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sábado, 10 de octubre de 2015

Diario de la Desesperanza (XXX)


Querido Diario:
El nacionalismo es aquella concepción que sitúa a la propia nación por encima de todo. El “individualismo de las naciones”, lógicamente genera hostilidad hacia cualquier otra nación que no sea la propia. Si esto se hubiera tenido en cuenta a la hora de redactar la constitución de 1978 (“la Zombi”, como la de 1812 fue “la Pepa”), nos hubiéramos ahorrado 38 años de problemas generados por los nacionalismos. Existen esos problemas, no porque exista Cataluña o Euzkadi, sino porque existen formaciones nacionalistas surgidas del resentimiento y de las ambiciones de las burguesías locales. Nada más. El soberanismo se basa en el arraigo que liga a una persona a su tierra natal. Es un producto de nuestra naturaleza animal, lo que la etología llama “instinto territorial”, por tanto, ligada a las capas más bajas de lo humano. Basta con que exista un partido con pocos escrúpulos como para remover vísceras para que el soberanismo aflore. El patriotismo, en cambio, es el sentimiento de pertenencia a una comunidad, de compartir un pasado y una tradición. Pero para que pueda proyectarse de manera eficiente sobre lo cotidiano y dar a quienes lo comparten la fuerza de la unidad, esa comunidad debe disponer, de manera clara de una “misión” y de un “destino” a realizar. Y ese es el problema, que el patriotismo español se recluye en los estadios de fútbol y en las competiciones deportivas a falta de tener el valor de revisar su “misión” y su “destino”. Y, créanme no hay nada más vacío y enfermizo que el patriotismo futbolero, el propio de aquellos que no están orgullosos de ser españoles sino de que la selección española de fútbol noquee al adversario. Entender el origen de una nación, identificar sus valores y sus constantes históricas, asumirlas y encarnarlas, adaptarlas, proyectarlas al futuro: tal es la función de un patriota.

viernes, 5 de septiembre de 2014

La lucha por la identidad


Info|krisis.- Después de casi un año de no haberlo perdido encuentro en una carpeta el texto de la charla que debía haber leído en Sintra en el acto de presentación de la traducción portuguesa de mi libro Identidad, patriotismo y arraigo en el siglo XXI. Se trató de un acto muy emotivo para mí porque me permitió entrar en contacto con Portugal y con los amigos portugueses. El archivo que contenía la charla había estado perdido durante meses y finalmente tuve que improvisar la disertación. Ahora que lo encuentro, lo reproduzco tal como lo escribí hace casi un año.

Señoras y señores, queridos amigos:

Gracias en primer lugar por asistir y gracias especialmente a los amigos que han tenido a bien tomarse la molestia de traducir y publicar mi libro e invitarme a estar entre ustedes. El tema del libro gira sobre la Identidad y lo identitario. Voy a intentar explicarles la idea que me hago personalmente de este concepto, su alcance y su importancia.

Se trata, ante todo, de un problema semántico. En estas últimas décadas y desde que tengo uso de razón político, el problema de dar una adjetivación a nuestra lucha política ha constituido un punto central de nuestras preocupaciones: en las largas conversaciones que he mantenido con camaradas españoles y extranjeros, incluso en los lugares más alejados del planeta, siempre este tema ha sido esencial: ¿cómo debemos llamar a la doctrina que sustenta nuestra lucha política? A esta pregunta intenta responder esta pequeña obra.