

Evola renuncia a repetir lo que ya explicó en su Metafísica del Sexo, a saber:

- Que el sexo es una de las mayores fuerzas de la naturaleza.

- Que, por tanto, quien domina su sexualidad, se domina a sí mismo, y por eso mismo puede considerarse, desde el punto de vista metafísico como Libre.

- Que la sexualidad se proyecta sobre tres funciones: la naturalista, que tiene que ver con el instinto de supervivencia y la relación con la reproducción; la hedonista, en tanto que búsqueda del placer; y la metafísica, como una forma de aproximarse, en el momento del orgasmo, a un instante en el que se accede a otra dimensión y tiene lugar una desconexión con la conciencia ordinaria que puede ser utilizado como puerta de acceso a la trascendencia.

- Que esta última vía, era enseñada por determinadas corrientes iniciáticas (en el tantrismo, en el taoísmo chino, en algunas escuelas de misterios), pero que hoy se ha perdido prácticamente la posibilidad de acceder a ese tipo de enseñanza.

¿Qué elementos nuevos han aparecido en materia de sexualidad después de 1961?

Además de los desarrollos que se iniciaron en los años 60 y que Evola supo identificar, la aceleración del proceso de decadencia generalizado se ha puesto particularmente de relieve con elementos nuevos aparecidos en las últimas décadas. Todos estos elementos van en la misma dirección del “pansexualismo” al que apuntaba Evola; pero su análisis pormenorizado, en nuestros días, implica una aceleración del proceso que, en algunos casos, no es espontáneo, sino que viene marcado por las necesidades que en la actualidad afronta el sistema político-económico, como veremos.

Reconocemos, pues, cinco nuevos rasgos

1) Pérdida de la identidad y de los roles sexuales.

Tras el feminismo, llegó la aurora de los “movimientos de liberación sexual”. Hubo que reconocer a las lesbianas como entidad aparte, a pesar de que, desde el inicio del movimiento feminista, siempre habían estado presentes en sus filas, como también estuvieron en el movimiento gay. Pero en los 90, la mujer lesbiana se consideró con entidad numérica suficiente como para reivindicar entidad propia. Luego se sumaron aquellos que se consideraban bisexuales y que, por tanto, no encajaban ni con gays ni con lesbianas. Así se fueron sumando iniciales: LGB, Así se llegó al cambio de milenio.

En ese momento, la “corrección política” ya había logrado imponer sus criterios en buena parte de la sociedad, y así pudo hablarse de transexuales (identificadas con el género opuesto al sexo fisiológico con el que habían nacido y que siguen tratamientos quirúrgicos y químicos para acentuar las características del sexo de elección), intersexuales (que poseen rasgos genéticos de los dos sexos), los “queer” (término que indica “extraño” o “poco usual”, con el que se califica quienes se niegan a integrarse en ninguna clasificación con base sexual, reivindicando una libertad absoluta de elección en cada momento).

A las iniciales LGB se sumaron, pues, LGBTI. Los últimos en llegar, los “queer” fueron reconocidos por la Comisión Interamericana de Derechos Humanos en 2015 como “una identidad sexual o de género”, son representados por el signo “+”, sugiriendo que en esta denominación cabe todo lo que pudiera aparecer con posteriores (y que estamos seguros de que aparecerá cuando los representantes de varias “parafilias” salgan de sus particulares “armarios”). Así pues, el conjunto de las “ideologías de género” se reconoce por las siglas LGTBI+.

En realidad, las “ideologías de género” no se reconocen como tales: prefieren ser llamadas “estudios de género”. Tales “estudios” se presentan como realizados según los patrones de la investigación científica aplicada a la sociología, pero, a poco que se realiza un examen, se percibe que en todos ellos hay algo distorsionado y, desde luego, nada científico: tanto la selección de datos, como la interpretación de estos y la omisión de otros, especialmente, de las teorías opuestas que, si se tienen en cuenta, es solamente para caricaturizarlas (sino para agredirlas verbal e, incluso, físicamente), cualquier sesgo de objetividad y método científico es inexistente.

Y, para colmo, ni siquiera la gran pregunta que sería pertinente aparece en lugar alguno: “¿A qué se debe que, en la actualidad, se haya disparado el número de personas que nacen con problemas de sexualización?”.

Sin olvidar que estos estudios, en grandísima medida, están basado en la temática freudiana, hasta el punto de que los estudios del feminismo de la “tercera ola” realizados por Nancy Chodorow (socióloga, psicoanalista y feminista, autora de Feminities, Masculinities, Sexualities: Freud and Beyond) o Julliet Mitchell (psicoanalista feminista y marxista, autora de Psicoanálisis y feminismo), entre otras, son especialmente deudores y adaptadores de la teoría freudiana, ampliamente superada, desmentida y rebasada en la actualidad.

El planteamiento puede ser resumido así: para Freud el niño “nace bisexual” y forma sus criterios sexuales en su primera infancia hasta el punto de que su madre es el primer “objeto sexual” con el que tiene relación. A partir de ahí, experimentará un sentimiento de rechazo a la figura del padre a quien empieza a considerar como un competidor, actitud que solamente superará con el paso del tiempo (y no siempre). Es el famoso “complejo de Edipo”. Pero de esos años, en los que ha sido presa de la pulsión edípica, ha extraído como conclusión que debe ser independiente y fuerte -como su padre- para poder disponer y dominar de la madre, de la esposa, de la mujer, en definitiva. Pero ¿qué ocurre con las niñas? Al identificarse más la madre con la niña, al ser de su mismo sexo, bloquea el desarrollo de su yo. Si el niño experimenta una “relación diádica” (madre-hijo), en la niña se da una “relación triádica” a causa de que la hija, además de la relación con su madre, contempla la relación con el padre que, por su parte, se ve atraído por un ser del sexo opuesto. Estas pautas seguirán desarrollándose, cuando la niña se convierta, a su vez, en madre y se vea atraída, bloqueada y desviada de su verdadero querer, por la maternidad. Esto le servirá al feminismo de la “tercera ola” para explicar la apatía de la mujer-madre hacia el sexo (al dedicarse a los niños, dejará de interesarse por la sexualidad), la aceptación de su rol (tenido como servil y subordinado en relación al varón) y lo que llaman “degradación universal de las mujeres en la cultura”.

Por supuesto, no hay en toda la literatura feminista de la “tercera ola”, ni una sola línea hacia el instinto de reproducción o de supervivencia de la especie manifestado a través de la sexualidad, ni siquiera del amor entendido como mutua entrega y, ni, claro está, la sospecha de que la sexualidad puede ser utilizada para algo distinto de la denostada maternidad y de la búsqueda del placer, como una de las vías hacia la trascendencia.

La pobreza del argumentario que acompaña a las “investigaciones de género” llama la atención: se trata siempre de ideas cogidas por los pelos, utilizando como base para teorías no demostradas, concepciones cuya falsedad es aceptaba universalmente, aplicando criterios antropológicos extraídos de otros pueblos, razas y épocas, a la condición femenina del mundo occidental moderno. Por otra parte, ni siquiera está claro que estos trabajos sean el resultado de “investigaciones” insuficientes, incompletas o erróneas, sino que, en muchos casos, parecen autojustificación de las propias tendencias interiores de sus autores dispuestos a intelectualizarlas. A medida que se viaja a través de cada una de las iniciales de las siglas LGTBI+, se entra en un universo cada vez más desconectado de la lógica y del método científico, una lógica del absurdo, artificiosa, creada ad hoc e, incluso, con ribetes freakys muy marcados, hasta el punto de que, en España, una dirigente de Unidad Podemos, ha llegado a utilizar la frase “todos, todas y todes…” para evitar que nadie pueda sentirse excluido, estupidez de tal calibre que no merece ni comentarse salvo como caricatura.

Pero, si la debilidad argumental, acompaña inevitablemente a las “ideologías de género” y la vulneración de las leyes de la lógica es constante en estas teorías, entonces ¿por qué son aceptadas y por qué gozan de una aceptación tan universal en nuestros días? Es simple, se debe a dos circunstancias:

- La crisis de 2007-2011 destruyó la credibilidad de la izquierda socialdemócrata (que, tras medio siglo de presentarse como abanderada de la coexistencia entre las políticas sociales y el capitalismo, a la hora de la verdad, terminó “rescatando” al elemento más odioso del capitalismo, la banca, y permitiendo el paro de millones de trabajadores). Aquella crisis económica fue algo similar para la izquierda socialdemócrata a lo que constituyó para la izquierda comunista, la caída del Muro de Berlín y el final de la URSS. Al quedarse huérfanos de ideas-fuerza, la socialdemocracia optó por centrar su atención en la “ingeniería social”: ya que no era posible transformar la sociedad capitalista, había que explorar un terreno mucho menos peligroso y que siempre contaría con un “suelo” electoral que compensaría la pérdida del electorado tradicional de la izquierda, la clase obrera. Desde este punto de vista, las ideologías de género son muestras de la crisis ideológica de la izquierda. Gracias a las reivindicaciones de género, la izquierda y la extrema-izquierda han podido imponer una legislación destinada a remodelar la sociedad y destruir las bases del conservadurismo.

- A partir de principios del siglo XXI, estas teorías de género fueron bendecidas por un poderoso aliado: las organizaciones internacionales de carácter mundialista construidas a partir de 1945. En efecto, todas estas creencias de género se basan en el dogma de que la identidad sexual es una “construcción social artificial” que se confunde y utiliza abusivamente la identidad biológica de nacimiento. La propia Organización Mundial de la Salud alude a los géneros como a “roles socialmente construidos, comportamientos, actividades y atributos que una sociedad considera como apropiados para hombres y mujeres”. De esta “construcción social” derivarían los prejuicios, diferencias, jerarquías que impedirían “avanzar” a la humanidad hacia una verdadera “igualdad”. Tanto la OMS, como la UNICEF y la UNESCO, sostienen que una perspectiva así es negativa al confundir “sexo” con “género”. De esta confusión derivaría la vulneración del principio de la igualdad con la consiguiente aparición de las lacras de “discriminación” y “violencia sexista”. Así pues, la conclusión extrema a la que llegan todas las “investigaciones de género” es a que, solamente haciendo desaparecer las diferencias entre los sexos se conseguirá una “construcción social” igualitaria en la que el haber nacido con pene o con vagina, el querer cambiar una por otra mediante el “género a la carta”, ya no tendrá ninguna importancia. Estaremos, pues, a las puertas del más feliz de los mundos. A pesar de tratarse de “organizaciones internacionales", lo cierto es que sus llamamientos exceden con mucho a las funciones para las que, inicialmente, fueron creadas (y cuya gestión, en gran medida, ha resultado un fracaso: ni la OMS estuvo en condiciones de contener el Covid-19, ni la UNICEF desde su fundación ha creado mejores condiciones de vida para la infancia, ni mucho menos la UNESCO ha contribuido a elevar el nivel cultural de los pueblos), pero se han convertido en centrales que marcan “calendarios” y “objetivos”, dirigidas por élites funcionariales “iluminadas” que tienden todas a abolir cualquier tipo de identidad que pueda suponer un obstáculo para una “unificación mundial igualitaria”, delirio que ya estaba implícito en el ocultismo del finales del XIX.

Las grandes organizaciones mundialistas mencionadas vuelve aquí a hacer de “elefantes” en marcha por la ruta de la igualdad, mientras que todos los pequeños y mediocres teóricos que especulan y crean consignas para uso de la “marabunta” de organizaciones LGTBI+ y medio de comunicación al servicio de la “corrección política”, tienden al mismo objetivo: abolir cualquier forma de identidad sexual, cuestionarla, denigrarla con los adjetivos de rigor (“machista”, “discriminatoria”, “violenta”, “sexista”, “estereotipada”, etc, etc).

Pero, si esta es una de las tendencias de la modernidad en relación al sexo, la otra no es menos inquietante: el pansexualismo, forma extrema de neurosis que da rienda suelta a los impulsos instintivos.

Hasta ahora la teoría sobre la “polaridad sexual” parecía la más adecuada para explicar las relaciones entre hombre y mujer: dos polos, uno positivo y otro negativo se atraen, o lo que Platón quiso explicar mediante el simbolismo del andrógino (el ser primordial era bisexual pero los dioses, para neutralizar su potencia, lo partieron en dos, hombre y mujer, que se buscan para reconstruir en el acto sexual, su unidad originaria).

La heterosexualidad es, por tanto, la relación “normal”: se da cuando existe esa polaridad. Es más, hasta no hace mucho, esa polaridad era la fuente de las identidades sexuales. Se podía ser hombre o mujer en distintos grados y la pareja perfecta -los textos clásicos de la sexualidad oriental y del mundo griego y romano, así lo indican- es aquel en que hombre y mujer de similares “intensidades”, se encuentran y se unen.

Ahora bien, si se atenúan los rasgos masculinos y femeninos, se tiende a abolir las polaridades y, por tanto, en ese espacio aparece todo el alfabeto LGTBI+. Mientras estas polaridades y las identidades sexuales que describían estaban bien afirmadas, todo lo que se situaba en otro terreno eran desviaciones que afectaban a individuos que, por algún motivo, habían sufrido algún problema físico, genético o psicológico en el desarrollo de su identidad sexual. Pero, al imponerse el dogma de la “igualdad” en materia sexual, el lenguaje políticamente correcto abolía cualquier diferenciación, y, por tanto, toda polaridad. Era un ataque a cualquier sistema de identidades, propio de la modernidad y de tiempos de crisis en los que se pierda toda noción de lo que se es y del lugar que se ocupa. En período crepusculares todo se sume en un caos ideológico y social, en el que una mínima aproximación a la idea de “orden”, cualquiera que sea, es denunciado como “reaccionario”, “machista”, “violento”, “discriminador”, sino como algo peor.

La idea de “pudor”, no había aparecido en un momento dado de la civilización como una virtud mojigata, sino más bien para mantener cierto misterio en torno a los cuerpos que contribuía a que aumentara la polaridad entre los dos sexos. A medida que hombres y mujeres “desinhibidos” han ido mostrando partes más amplias de sus cuerpos hasta la desnudez total -tal como ocurre en las playas nudistas- la tensión sexual y erótica, la excitación, salvo para casos de obsesos, tiende a disminuir hasta desaparecer. Básicamente, las civilizaciones tradicionales parecían aceptar el principio según el cual, todo lo que aumenta la polaridad, el misterio del “eterno femenino” y del “eterno masculino”, es positivo y favorable para el desarrollo de una sexualidad sana en el seno de una sociedad en la que prevalezca una mínima idea de “orden”; y, por lo mismo, todo lo que atenúa los roles y las identidades sexuales -que, en buena medida, están condicionadas (aunque no son dependientes) por la biología- tiende a generar el caos y a ser fuente de frustración, malestar psicológico, además de cerrar la puerta de la sexualidad como forma de acceso a la trascendencia e, incluso, a algo tan elemental e instintivo como la supervivencia de la especie.

Los sexos existen como existen las razas humanas en las que se divide a la “especie humana”. Hay dos géneros, masculino y femenino, basados en las identidades sexuales. Esto es, al menos, lo “normal”. Las “sexualidades disidentes” (no las llamaremos “anormales” para no herir susceptibilidades) lo único que evidencian es la existencia de problemas en el proceso de sexualización. Negar la existencia de los sexos, multiplicarlos hasta el agotamiento del alfabeto latino, evitar reconocerlos, como desconocer cualquier régimen de identidades, supone combatir contra la lógica, el sentido común, la biología y la genética, manifestadas en las construcciones culturales y antropológicas de las sociedades que nos han precedido. Batalla perdida por anticipado.

2) Pornografía gratuita y al alcance de todos.

La diferencia entre la pornografía que se difundía en los tiempos en los que Evola escribía el Cabalgar el Tigre y la pornografía actual no es solamente cuantitativa, sino cualitativa, incluso sus objetivos son diferentes. En los años 60, la pornografía era el recurso al que recurrían jóvenes que todavía no habían tenido sus primeros contactos sexuales, ni existían clases de “educación sexual”, y querían saber “cómo” era la mujer. Existía una pornografía “especializada”, especialmente en materia de sado-masoquismo, pero de difusión muy reducida. La pornografía era el acompañamiento para aquellos que, en un momento dado de su vida, se encontraban solos y no tenían otro recurso para satisfacer sus necesidades, más que la masturbación, habida cuenta que nadie les había enseñado la importancia de ser “libres” en relación al sexo. En España, hasta prácticamente mediados de los años 70, la pornografía estaba prohibida por el régimen franquista. Fue tras la muerte de Franco cuando se liberalizó y en apenas unos meses alcanzamos los estándares europeos en la materia, pero el cambio sustancial tuvo lugar hacia los últimos años del milenio, cuando irrumpió el fenómeno de Internet. En los veinte años siguientes, incluso la pornografía en la red ha ido variando espectacularmente.

En la actualidad, algunas estadísticas son elocuentes: un informe de Save the Children, desvela que el 70% de los adolescentes consumen pornografía habitualmente a partir de los 12 años, con todo lo que ello supone en una etapa de formación afectivo-sexual. En los chicos el porcentaje alcanza en 87’5% y en las chicas el 38’9%. Otras fuentes reducen la edad de inicio del consumo de pornografía hasta los 9 años y, en todos los casos, se trata de “porno duro”, en absoluto de erotismo, ni material ingenuo.

Si hemos hablado, en primer lugar, del consumo de la pornografía entre los jóvenes se debe a lo absolutamente absurdo que supone que un varón de 9 años nutra buena parte de su tiempo de ocio con “porno duro” y que ni siquiera gobierno alguno del planeta se haya planteado una ley que limite la pornografía para niños. Pero las cifras a nivel global son escalofriantes y demuestran la precisión de Evola al llamar a nuestro tiempo “época de pansexualismo”. Existen en todo el mundo mil millones de páginas web con contenidos pornográficos, más o menos duros. El negocio del sexo en la red consume 2.500 millones de dólares anuales ¡sólo en los EEUU! Tres millones de habitantes de este país gastan una media de 70 dólares al mes en pornografía en la red. En España las cifras no son muy diferentes: cada español, como promedio, emplea cada día 8 minutos y 4 segundos en consultar páginas pornográficas (el 26% mujeres). España ocupa el puesto número 13 mundial en consumo de pornografía, pero las cifras son engañosas porque no tienen en cuenta porcentajes sino números absolutos (que son más grandes en los países más poblados). En todo el mundo, el porno es la temática más consumida de Internet, por encima de los deportes, la información política, la música o los hobbys.

Es difícil entender cómo es posible que la pornografía en Internet haya evolucionado tanto en tan poco tiempo. No se entiende bien por qué la pornografía es prácticamente abierta en la red y cualquiera puede encontrar material sobre aquellas parafilias que le satisfagan. En realidad, ni la pornografía ni ninguna red social es “gratis”, pero, como ya explicaremos en su momento, lo que venden las webs de amplio seguimiento y las redes sociales, son datos sobre las personas que acceden a ella: en otras palabras, el ciudadano se convierte en “el producto” que se vende, entendiendo por tal, sus datos esenciales que permiten construir un perfil de él como consumidor, con sus gustos y sus aficiones. El crecimiento de la pornografía en la red es exponencial: entre 1998 y 2005, el número de páginas pornográficas pasó de 14 a 428 millones y, probablemente en nuestros días supere los 1.000 millones. Con estos datos, parece irrefutable el que la pornografía se ha convertido en un fenómeno de masas -cosa que no era antes de la aparición de Internet- y que afecta inevitablemente a la sociedad y, especialmente, a los que están en período de formación de sus criterios en la materia.

El gran riesgo de la pornografía en Internet es que sitúa la sexualidad en el terreno de lo “imposible”. Una parte importante de lo que puede verse en Internet, tal y como los más jóvenes lo perciben, es un sexo “imaginario”, realizado por actores y actrices porno, que resulta inviable en la práctica. Algunas de estas páginas tienen que ver con la búsqueda de “nuevas fronteras” para la sexualidad, tales que contribuyan a mantener el binomio “tensión-novedad” al que hemos aludido antes. Sirven sólo como temas de excitación onanista, pero resultan imposibles de llevar a la práctica con un partener y, mucho más, que resulte satisfecho. Esto hace que la imposibilidad de traducir estas prácticas en sexo real, conduzca, o bien, a abusos sexuales (el aumento de las violaciones “en manada”, no es independiente, sino todo lo contrario, del aumento progresivo de clips y material pornográfico que apunta en la misma dirección) o a prácticas sexuales aborrecidas por la pareja (desde temáticas best, hasta ahogamientos, gangbangs, sexo con menores, etc, etc, etc) y esto conduce a tres fenómenos: 1) onanismo, 2) sexualidad insatisfecha y 3) obsesiones, a lo que podría añadirse un último extremo de violencia y sexualidad no consentida (que la crónica de sucesos nos indica cada día como delito en aumento y que, desde luego, no es independiente del aumento de la pornografía en la red.

La pornografía en la red tiende a convertirse en obsesión en tres grupos de población: entre los más jóvenes, entre los que llevan una sexualidad que no cumple sus expectativas y, entre aquellos que muestran interés por parafilias poco frecuentes y que difícilmente encontrarán a alguien que acepte compartir sus fantasías eróticas. Pero, de lo que se trata en la pornografía servida en Internet no es de velar por la salud mental de los usuarios, sino de alimentar las obsesiones y las necesidades más básicas de un amplio sector de la población, a efectos de lograr la “la estabilidad social”, disminuir los riesgos de tensiones y protestas y mantener a una parte sensible de la población, ligada a cualquier terminal telemática, pendiente de las novedades y de llevar algo de excitación y placer a sus vidas.

Así se entiende la gratuidad, la facilidad de acceso y la falta de regulación internacional de la pornografía en Internet. La red, de ser la expresión de un espacio de libertad, se convierte en fuente de obsesiones, adicciones e, incluso, en el peor de los casos, de delitos.

3) Fármacos para prolongar la vida sexual.

Hasta ahora, la sexualidad estaba sometida a un ciclo vital. Al alcanzar determinada edad, el hombre perdía la capacidad para mantener erecciones y las iba espaciando cada vez más, ocurriéndole a la mujer algo similar. Llegaba un momento en que reconocía que el tiempo en el que la sexualidad les podía reportar placer mediante la penetración había quedado atrás y asumía otras perspectivas. Esto era bueno, en la medida en que, se reconocía que cada edad tenía sus prioridades específicas. La forma de concebir el “ars amandi” variaba en cada ciclo de edad.

Sin embargo, el hallazgo de la molécula del Sidelnafilo que, más tarde, se lanzaría al público con el nombre de Viagra en 1998 como un remedio para la disfunción eréctil ha liberado a la sexualidad del paso del tiempo (al menos, relativamente). Este es uno de esos elementos nacidos con la modernidad que pueden ser considerados como rasgo característico de una época de decadencia marcada por el pansexualismo, pero también como una ventaja en la medida en que resuelve un problema para los aquejados de disfunción.

Antes, las viejas tradiciones recomendaban que, a medida que se fuera avanzando en edad, fuera disminuyendo la frecuencia del acto sexual, espaciándolo cada vez más, con el fin de ahorrar energía, pero también para evitar precisamente los problemas de disfunción eréctil. El principio era bien simple: salva casos de sexualidad puramente naturalista, lo normal es que el acto sexual vaya acompañado de cierto erotismo; pero, de la misma forma que alguien glotón, tiende siempre a comer cada vez más, el erotismo es algo que precisa de dos factores: la novedad y la intensidad; y ambos están en razón directa: cuando la novedad queda lejos, la intensidad disminuye y, a la inversa, cuando la introducción de elementos eróticos nuevos es garantía de la intensidad del intercambio sexual.

Esto explica, por sí mismo, el aumento de las parafilias en las últimas décadas e, incluso, de las cada vez más excéntricas y extremas, enfermizas en todo caso. Se diría que determinados seres humanos requieren, constantemente, o bien parteners nuevas o formas no experimentadas antes de sexualidad. Para ellos cualquier tipo nuevo de relación o cualquier fórmula novedosa es una necesidad para lograr excitarse. Como veremos, este puede ser el camino directo hacia las neurosis de tipo sexual, pero también hacia la criminalidad, el abuso de menores o formas de lo que hemos llamado “sexualidad imposible”.

De ahí la sabiduría antigua que implicaba, espacial el coito para evitar esta carrera sin fin entre la novedad y la intensidad. Llegaba un momento en el que el corazón, la presión arterial, el aparato respiratorio, además de los órganos sexuales y el sistema hormonal, ya no respondían ni se recuperaban con la velocidad de años anteriores. Quedaba entonces el recurso a nuevas formas de excitación o a nuevas formas de concebir las relaciones entre dos seres de edad en la que ya han quedado atrás los ardores juveniles. Era en esos momentos, cuando se evidenciaba lo acertado del consejo de espacial al máximo las relaciones sexuales.

Pero la Viagra y los fármacos que han salido al mercado con posterioridad han roto esa barrera. En general, estos medicamentos no hacen otra cosa más que aumentar el flujo sanguíneo en dirección al pene ayudando a mantener las erecciones. El fármaco no se ha concebido para determinada franja de edad, sino para remediar la “disfunción eréctil”. Es significativo que, por sí mismo, el principio activo del Viagra no genera erecciones: se precisa la existencia de un elemento erotizante. Lo cual, lleva de nuevo a la loca carrera “novedad-intensidad”. Por otra parte, se desaconseja ante determinados cuadros clínicos (si existen problemas graves en el hígado o en el corazón, si se ha tenido algún derrame, si la presión arterial es baja) y combina mal con el nitrito de amilo propio de los “poppers”.

Los médicos se niegan a recetar algunos de estos fármacos a partir de los 78 años, pero existe un mercado negro y ventas por Internet que salvan fácilmente la prohibición. El resultado es que la obsesión por el sexo, que debería irse extinguiendo con el simple paso del tiempo y como efecto de la biología, se puede mantener vivo y activo hasta última hora. Y esto es bueno y es malo: es bueno para un tipo de hombre que nunca se ha visto obsesionado por el sexo y que ha sabido controlarlo, dosificarlo y utilizarlo sin ser sometido por él y por las obsesiones pansexuales de nuestro tiempo; pero es, negativo, para el individuo que se ve dominado por el sexo y que, hasta el último momento, pensará en cómo encontrar a alguien o algo que satisfaga sus necesidades.

4) En impacto de las bases de datos y las redes sociales en la sexualidad

En otro tiempo, desde luego muy cercano, para conocer a alguien e iniciar una relación sexual, era preciso un contacto directo, humano, en definitiva. La propia proximidad, sugería si se trataba de un partener adecuado o la relación resultaría inviable. Se entablaba conversación con aquellos seres con los que existía una mínima posibilidad de obtener una estabilidad. Existía, naturalmente, la figura del “don Juan”, el “burlador”, pero, incluso éste, antes o después, terminaba buscando la estabilidad. Una relación humana era aquella que llegaba de uno a otro corazón, que suponía cierta sintonía de carácter psicológico y una complementariedad en el terreno sexual.

Estaba claro que, en aquellas personas más predispuestas a la meditación que a la acción, la búsqueda de la estabilidad y la formación de una familia, era anterior y superior a cualquier otra consideración. El tipo donjuanesco, el “conquistador”, era propio de aquellos otros en los que la predisposición a la “acción” era la componente dominante. Evola recordó, tanto en Metafísica del Sexo, como en el Rivolta contro il Mondo Moderno, que uno de los aspectos degenerativos de la casta guerrera es el transformar la cualidad heroica en actitud fálica. El “conquistador” parece buscar el sexo en muchas mujeres ante la imposibilidad de amar a ninguna, en el sentido de entrar en sintonía con el otro ser, eliminar cualquier contradicción y entregarse mutuamente. Pero, al “don Juan” se le exigía una inversión en tiempo que la velocidad acelerada a la que circula la civilización no está en condiciones de darle. Por eso, las nuevas tecnologías, no sólo han acudido en ayuda del “burlador” (y de la mujer afrodítica), sino que han facilitado el que cualquier hombre o mujer, situados detrás de un ordenador, busquen realizar el máximo de intercambios sexuales en el mínimo tiempo posible. Casi estamos tentados de llamar a este fenómeno “la democratización del donjuanismo”. El fenómeno es mucho más complejo y perturbador de lo que podría imaginarse a primera vista, pero al igual que los demás elementos nuevos aparecidos en los últimos tiempos en relación al sexo, tiende a mantener la sexualidad dentro de los límites de la permanente búsqueda de placer y como principal cobertura al nihilismo.

Si bien es cierto que algunas de estas relaciones entabladas a partir de la red, se consolidan, lo más habitual es que sean fugaces y no se prolonguen durante mucho tiempo. En primer lugar, porque el “donjuanismo” y el “afroditismo”, están en permanente búsqueda de nuevas fronteras, las conquistadas no bastan porque no terminan de aportar ese placer que se busca y que parece escurrirse como agua entre los dedos. En segundo lugar, porque, cada una de las partes busca en este tipo de encuentros algo para sí mismo: está dispuesto a recibir placer, pero bastante menos para darlo a la otra persona. En toda relación siempre existe un período de adaptación en el que cada parte va adaptándose a los gustos y ritmos de la otra persona, período que no es habitual en las relaciones iniciadas a través de la red y que buscan el placer rápido e inmediato.

En realidad, este tipo de encuentros no es nuevo. Siempre han existido locales a los que acudían individuos con necesidad de conquistas rápidas y relaciones sexuales aceleradas y no necesariamente de pago. La gran diferencia es que ahora, gracias a las nuevas tecnologías, estas prácticas han pasado a ser masivas y no es la figura literaria del Don quien emprende una búsqueda incansable, insaciable, interminable y permanentemente decepcionada de sexo, sino millones de individuos para los que esa tarea se ha convertido en la única búsqueda de sus vidas. Esta es la gran diferencia y lo que sitúa, también en este terreno, en un modelo de sexualidad propia de fin de ciclo, característica de períodos de decadencia.

En cierto sentido, este tipo de prácticas, asumidas por un “hombre diferenciado” podrían aportarle algo positivo, en la medida en que el sexo que se practica a partir de encuentros sexuales facilitados por las redes sociales y las webs especializadas en intercambios de este tipo, no está sujeta a ningún tipo de convencionalismo pequeño burgués y, al menos, en principio, son completamente libres. Pero, en realidad, a poco que se arañe en la superficie vemos que, aparte de los tipos donjuanescos masculinos y de sus equivalentes afrodíticos, el resto son personajes que, en sí mismos, representan -como los anteriores- los rasgos de la crisis de la sexualidad de nuestro tiempo, de la insatisfacción sexual, incluso del miedo a establecer relaciones que vaya más allá de lo puntual, cualquier cosa para evitar compromisos de por vida y promesas de fidelidad que no se mantendrían.

Los participantes en estos círculos suelen ser hombres y mujeres de edades intermedias que buscan nuevos alicientes en la sexualidad. O son el resultado de relaciones convencionales fracasadas o gentes que piensan que todavía no les ha llegado la hora de “sentar la cabeza”. Hay algo de patético en estos círculos y en estas formas de relacionarse y, especialmente, en los resultados de muchas de estas relaciones que apenas proporcionan satisfacciones inmediatas, pero que, como hemos dicho, raramente se prolongan en el tiempo.

Pero si este tipo de relaciones son, en sí mismas, problemáticas y sin desembocadura (más que el repetir permanentemente el mismo ciclo “búsqueda – encuentro – despedida”), mucho peor es el “sexo virtual” o “cibersexo”, en el que las partes dan prioridades a las relaciones y al intercambio de mensajes a través de la red, antes que al encuentro personal.

Durante un par de décadas, entre finales de los años 80 y los primeros años del milenio, el sexo telefónico supuso una fuente de adicción que requería gastar grandes sumas de dinero. Las empresas que se dedicaban a este tipo de servicios, no tenían ningún empacho en preguntar a quienes llamaban si deseaban “tarot o sexo”. De hecho, las personas que realizaban las “predicciones” o contestaban al teléfono erótico, eran las mismas y su aspecto físico, en general, no resultaba ser el que imaginaba la persona al otro lado del teléfono. Esto ya era de por sí un exponente de la miseria sexual de nuestro tiempo que no mejoró con los “productos” que aparecieron posteriormente. El ancho de banda y la fibra óptica, facilitaron que, de la voz recibida a través del teléfono, se pasara al “chat” comunitario y de éste a la integración de voz, imagen y a la posibilidad de cambiar imágenes, vídeos.

Todo lo que se genera en el cibersexo es falso: las mujeres no son como dicen ser y mucho menos los hombres, las situaciones reales son adulteradas sin el menor recato, todas las partes lo dan por supuesto, pero no encuentran reprobable que sus propias mentiras se vean acompañadas por las mentiras de otros: todo sea para construir perfiles que, aunque ilusorios, revistan atractivo para alguien. Lo que se cuenta y se dice no tiene la más mínima relación con la verdad, sino con la imaginación y la fantasía erótica. El objetivo del cibersexo no es llegar a una consumación real del acto sexual, sino a la simulación de una experiencia sexual, por tanto, no importa quién esté al otro lado, ni siquiera importa su sexo, solamente que sepa adaptarse e interpretar las fantasías del interlocutor y, por tanto, generar una sensación de placer mental que conduzca al onanismo como única posibilidad de disfrute.

El cibersexo apareció casi contemporáneamente -en su versión de “líneas eróticas”- al del SIDA y de ahí su extraordinario éxito. La distancia impedía el contacto y la transmisión de enfermedades. Todo esto tenía como contrapartida, la obsesión, y el encarrilamiento de la vida sexual hacía vías muertas. Hacia mediados de la última década del siglo XX apareció otro problema, los depredadores sexuales convirtieron la red en su campo privilegiado de actuación. Aparecieron fenómenos que hasta ese momento era muy minoritarios y contenidos: la pornografía infantil, la pedofilia, el acoso a través de la red, y otros fenómenos ante los que la justicia no supo reaccionar a tiempo, ni siquiera ha existido unanimidad entre los grandes operadores en las formas de combatir estas plagas. Todo esto, sin contar los problemas de adicción a la red y al sexo a través de la red que generan efectos similares en el cerebro a los de cualquier otra droga.

El resultado de todo esto es descorazonador. Es posible que una minoría aproveche estas herramientas facilitadas por las nuevas tecnologías para mejorar su nivel de satisfacción sexual y, por tanto, por liberarse de la presión de una sexualidad insatisfecha, pero también es posible -y, de hecho, ocurre con mucha mayor frecuencia- que la red y sus herramientas se conviertan en potenciadores de las obsesiones eróticas y perversiones.

5) Robótica y nuevos desarrollos de la inteligencia artificial aplicados a la sexualidad.

La tendencia a la deshumanización en todas las manifestaciones de la modernidad, ha sido una consecuencia directa de la tendencia anterior a la “materialización”, esto es, a la negación de cualquier realidad de carácter espiritual. Rechazada, superada y abandonada la existencia de “lo Absoluto”, convirtiendo al ser humano, en libre, igual y fraterno, rey del planeta y dueño y señor de la técnica, se ha llegado a una nueva fase en la que la técnica amenaza con reemplazar a lo humano. Nuestra época, este tiempo terminal de un ciclo, solamente podrá consumarse amenazando cualquier régimen de identidades. Estos tiempos de fin de ciclo, son, en definitiva, tiempo de confusión.

En el terreno de la sexualidad, parece que en el 25.000 a. C ya se utilizaban lo que hoy se conoce como “juguetes sexuales”. Existían en la Edad del Hielo y se han encontrado lo que podrían llamarse “proto-consoladores” en la cueva Hohle Fels, en Ulm. En Egipto eran relativamente habituales y se han encontrado, incluso de allí procede lo que se tiene por el “primer vibrador” de la historia: un forro de cuero fino repleto de abejas que zumbaban generando algún placer vaginal. Los romanos solían tener falos, tanto como objetos de culto priápico, como para obtener placer. Así pues, a nadie le puede extrañar que este tipo de “juguetes” hayan sobrevivido y evolucionado con el paso de los tiempos. La diferencia estriba en que, mientras en la sexualidad del pasado jugaban un papel completamente accesorio, poco a poco, el “juguete erótico” se ha ido convirtiendo en imprescindible. Todo sea para introducir novedad y alcanzar mayores niveles de intensidad en la relación…

Pero, en la deriva de la sexualidad moderna, hay un momento en el que esta temática rebasa los límites de lo admisible en tanto que medio para alcanzar un fin y se convierte en un fin en sí mismo. En abril de 2020, la prensa publicó el encuentro de unos periodistas con la primera “robot sexual” (no se trata de muñecas de goma o de látex que imitan pobremente los agujeros y las formas femeninas, sino de la réplica, lo más fiel posible, incluso en sus reacciones y en su comportamiento, a una mujer. Se trataba del “robot sexual con inteligencia artificial” fabricado por RealDoll y vendida el precio de 7.999 dólares USA. Uno de los primeros usuarios describió su utilización como “una experiencia alucinante”. Las fotografías que acompañan al reportaje dan cuenta de que, efectivamente, el parecido es sorprendente y, para colmo, responde a determinadas preguntas. En el mismo artículo se menciona que se está ensayando también un prototipo de robot masculino. Los más pesimistas admiten que en 50 años, los robots habrán entrado en nuestras vidas, pero los hay que opinan que al llegar a 2030, existirán en el mercado modelos de robots domésticos para distintos usos, y el sexual, será uno de ellos.

Por otra parte, se están estudiando formas de reproducir sensaciones táctiles a través de Internet que darían nuevas dimensiones a la sexualidad a distancia. Dos personas que ni siquiera se conozcan personalmente, pueden mantener relaciones sexuales a distancia, tocarse y sentirse mutuamente. Se trata, claro está, de distintas formas de onanismo, más o menos disfrazado, prolongaciones a mayor distancia de los “peep-shows”, aquellos espectáculos que se daban desde la postguerra (y que aparecieron en España en la década de los ochenta). Entonces se trataba de “mirar” un espectáculo de striptease, sin ser visto, a través de una mirilla que se abría y cerraba según se echasen o no monedas. La otra parte permanecía inaccesible, ajena, evolucionando en el escenario, sin importarle la identidad de quien pudiera o no observarla, e interesada solamente en los billetes que iba depositando. Esta fórmula, que separaba entre dos y tres metros a la striper y al voyeur, ha variado sólo cuantitativamente: hoy, la otra parte puede estar en las antípodas.

En ambas modalidades, tanto con la utilización de “robots sexuales”, como con el sexo a distancia (se están ensayando trajes provistos de sensores que reflejarían fielmente las caricias y las sensaciones táctiles presentes en una relación convencional), se percibe una línea de tendencia que lleva a la deshumanización del sexo. Para tener algo que podría llamarse “vida sexual”, ya no es necesario, ni la proximidad, ni el contacto, ni siquiera el que al otro lado del monitor se encuentre un partener de naturaleza humana: basta con que una figura provista de inteligencia artificial que responda tal como lo haría una mujer adiestrada para satisfacer a ese partener en concreto y no a otro. Y, en cuanto a la robótica, permitirá trasponer todo lo que se experimenta con una mujer real, a una figura con aspecto humano, con formas y reacciones humanas, incluso con tacto, voz y movimientos humanos, pero surgido de un laboratorio o de una fábrica de manufacturas en serie.

Una humanidad que ha llegado hasta estos extremos, es una humanidad que ha rebasado cualquier límite de la decadencia y que ha perdido el sentido de lo humano. Pero estas son las tendencias de la sexualidad moderna y, en tanto que los medios de comunicación las conviertan en modas, no cabe la menor duda de que serán aceptados unánimemente.

¿Hay lugar para la sexualidad en la formación de una élite?

No puede huirse del sexo, salvo que se adopte una actitud contemplativa y la castidad pase a ser una posibilidad operativa. Incluso en esos casos, el sexo puede seguir estando presente. Podemos enunciar un pequeño decálogo a este respecto, que, en el fondo no supone más que un recordatorio de los principios establecidos por Julius Evola en este mismo terreno:

1) Una élite de reconstrucción no puede enarbolar la idea de la “liberación sexual”, de la “libertad sexual”, por muy antiburguesa que sea. Su propuesta debe ser la lograr que el miembro de la élite se vea libre de la tiranía del sexo.

2) Ser “libre del sexo”, no implica un rechazo al disfrute ni al placer, sino el reconocimiento de que, siendo el sexo la “fuerza más grande de la naturaleza”, aquel que logre controlarlo, podrá ser considerado un “hombre libre”. Mientras que el adicto al sexo, el que actúa solamente en función de la “libertad sexual” puede ser un simple esclavo de sus instintos, atado a sus obsesiones y neutralizado por ellas.

3) Una élite de reconstrucción debe estar formada por Hombres y Mujeres que lo sean verdaderamente, tanto en su constitución física como en la asunción de sus identidades sexuales y en la constitución interna de sus valores y de su forma de pensar.

4) El principio ya mencionado de que todo lo que afirma, define y concreta una identidad es positivo y todo aquello que la abole, la disminuye o la difumina, es negativo, debe ser incorporado al terreno de la sexualidad propuesta por la élite de reconstrucción.

5) Las letras del alfabeto presentes en el anagrama de las ideologías de género, LGTBI+, no tienen sentido para la élite de reconstrucción. Es más, son expresión de las carencias de una ideología propia del fin de ciclo que insiste en lo accesorio y da carta de naturaleza a lo que, en otra época, no habrían tenido el más mínimo interés, confirman que el momento histórico actual se caracteriza por apreciar todo lo que fue rechazado como irrelevante en otra época.

6) El rasgo dominante de la sexualidad en la fase termina de este ciclo se caracterizará en los próximos quince años, por el fracaso de las “ideologías de género”, el aumento de las neurosis con base sexual y la extensión del pansexualismo a todas las actividades humanas que, sin embargo, no conseguirán desterrar la sensación de insatisfacción de la persona ante la modernidad. Antes que el retorno a la moral sexual burguesa anterior, este fracaso será uno de los puntales más evidentes en los que se basará la formación de una élite de resistencia y renovación. Por tanto, desde ahora, quien se sienta llamado a esta élite deberá permanecer atento, firme en sus postulados, y crítico ante las formas que va adquiriendo la sexualidad en el fin del ciclo.

7) Además de una vida sexual plena y normal, en el sentido estricto de la palabra, será necesario que la persona que aspire a participar en la élite de reconstrucción, especialmente aquellos en cuyo interior late el fuego de la acción, estudien las formas del amor caballeresco medieval y lo practiquen como forma de entrega de uno mismo y de la propia acción al objeto idealizado que constituye su “dama”. Dama icónica, dama inaccesible, dama ideal, lo importante es estudiar esta forma de amor caballeresco como una de las posibilidades para la reconstrucción de una sexualidad alternativa. Para ello, la lectura del Misterio del Grial, marcará el camino a seguir y los valores de la experiencia del amor caballeresco.

8) Las relaciones sexuales entre los miembros de la élite de reconstrucción deberá ser presidida por el principio de “liberados y complementarios”, como sustitución del principio de “libres e iguales”. Deberán de tener en cuenta que no se trata solamente de una superación del modelo burgués de sexualidad, ni del surgido al calor de la “revolución sexual” y de todo lo que ha seguido, que no serían sino superaciones “por abajo”, sino de superar ambos fenómenos “por arriba”, devolviendo al sexo su triple dimensión: como medio para satisfacer el instinto de reproducción de la especie, como medio para obtener placer y como una de las puertas abiertas a la trascendencia.

9) Poco o nada puede extraerse de ventajoso en el arsenal ofrecido por las nuevas tecnologías para la satisfacción de la sexualidad, pero, en cualquier caso, su deriva es la mejor demostración de la inviabilidad de una sociedad dominada por el pansexualismo, la pérdida de las identidades sexuales y la introducción de la máquina como instrumento de la sexualidad de la última fase de la Edad Oscura.

10) La lectura atenta del Metafisica del Sexo, debería aportar ideas básicas sobre el papel de la sexualidad y la naturaleza de las técnicas sexuales tradicionales, así mismo, los textos taoístas y tántricos sobre la materia estarían en condiciones de ponernos en las pistas para controlar, aprovechar y orientar la energía sexual.