Introducción
En esta antología de lo que hemos llamado “el pensamiento
sociológico antidemocrático del siglo XX” hemos reunido textos de una serie de
autores cuyas ideas chocan frontalmente con lo que generalmente se entiende
como “democracia”: “el mando del pueblo”. Se trata de pensadores que gozaron (y
siguen gozando) de gran prestigio y cuyas ideas no han sido superadas, sino más
bien completadas por estudios posteriores. El común interés que tuvieron en
vida todos ellos, era aproximarse a los rasgos de las sociedades de su tiempo y
extraer de ellas leyes universales aptas para interpretar el pasado y también para
prever los rasgos del futuro. Salvo uno de ellos, el último, Edward Bernays, se
limitaron a teorizar y sólo éste, quiso poner en práctica las teorías,
especialmente, de Le Bon.
En general, no se declararon explícitamente anti-demócratas, eran
preferentemente conservadores en lo político e, incluso, como veremos, algunos
de ellos, en su juventud, militaron políticamente en la izquierda. Sin embargo,
sus teorías invalidan los conceptos que estaban en vigor en el siglo XIX: el
“mando del pueblo” era imposible porque las masas —tal como estableció Gustave
Le Bon— eran manipulables como la arcilla en manos de un alfarero. Bastaba con
conocer las leyes que movían a las masas para poder llevarlas a donde se
quisiera.
Esta idea fue completada por trabajos posteriores enfocados de
cara a la sociología política. En todos ellos, el “realismo” se antepone a
cualquier otra consideración. De ellos, puede decirse que nació lo esencial de
la sociología aplicada a la política.
Seamos claros: cuando aludimos a estos autores como doctrinarios
de un pensamiento “antidemocrático” solo queremos decir que sus textos suponen
un reproche frontal a la única línea de defensa de las democracias actuales y
en especial a sus criterios cuantitativos: todos estos autores, por distintas
vías, contribuyen a demostrar que, quien dice “democracia” como una alusión al
“gobierno del pueblo”, simplemente, miente o quiere engañar. Nada tan
manipulable como la opinión pública. Así pues, en rigor, “democracia” sería el
gobierno de los manipuladortes, sobre los manipulados. Y esto en el mejor de
los casos. En el peor, esto es, en su actual estadio degenerativo, “democracia”
es un simple subterfugio, como en el caso español y de la propia Unión Europea,
para evitar el término, mucho más realista y oportuno, de cleptocracia
Si entre esta selección de textos hemos incluido también un texto
de Werner Sombart sobre los judíos y la vida económica, no es en absoluto por
un deseo de justificar el antisemitismo, sino para entender la formación del
espíritu moderno que conduce del “homo faber” al “homo economicus”.
A partir de este texto puede entenderse perfectamente la tesis de Marx según la
cual el antisemitismo carecía de interés a partir del siglo XIX, en la medida
en la que la burguesía estaba heredando de manera acelerada los valores, los
usos y costumbres que había sido hasta ese momento consuetudinarias del pueblo
judío. Esos valores, son, en el terreno económico los que acompañan al
liberalismo y la democracia. Y, puede entenderse también que, por lo mismo,
aquellos sectores sociales que rechazaban tales valores, protagonizaran incluso
en algunos países desde los inicios del siglo XX hacia atrás, pogromos e
iniciativas antisemitas.
Hemos reunido estos textos que resumen lo esencial de todos estos
seis autores. Cada uno de sus trabajos está precedido por un resumen biográfico
y una exposición de sus principales teorías. Ninguno de ellos ha perdido vigor
con el paso del tiempo, antes bien, parece que en algo más de un siglo, desde
que establecieron sus teorías hasta nuestros días, todo parece haberlas
confirmado. Así pues, lo que están a punto de leer es una crítica implícita a
una forma de gobierno que hoy se acepta, generalmente, como “bueno”. Como dijo
Churchill, “la democracia es el peor sistema de gobierno, a excepción de
todos los demás que se han inventado”. No estamos tan seguros… Los
pensadores que hemos repasado tienden a confirmar la primera parte de la frase.
En cuanto a la segundo, prefieren no opinar. Pero, la boutade de Churchill,
aparte de hacernos esbozar una sonrisa, nos sitúa en el gran drama de nuestro
tiempo que, en el fondo, consiste en reconocer, a poco que se examine la
cuestión, que la democracia es el peor sistema de gobierno, pero el único que
desde 1945 resulta obligatorio… a excepción de todos los demás que se han
inventado.
Ernesto Milá
Le Bon no ha pasado a la historia de la física teórica por ser el
primero en descubrir que puede obtenerse energía a partir del átomo. A pesar de
haberse adelantado unos meses al primer enunciado de la teoría de la
relatividad de Einstein, y de haber elaborado otros trabajos en este mismo
campo, su nombre pasará a la historia a raíz de su obra Psicología de las
muchedumbres publicado en 1895.
Si en física, Le Bon se adelantó a Einstein, en el terreno de la
psicología, su obra precedió a las teorías de Freud. Hoy se ha “cancelado” a Le
Bon, mientras que Freud sigue siendo el nombre inevitable que acompaña a todas
las divagaciones woke. Pero, la realidad es que este último, trataba la
cuestión de las masas con el tamiz de sus teorías alambicadas sobre su
“psicología profunda” que no son más que una reinterpretación de las ideas de
Le Bon. Hoy se tiende a olvidar cada vez más las teorías freudianas y a
revalorizar la obra de Le Bon que está especialmente presente en Eduard Bernays
(sobrino, por lo demás, de Freud), otro de los autores -el más pragmático y
“moderno” de todos ellos- que hemos seleccionado y que aplicó los principios de
Le Bon al campo de la publicidad.
Lo esencial de Le Bon es la idea de que la masa se despersonaliza
y es el disolvente universal para las personalidades individuales que la
componen, generando una especie de “egregor” al que llama “alma
colectiva”. Ésta puede ser ganada, dominada o manipulada por un “líder”. La
masa sigue al líder como el rebaño al pastor. La voluntad de uno se impone al
gregarismo del otro. Ésta no necesita creencias racionales ni objetivas: la
basta, simplemente, con tener fe. Cuanto mayor es la masa, más grande es su
irracionalidad y mayor su fanatismo. El “alma colectiva” hace que el sujeto
piense de forma radicalmente diferente a cómo lo haría de encontrarse aislado.
Si esto es así, entonces ¿qué puede esperarse de la democracia entendida como
el sistema en el que las mayorías se imponen a las minorías y, por tanto, en
donde 49 científicos, se ven en minoría ante 51 patanes?
La tarea del “líder” no es otra más que la de aprovechar estas
características y, tanto mayor será la capacidad de sugestión de un líder en
cuanto sepa encontrar las ideas-fuerzas más poderosas para generar el contagio
entre las masas. El líder crea situaciones que pueden ser calificadas como de
hipnosis colectiva. Su éxito deriva de que su voluntad es más fuerte que las
voluntades individuales anuladas de los individuos que componen una masa y, por
tanto, el “alma colectiva” de ésta se sitúa en disposición de seguir a su
pastor hasta donde éste lo estime oportuno. El resultado final es que el
“líder” (provisto de una “voluntad de poder” nietzscheana) es superior a la
masa, por mucho que algunos individuos que la componen sean intelectualmente
más brillantes que él. La masa anula esta ventaja y, este es otro de los
teoremas más brillantes de Le Bon, la inteligencia media de una masa, no es el
resultado de la suma de las inteligencias individuales de sus miembros, sino
que se sitúa al nivel del más bajo de todas ellas.
El texto seleccionado a continuación pertenece al primer y segundo
capítulos de Psicología de las Muchedumbres.
Gaetano Mosca (1858
– 1941)
Mosca, licenciado en Derecho en la Universidad de Palermo, sentó
las bases para el desarrollo de la ciencia política contemporánea al pasar del
doctrinarismo abstracto al análisis de las fuerzas reales del poder. Su fama
deriva de haber definido lo que es la “clase política” con un realismo y una
frialdad inédita en su tiempo. Y lo hizo para rebatir las ideas democráticas y
al marxismo que se había hecho un lugar entre los intelectuales. Para Gaetano
Mosca, lo esencial no era la “lucha de clases” entre burguesía y proletariado,
sino el reconocer que esa lucha existía, pero entre una minoría que domina y
una mayoría que es dominada. La primera conserva el poder real, la segunda
puede quedarse con el virtual, es decir, con un poder que delega en la minoría
dirigente que es, a la postre, la que conserva el control del Estado.
La teoría de las élites de Gaetano Mosca postula que toda sociedad
está gobernada por una élite minoritaria. Para él, el “poder popular”, esto es,
la emanación desde el “pueblo” de una soberanía que voluntariamente delega en
una minoría, es el factor esencial que explica el que los menos dominan y
controlen a los más. Mosca llama a esas élites, “clase política dirigente”. Sin
esas élites el “pueblo” sería completamente incapaz de gobernarse a sí mismo. Y
esto es así porque la élite tiene una alta capacidad de organización; gracias a
ello son siempre minorías las que monopolizan el poder. Así pues, la “lucha”,
finalmente enfrenta a una “minoría organizada” frente a una “mayoría
invertebrada”.
Sus estudios centrales están ocupados por investigaciones sobre la
capacidad de organización de las élites. La capacidad de organizarse es lo que
permite a la minoría dirigir a la mayoría. A esto debe añadirse una
inteligencia superior, un carácter más fuerte, mayor poder económico e,
incluso, una superioridad moral. Existe una fuerte tendencia en la élite a
volverse hereditaria, conservando el poder y los privilegios a lo largo de
generaciones, aunque las élites también pueden ser sustituidas históricamente
(algo que se encargara de estudiar Vilfredo Paretto). Mosca considera que la
renovación de las élites a lo largo es fundamental para la supervivencia del
Estado. Si, por distintos factores, en un momento dado, se interrumpe la
renovación de la élite, ésta puede volverse cada vez más cerrada y es entonces
cuando se produce lo que Maurras llamaba la ruptura entre el “país real” y el
“país legal”.
En cuanto a las leyes, pueden ser utilizadas por la élite para
proteger su posición y sus bienes frente a los intentos de la mayoría de formar
parte del grupo dirigente o de sustituirlo.
Rechaza la idea de que la democracia basada en el sufragio
universal podía realmente cambiar esta estructura de poder. Consideraba el
sufragio universal como un mito peligroso que crea la ilusión de que el pueblo
gobierna, cuando en realidad siempre son los miembros de la élite quienes se
imponen. Las élites alcanzan su mayor liderazgo cuando las mayorías las buscan
y requieren ante situaciones adversas.
Una élite que, progresivamente, se va aislando, es una élite
destinada a degenerar convirtiendo al sistema político en vulnerable. La
“circulación de élites” es posible cuando una fracción comienza a ser marginada
por sus intentos renovadores. A partir de ese momento puede apoyarse en las
mayorías que se oponen al orden constituido y que se convierten en una
herramienta necesaria para la sublevación. Pero también puede ocurrir que el
uso de las mayorías juegue a favor del orden constituido, cuando la clase dominante
recurre a las masas para frenar intentos renovación. Es frecuente que el
proceso de renovación de las élites se produzca con la incorporación de
elementos de las clases inferiores.
El texto que hemos seleccionado corresponde a uno de los capítulos
de su obra Elementi di Scienza Politica, publicado en 1896.
Vilfredo Paretto (1848 – 1923)
Si Gaetano Mosca enunció el concepto de “clase política dirigente”
y mencionó la necesaria “circulación de élites”, será Vilfredo Paretto quien
profundizará en este tema. Al igual que Le Bon, además de la sociología se
interesó por muchos otros temas hasta el punto de que para definir su
personalidad se utilizó un término hoy en desuso: “polímata”, palabra derivada
de los términos griegos πολύ polý, mucho, y μανθάνω, aprender. Sus
contribuciones a la economía, la ciencia política, la ingeniería y la filosofía
son casi tan importantes como sus incursiones en la sociología. Se le ha
descrito como “el último Renacentista”. Su formación inicial estuvo centrada en
la física y en las ciencias exactas y, a partir de ahí, se interesó por las
estadísticas y sus aplicaciones en distintos campos.
La tesis central de Paretto que nos interesa en el contexto de la
presente antología, tiene que ver con la teoría de las élites en donde sostenía
que estas no eran grupos cerrados. A eso le había llevado su análisis histórico
en el que identificó un constante movimiento en las élites. Siempre serán ellas
las que determinan las características de un momento concreto de la sociedad.
Sin embargo, esas élites están destinadas a la decadencia desde el momento en
el pierden capacidades intelectuales y morales, disminuye su eficiencia en la
gestión de las sociedades y aumenta su hedonismo. También puede ocurrir que las
capas más bajas desarrollen capacidades más acordes con el “tiempo nuevo”,
justo cuando las élites más elevadas han iniciado su proceso degenerativo. Es
entonces. Cuando las élites de reemplazo, procedentes de las clases inferiores,
llaman a la puerta, capitaneadas por los individuos más capaces del nuevo
grupo. Tal es el proceso que describe como “circulación de élites”.
Para él, poco importan las excusas o los razonamientos
“ideológicos” para justificar que una élite u otra detentes los mecanismos de
poder. Son excusas que tienden a encubrir el hecho fundamental de que las
élites mantienen el poder mediante la fuerza (represión ejercida mediante
distintas instituciones y mecanismos para eliminar físicamente o neutralizar a
los opositores), o bien mediante el consentimiento, la sutileza y el ingenio,
generalmente incorporando a individuos procedentes de las clases bajas para seguir
manteniendo el control de la sociedad.
Las élites, para justificar su persistencia en el poder, suelen
argumentar lo que Pareto llama “residuos” (instintos, emociones, pasiones,
miedos y creencias de las masas) y “derivaciones” (justificaciones lógicas o
racionales que la élite da a sus acciones y creencias, muchas veces para
ocultar los residuos subyacentes en sí mismas).
Al igual que Mosca, Pareto sostenía que toda sociedad está
dirigida por una minoría selecta y que la historia es la circulación de estas
élites. Pero, yendo más allá que aquel, dividió las élites en dos tipos: la
gobernante (la que ejerce el poder directo o indirecto) y la no gobernante (la
que integra al resto de los individuos más capaces). Su visión de la historia
social es cíclica y puede resumirse como una sucesión continua de élites que
entran en decadencia siendo sustituidas por otras élites nuevas más aptas para
gobernar.
La selección que ofrecemos a continuación está incluida en I
sistemi socialisti, 1902, pp. 165 y ss. Y en el Trattato di sociologia
generale, 1906.
Nacido en Colonia en el seno de una rica familia de empresarios
alemanes, murió en Roma, naturalizado italiano. En su juventud fue militante
sindicalista y socialista convencido. En Italia, se asoció con el “sindicalismo
revolucionario” italiano, una tendencia izquierdista del Partido Socialista al
que representó en la Segunda Internacional. En 1907 abandonó este ambiente
político.
Alumno de Max Weber, en 1907, obtuvo la cátedra de Economía
Política y Sociología Económica en la Universidad de Turín. Posteriormente, se
convirtió en catedrático en Basilea, para volver definitivamente, en los
últimos años de su vida, a enseñar en Perugia. Tras la Primera Guerra Mundial,
se adhirió tempranamente, en 1924, al Partido Nacional Fascista y vio en
Mussolini a un líder carismático capaz de sortear las vacilaciones del
parlamentarismo y los procesos de anquilosamiento burocrático de la política.
A diferencia de Pareto, Michels sostiene que no existe circulación
de las élites, sino que la oligarquía, mediante el instrumento de lo que llama
“cooptación” (por el cual los líderes ofrecen a sus rivales cargos honoríficos
sin poder ejecutivo efectivo), consigue no ser desplazada de la cima de la
pirámide social por la minoría adversaria. Porque, a fin de cuentas, como
sentenció Mosca, son las élites las que, siempre, cualquiera que sea la fórmula
utilizada por el poder, gobiernan. En el interior de todos los partidos
políticos se tiende a la centralización de los cargos y de los recursos,
mientras que las decisiones “entre congreso y congreso”, son tomadas por un
pequeño comité directivo (el “comité ejecutivo”) que excluye al resto de
militantes.
Así pues, los partidos políticos están gobernados por pequeñas
oligarquías que eligen a sus propios sucesores… De ahí que sea ocioso discutir
entre “monarquía” y “república” a la vista de que en ambos está presente el
“derecho de sucesión”.
La gran contribución de Michels al estudio de la sociología
política fue su obra Los partidos políticos y dentro de este trabajo, lo
que llama “La Ley de hierro de la oligarquía” cuyo texto fundamental
reproducimos tras esta presentación.
La colaboración entre Max Weber y Michels, iniciada en 1906, se
interrumpió con el estallido de la Primera Guerra Mundial a la que éste se
oponía. Entonces optó por la metodología histórica de Werner Sombart,
realizando una crítica al marxismo al que definió brillantemente como un
“determinismo materialista”. En esos años adoptó nuevas convicciones personales
que le llevaron en 1912 a asistir como ponente al Primer Congreso Internacional
de Eugenesia, presentando un documento titulado “La eugenesia en la
organización del partido”. Ya por entonces se había interesado por la
sociología del partido político.
Pero su nombre ha pasado a la historia por el enunciado de su “ley
de hierro de la oligarquía”, según la cual, toda organización, sin importar su
estructura inicial, desarrolla inevitablemente tendencias oligárquicas, que
llevan a que el poder se concentre, progresivamente, en una minoría de líderes.
Esta tendencia se debe a la necesidad de una estructura jerárquica para su
funcionamiento eficiente. Esto conduce a la formación de una élite que se
distancia de la base y conserva el poder, convirtiendo los objetivos iniciales
en un fin en sí mismo: en efecto, los líderes y la organización, terminan
teniendo un único objetivo: mantenerse en el poder el mayor tiempo posible,
incluso aunque ello implique el abandono de los ideales iniciales. La
burocracia y la especialización hacen que los líderes y “expertos” se vuelvan
indispensables, lo que les otorga poder. En definitiva, la “ley de hierro”
implica que, en cualquier organización, una minoría terminará siempre
gobernando, ya sea en un sistema democrático o autocrático.
Los fragmentos seleccionados pertenecen a su obra Los
partidos políticos y a La ley de hierro de la oligarquía. Ambos
textos tienen algunas reiteraciones que hemos conservado.
Si los anteriores textos seleccionados procedían de psicólogos
sociales y/o sociólogos, con Sombart nos encontramos con un sociólogo que,
además, es historiador especializado en economía y, más en concreto, en el
proceso de formación del capitalismo moderno. Sus trabajos en economía se
elaboraron a partir de sus propios estudios sociológicos y se centraron en la
crítica al socialismo y liberalismo. Inicialmente ubicado en el campo de la
izquierda progresista, sus estudios le llevaron a situarse en el extremo
opuesto.
Nacido en Ermsleben (Alemania), estudio Derecho y Economía
Política en Berlín y Pisa. En 1917 fue nombrado catedrático de Economía en la
Universidad de Berlín. Generalmente, su nombre está unido a la Joven Escuela
Histórica alemana y a su tercera generación, la más tardía y con algunos
matices diferenciales en relación a las dos generaciones anteriores. Para esta
escuela la historia es la principal fuente de conocimiento sobre las acciones
humanas y especialmente sobre la economía. Ni economía ni historia pueden
abordarse por separado si se quiere entender algo sobre las acciones humanas y
la cultura. Para llegar a conclusiones válidas, el historiador deberá basarse
en datos empíricos sobre cada período histórico y en cada área geográfica en
concreto. No existen leyes económicas que puedan aplicarse universalmente y en
todos los tiempos.
Para Sombart y para los “jóvenes historiadores” de esta escuela,
la crítica a los economistas clásicos se basaba en que, en estos, las
necesidades del individuo y su voluntad eran autónomos. Refutaron esta posición
sosteniendo de manera convincente que había que colocar en primer plano a la
“comunidad” antes que al individuo, algo que era posible a la vista de que la
comunidad disponía de instituciones e instrumentos que condicionaban la acción
de los individuos. Cada sociedad, en cada momento dado de la historia, tenía
unos valores y una ética que iban variando según los períodos, las latitudes de
referencia y las áreas culturales. Esto, en la práctica, tendía a revalorizar
el papel del Estado: mientras el liberalismo sostenía que el Estado debía de
abstenerse de cualquier intervención en materia económica, los “jóvenes
historiadores” sostenían que el Estado tenía una responsabilidad ineludible en
materia económica. Por eso se les considera partidarios de una “política
socializante” destinada a mejorar las condiciones de vida de la comunidad. Al
Estado le correspondía rectificar situaciones indeseables a las que pudiera
conducir la libertad de mercado.
Todo esto, que es tan actual como lo era a mediados del siglo XIX,
propio de épocas de cambios económicos acelerados y bruscos, llevó a Sombart a
enunciar dos conceptos: “capitalismo tardío” y “destrucción creativa”. En el
primero, analiza los rasgos del capitalismo en la fase de desarrollo que se
vivía a principios del siglo XX, identificando los procesos de acumulación de
capital, mecanización del trabajo, e inserción de las nuevas tecnologías de la
época en el proceso de producción. Por “destrucción creativa” entendía el
proceso capitalista en el que las innovaciones constantes generan el reemplazo
continuo de empresas, productos y modelos de negocio que obligan a una
reestructuración continua de la economía.
Sombart fue el primero en analizar los sistemas económicos desde
un punto de vista cultural y espiritual. Le gustaba afirmar que sus estudios se
centraban en el “alma del capitalismo”, concepto en el que incluía los factores
psicológicos y culturales que debían analizarse paralelamente al “cuerpo del
capitalismo” (su estructura material). Y no había racionalidad en este “alma
capitalista”, sino valores que juzgaba procedentes de las concepciones que
hasta finales del siglo XVIII habían sido propias de las comunidades judías:
ambición, deseo de lucro, usura, acumulación de riqueza y que luego pasaron a
ser propias del “burgués”.
Hemos elegido un texto de Sombart en el que estas líneas, no solamente demuestran el “estilo de trabajo” sistemático que utilizó, sino en el que queda muy clara la relación concepción judía – traslación de esa concepción al liberalismo económico – valores burgueses: Los judíos y la vida económica y el capítulo “Formación de la mentalidad capitalista”.
Con Bernays se cierra el círculo iniciado con Le Bon. La
diferencia entre ambos es que Le Bon fue un teórico de la psicología social,
mientras que Bernays optó por aplicar, inteligente —pero también,
torticeramente— lo enseñado por el autor de Psicología de las Muchedumbres.
En efecto, Edward Bernays es considerado como el pionero de las “relaciones
públicas” y de la publicidad. Le Bon se limitó a constatar sobre hechos que, en
el fondo, repugnaban a su mentalidad. Bernays, simplemente, los puso en
práctica y constató, indirectamente, su validez empírica. También puede
añadirse que Sombart diseccionó la mentalidad judía y sus valores para explicar
su transferencia a la burguesía y explicar el nacimiento del capitalismo.
Bernays hizo algo más: demostró que la mentalidad judía —había nacido en el
seno de una familia judía vienesa cuya madre estaba emparentada con Freud y su
abuelo era rabino-jefe de Hamburgo— podía aplicarse a la publicidad.
Hemos colocado a Bernays en último lugar en esta antología de
texto “antidemocráticos” en la medida en la que, con él queda demostrado que en
el “capitalismo tardío” del que hablara Sombart, la masa es una materia
moldeable a voluntad de los “aprendices de brujo” que hacen de cada ser humano,
un “consumidor”. Su lema era que “el consumo da la felicidad”. A pesar de que
Bernays, en varias ocasiones, aludiera a la “ética de las relaciones públicas”,
es cuestionable que en este terreno exista algo que pueda ser llamado con
propiedad “ética”.
En 1890, los Bernays se trasladaron a EEUU y dos años después,
toda la familia se asentó en Nueva York, que ya por entonces empezaba a ser la
capital mundial de los negocios. Y tuvo un éxito extraordinario como “asesor de
relaciones públicas”. Consiguió convencer a los “consumidores” de la necesidad
de cambiar sus hábitos. Véanse unos ejemplos: fue el creador del “verdadero
desayuno estadounidense”, a base de tocino y huevos y, para ello, utilizó las
tesis de Freud sobre el inconsciente; en 1930 logró convencer a la población de
que solamente los vasos desechables eran higiénicos, vinculando la imagen de un
vaso de vidrio desbordado con imágenes subliminales de genitales afectados por
enfermedades venéreas. Consiguió que la mujer se convirtiera en fumadora para
la marca Lucky Strike, cuando un discípulo de Freud le comentó que para la
mujer el cigarrillo era la “antorcha de la libertad”, así que unió las
reivindicaciones feministas al deseo de fumar. Incluso, para las fiestas de Pascua,
contrató a cientos de mujeres delgadas (fue el promotor del ideal de delgadez
en la mujer) y jóvenes, pero no modelos, para que fumaran sin cesar al acabar
los oficios de Semana Santa. Y, por supuesto, convocó un gran evento social en
el Waldorf Astoria, con beneficios “destinados a obras de caridad”, en la que
damas de alta sociedad lucían los mismos colores que Lucky Strike, la marca que
lo había contratado: el verde. Antes, se había preocupado de que el verde fuera
el color de moda… Lo más paradójico de toda esta historia es que Bernays jamás
había fumado e, incluso, que trató de convencer a su esposa de que dejara de
hacerlo.
Desarrolló un proceso sistemático para las relaciones públicas,
que incluía definir objetivos, investigar al público, adaptar objetivos,
decidir la estrategia, crear el mensaje y planificar las acciones tácticas. Lo
importante en estas campañas era que el agente instigador de las mismas
permaneciera en la sombra. A esto le llamo “manipulación del consenso”. Bernays
sostenía que las personas “invisibles” que crean conocimiento y propaganda
pueden gobernar a las masas moldeando sus pensamientos y valores.
Por increíble que pueda parecer, todas las técnicas empleadas por
Bernays tuvieron éxito, así que políticos y el propio gobierno federal
recurrieron a él para sus campañas electorales o, como en el caso de Guatemala
en 1954, para facilitar el golpe de Estado organizado por la CIA contra Jacobo
Arbenz. En las elecciones para la alcaldía de Nueva York, cuando trabajaba para
el candidato William O’Dwyr, se preocupó de segmentar a los electores y
proyectar sobre cada grupo las opiniones que mejor podían aceptar: a los
irlandeses se les informó sobre la mafia italiana y cómo el candidato iba a
combatirla, pero a los electores italianos se les habló sobre la reforma del
departamento de policía y, para los judíos, O’Dwyr era presentado como su firme
defensor ante el ascenso del nazismo. Obviamente, durante la Segunda Guerra
Mundial, Bernays trabajó para distintos organismos de defensa y figuró entre
los más activos promotores del intervencionismo norteamericano contratado por
Roosevelt. En la postguerra, asesoró a la CIA.
El texto seleccionado forma parte del libro Propaganda: como
manipular a la opinión pública en democracia. Así pues, estamos hablando de
“manipulación”, no de “gobierno del pueblo”. Eso es, precisamente, en lo que se
ha convertido la democracia cuantitativa: esto es, en el arte de la
manipulación.
SUMARIO
Introducción
PRIMERA PARTE - DEMOCRACIA: SOCIOLOGIA DE LO IMPOSIBLE
> Gustave
Le Bon (1841 - 1931)
PSICOLOGÍA DE LAS MUCHEDUMBRES
Características generales de las
masas. Ley psicológica de su unidad mental.
La era de las masas
Los sentimientos y la moral de las
masas
1. Impulsividad, movilidad e
irritabilidad de las masas
2. La sugestionabilidad y la
credulidad de las masas
3. La exageración y la ingenuidad de
los sentimientos de las masas.
4. La intolerancia, la tendencia a la
dictadura y al conservadurismo de las masas
5. La moralidad de las masas
El poder de raciocinio de las masas.
La imaginación de las masas
La forma religiosa que toman todas las
convicciones de las masas
> Gaetano
Mosca (1858 – 1941)
LA CLASE POLÍTICA
1. La teoría democrática
2. Consecuencia de la diversidad
social entre el pueblo y la clase dirigente
> Vilfredo
Paretto (1848 – 1923)
LA CIRCULACIÓN DE ÉLITES
Cómo se manifiestan las élites
Cómo se desarrolla el socialismo
Heterogeneidad social y circulación entre
las partes
La clase superior y la clase inferior
en general.
> Robert
Michels (1876-1936)
LA LEY DE HIERRO DE LA OLIGARQUÍA
El principio de la masa
La organización
La oligarquía
Las consecuencias políticas de la
oligarquía
La tendencia de las masas a venerar al
líder
A. Causas del liderazgo
1. La necesidad de organización
2. Imposibilidad mecánica y técnica
de un gobierno directo de las masas
3. El partido democrático moderno
como partido de lucha
B. Causas psicológicas del liderazgo
1. El establecimiento de un
derecho consuetudinario para el cargo de delegado
2. La necesidad de liderazgo que experimenta
la masa
3. La gratitud política de las
masas
SEGUNDA
PARTE: EL CAMINO HACIA LA MODERNIDAD
> Werner
Sombart (1863-1941)
LOS JUDÍOS Y LA VIDA ECONÓMICA
La formación de la mentalidad
capitalista
> Edward
Bernays (1891 - 1995)
PROPAGANDA: COMO MANIPULAR LA OPINIÓN
EN DEMOCRACIA
Organizar el caos
La nueva propaganda
Los nuevos propagandistas
La psicología de las relaciones
públicas
La propaganda y la autoridad política
Los mecanismos de la propaganda

















