BARCELONA: LOS GOZOS INDEPENDENTISTAS Y LAS
SOMBRAS NACIONALISTAS
Si ha quedado algo claro en los últimos cincuenta
años de vida política catalana es que “nacionalismo” e “independentismo” son
los mismos. Hemos perdido la inocencia: ahora ya no se nos puede hablar de estos
dos términos como diferentes. El
fin de todo “nacionalismo” es la independencia nacional, por tanto, todo
nacionalismo desemboca necesariamente en el independentismo. Y este
nacionalismo (que, en el fondo no es más que un regionalismo que aspira a jugar
en “primera división”) sigue siendo, como lo definió en su momento el líder
dels Joglars, lo más parecido “a un pedo, que solo satisface al que se lo
tira”. Esto sigue siendo cierto y lo vimos en los días que el Papa
permaneció en Barcelona.
Los independentistas querían aprovechar la visita
para relanzar su muy maltrecho programa político. A fin de cuentas, el Papa venía a inaugurar la
Torre de Jesús de esa inmensa y fea mona de Pascua que es el Templo Expiatorio
de la Sagrada Familia. Barcelona, ciudad turística que ya solamente vive del
turismo y que, sin turismo, simplemente, desaparecería, precisa atractivos
turísticos para seguir en el candelero. Hay muchos factores que pesan en su
contra: el número de turistas se ha estabilizado y el boca-oído está operando
en contra de la Ciudad Condal: cada vez son más turistas los que dicen haber
sido atracados, robados, expoliados, agredidos y vejados por delincuentes
llegados de toda la galaxia. Cada vez, la ciudad es más cara y no se contenta
con muñir a sus ciudadanos menguantes, sino que opta por ordeñar a los turistas
de manera preferencial. Así que había falta promover el “atractivo
turístico” de la ciudad para acallar le “realidad negra” que proyecta para los
visitantes. Y el Papa ha contribuido a esta tarea bendiciendo la torre de
Jesús, la más alta de la cristiandad.
La portavoz del grupo de Junts en Madrid, Míriam “Caballo
Loco” Nogueras, le propinó una filípica en inglés… Siempre la obsesión
lingüística, siempre el pedo que solo satisface al que se lo tira. En un inglés
macarrónico, la diputada dijo algo así como “Su Santidad, como Gaudí, soy
catalana. Hablar la lengua de la tierra que te acoge es un maravilloso acto de
amor y respeto. Espero que disfrute de su visita a Cataluña, mi nación”. De
esta frase, probablemente la única verdad incuestionable es que Gaudí era
catalán. En cuanto a “mi nación”, dejémoslo en una exageración que tanto gusta
a los nacionalistas y que los no nacionalistas le dejan repetir con
resignación, a pesar de que no tiene la más mínima base histórica: las “naciones”
aparecen en la historia a principios del siglo XIX, el siglo, por cierto, más
español de Cataluña. Ni desde la aparición histórica de las naciones, ni desde
nunca antes. Cataluña llegó tarde al “reparto de nacionalidades”. Y se quedó
sin ellos. Ahora como demostró “el procés”- es algo que ya ha sido rebasado
por la historia y que queda muy atrás como para recuperarlo y mucho menos -te
lo digo a ti Silvia Orriols- como para que Cataluña puede alcanzar la
independencia con millón y medio de musulmanes y apenas un 30% de catalanoparlantes.
Ocurre ahora lo mismo que ocurrió con la Semana Trágica: hasta entonces el
nacionalismo catalán creía que podría ser independiente, al comprobar que el
proletariado catalán era fuerte y podía vencer a la burguesía catalana, y que
solo el ejército español podía salvarles, el Conde de Güell y todos sus
amigotes que habían apoyado al primer nacionalismo, se entregaron en cuerpo y
alma a la monarquía española, dejando el terreno libre para que otros más
chalados, ocuparan el espacio: fue la hora de Macià. Para sellar la “nueva
alianza”, el Conde de Güell regaló el palacio de Pedralbes a Alfonso XIII.
Antes se preocupó de que sus sirvientes destruyeran a martillazos la fuente
diseñada por Gaudí que tenía visibles las cuatro barras catalanas. Esa
fuente, reapareció entre las malezas en los años 60 y se restauró. Si hoy,
Cataluña tiene alguna posibilidad de sacudirse el paso de la comunidad
islámica, no será con los bienintencionados mozos de escuadra, ni con el
inexistente “ejército catalán”, ni mucho menos con “voluntarios” que ni
siquiera estuvieron a la altura durante el “procés”. Si en el futuro,
Cataluña quiere no ver sus libertades cívicas y culturales amenazadas, sólo
podrá hacerlo gracias al Ejército Español.
Todo esto viene a cuento de la bendición de la
Torre de Jesús. El Papa hizo un esfuerzo por hablar en catalán y sus
alocuciones en esta lengua, se correspondieron, como hemos dicho al principio,
a la “realidad lingüística” de Cataluña, no a la obligatoriedad tiránica
diseñada por la gencat que ve en cualquier frase o rótulo en catalán una “amenaza”.
Pero la visita del Papa no es ni un ejercicio de control lingüístico sobre alumnos
de primaria, ni el deambular de censores lingüísticos subsidiados por las
calles, ni siquiera, las cuotas lingüísticas impuestas a las radios, ni un
ejercicio de “inmersión lingüística”… Y nos alegramos de que las alocuciones
del Papa hayan registrado la realidad lingüística de Cataluña, por mucho que
les pese a los indepes y a la gencat de Illa.
Respecto al acto en la Sagrada Familia cabe poco
que decir. Alguien, en el ayuntamiento, en el que siempre la masonería ha
tenido cierta influencia, pensó que cabía convertir una ceremonia que era,
fundamentalmente, religiosa, en un acto de promoción turística al estilo
Barcelona 92. Y eso fue lo que programó. Los indepes, por supuesto, quisieron dar la brasa con lo suyo, teniendo
preparados unos “cantaires” con banderas independentistas que debían introducirse
en la Sagrada Familia para desplegar dentro sus trapillos indepes. El problema
fue que la seguridad del acto estaba en manos de la Policía Nacional, no de
los mozos de escuadra, condición impuesta por los observadores vaticanos que
prepararon el viaje, conscientes de que hay un evidente descontrol en la
seguridad pública en toda Cataluña que corre a cargo, exclusivamente, de los
mozos. Los 400 “cantaires” fueron conducidos en pacífico rebaño fuera del
templo y su “numerito” sustituido por un canto grabado aséptico. Nadie se enteró
de la intentona frustrada. Ese mismo día, a esa misma hora, apenas a unas pocas
manzanas de distancia, un pistolero asesinaba en la céntrica calle de Balmes,
esquina Travesera de Gracia, a otro individuo, con total y absoluta impunidad.
Obviamente en el curso de un ajuste de cuentas entre bandas extranjeras.
La Sagrada Familia es un templo “extraño”, en
absoluto “bello” y ahí León XIV realizó otra concesión al ayuntamiento. Durante su estancia en España pronunció en 17
ocasiones la palabra “belleza”. Volvió a repetirla en alusión a la “belleza de
este templo” (que, por otra parte, insisto, es bastante cuestionable, siendo
más bien un pastiche de estilos, en un momento en el que, como dice Leo Harlem,
Gaudí “se calentó” y dio rienda suelta a su imaginación). Pero aprovecharemos
para decir algo: la belleza es, seguramente, una de las formas más directas
de aproximarse a Dios. La belleza… es justo lo que hoy falta en los
barrios catalanes poblados por gentes con vestimentas de otras épocas y lugares.
Hubiera sido mejor decir: “Germans catalans: la fealdad se ha apoderado de
las calles y controla los extrarradios de las grandes ciudades; tened paciencia
ante la fealdad subsidiada. Tened paciencia ante la fealdad moral que trae la
corrupción, el oportunismo político y la mentira institucionalizada… Llegarán
tiempos mejores”.
A pesar de los fuegos artificiales, de los drones
iluminando -más o menos- la imagen de Gaudí en el cielo (aún no se le ha
santificado y es difícil que, a tenor de su carácter, lo sea algún día) creada
por un enjambre de drones, vale la pena recordar que no es lo mismo la
inauguración de un templo y de una torre, acto inequívocamente de carácter
religioso, lo que vimos, sino un alarde casi circense, propio de una fiesta
mayor, lo que vimos en la Sagrada Familia. Este carácter confirmó el que, para
el ayuntamiento de Barcelona, el acto carecía de interés religioso o espiritual.
Se trataba, simplemente, de promoción, promoción y promoción turística, nada
nada más.
Tanto el acto en la prisión de Can Brians 1,
incluso el acto de Montserrat, tuvieron escaso interés por el contenido de los
discursos del Papa, salvo el hecho de que el discurso fue al 50% en catalán y
al 50% en español, a diferencia de la alocución que improvisó desde el balcón
de la Abadía, al 100% en la lengua de Cervantes.
De regreso a Barcelona, el acto en la Iglesia de
San Agustín del Raval (zona, en la que, oficialmente, hay un 50% de inmigración…
aunque en realidad, se acerque al 80% y en el colegio nacional del barrio, los
alumnos de origen extranjero prácticamente son la totalidad… desde hace casi 20
años) tuvo cierto encanto por la intervención de algún niño que le formuló
preguntas simpáticas. Desde el punto de vista arquitectónico, la iglesia de San
Agustín es de estilo neoclásico y decoración barroca, muy poco atractiva.
Quizás, San Pablo Extramuros, iglesia románica del mismo barrio, con claustro
incorporado y mucha más historia y “raíces”, hubiera sido el escenario más
adecuado para este encuentro, salvo por el hecho de que el Papa pertenece a la Orden
Agustina.
En Canarias, nada nuevo, salvo la reiteración,
como se esperaba, de la temática sobre la inmigración adornada ahora con la
frase recurrente del Evangelio: “Porque tuve hambre y me disteis de comer,
tuve sed y me disteis de beber, fui forastero y me hospedasteis, estuve desnudo
y me vestisteis, enfermo y me visitasteis, en la cárcel y vinisteis a verme”…
en cuyo fondo moral estamos de acuerdo, pero que no tiene nada que ver con la
inmigración llegada a Canarias en patera: “tuve hambre y me disteis la comida
halal que exigí, fui forastero y me hospedasteis en hoteles de primera línea de
mar, estuve desnudo y me regalasteis ropa de marca, enfermo y me disteis
medicina universal, delinquí y ni siquiera me enviasteis a la cárcel…”.
Ironizamos, por supuesto, pero esta es la realidad
de la inmigración africana: cuando el Papa habló de un “esfuerzo de
integración” de los inmigrantes en la sociedad “de acogida” (más bien, cabría
decir, “invadida”), no se le ocurrió pedir a los inmigrantes un esfuerzos de
integración, por pequeño que sea, respetar las costumbres de la sociedad de acogida,
procurar “molestar” lo menos posible (sí, “molestar” porque determinados usos y
costumbres del desierto o de la sabana africana, simplemente están fuera de
lugar en España.
También podría haber dicho algunas palabras sobre
las ONGs que hacen de la inmigración un negocio. A este respecto, Gemini me confirma que un
internado de primer orden en el Reino Unido cuesta al año en torno a 70.000
euros, cuando la estancia de un MENA en España cuesta 7.200 euros al mes, es
decir más de 80.000 euros al año… Y no son los MENAS los que se quedan con
la parte del león de esta cantidad, sino ONGs que hacen su agosto con “el
negocio de la inmigración”. Por cierto, también echamos en falta, una
referencia del Papa a los MENAS y al derecho y la obligación de un hijo de
estar junto a sus padres… Y, sin embargo, la palabra MENA no fue pronunciada ni
una sola vez.
Pero, todo esto, claro está no era lo pactado entre la diplomacia vaticana y el ministerio de exteriores español. Y, el Vaticano cumple lo pactado.
CONCLUSIONES: PODÍA HABER IDO PEOR. UN BALANCE POSITIVO
He de confesar que la visita del Papa León XIV, me
ha revalorizado su figura. Dijo lo que tenia que decir en materia moral y calló
lo que no podía decir en voz alta por los pactos que le llevaron a España. El
Papa nadó y guardó la ropa. No se comprometió en temas difíciles, ni atacó
frontalmente al gobierno. Algunos de sus discursos hay que leerlos “periféricamente”:
sin mencionar al gobierno de Pedro Sánchez criticaba las acciones y medidas que
éste realiza cada día. En Cataluña, los indepes se la envainaron y la peor
parte, se la llevó la policía autonómica que fue excluida prácticamente de la
totalidad del dispositivo de seguridad. Es lo que tiene el haber facilitado la
fuga de Puigdemont hace dos años, que se pierde credibilidad internacional.
¿Qué repercusión tendrá esta visita dentro del
catolicismo español? Una “visita
pastoral” siempre remueve corazones y activa voluntades. La sociedad española
está cambiando y este cambio está protagonizado por la juventud. La juventud
española se ha llevado demasiadas decepciones en los últimos años como para no
reaccionar. Y la reacción va a ser de derechas, incluso reaccionaria, católica,
antiizquierdista y antiinmigración. Es posible que, circunstancialmente
surjan contradicciones entre la política del “ecumenismo” vaticano, el no
atacar al islam, el tenderle la mano, y los católicos de base. No es posible,
es seguro que ocurrirá. Pero, no hay problema, el Vaticano se adaptará, como se
ha adaptado a todas las épocas. Lo hizo León XII y lo volverá a hacer León XIV,
especialmente cuando cambien los gobiernos de Alemania, Francia, Reino Unido y
España y se endurezca la política de acceso a la UE y se faciliten las
expulsiones a los países de origen.
Y éste, precisamente, es el problema: que el
papado reaccionará tarde, muy tarde. Antes, la sociedad europea habrá reaccionado.
Está reaccionando. Y que nadie lo dude, la revitalización del cristianismo, por
parte de los jóvenes, será un hecho. Y será anti islamista… Lo que un Papa puede callar por pactos
diplomáticos, el “pueblo de Dios” puede decirlo en las calles y en las plazas. Y,
de hecho, lo está diciendo.











