Solamente los independentistas
tienen aprecio por la bandera “estelada”. Para los demás mortales, catalanes o
no, es un trozo de tela teñido de colores que no encajan muy bien y con un
diseño poco original. Para la mayoría, la “estelada” no significa nada. Ni es
una bandera autonómica, ni tiene historia, ni tradición, ni siquiera estilo, ni
mucho menos imaginación. Después de años de ver como pierde los colores colgada
indefinidamente de algunos balcones, ese desteñido –propio de todos los
productos vendidos en tiendas chinas de Todo a Cien- es la perífrasis simbólica
del independentismo entendido como “historia interminable”.
Está muy claro que la vía
autonómica ha llegado al límite y que más allá lo que existe es un “proyecto
federal” (intolerable para los nacionalistas en tanto que simétrico e inviable
para todo el Estado si se intenta configurar como asimétrico) que solo convence
a los socialistas que lo llevan proponiendo (y perdiendo votos) desde hace
veinte años. Más allá de todo ello, existe el independentismo. Pero éste
contiene un drama en sí mismo: no soplan buenos tiempos para crear nuevas
naciones, la época de la globalización tiende a la eliminación de fronteras, no
a la creación de otras nuevas, pero los nacionalistas han terminado por no
conformarse con menos. De hecho, la fórmula federalista era ya una propuesta
independentista sin independentismo. Es así como el nacionalismo
independentista se ve enfrentado a un proyecto inviable pero, a la vez,
irrenunciable para ellos.
