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lunes, 27 de mayo de 2019

365 QUEJÍOS (310) - ESPAÑA EN DIRECCIÓN CONTRARIA A EUROPA…


Ha concluido otro ciclo electoral. A falta de las elecciones autonómicas que caerán, sin duda después del verano, hemos pasado dos meses obsesionados con las elecciones generales, locales y europeas (y unas cuantas autonómicas). El sistema político español ha dado resultados completamente diferentes, e incluso opuestos, a cualquier otro sistema europeo. Eso da la medida de su valor: simplemente, vamos en contra de las tendencias dominantes en la UE.

Mientras la socialdemocracia alemana, el socialismo francés y el laborismo británico, se han hundido sin paliativos (e, incluso, en algunos países ha desaparecido por completo, véase el caso italiano), en España, el PSOE es más fuerte que nunca. Ha arañado votos del centro, votos de su izquierda y, sobre todo, ha contado con los votos de los “nuevos españoles”, esos a los que una simple decisión administrativa ha regalado la nacionalidad.

Vox, “la gran esperanza blanca”, se ha quedado a medio gas. En Cataluña no ha logrado implantarse en los municipios: ha obtenido todavía menos concejales de los que obtuvo PxC en las anteriores elecciones. Y, en las europeas, aunque Buxadé, entre en el Parlamento Europeo, lo hace solamente acompañado por Hermann Tertsch y Mazaly Aguilar. Es cierto que entrará en algunos gobiernos municipales y que logre estar presente o apoyar a gobiernos del PP-Cs, pero los resultados están muy por debajo de las expectativas. ¿Qué ha ocurrido? El resultado, es sorprendente a la vista de que el programa para las elecciones europeas de este partido, era bastante realista y podía satisfacer a un público procedente de la derecha, pero también cumplir las expectativas de gentes que hasta ahora han votado a otros partidos. La sensación que da es que el partido se ha deshinchado, víctima de ataques llegados de todos los sectores políticos (desde la derecha más extrema a la izquierda más radical) y buena parte de su electorado ha regresado al redil pepero. Lo cual demuestra, una vez más, la volatilidad del voto.

Pero, en general, lo que ha mostrado este último ciclo electoral es la ausencia, total, dramática, absoluta, de capacidad crítica del pueblo español. No es algo que pueda sorprender: España es el país de la UE en donde más porros se fuma, con un sistema de enseñanza más pulverizado y con más elevado fracaso escolar, con altísimos niveles de adicción a videojuegos y dispositivos móviles y, para colmo, en el que menos librerías abiertas existen, menos movimiento de libros hay en Internet y menores índices de lectores existen.

Así mismo, había que asistir a las mesas de votación para advertir que, sobre todo, los votantes, eran personas mayores en su inmensa mayoría de edades superior a los 55-60 años y con una presencia, por primera vez, significativa de “nuevos españoles”.

Cabría preguntarse, si en toda Europa se va extinguiendo el socialismo, ¿cómo es que en España se ha recuperado? O, cómo es que, permaneciendo cerrada la vía para la independencia catalana, los partidos independentistas polarizan el voto.

Veamos, el voto independentista: en 2015 la suma total de votos entre CiU y ERC ascendió a 1.376.522, mientras que cuatro años después, ha descendido a 1.357.308 votos. El descenso es mínimo, pero lo esencial es que se ha reproducido el sorpasso: ERC es, también en el ámbito autonómico, el partido hegemónico dentro del independentismo. CiU, actualmente Junts per Catalunya, se ha dejado por el camino 130.220 votos. No es que la diferencia sea muy grande, pero lo cierto es que Puigdemont, perdido en Waterloo y sin la más mínima esperanza de poder utilizar su acta de diputado europeo, es un fenómeno que se irá extinguiendo hasta que la falta de fondos para mantener el costoso equipo en torno suyo en el exterior, lo convierta en un fenómeno residual.



Lo cierto es que, en las elecciones generales de hace un mes, los partidos independentistas, obtuvieron 1.626.001 votos. A pesar de no es riguroso comparar los resultados de dos elecciones diferentes, lo cierto es que, en apenas un mes, 268.693 votantes del batiburrillo independentista, se han perdido por el camino. Y eso, si que resulta más significativo.

Lo que sorprende no es el hecho de que el suflé independentista se vaya deshinchando, sino la lentitud con que lo hace y que solamente puede explicarse por la fijación de todos los medios, especialmente de los dependientes de la Generalitat, por el proceso y por lo que tose Puigdemont desde su exilio dorado. Como hemos dicho en otras ocasiones, ningún partido indepe reconoce su fracaso a la hora de llegar al final de su aventura: si bien, está más que comprobado que la independencia es imposible por múltiples factores y que deberían empezar a tomar nota de ello en sus programas, algo de lo que incluso los personajes más lúcidos de estos partidos admiten en sus conversaciones privadas, nadie se atreve a reflejarlo en un programa político, por temor a que el rival (aquí hay dos siglas en juego, ERC y JxC) se vea beneficiado por lo que parecería una claudicación.

Pero lo cierto es que, a medida que pasan los meses, la situación va volviendo al redil: los radicales de la CUP-CDR ya han admitido su fracaso y en las filas indepes se está produciendo la temida selección a la inversa: siguen adelante los más freakys, los más radicales, los menos inteligentes, vaciándose las filas de personajes socialmente relevantes, significativos o de valía.

El verdadero drama, de todas formas, está ocurriendo en la derecha: la división implica en buena medida, desmovilización y cierta tendencia a que el PP se recupere de su crisis. El sorpaso de Cs al PP no se ha producido y la formación “naranja”, da la sensación de que empieza el declive habitual al centrismo español.

Otro tanto puede decirse de la galaxia Podemos que, como preveíamos, remite y pierde sus plazas municipales más significativas. No nos engañemos: Podemos de hoy tiene el mismo nivel que tuvo Izquierda Unida en otro tiempo. Es la izquierda radical de toda la vida que sigue estando ahí con otras obsesiones, con otros rostros, pero ocupando el mismo espacio. Llamar al partido “Unidas Podemos” (¿y por qué no Unidos Podemas?”) ha sido la última ridiculez en la que han caído sus bases como afirmación de las ideologías de género, única oferta de la coalición en su triste colegueo con el PSOE.


Así pues, el panorama político tiende de nuevo a que el PP sea la fuerza hegemónica en la derecha y el PSOE lo sea en la izquierda, con cada vez más partidos intermedios y en sus márgenes y con el cambio de independentistas por nacionalistas moderados. Eso es todo.

Obviamente, los resultados de las elecciones locales y autonómicas, influirán en la formación del gobierno. Las bases socialistas quieren acuerdos con los despojos de Podemos. Los barones, entendimientos con Cs. Pero lo cierto es que la “línea Valls” se ha quedado corta en Barcelona para consumar su asalto a la secretaría general del partido. Y esa línea era la más proclive a pactar con el PSOE. Sánchez puede optar por un gobierno en solitario con apoyos momentáneos, unas veces en Cs y otras en Podemos. Pero, los primeros le exigirán la resolución completa de la “cuestión catalana” y los segundos medidas de ingeniería social y mano tendida hacia los independentistas que pueden generarle problemas dentro de su propia formación.

A fin de cuentas, inestabilidad es lo que nos espera en los próximos cuatro años.

Vox. Deberá revisar su orientación. Va a ser difícil: en el interior hay demasiadas componentes diferentes que pueden llegar a chocar unas con otras. Tiene que gritar más alto algunas consignas (la lucha contra la inmigración masiva) y relegar otras a segundo plano y, por supuesto, revisar su programa económico (que tiene a la liberación del suelo como “medida estrella”…). Veremos con quién ubica a sus tres diputados en el parlamento europeo y lo que dicen.

Con 655.983 votos, 530 concejales (antes tenía un centenar), 25 escaños en cámaras autonómicas y 3 diputados europeos, parece claro que ha despegado, si bien, su éxito no ha sido tan rutilante como se esperaba. No hay que olvidar que de los 2.67 millones de votos que recibió la formación en las elecciones generales de hace un mes, ahora solamente ha podido conservar en las europeas 1.326.305 votos. Exactamente la mitad.

La relativa recuperación del PP hace que Vox deba de estar excepcionalmente atenta a su orientación: si insiste en propuestas liberales, se lo comerá el PP en una legislatura. Si insiste en propuestas propias del “euroescepticismo” a lo Salvini y a lo Marine Le Pen, podría mantenerse, pero necesita marcar diferencias con el PP: y eso solamente puede venir insistiendo en los problemas de la identidad nacional y de la lucha contra la inmigración. Y de los tres diputados europeos, al menos uno (Tersch) no parece que esté completamente acuerdo con ese planteamiento.

Es significativo que los resultados de Vox en Cataluña hayan sido extremadamente pobres y muy alejados de los 75.134 que obtuvo PxC hace 9 años, o de los 75 concejales a los que llegó. De hecho, se han perdido o no se han reconquistado la mayor parte de las concejalías que PxC obtuvo en 2015, período de declive, salvo en Salt por las particulares circunstancias de esta ciudad.

Hará falta, pues, una reflexión mayor y no una simple declaración postelectoral. Si es que esa reflexión es posible en un partido que dista mucho de estar unificado interiormente.

¿Alguna conclusión final? Sí, que los resultados son el resultado de la falta de capacidad crítica del pueblo español que cada vez parece más predispuesto incluso a reconocer sus problemas, a recordar cómo han sido tratados en las últimas elecciones, a examinar lo que proponen los partidos y a identificar problemas reales de falsos problemas. Eso ha hecho que, a diferencia de Europa, en España haya triunfado los que han sido derrotados en otros países. Más aún que el hecho de quien haya o no vencido, lo significativo son las migraciones de voto y su volatilidad que incidan que los electores carecen de razones profundas para votar a unos o a otros.

¿La pregunta del millón? En estas circunstancias, con un pueblo que vota sin criterio de ningún tipo, ¿es viable una democracia cuantitativa en la que gobierne solamente el que obtenga el mayor número de votos, sabiendo que la opinión de la población cambia como una veleta, el frágil y tornadiza? Pregunta retórica, claro está.






lunes, 18 de febrero de 2019

365 QUEJÍOS (273) – EL CAMINO HACIA LAS ELECCIONES (1 de 3).


Hace unos días temíamos los desmanes y las estupideces cotidianas del gobierno Sánchez. Ahora lo que tememos son tres meses continuados de campaña electoral que van a elevar a alto grado el riesgo de intoxicación política de nuestra sociedad. Como se sabe el nivel de racionalidad en el debate político en nuestro país es mínimo: los tertulianos no responde ni a la lógica, ni al sentido común, ni siquiera a sus distintas posiciones políticas, sino a los roles para los que han sido contratados y, lo que es peor, su bajo nivel, sus fakes, responden igualmente a las orientaciones de las cadenas mediáticas que los contratan. ¿Libertad de expresión? Sí, el que esas cadenas mediáticas ejercen entre sí y a despecho de la verdad. ¿Las encuestas del CIS? El menos fiable de los termómetros políticos pagado con el dinero de todo y cuyas previsiones, más que con escepticismo hay que considerarlas con sentido del humor. ¿Los mítines? Reuniones de devotos aburridos en el que los canales de televisión solamente muestran fragmentos de tales eventos, pero nunca de los presentes, para evitar dar la sensación de que la clase política hace décadas que ha dejado de interesar a la población. ¿Los programas? Documentos hechos para fidelizar el voto de determinados grupos sociales y encumbrar a una clase política que ha aprendido a hacer de la conquista del voto un modus vivendi. Este ciclo electoral, comprimido en unas pocas semanas.

> ¿Por qué se convocan elecciones?

Los sociólogos al servicio de Sánchez, le han recomendado que las elecciones generales tengan lugar antes que cualquier otra convocatoria. Los motivos de este adelante son tres:
  • 1) A medida que pasaba el tiempo, la popularidad del PSOE iba descendiendo y se asistía a una subida de Vox, lo que hacía en su conjunto que el electorado girase hacia la derecha. Así pues, la intención inicial de llegar al final de la legislatura, terminaba disminuyendo las posibilidades electorales de Sánchez. Después de las elecciones andaluzas, la formación del frente “trifálico”, hacía que, a medida que pasaba el tiempo, disminuyeran sus posibilidades.
  • 2) Probablemente, si Sánchez hubiera demostrado alguna decisión a la hora de afrontar el “problema independentista”, hubiera recuperado los votos que le ha hecho perder su indecisión, pero estamos hablando de un individuo sin carácter, con unas ideas políticas esquemáticas, que le impedían ejercer autoridad en la cuestión catalana que, en el fondo, ni entendía, ni le interesaba. Pero al no poder satisfacer ni a los que dentro de su gobierno Frankenstein favorables al “diálogo”, ni a Borrell ni a los barones regionales partidarios de la mano dura, ha tenido que disolver las cámaras, para evitar tener que hacer un acto de autoridad.
  • 3) En las elecciones generales, con una mayor participación, Sánchez calcula salir mejor librado que en las municipales y en las europeas, incluso si obtiene un buen resultado en las generales, puede mejorar algo su posición en las otras dos elecciones. Claro está que es un doble o nada: si en las generales, Sánchez no lograr una sólida posición, el hundimiento socialista puede ser histórico en las dos elecciones siguientes. El problema para Sánchez era que, esperar a convocar elecciones le suponía una merca creciente de votos.

> ¿Qué elecciones se convocan?

Se convocan elecciones generales para el 28 de abril y, cuatro semanas después, el 26 de mayo las elecciones municipales (autonómicas en doce comunidades) y europeas. El sentido común hubiera aconsejado realizar las tres elecciones en un “gran domingo”, pero la lógica rige poco en política y quien las convoca lo hace, de manera calculada, con la intención de vencer y porque cree tener todos los ases en la manga, minimizando los daños que pudiera tener un resultado adverso en alguna de ellas.

Ahora bien, los problemas a dirimir son muy distintos: en las generales, el debate debería ser sobre los “grandes problemas nacionales”; en las municipales un examen a los actuales ayuntamientos y ver si han satisfecho las expectativas de los ciudadanos; en cuanto a las europeas, lo que se dirime es cómo sacar a la UE de su parálisis actual y de la sensación de haberse convertido en un lastre más que en una institución operativa. Pero todo esto va a palidecer: en nuestro país, en el que el debate político está escamoteado por partidos que ya no tienen hombres dispuestos a defender programas, sino funcionarios a la caza de buenos beneficios personales, en el fondo lo que se va a dirimir es, si se produce un giro del electorado hacia posiciones populistas y euroescépticas, o sigue gobernando una mayoría “ultraprogresista”.

> ¿Qué pueden reportar estas elecciones a nuestro país?

Puede ocurrir desde lo menos malo hasta el desastre absoluto. Las encuestas demuestran que el electorado ha castigado los años de corrupción del PP y su indecisión mientras duró el gobierno Rajoy. A la derecha pepera le va a resultar completamente imposible superar a los socialistas, especialmente, porque la novedad es que ya no hay una derecha, sino un centro-derecha, una derecha-liberal y una derecha populista y euroescéptica, en un momento en el que va resultar difícil resucitar a Podemos y cuando los nacionalistas periféricos pueden perder votos, pero no los suficientes como para desaparecer del parlamento de Madrid.

Y luego está el hecho de que, en el interior de Ciudadanos, el oportunismo está presente de la manera más desaprensiva (y suicida). Inés Arrimadas ya ha dicho que podían pactar con la derecha o con la izquierda, porque para eso son “centristas”. Declaraciones como ésta, hacen pensar que Ciudadanos puede mejorar en relación a 2016 y puede ser la llave para gobiernos de coalición. Según las encuestas actuales, sería posible un gobierno de coalición PSOE-Cs (inducido por el enviado de la masonería francesa en el interior de Cs, Manuel Valls)… El problema es qué puede ocurrir si Cs decepciona con su ambigüedad para anunciar pactos previos a las elecciones. Si tenemos en cuenta que, en 2016, Cs atrajo el voto de protesta y el voto antiindependentista, ahora, esta formación se enfrenta a un doble enemigo: un PP que debe afirmar su perfil de derecha, invocando orden y autoridad, y un Vox que va a recoger lo esencial de ese voto de protesta con mucha más comodidad -y derechos- que Cs.


Puede ocurrir de todo: pero casi nada de lo que puede ocurrir es bueno. La mejor opción, por supuesto, sería que el electorado advirtiera que la inteligencia y el sentido común ya no están depositados en la sigla PSOE y que los meses del sanchismo han llevado solamente a un uso y abuso de tres temas: memoria histórica – inmigración masiva – ideología de género. Y que fuera de esta tríada, no hay nada ni serio, ni consistente en el PSOE, salvo una sigla que agrupa a ambiciosos sin escrúpulos y sin ideas, apoyada por el voto de izquierdas cerril de toda la vida. Pero, a pesar de que las encuestas del CIS sitúan el voto socialista visiblemente demasiado alto, lo cierto es que otras más realistas tampoco que se vaya a desplomar de aquí a las elecciones.

Descartada la mejor opción (la desintegración socialista) ¿qué queda?  Un gobierno de coalición Cs-PP con el apoyo externo de Vox, es decir, la traslación a escala nacional del “pacto andaluz”. Es una posibilidad, pero solo a condición de que las tensiones internas en el interior de Cs no estallen hasta unas horas después de cerradas las urnas (Valls propondrá un acuerdo con el PSOE) y solamente a condición de que el frente “trifálico” tuviera mayoría (lo que, en estos momentos, no es evidente que pueda ocurrir: para evitarlo, a fin de cuentas, es por lo que Sánchez ha convocado elecciones.

> ¿La peor opción?

Una victoria relativa del PSOE con unos votos nacionalistas decisivos para formar gobierno y que, por supuesto, caerían siempre del lado socialista (en quienes los nacionalistas advierten esa mezcla de debilidad, “comprensión” y condescendencia que nunca obtendrán del “frente trifálico”. Cualquier cosa que sea la continuación de la presencia socialista en el poder, ya sea apoyado por los votos nacionalistas o aupado por Cs, puede ser considerada como igualmente negativa para la sociedad española que ha tenido suficiente con el último año del gobierno Sánchez.

De todas formas, si Vox queda bien situado en las generales, su posición mejorará con toda seguridad en las europeas. Y estas elecciones son decisivas para el futuro del continente. Lo que nos darán estas elecciones celebradas a escala europea, son, o bien la irrupción de, entre una cuarta y una quinta parte, del parlamento europeo decantada hacia posiciones “populistas” y “euroescépticas”, con lo que habría concluido la época de la inmigración masiva y de la UE=pieza europea de la globalización, o bien un período histérico por parte del progresismo europeo que, ante las resistencias crecientes, optará por abrir durante los cinco años siguiente las puertas de Europa a la inmigración masiva en la esperanza de que el mapa electoral europeo cambie para siempre con los recién llegados. Claro está que Vox -y no sólo este partido, sino buena parte de las formaciones “euroescépticas”- debería madurar mucho su opción en política exterior: no se trata de destruir la UE, sino de reconstruirla sobre bases nuevas. La UE es poco, la no-UE es nada. Vale la pena que no lo olviden porque somos muchos los que pensamos en estos términos.

Ahora bien, en las elecciones autonómicas los socialistas corren el riesgo de perder todas las comunidades en las que están gobernando, si se reproduce el “pacto andaluz”. Esta es la esperanza que queda para que Cs desoiga las voces de Valls y de sus mandiles. En realidad, la lógica dice que, si Cs opta por una política de pactos con el PSOE, iniciará su declive; pero si lo hace con la derecha y logra imponer autoridad y energía en materia independentista, desaparecido el problema, desaparecerá también Cs…

La volatilidad del voto es hoy un nuevo factor político a tener en cuenta: hasta ahora, el voto en la democracia española era algo cerril, los había que durante toda su vida habían votado a la izquierda y otros que lo hacían a la derecha desde la primera ocasión. Las fluctuaciones se producían no tanto por el trasvase de votos de unas formaciones a otras como por las alteraciones en el número de los que iban a votar o se abstenían. En las últimas elecciones en 2016 ya se notó esta “volatilidad”: el electorado, convencido de que la clase política trabaja solamente para sus intereses, opta, no por votar a favor de tal o cual opción, sino en contra de la que más le ha decepcionado.

> ¿Qué riesgos afronta nuestra comunidad nacional con estas elecciones?

Renovación o desintegración. Renovación por la aparición de una fuerza política nueva que, aun sin hacernos grandes esperanzas al estar todavía en sus primeros pasos, supone un elemento nuevo en democracia: nunca hasta ahora había aparecido una fuerza con empuje a la derecha de la derecha liberal

Este es el elemento verdaderamente nuevo del ciclo electoral de 2018: ver si, efectivamente, Vox es un partido transversal y cristaliza como tal, o bien termina siendo una versión “dura” del PP de siempre, en cuyo caso su papel no habrá sido otro que el de dividir a la derecha, o más bien el de volver a los orígenes de la derecha de tiempos de Fraga.

Lo contrario de la “renovación” es la “desintegración nacional” y esta tiene un nombre, un rostro y una sigla: Partido Socialista Obrero Español – Pedro Sánchez – PSOE.

¿Qué debemos tener claro en todo este magma opaco y peligroso?

Sólo una idea: establecer quién es el “enemigo principal” y quién el “enemigo segundario”: los últimos meses han demostrado la peligrosidad de que las riendas del país estén en manos de un partido socialista que ya no tiene nada de socialista y que no es más que un amasijo de ideología de género, memoria histórica hemipléjica y la última puerta abierta de Europa a la inmigración. Cualquier otro adversario es secundario en relación a la peligrosidad mostrada por el PSOE de Sánchez que es preciso arrinconar, y conseguir que desaparezca como ya ha desaparecido de muchos países europeos (Italia) o se ha visto reducida a términos residuales (Francia).

No sabemos lo que puede ocurrir en este ciclo electoral, pero lo que sí debe quedar claro es la naturaleza de porqué el PSOE es el enemigo principal y porqué cualquier otra opción podría ser considerada desde “enemigo secundario” hasta “amigo ocasional” o simplemente “joven promesa”.

Claro está que si lo que se desea es acelerar la crisis y que el régimen político español se hunda cuanto antes, parece claro que la opción debe ser, por encima de cualquier otra, el PSOE. Sí, porque nuestro país no soportaría a un Sánchez 2.0, esto es, a un ZP 3.0…

El camino a las elecciones (1 de 3)
El camino a las elecciones (2 de 3)
El camino a las elecciones (3 de 3)

lunes, 7 de enero de 2019

365 QUEJÍOS (238) - 2019, EL AÑO CLAVE PARA LA UE: "EUROPA SÍ, PERO NO ASÍ"


La Unión Europea (UE) celebró el año pasado la culminación de la década más conflictiva de su historia. Y el año 2019 no promete ser mucho mejor, sino todo lo contrario: al menos para la concepción neoliberal, integrada en la globalización, que han construido desaprensivamente socialistas y populares europeos. La crisis económica de 2008 rompió con el período de integración continental iniciada en el Tratado de Maastricht (1993) y con la adopción del euro 1999). Los efectos de la crisis implicaron que muchos empezaran a cuestionarse el proyecto europeo. Crecieron las disputas entre Estados: los países ricos del Oeste empezaron a sufrir las críticas de los países pobres del Este, los "austeros" del norte criticaron a los "despilfarradores" del sur, los exportadores —favorecidos por las por las políticas de la UE— contra los importadores… La UE ha terminado siendo lo contrario de lo que se pretendía: de foro federal y unitario ha pasado a ser una olla de grillos mal avenida.

El golpe final fue asestado por la crisis migratoria de 2014 y 2015. Los millones de refugiados, que comenzaron a entrar de forma clandestina a través del Mediterráneo, atraídos por las subvenciones y la comodidad de la vida europea en comparación a la dada en sus países de origen, terminó de desestabilizar a la UE. Nunca ha existido un acuerdo sobre los criterios de acogida de inmigrantes, ni sobre quién debe ser considerado “refugiado” o simplemente un oportunista económico en busca de subsidios fáciles. A partir de ahí ya era imposible imponer reglas comunes para toda la UE. El efecto secundario hizo que, el aumento de la población extranjera en un contexto económico recesivo incentivó el discurso nacionalista y euroescéptico. El triunfo del Brexit en el referéndum británico de 2016, marcó un hito alarmante.

Los partidos populistas están en alza en casi toda Europa, y otros los euroescépticos ya gobiernan en Italia, Hungría, Austria y Polonia. La situación es particularmente tensa en Italia donde la Liga Norte de Marreo Salvini y el M5S de Luigi di Maio gobiernan, aun sin estar completamente de acuerdo en materia migratoria. Salvini rechazo al desembarco en Italia del Aquarius, un buque humanitario que transportaba a 629 inmigrantes.

Pero si, hasta ahora, el año 2018 había sido el más difícil de la UE, las perspectivas para el año que comienza son todavía peores. Ahora, el primer problema es Rumania, cuyo gobierno está adoptando una deriva populista similar a la de otros países del Este y que se mantendrá mientras presida la UE, hasta junio de este año. El primer reto del año será la consumación del Brexit; hay de plazo hasta el 29 de marzo. Habrá que decidir si los acuerdos firmados entre Theresa May y Bruselas, son ratificados o si el Reino Unido rompe con la UE sin plan. De momento, las cosas no pintan bien en Londres, donde el acuerdo puede ser rechazado. A partir de marzo, la única posibilidad será que la UE acuerde una prórroga.

La importancia del Brexit no se le escapa a nadie: según cómo se haga, puede resultar traumática para el Reino Unido… pero también para la UE. Si no hay acuerdo, pueden generarse problemas económicos y jurídicos, sin olvidar que en Irlanda, se endurecería la frontera entre las dos partes de la isla, dado que el gobierno irlandés permanece en la UE, pero no así la zona del Ulster, unida a Londres.


Entre el 23 y el 26 de mayo están convocadas las elecciones europeas que pasarán de ser 750 a 705 con la retirada británica. Es la hora que los “populistas” esperan para dar el gran campanazo y pueden convertirse en el elemento decisivo del foro de Strasbourg, mientras la izquierda queda reducida a la impotencia y el centro-derecha se ve mermado. Por tradición, el voto de castigo en las elecciones europeas ha sido mucho más potente que en las elecciones nacionales y en esta ocasión, de confirmarse la tendencia, las consecuencias podrían incluso comprometer la existencia de la UE en su actual configuración. Lo que parece bastante claro -y no vamos a ser nosotros quienes lo lamentemos- es que el grupo socialista europeo y el partido popular europea, están periclitando vertiginosamente y en toda Europa. Ellos son los que han transformado a la UE en el caos actual. No es que los populistas vayan a convertirse en el partido mayoritario de la cámara (además de estar divididos en varias opciones), sino que van a tener fuerza suficiente como para impedir acuerdos. Se espera que lleguen al 20 o 25% de los escaños. Más si se confirma el ascenso de Vox en España. Con ese porcentaje pueden estar presentes en la Comisión Europea (especie de gobierno de la UE) y, desde luego, sus programas apuntan a la línea de flotación de dos instituciones: la Corte Europea de Justicia y, mucho más especialmente, el Banco Central Europeo. De lo que no cabe la menor duda es que, a partir de este año, en la UE podrá gobernarse quizás, sin los populistas, pero no contra los populistas.

La esperanza de la izquierda socialista y del centro-derecha es que los populistas no consigan llegar a posiciones comunes y que su fuerza quede dispersa en el parlamento europeo en varios grupos que temen ser perjudicados unos por la imagen de “extremistas” atribuida a otros. Otros “centristas” quieren creer que los partidos “extremistas” (en realidad, populistas), van a crecer menos de lo esperado. Si consiguen llegar al tope máximo del 25% ellos serán los que tendrán en la mano la llave de la gobernabilidad europea.

La cuestión que deben asumir los “populistas” es que la Unión Europea es una “mala unión”, pero Europa es necesaria e irreversible. El eslogan de “Si a Europa, pero no a esta Europa” debería ser el leit-motiv y el eslogan electoral de todos estos partidos. De hecho, las encuestas indican que el 47% de los europeos consideraban a la UE como algo “bueno” en 2011, pero en la actualidad, tras el Brexit, se ha llegado a una aceptación del 62%. Los europeos entienden la necesidad de la UE, incluso de una moneda común y los populista se equivocarían, si concentraran todos sus esfuerzos en volver a la peseta, al franco o al marco. La política internacional, en su fase actual, no da pie a estas regresiones: si los países europeos quieren tener protagonismo en el siglo XXI y no ser colonias de Amazon o de Alibaba, deben, necesariamente, unirse. Y esto es lo que no parece que tengan claro todos los “populismos” que se encuentran ante su electorado con una situación similar a la del independentismo catalán: ¿cómo explican a sus electores que la independencia de Cataluña es imposible si la han ido predicando durante décadas? Y, análogamente ¿cómo los “populistas” van a explicar que la iniciativa del Euro es buena… pero se ha llevado de manera catastrófica y que, para llegar al Euro, como para llegar al “espacio único europeo” en materia de seguridad, antes había que haber homogeneizado mucho más el continente y optado por políticas mucho más enérgicas?

El primer ministro Viktor Orban es, quizás, el que está llevando a cabo una política más realista: es partidario de devolver más soberanía a los Estados miembros, pero no cuestiona la existencia de la UE, ni siquiera la del Euro. Un mensaje así planteado puede tener mucho más calado: “Si a Europa, pero no a esta Europa”, “Sí a Europa, pero no así”. El peor de los escenarios posibles sería el que en Italia o en la República Checa -los países, en la actualidad, más opuestos a la UE- se convocara un referéndum parecido al Brexit que se saldara con la salida de ambos. Esto reavivaría el efecto dominó y supondría la losa funeraria de la UE.

Decididamente no va a ser un buen año para la burocracia de Bruselas. La cuestión es si la UE podrá rectificar su rumbo actual emprendido a partir de Maastrich o quedará como la pieza europea de la globalización. Y esto último solo pueden impedir los partidos “populistas”… si bien el riesgo del “populismo” es que la UE se desintegre y cada pequeña nación europea siga su curso en un mundo que ya no se adapta a la dimensión de las “naciones-Estado”, sino que, más bien, tiende a la política de “grandes espacios”.