En 1965 conocí el balneario de La
Puda, cerca de Banyoles. Tenía 13 años y pasamos el verano en aquella
localidad. La noticia de aquel verano que sacudió la minúscula colonia de
veraneantes, fue que un joven se había ahogado en el lago. Pasé unos días
después por allí y su padre todavía estaba silencioso y meditabundo sentado
ante las aguas negras del lago. Se me quedó grabada aquella imagen de tristeza
y abatimiento.
Bordeando el lago, llegamos al
balneario de la Puda. Allí manaba una fuente, la Font Pudosa que en catalán, quiere decir algo así como “fuente maloliente”.
Aquel lugar visitado por fanáticos del termalismo y de la hidroterapia (que en
Cataluña se contaban a miles empezando por el arquitecto Antoni Gaudí o el
frenólogo Mariano Cubí). Nunca había estado en ningún balneario. Me llamó la atención
aquel olor a bomba fétida que lo impregnaba todo. Si bebías un vaso de aquella
agua era como si te tragaras una caja de bombas fétidas. Eran aguas sulfurosas
y carbonatadas, buenas para enfermedades de los huesos, reúmas, y para aliviar dermatitis
y otros problemas de la piel. La humedad pegajosa del ambiente, agravada por el
sol de plomo de una tarde de verano, parecía acentuar aquel olor pestilente que
lo impregnaba todo.

