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lunes, 23 de mayo de 2016

HOOLIGANISMO: CUANDO LA POLÍTICA ENTRA EN EL ESTADIO MUERE COMO OPCIÓN POLÍTICA


Solamente los independentistas tienen aprecio por la bandera “estelada”. Para los demás mortales, catalanes o no, es un trozo de tela teñido de colores que no encajan muy bien y con un diseño poco original. Para la mayoría, la “estelada” no significa nada. Ni es una bandera autonómica, ni tiene historia, ni tradición, ni siquiera estilo, ni mucho menos imaginación. Después de años de ver como pierde los colores colgada indefinidamente de algunos balcones, ese desteñido –propio de todos los productos vendidos en tiendas chinas de Todo a Cien- es la perífrasis simbólica del independentismo entendido como “historia interminable”.

Está muy claro que la vía autonómica ha llegado al límite y que más allá lo que existe es un “proyecto federal” (intolerable para los nacionalistas en tanto que simétrico e inviable para todo el Estado si se intenta configurar como asimétrico) que solo convence a los socialistas que lo llevan proponiendo (y perdiendo votos) desde hace veinte años. Más allá de todo ello, existe el independentismo. Pero éste contiene un drama en sí mismo: no soplan buenos tiempos para crear nuevas naciones, la época de la globalización tiende a la eliminación de fronteras, no a la creación de otras nuevas, pero los nacionalistas han terminado por no conformarse con menos. De hecho, la fórmula federalista era ya una propuesta independentista sin independentismo. Es así como el nacionalismo independentista se ve enfrentado a un proyecto inviable pero, a la vez, irrenunciable para ellos.