viernes, 23 de abril de 2021

> Germanos contra bereberes, o las reflexiones históricas del “último José Antonio” (5 de 6) - ¿Una teoría falangista de la Historia? Spengler y Berdaieff

En Germánicos contra bereberes no se habla de sindicalismo, ni siquiera se alude a rasgos propios de lo que hasta ese momento se consideraba como “doctrina falangista”. Se alude a lucha de razas, conflictos étnicos y superposición de oleadas invasoras y sobre cómo influyeron sobre la historia de España.

Hasta ese momento solamente existían rudimentos de algo que pudiera considerarse como una “teoría sobre la historia” en el medio falangista. El único que había desarrollado algo parecido (y limitado a los últimos doscientos años de historia de España) había sido Ramiro Ledesma en su Discurso a las Juventudes de España. Si tenemos en cuenta que la difusión de este libro en la pre–guerra había sido excepcionalmente limitada, a pesar de ser la única obra doctrinal sólida sobre el movimiento nacional–sindicalista, se entenderá que exista un vacío.

Lo que José Antonio pronunció en el Teatro de la Comedia, sobre que “el nacimiento del socialismo fue justo”, no puede considerarse –como han hecho algunos– como una influencia “marxista” y, en lo que se refiere a la obra de Spengler la discusión sobre el papel que tuvo realmente en José Antonio está todavía sujeta a caución. En nuestra opinión, lo que une a José Antonio y a Spengler es tan fuerte como lo que le separa. No se ve en qué punto aceptaría José Antonio la tesis spengleriana sobre la diferencia entre cultura y civilización, ni mucho menos referencia alguna en la que aceptara una interpretación cíclica de la historia. Si existió influencia spengleriana no fue en los temas centrales, como máximo, en los periféricos de este autor. En cuanto a la tesis de que José Antonio tomó de Spengler la cuestión del “estilo” (que defendió Salvador de Brocá), es, igualmente improbable y basada en una sola frase de José Antonio pronunciada en el brindis que pronunció en el banquete en honor de Eugenio Montes. En otro lugar hemos escrito que el “estilo” que defendía José Antonio tenía tres fuentes: el estilo propiamente católico, el estilo aristocrático y el estilo fascista… que no eran excesivamente diferentes del defendido por Spengler, sólo que éste había llegado a él a través de Nietzsche y del pensamiento conservador alemán del XIX, una fuente incompatible con el catolicismo joseantoniano.

No vemos una indiscutible influencia de Spengler en José Antonio, mejor dicho: vemos poca influencia de La Decadencia de Occidente (a pesar de que incluyera el libro en el plan de lecturas en las cárceles de Madrid y Alicante y se convirtieran en material de lecturas del SEU). La influencia spengleriana más directa, no deriva de La Decadencia de Occidente, sino, de Años Decisivos.

En la conferencia pronunciada en el Ateneo de Santander el 14 de agosto de 1934, José Antonio demuestra haber leído este libro: “¿Cuándo empieza la descomposición que se inicia con la madurez? Spengler dice que en 1730. Yo creo que fue treinta años más tarde”. Es en Años Decisivos cuando Spengler alude a este tema. Es también en esta obra en donde Spengler critica a Rousseau, un tema muy querido para José Antonio. La obra le sirvió para tomar conciencia de las características de su tiempo, un tiempo de grandes mutaciones históricas, siendo el libro más “aristocrático” de Spengler: en él se denuncia las revoluciones proletarias, los procesos de descolonización que se avecinan y la pérdida de influencia de Europa en el mundo… y las guerras étnicas entre pueblos blancos y de color. Y, lo más importante, al final de las Obras Completas en los comentarios al plan de lecturas de los falangistas encarcelados, se dice: “En la Prisión Provincial de Alicante, José Antonio padeció una verdadera escasez de libros. Con todo, pudo salvar su Biblia, y otro libro de Spengler: Años Decisivos”. Parece natural que fuera la lectura de este libro el que le inspirara Germánicos contra bereberes. Creemos que con mostrar los títulos de los únicos cinco capítulos de los que consta el libro estará claro el motivo por el que vemos en Años Decisivos el camino que lleva a escribir Germánicos contra bereberes. Tal es el sumario de la obra:

— Introducción
— El horizonte político
— Las guerras y las potencias mundiales
— La revolución mundial blanca
— La revolución mundial de color.

Spengler se situaba mucho más en el ámbito de la “revolución conservadora” que en el de los fascismos. Sin embargo, su teoría sobre la “lucha de razas” (que expone en Años Decisivos) vino en ayuda de los planteamientos raciales del movimiento nacional-socialista y de su interpretación de la historia. A partir de la página 76 y hasta el final de la obra, Spengler plantea una historia racial de la modernidad y de sus conflictos, reducidos a conflictos étnico-raciales. Éste era el libro que acompañó a José Antonio en sus últimos meses de vida, junto a la Biblia...

José Antonio cita en media docena de ocasiones a Spengler en sus discursos y escritos. En dos ocasiones trae a colación la famosa frase sobre el pelotón de soldados que salva a la civilización y quizás sea la lectura de Spengler la que refuerza su opinión contraria a las concepciones roussonianas. Pero resulta casi inevitable pensar que Germánicos contra bereberes, escrito en la cárcel, es hijo directo de la lectura en Años Decisivos, el único libro que pudo trasladar de la prisión Modelo de Madrid a la cárcel de Alicante y que trataba en buena medida, como hemos visto de temática étnicoracial.

Spengler estaba diametralmente alejado del humanismo del que hacía gala José Antonio. Nacer, para Spengler, no era garantía de llegar acompañado de “valores eternos”; había que demostrarlo. Era un escéptico en lo que respecta a la humanidad; escribió: El escepticismo, que es la condición necesaria para la visión histórica, para la visión de la historia desde adentro –así como el desprecio a los hombres es la premisa necesaria para su conocimiento profundo– no está en el principio de las cosas”. Para Spengler el Estado era la herramienta para rectificar todas las desviaciones de la conducta humana. Para José Antonio la idea de “libertad del individuo” era la esencial. Decir –como nuevamente dice Salvador de Brocá– que José Antonio tomó de Spengler la crítica al sistema democrático es otra gratuidad: Ibsen, Maurras, los integralistas portugueses, Maeztu, Balmes, Mussolini, Hitler… habían realizado una crítica a la democracia que José Antonio conocía bien.

Las principales tesis de La Decadencia de Occidente están ausentes del pensamiento joseantoniano. No se perciben fragmentos significativos en las Obras Completas de José Antonio en la que se encuentre alguna referencia explícita a civilizaciones que nacen, crecen, se desarrollan y mueren, salvo en la conferencia que pronunció en el Ateneo de Santander y que ya hemos mencionado. Lo que hay de Spengler en José Antonio es lo que pasó a través del filtro de Ortega y Gasset, en el que es perceptible la influencia del pensador alemán, especialmente en La rebelión de las masas. Tampoco vemos que José Antonio haga especial énfasis en la diferencia entre “cultura” y “civilización”. En cuanto a la idea del “estilo” que propone, no deriva de Spengler sino directamente del fascismo italiano y de la tradición de la aristocracia guerrera católica. Finalmente, cuando José Antonio alude a la “invasión de los bárbaros” (y lo hace reiteradamente) no está utilizando a Spengler sino a Berdiaeff que responde mucho más directamente a su concepción católica de la vida.

BERDIAEFF Y LA CONCEPCIÓN HISTÓRICA DE JOSÉ ANTONIO

Es cierto que en las Obras Completas de José Antonio aparecen muchos elementos “historicistas”, especialmente en lo relativo a la defensa de España y a la justificación de la Nación, a la monarquía y a la Hispanidad. Se trata de referencias que indican por dónde iba su pensamiento y en qué fuentes había bebido, mucho más que señalar la existencia de una “doctrina oficial nacional-sindicalista de la Historia”, concatenada y coherente. Ledesma trabajó mucho más en esta dirección en cuanto se vio libre de las tensiones generadas por la militancia activa y la dirección política, tras abandonar Falange y renunciar a reconstruir las JONS a finales de la primavera de 1935. Pero, aún así, hay que reconocer que el Discurso a las Juventudes de España, en sus primeros capítulos, es sobre todo, una reflexión sobre los dos últimos siglos de “nuestra historia”, no sobre la “Historia”.

Durante los años 60 especialmente, cuando los jóvenes falangistas debían afrontar a la izquierda marxista, se sentían huérfanos de esa “concepción nacionalsindicalista de la Historia” con la que poder responder al “concepción materialista de la Historia”. De ahí surgió un complejo de inferioridad que es particularmente evidente a medida que leemos los textos de la “izquierda falangista” de la época y que alcanza su zénit en los años 70. José Antonio no enunció un “método de interpretación de la Historia”, ni los falangistas de la postguerra pudieron o quisieron hacerlo, entre otras cosas porque hubieran tenido que recurrir al texto Germánicos contra bereberes (que se conocía, como mínimo, desde los años 60. Ver nota final). En efecto, el “último José Antonio”, involuntariamente apeado del frenesí de la lucha política cotidiana tras el atentado contra el vicepresidente del parlamento Jiménez de Asúa, escribe este texto con la clara intención de definir una “interpretación de la historia”.

Todos los que han intentado realizar un análisis pormenorizado de la procedencia de las influencias ideológicas que pesaron sobre el pensamiento joseanto-niano, han reconocido un amplio abanico que va desde Maurras hasta Marx, desde Balmes hasta Ortega, desde Bergson hasta Spengler y desde Santo Tomas a Kant, sin olvidar, por supuesto, el pensamiento español del 98. Lamentablemente, después de enumerar todas estas fuentes y colocar algún fragmento de las Obras Completas que, más o menos, concuerde con el autor en cuestión, eluden el especificar qué influencia fue la más importante y, sobre todo, cómo se trasladó a las concepciones de Falange Española.  El Punto 3º de Falange Española es el único en el que se alude a la historia:

"Tenemos voluntad de Imperio. Afirmamos que la plenitud histórica de España es el Imperio. Reclamamos para España un puesto preeminente en Europa. No soportamos ni el aislamiento internacional ni la mediatización extranjera”.

Parece un redactado propio de Ramiro Ledesma (a quién le correspondió, inicialmente, la elaboración del programa de los 27 Puntos). Sin embargo, el añadido, si tiene más ecos joseantonianos:

“Respecto de los países de Hispanoamérica, tendemos a la unificación de cultura, de intereses económicos y de Poder. España alega su condición de eje espiritual del mundo hispánico como título de preeminencia en las empresas universales”

Pero, lamentablemente, ni en el programa de los 27 puntos, ni en otros discursos de José Antonio se percibe un análisis de lo que fue el Imperio, ni porqué declinó, ni siquiera se aporta gran cosa sobre el concepto de Imperio.

Como máximo, los elementos esenciales de la inter-pretación joseantoniana de la historia están contenidos el texto que ha llegado hasta nosotros de la conferencia que pronunció en el Teatro Calderón de Valladolid el 3 de marzo de 1935. Es, ante todo, una conferencia sobre historia. Es altamente improbable que el texto que ha llegado hasta nosotros en las Obras Completas, refleje la totalidad de lo que allí se dijo. En primer lugar por la importancia del acto (el primer aniversario de la unificación con las JONS), en segundo lugar, por la importancia de la sección de Valladolid y en tercer lugar porque el texto es demasiado breve y no existe ninguna referencia directa a la política del momento, algo impensable en un mitin político realizado cuando todavía el partido no se había recuperado del impacto que le habían supuesto los problemas encadenados que aparecieron en el semestre anterior, incluida la pérdida de Ledesma y de un buen número de jonsistas y la polémica que en esos mismos momentos se estaba dando con el intercambio de palabras gruesas entre La Patria Libre, portavoz de los escindidos, y Arriba. Así pues, hay que darle al texto del discurso el valor de fragmento de un puzle.  Por lo demás, el texto en algunos puntos no es particularmente comprensible y la exposición se presenta como algo deslavazada, lo que agrava la sensación de que “falta algo” en la transcripción.

Empieza José Antonio explicando que “las edades pueden dividirse en clásicas y medias”. Las primeras son las que tienen la “unidad” como atributo propio, las segundas son las que “buscan la unidad”. El tránsito de las primeras a las segundas ocurre mediante una catástrofe. El tránsito del imperio romano (mundo clásico) al medieval, se realizaría por medio de la invasión de los bárbaros. Parece atribuir al cristianismo la erosión de los cimientos de la “Roma agitada”, pero ve en la invasión de los bárbaros el desbarajuste final que apuntillará al Imperio; sin excluir el que pueda haber algún error de transcripción, dice: “El cristianismo reinó [sobre] los cimientos de la Roma agitada; pero falta todavía, para que Roma acabe de desaparecer, la catástrofe, la invasión de los bárbaros”. A partir de ese momento empezará un período de recomposición de la humanidad medieval en el curso del cual “van prendiendo las raíces de la unidad por Europa” y que culminará en el siglo XIII (“el siglo de Santo Tomás”).

El “mundo” (en realidad Europa) ha encontrado su unidad: “Pronto se realizará el Imperio español, que es la unidad histórica, física, espiritual y teológico”. Pero, hacia la “tercera década del siglo XVIII empiezan las congojas, las inquietudes; la sociedad ya no cree en sí misma, ya no cree tampoco, con el vigor de antes, en ningún principio superior. Esta falta de fe, en contraste con la pesadumbre de una sociedad otra vez perfecta, impulsa a los espíritus débiles a la fuga, a la vuelta a la Naturaleza”: es la doctrina de Juan Jacobo Rousseau con su Contrato social. En apenas un párrafo explica la aparición del liberalismo (“Surgen los economistas y empiezan a interpretar la historia por referencia a las nociones de mercancía, valor y cambio”), del proletariado (“Surge la gran industria, y con ella la transformación del artesanado en proletariado”) y, finalmente, el marxismo (“Surge el demagogo, que encuentra dispuesta una masa proletaria reducida a la desesperación”). ¿La conclusión? La percepción de la decadencia: (“Lo que se creyó progreso indefinido estalla en la guerra de 1914, que es la tentativa de suicidio de Europa”).

Se ha dicho que esta era la tesis de Spengler y de Ortega. Lo es, pero sólo en parte. Cuadra mucho mejor con la doctrina expuesta por Nicolás Berdiaeff (tal fue la forma en la que se difundió el nombre de Nikolái Aleksándrovich Berdiáyev en España en los años 20 y 30). Su obra Un nouveau Moyen âge (que se tradujo en España con el nombre de Hacia una nueva edad mediaReflexiones acerca del destino de Rusia y de Europa. Ediciones Apolo, Barcelona 1935, edición original en París, 1924) era conocida por José Antonio (que hablaba y leía correctamente en francés) y, a lo largo de su vida, realizó numerosas alusiones a ella. La frase que utiliza es característica de la temática abordada por Berdiaeff: “En esta situación, perdida, además, toda fe en los principios eternos, ¿qué se avecina para Europa? Se avecina, sin duda, una nueva invasión de los bárbaros”. En nuestra obra José Antonio y los no–conformistas ya explicamos los vínculos entre José Antonio y Berdiaeff.

Percibimos muchas más influencia de este pensador ruso que de Spengler, a pesar de que ambos autores se sitúen en planos relativamente similares: para ambos, en efecto, el proceso de decadencia de Europa es irreversible. De hecho, en el curso de la citada conferencia, José Antonio expone las dos líneas de interpretación histórica sin nombrar a sus representantes: “la catastrófica, que ve la invasión como inevitable y da por perdido y caduco lo bueno, la que sólo confía en que tras la catástrofe empiece a germinar una nueva Edad Media, y la tesis nuestra, que aspira a tender un puente sobre la invasión de los bárbaros: a asumir, sin catástrofe intermedia, cuanto la nueva edad hubiera de tener de fecundo, y a salvar, de la edad en que vivimos, todos los valores espirituales de la civilización”.

Cuando alude a “Los bárbaros” se refiere, al “comunismo ruso”. Ve en esa doctrina “algo que puede ser recogido: su abnegación, su sentido de solidaridad”, pero rechaza su ausencia de “valor histórico y espiritual”. Es la “antipatria y carece de fe en Dios”. Así pues, se trata de partir de otro punto de vista para “salvar las verdades absolutas, los valores históricos, para que no perezcan”. Rechaza el “desatino” de la socialdemocracia que “se dedica a echarle arena en los cojinetes” del capitalismo.

Rechaza, así mismo, los “Estados totalitarios” cuya existencia niega. Percibe a los gobiernos alemán e italiano como “dictadores geniales, que han servido para sustituir al Estado”. Pero “esto es inimitable y en España, hoy por hoy, tendremos que esperar a que surja ese genio”. Obviamente, José Antonio no se veía en marzo de 1935 como ese “genio” que había alumbrado al fascismo italiano y al movimiento nacional–socialista (en realidad, tampoco Hitler se veía en 1919–1929 como el “fuhrer” que requería la situación, sino sólo como el “tambor” para el despertar de Alemania y él mismo aspiraba sólo a “aconsejar” a algún gran líder, tal como explica en Mi Lucha, no a ocupar ese lugar). En cuanto a Mussolini es el “motor de la revolución fascista”, pero hasta bastante después de la Marcha sobre Roma no se considera más allá de cómo un simple presidente de gobierno y jefe de un movimiento político, en el interior del cual, como Hitler, tiene que equilibrar, alternar o contrarrestar distintas influencias. Luego, niega también que las “confederaciones, bloques y alianzas” sirvan para “evitar la catástrofe”. Obviamente se está refiriendo a la CEDA, al Bloque Nacional y al Frente Nacional Contrarrevolucionario del que se estaba empezando a hablar en la universidad y que, luego, iría cobrando forma a medida que avanzara la línea del tiempo hacia las elecciones de 1936. Ataca especialmente a “otros bloques de ésos que se declararan, por ejemplo, corporativistas” en nueva alusión directa al Bloque Nacional que era en esos mismos momentos el que había incorporado esa temática a su programa. La insistencia de José Antonio en atacar al Bloque Nacional de Calvo Sotelo se debe a tres factores: 1) una notoria rivalidad personal con él difícilmente explicable, 2) el hecho de que la creación del Bloque Nacional hubiera dejado en suspenso la ayuda alfonsina prevista en la renovación de los Pactos de El Escorial entre José Antonio y Sáenz Rodríguez que apenas se prolongó en el verano de 1934 y se interrumpió en el otoño de 1935 cuando Calvo Sotelo lanzó su formación frentista, y 3) al atribuir a los medios alfonsinos la inspiración y responsabilidad de los problemas que había registrado Falange en los seis meses anteriores: expulsión de Ansaldo y salida de 2.000 afiliados que llegaron en los primeros momentos del partido y eran de inspiración alfonsina, escisión de los jonsistas con Ledesma al frente...

En ese momento, la principal influencia que se percibe en José Antonio, es la de los “no conformistas franceses”; es el tiempo en el que ha asumido los valores “personalistas”. Decía, por ejemplo: “Cuando el mundo se desquicia no se puede remediar con parches técnicos; necesita todo un nuevo orden. Y este orden ha de arrancar otra vez del individuo. Óiganlo los que nos acusan de profesar el panteísmo estatal: nosotros consideramos al individuo como unidad fundamental, porque éste es el sentido de España, que siempre ha considerado al hombre como portador de valores eternos. El hombre tiene que ser libre, pero no existe la libertad sino dentro de un orden”. Era lo mismo que había dicho Arnaud Dandieu: “Cuando el orden no está en el orden, está en la revolución, por eso queremos la revolución del orden”. Tanto José Antonio como los no–conformistas franceses tenían varios nexos comunes: Berdiaeff era uno de ellos. Éste, definía su filosofía con los siguientes rasgos: “es una filosofía de la libertad, filosofía del acto creador, filosofía personalista, filosofía del espíritu, filosofía existencial”. El José Antonio de 1935 la podía firmar... pero ¿y el “último José Antonio”?

A partir de aquí, las ideas que repite José Antonio en el resto del discurso no están muy alejadas de las que ya expuso en el otro discurso del Teatro de la Comedia: crítica al liberalismo, lo responsabiliza de la miseria del obrero y, para remediarla, nace el socialismo (un nacimiento que “fue justo”), etc. En este nuevo discurso del Teatro Calderón añade la idea de la planificación económica (típica de los no–conformistas de L’Ordre Nouveau y de la Jeune Droite): “El liberalismo dijo al hombre que podía hacer lo que quisiera, pero no le aseguró un orden económico que fuese garantía de esa libertad. Es, pues, necesaria una garantía económica organizada; pero dado el caos económico actual, no puede haber economía organizada sin un Estado fuerte, y sólo puede ser fuerte sin ser tiránico, el Estado que sirva a una unidad de destino”. El círculo se cierra: para superar el liberalismo y evitar los excesos del liberalismo y la reacción marxista, hará falta un Estado fuerte capaz de planificar la economía y, para evitar que sea “tiránico”, el Estado tendrá que estar al servicio de la Nación y de su misión histórica.

El resto del discurso tiene poco que ver con el tema de este estudio: la concepción joseantoniana de la mecánica histórica a partir de la lectura de su último texto, Germánicos contra bereberes. Se trata de un discurso en el que quedan muchos cabos sueltos. La influencia de Berdiaef parece, en cualquier caso, notoria. 

 


jueves, 22 de abril de 2021

Germanos contra bereberes, o las reflexiones históricas del “último José Antonio” (4 de 6) - ARISTOCRACIA Y ARISTOFOBIA, JOSE ANTONIO Y LA IDEA DE ÉLITE

 

Sin embargo, el tercer texto escrito en esa época Aristocracia y aristofobia, que no deja de ser un lamento por la desaparición de la aristocracia en España como “clase directora”. Se trata de un texto inacabado, pero también aquí aparece algún paralelismo con la situación del Tercer Reich. El 19 de agosto de 1934, Hitler se convirtió en presidente de Alemania después de que Hindenburg, poco antes de su muerte, hubiera unificado los cargos de presidente y jefe de gobierno. Hizo falta para ello un referéndum para aprobar la reforma constitucional: 35 millones de alemanes votaron a favor, mientras que 4 millones y medio lo hicieron en contra. El referéndum seguía a la Noche de los Cuchillos Largos en la que fueron purgados, algunos dirigentes de las SA y, no se olvide, personajes de la reacción. Fue, por tanto, una “purga” interior y exterior (los eliminados “por la derecha” pertenecían al DNVP, o a gobiernos reaccionarios que habían cerrado el paso a Hitler en los meses anteriores a enero de 1936). El régimen había golpeado a “su derecha” y a “su izquierda”. Cuando Hindenburg muere, el plebiscito sobre la reforma constitucional es aprobado masivamente Antes, el plebiscito para la reincorporación del Sarre al Reich había dado como resultado 445.000 votos a favor de la incorporación a Alemania, 2.000 que exigían la incorporación a Francia y 45.000 favorables al mantenimiento del statu-quo de región administrada por la Sociedad de Naciones. José Antonio sabía que era difícil que se hubiera producido un falseamiento de los resultados, especialmente porque el plebiscito se había realizado bajo control de éste mismo organismo internacional. Lo más importante es que, tras la Noche de los Cuchillos Largos, la prensa mundial destacó el papel de las SS y resaltó el hecho de que la nobleza alemana se había incorporado masivamente a esta organización armada del NSDAP. En el plebiscito para la reforma constitucional que unificó presidencia del Estado y jefatura del gobierno, había participado activamente a favor de Hitler, Oskar von Hindenburg, nieto del fallecido presidente de la República. Así mismo, el August Wilhelm, cuarto hizo del Káiser, era público y notorio que se había incorporado primero a la organización de veteranos, el Stahlhelm, para pasar en 1930 a las SA.

Vale la pena retener todos estos datos que nos dan una visión de las relaciones entre el movimiento nacional-socialista y la aristocracia. Si, en un primer momento (entre 1919 y 1923), el NSDAP fue un movimiento de excombatientes y luego, entre 1924 y 1930, un movimiento de clases medias, a partir de ese momento, empezó a incorporarse la aristocracia alemana y, muy especialmente, a través de las SS. El hecho de que a partir de finales de enero de 1933, Hindenburg modificara sus prevenciones hacia Hitler y luego en los dieciocho meses siguientes, hasta muerte, lo apoyara decididamente y delegara en él prácticamente todas sus funciones, contribuyó a que el salto que supuso el tránsito de la “vieja Alemania” (la República de Weimar y la “pequeña Alemania” bismarckiana) a la “nueva Alemania” (el Tercer Reich) fuera amortiguado: para la nobleza suponía una forma de mantener su relevancia social, incorporándose a la más elitista de las organizaciones del NSDAP. Para el fundador de las SS, Heinrich Himmler, suponía que la aristocracia de la sangre y la élite del movimiento nacional-socialista se fundían en su organización: élite ideológica más aristocracia de la sangre serían los garantes para la supervivencia del régimen.

A diferencia de en Italia en donde la aristocracia apoyaba al régimen, en su inmensa mayoría, no por sí mismo, sino porque apuntalaba a la monarquía de los Saboya, en Alemania, se había producido la fusión entre la aristocracia de la sangre y el movimiento nacional-socialista. Aquélla se había incorporado a éste.

José Antonio, en tanto que aristócrata, era muy sensible al destino de su clase. Era, también, lo suficientemente objetivo como para reconocer que en España la aristocracia vivía uno de sus peores momentos. Existe en José Antonio, como en las hachas de doble filo europeas, del neolítico, una duplicidad en su pensamiento: por una parte, se niega, incluso el “último José Antonio” a renunciar a sus orígenes aristocráticos; por otra, manifiesta un deseo sincero de extender justas políticas sociales a todos los sectores de la nación. Esta duplicidad se percibe pertectamente en el texto titulado Aristocracia y aristofobia que carece de fecha pero está situado inmediatamente después del Germanos contra bereberes y del Cuadernos de notas de un estudiante europeo. Si nos atenemos a este dato, por inseguro que sea, Aristocracia y aristofobia debió ser escrito en el verano de 1926.

Describe la aristocracia que conoció en su infancia: “gentes hechas a vivir en todo el mundo como señores en su propia casa, de puro aplomadas, hábiles en el manejo de idiomas, fáciles en la conversación, sabias en platos, vinos, vestidos y perfumes, diestros en los más próceres ejercicios, como la equitación, la caza y, lo que ya es más profundo, escrupulosas en punto de honor y, a menudo, finalmente informadas sobre materias de arte”. Reconoce que la aristocracia española iba algo por detrás de la europea en estas “virtudes elementales”, pero subraya que “La proporción de duques españoles entre los duques europeos que promulgaban el tono aristocrático superaba bastante a la de catedráticos españoles recibidos entre las eminencias universitarias de Europa”.

Constata, acto seguido que, “desde la guerra”, en España “apenas han influido los aristócratas”. Y esto lo decía cuando, la aristocracia española seguía estando presente en los partidos de la derecha e incluso en Falange Española (no digamos en el partido alfonsino o en el carlismo). Con la República se acusa la desaparición de la aristocracia: “aquellos ejemplares humanos a cuyo alcance estaban, poco más o menos, todos los resortes; aquellos hombres hechos para cabalgar, para mandar y ser acatados; que lo habían sido, en efecto, hasta fecha cercana, no habrían sabido arreglárselas para conservar en sus manos el poder” y sigue: “La nobleza ha dejado de considerarse como exigencia de obligaciones y se ha convertido en goce pasivo de prerrogativas”.

¿Por qué se ha producido esta degeneración de la aristocracia? Y lo explica así: “Los primeros nobles se ganaron el puesto a punta de espada. Al principio cada uno de sus descendientes debía ser capaz (…) de reconquistas los privilegios si alguien se los disputara. (…) Según iba perdiendo la nobleza su misión específica, los privilegios iban adquiriendo más y más naturaleza suntuaria (…) [finalmente] lejos de encontrarse al nacer con rigurosos deberes, se lo encontraban todo resuelto (…) La tarea de los muchachos aristocráticos era puro juego: sabían que nunca se les iba a poner a prueba la formación. Les constaba que una vez cumplidos de cualquier manera los llamados estudios, nunca más tendrían nada que hacer, por obligación, en toda la vida. El ser aristócrata –y esto es lo importante- no imponía una tarea especial, como en los tiempos en que los aristócratas acaudillaban mesnadas y administraban justicia”.

Después de esta introducción, José Antonio inicia lo que debía ser el ensayo propiamente dicho que se quedó en meros apuntes. “La aristocracia no cuenta como clase directora (…9 como arstócrata nadie goza ya de ninguna prerrogativa (…) Cualquier grande de España tiene más intereses comunes con un convecino suyo de análoga posición económica que con otro grande morador en diferente lugar, sin bienes de fortuna y dedicado a actividades distintas. Económicamente la aristocracia no existe. Ni jurídicamente”. Sigue explicando en el parágrafo I (el texto se interrumpe y el II nunc será escrito) como la aristocracia se vio desposeída de su autoridad militar, luego de sus prerrogativas económicas (los mayorazgos), finalmente se su influencia política. En contrapartida, lo que ascendió fue la clase media: “la clase media se había ido infiltrando poco a poco en los tejidos del aparato de mandar y, como quien no quiere la cosa, en unos sitios más y en otros menos, no había parado hasta relegar a la aristocracia a algo así como a una mera función decorativa”. La conclusión es obvia: “La aristocracia, para venir a menos en tal medida, ha tenido forzosamente, que decaer en las cualidades que le dieron antiguamente preeminencia”.

Vale la pena realizar aquí un paréntesis. El análisis que realiza José Antonio es idéntico al que formulará Julius Evola en varias de sus obras, especialmente en Rivolta contro il mondo moderno y el Gli Uomini e le rovine. En la primera parte del Rivolta, Evola describe lo que llama “el mundo de la tradición” y sus valores. En la segunda, el proceso de decadencia. Evola (que, no lo olvidemos, era igualmente aristócrata y pertenecía a la pequeña nobleza del sur de Italia), que tiene la ventaja de conocer la metafísica oriental, utiliza el esquema de la doctrina hindú de la “regresión de las castas”: los procesos de decadencia, explica Evola, se debe a un proceso perfectamente estudiado en los vedas y que afecta, no solamente al grupo que es hegemónico en la sociedad, sino a todas las manifestaciones culturales y artísticas. Inicialmente, en todos los horizontes geográficos aparece una “realeza sacerdotal” que es, a la vez, dueña y administradora de los ritos sagrados y del poder político. El decaer, es substituida por la casta sacerdotal que administra el mundo suprasensible del espíritu. Sigue la “revuelta de los khsatriyas”, la casta guerrera, el equivalente directo a las aristocracias europeas que asumen su papel hegemónico en la sociedad. Al decaer la segunda casta, pasa a reemplazarla la clase de los burgueses, los vaysas en la tradición hindú. La cuarta carta, finalmente, irrumpe amparada en su número (proletariado = el que se caracteriza por su prole). En Europa, el inicio del tránsito de la tercera a la cuarta casta, de la burguesía al proletariado, está marcado por la revolución rusa de 1917, mientras que la ruptura anterior, entre aristocracia y burguesía, tiene lugar en la revolución francesa de 1789. Antes aún, en la edad media, se registraron los conflictos entre sacerdocio y aristocracias guerreras que siguieron al tiempo en el que el Edicto de Constantino puso fin a la concepción teocrática del Impero Romano en donde la figura del emperador tenía los rasgos propios de la realeza sacerdotal. Desde entonces, y durante el período de la recomposición que siguió en la fase de cadencia del Imperio, de las invasiones bárbaras y de la transformación del cristianismo primitivo en catolicismo y que culminó en la formación del Imperio carolingio, el sacerdocio fue la única autoridad estable que existió en Europa. Vista así, la historia es un proceso de decadencia en el cual la hegemonía, los valores y las manifestaciones artísticas de una sociedad pasan de una casta a la situada inmediatamente en el nivel inferior. Evola inserta la “doctrina de la regresión de las castas” (y con él René Guénon y toda la escuela tradicional) como mecánica directriz de los procesos históricos: la historia no sería un “progreso”, sino una “decadencia”. La decadencia de la aristocracia sería una parte de un proceso más general que afecta a todo el devenir histórico.

José Antonio, seguramente, desconocía la obra de Evola (a pesar de que, en tanto que vicesecretario de la Unión Monárquica Nacional, muy bien hubiera podido recibir revistas italianas en las que colaboraba Evola y a pesar de que la primera edición del Rivolta contro il mondo moderno apareciera en 1934), pero su análisis de la decadencia de la aristocracia se puede superponer a la que realiza éste.

Ahora bien, si José Antonio reconoce que la aristocracia ha entrado en un período de decadencia, reconoce también que a España le ha ocurrido otro tanto. En Germanos contra bereberes explica el por qué: el sustrato “bereber” ha tomado la revancha y se ha visto liberado precisamente por la decadencia de la aristocracia española. De ahí que ambos textos, estén estrechamente vinculados uno al otro y no solo en el tiempo: son productos de las mismas reflexiones. En Aristocracia y aristofobia, José Antonio, llega a la conclusión de que “la aristocracia, para venir a menos en tal medida, ha tenido, forzosamente, que decaer en las cualidades que le dieron antiguamente la preeminencia. Pero ¿en todas las cualidades? En todas no. Conserva algunas, bastantes, que aún la caracterizan”.

Lamentablemente, a partir de ese punto y aparte, el texto –que hasta ese momento parecía una exposición razonada- se vuelve apenas unos apuntes que, visiblemente, deberían haber sido desarrollados en un texto que jamás fue escrito. En realidad, lo que José Antonio ha hecho a partir de ese momento, ha sido desarrollar el esquema que debería haber tenido el ensayo que se propuso escribir. Este hubiera debido tener nueva parágrafos de los que solamente desarrolló el primero. Sin embargo, el paradigma de lo que hubieran debido ser los otros ocho es suficiente para intuir por dónde iban a discurrir sus razonamientos. Los resumimos:

1) El segundo parágrafo era aquel en el que debía de haber desarrollado las “calidades” de la nobleza. Escribe apenas: “Calidades… Ejemplo de estos días presentes, sin dinero, sin lujo ¡y cuánta distinción!”. Sólo cuando termine de enumerar los parágrafos, añadirá: “Aristocracia: Sentido del Honor (por ejemplo, valientes por deber)” y luego “Sentido de la veracidad, sentido de la honradez, sentido de la justicia, sentido de la elegancia, sentido de la cortesía”. Y, siguiendo las notas, añade luego: “Función e la aristocracia: 1) Social: Ejemplo de buenas maneras –de refinamiento- de beneficencia (p. e., enfermeras. UN ejemplo a seguir es mandado por un grupo aristocrática y éste arrastra a una serie de imitadoras” (nos está hablando del “ejemplo”, una de las funciones sociales de la aristocracia). 2) Política: mandar [puesto que la aristocracia registra las] mejores condiciones para la política, la historia, la diplomacia”.

2) El tercer parágrafo hubiera estado dedicado a los defectos de la aristocracia: “Enmohecimiento (pérdida de misión específica –abandono de la misión ejemplarizadora- menos lujo, sin deberes) les falta la escuela dura de la adversidad”. Luego, más adelante ampliará lo que entiende por “enmohecimiento”: “Privilegios regalados –pereza- descuido en la formación –decaimiento- pérdida de posiciones”. Alude también como defecto de la aristocracia de su tiempo, la “Ironía: Se burlan de los imitadores, ¡pero si justamente su misión consiste en procurarse imitadores!” y la “insensibilidad para su misión característica: imitar modelos extranjeros, a veces servilmente, en vez de procurar ser modelos por sí mismos”. En otra parte del escrito reitera: “La aristocracia decae porque no ha templado sus magníficas condiciones de refinamiento humano en el rigor de una formación dura”.

3) Sin haber definido lo que entiende por “aristófobos” (pero hay que entender que incluye en esta categoría a los miembros de las clases medias y trabajadoras que rechazaron activamente la hegemonía de la aristocracia), percibe en estos sectores cualidades positivas: “Trabajo, afán de superación, cultura, escuela dura de la adversidad”. Pero, al mismo tiempo, ve en ellos defectos: “Envidia, Rencor, Falta de rigor moral”, de tal forma que cuando la “aristofobia” se encuentra en el gobierno (como fue el caso de la Segunda República) se traduce en una práctica que carente de “miras de bien general”, existiendo en su lugar “emanaciones de un subconsciente turbio”. Luego aludirá a la “ordinarias (maneras toscas, inelegantes hasta laxitud moral: no hay armas prohibidas: calunias, difamación…), envidia, rencor…”

4) Los tres últimos parágrafos deberían haber sido los de las conclusiones: Necesidad de una élite que guíe a las masas (“Las masas se destrozarán a sí mismas. Necesidad de una minoría directora”, apunta). En el parágrafo VIII señala “Misión próxima de la aristocracia. Hoy, en el purgatorio. Aprendizaje: cultura para las grandes tareas: humanidades, historia, política, milicia, diplomacia”. La nueva aristocracia que auspicia no será una casta encerrada en sí misma y distante sino una “Aristocracia abierta” con “deseo de ser imitada” y “acceso libre”. En otro párrafo aporta algo más sobre esta materia: “Cuando las masas se encuentren en el callejón sin salida a que ha de conducirlas su incapacidad para el mando, es seguro que, sobre la confusión y la ordinariez imperantes, volverán a alzarse unas cuentas minorías selectas. Por ahora, y por bastante tiempo, si es que la ola turbia no nos anega del todo, la más llamada entre esas minorías a recobrar las condiciones de mando es la aristocracia de la sangre. Basta, para ello, que se imponga durante una generación la más severa disciplina. Luego, si no decae otra vez, nadie como ella podrá irradiar en la sociedad que gobierne finas calidades que la señalan como clase directora”. Los últimos párrafos que aparecen en estas notas, telegráficas en algunos momentos, no dejan lugar a duda: “1º) Endurecer y preparar una aristocracia (empezamos por la de la sangre). No en funciones de otras clases sino en funciones típicamente aristocráticas: policía, historia, diplomacia milicia… sobre el lecho de una magnífica preparación en Humanidades. La aristocracia es un servicio, hay que aceptarla como misión y no sólo como privilegio; [ilegible] de la monarquía. 2º) Aristocratizar la clase media, extendiendo todo lo posible las maneras finas, el escrúpulo rural, el sentido del honor, de la veracidad, del deber (Cosa distintas que el querer formar una masa en la que todos sean selectos, como se proponía Maura). Régimen muy severo”. Aquí termina el texto.

Lo que puede deducirse de todo ello es:

1) Que José Antonio reconoce la crisis de la aristocracia española y sus causas.

2) Que José Antonio no percibe ventajas en que la aristocracia haya cedido su hegemonía a la burguesía.

3) Que José Antonio considera que aún existen en buena medida “valores aristocráticos” que es posible reverdecer en la aristocracia de la sangre.

4) Que José Antonio afirma que la masa no puede dirigirse a sí misma y que precisa de la aristocracia.

5) Que solamente una aristocracia “abierta”, que empiece con la aristocracia de la sangre pero no se limite a ella, puede formar la nueva élite dirigente del Estado.

Si enlazamos el contenido de este boceto de ensayo con lo expuesto en germánicos contra bereberes se entenderá que José Antonio implícitamente aludiera a una élite étnico-racial “germánica” que ha definido como núcleo auténtico de la aristocracia española. ¿Se entiende ahora por qué decíamos lo que algunos falangistas considerarán una herejía y un desdoro para la figura y el pensamiento de José Antonio Primo de Rivera? Ese modelo y ese esquema era, justamente, el que en esos momentos ¡estaba poniendo en práctica Heinrich Himmler en las SS! Una élite racial, formada en un “régimen muy severo”, que reuniera a tres componentes: la aristocracia de la sangre, miembros notables de las clases medias (José Antonio aludía a “aristocratizar la clase media”) y personalidades del mundo de la cultura y de la ciencia (José Antonio no alude a científicos… acaso porque en aquella época eran raros los españoles llamados por ese camino). Eso fueron las SS en cuya divisa se incluía la alusión al “Sentido del Honor” que mencionaba José Antonio en su escrito: “Mi es honor es mi lealtad”.

Pero este es un José Antonio elitista. De hecho siempre lo había sido. La lectura de Ortega y Gasset le había proporcionado indicaciones en esa dirección. José Antonio, no fue, en absoluto un populista y seguramente hubiera sido el primero en avergonzarse y abofetear a aquellos que en plena transición pintaban en las paredes aquella memez de “Falange con el obrero”. El hecho de que fueron consciente de que en un período de masas, era necesario contar con las masas y satisfacer de la manera más justa sus necesidades, no implica que fuera un “populistas” o que su proyecto se agotara en un “Estado Sindical” (al que, por cierto, nunca aludió): quería una nación dirigida por una élite formada en la dureza y en la austeridad, formada en valores. No aludió a una “élite del trabajo” como algunos de sus intérpretes posteriores quisieron entender. Y, sobre este punto, el “último José Antonio” es formal: alude claramente a la “aristocracia de la sangre” como núcleo de esta élite y a los valores, no de las clases medias, ni del proletariado: sino a los valores que siempre han acompañado a la aristocracia de la sangre.

Solamente mediante una combinación de “justas política sociales” y de formación de una “élite aristocrática”, lograría superar España su gran contradicción, inherente en mil cuatrocientos años de nuestra historia: la lucha entre “germanos” y “bereberes”, cada uno dotado de sus correspondientes valores.

Este es el “último José Antonio” y tales fueron sus últimos razonamientos doctrinales. La inminencia de su juicio y la preparación minuciosa de su defensa, le absorbieron en las semanas siguientes. Nos parece demasiado evidente que, en esas últimas semanas de reflexión doctrinal, la mirada de Hitler estaba puesta en la experiencia del “fascismo alemán”. Pero, aun cuando no lo hubiera estado, lo que planteaba, era, precisamente, era lo que se estaba produciendo en el Tercer Reich, ese Reich que conocía bien y por el que le preguntó insistentemente el fiscal encargado de llevar la acusación contra él. José Antonio, en efecto, había estado en Alemania, se había entrevistado con Hitler, Rosenberg, Goebbels y había asistido a distintos actos oficiales del NSDAP. No desconocía, en absoluto, lo que se “cocía” en la Alemania hitleriana.

Queda, claro está, la cuestión del catolicismo. Ahí reside la diferencia entre la concepción del Reichführer Heinrich Himmler y la de José Antonio: Hitler era indiferentista religioso. Desde el principio de su actividad política era consciente de que Alemania estaba dividida en dos desde el punto de vista religioso: católicos en el sur, luteranos en el norte. Así pues, si de lo que se trataba era de unificar la sociedad alemana contra el enemigo común (la “puñalada por la espalda” que llevó al diktat de Versalles y con el bolchevismo), había que evitar aludir a la religión. Hitler optó por hablar de “la Providencia”, de manera muy frecuente. Asistió a ceremonias religiosas católicas y protestantes, pero, en sus conversaciones privadas que han sido reproducidas por fuentes dignas de crédito y que no están teñidas en absoluto de “propaganda de guerra”, su opinión era que las religiones terminarían por desaparecer cuando la ciencia diera respuestas a los misterios del cosmos. Para Hitler, la religión era algo así como un factor de orden social que había que respetar, especialmente porque una parte de la Comunidad del Pueblo era católica o protestantes. El Estado lo único que tenía que preocuparse es de que ninguna religión difundiera doctrinas perniciosas para la Comunidad del Pueblo. La Iglesia católica tenía otra visión, especialmente en lo relativo a la educación de la juventud: de ahí y no de otros planos, surgió la polémica entre el Tercer Reich y el Vaticano. José Antonio, en cambio, tenía una acrisolada fe católica. Era inevitable que al hablar de “germanos” aludiera, como de hecho hizo explícitamente- a la dinastía de los Habsburgo y a la defensa de la catolicidad. José Antonio, simplemente, quería una Europa unificada por una élite aristocrática (es decir, “germánica”) católica. Estas ideas están claramente expuestas en el Cuaderno de notas de un estudiante europeo.

El Tercer Reich, en cambio, quería una Europa unificada por el germanismo: de hecho, una vez iniciada la Segunda Guerra mundial y en su segunda mitad, las SS iniciaron el reclutamiento de voluntarios en toda Europa para participar en la lucha contra el bolchevismo con la idea de que al llegar la paz, esos combatientes de las SS formarían los núcleos nacionales de la “nueva aristocracia” que unificaría el continente. En las SS era frecuente que se aludiera a “valores” que siempre fueron los propios de la casta guerrera, esto es, de la aristocracia: en los burgers de las SS se enseñaba el sentido del honor y de la lealtad, del espíritu de sacrificio, de austeridad y de entrega… Eso era lo que constituía la “mística” de las SS. No se hablaba de religión. Hitler estaba de acuerdo y compartía lo que había escrito Mussolini sobre este punto: “El estado no tiene una moral, no tiene una religión”. La diferencia entre el fascismo alemán y el fascismo italiano radicaba en que el primero no había descendido a componendas con la Iglesia, de cuya decadencia y desaparición en apenas unas generaciones estaba persuadido, mientras que el fascismo italiano sí había terminado pactando con el Vaticano. No se equivocaba José Antonio en percibir que, tanto en movimiento nacional-socialista como el fascismo italiano tenían formas externas de religión, pero… de religión pagana. Su esperanza era que la unificación con Austria generara una dinámica imperial que hiciera algo parecido a lo que la componente del Vaticano con Mussolini había logrado, insertar el catolicismo en el interior del fascismo, justificándolo por el ejemplo histórico de la cristianización del Imperio Romano. En el caso alemán, el justificante histórico era el Imperio de los Habsburgo y ahí radicaba su esperanza: “la vuelta a la unidad religiosa de Europa” que vendría cuando el movimiento nacional-socialista “se apartara de su tradición nacionalista y romántica” y asumiera “el destino imperial de la casa de Austria”.

No puede negarse coherencia a este orden de ideas. Se argumentará que en algunas respuestas de carácter social al Tribunal Popular de Alicante, José Antonio se explaya en ideas “sociales”, insiste en el “sindicalismo” y en los aspectos más revolucionarios de su doctrina… pero no hay que llamarse a engaño. Él mismo confiesa que se valió de todos los recursos de su oficio para evitar la condena a muerte… era evidente que, ante un jurado compuesto por cenetistas, socialistas y comunistas, no iba a repetir las reflexiones que había realizado en la soledad de su celda, ni los conceptos elitistas vertidos en Aristocracia y aristofobia o la interpretación racial de la historia de España y de los conflictos sociales, contenida en Germanos contra bereberes. José Antonio no era ningún suicida: era abogado y en ese instante era su propio abogado defensor. Pero esos textos, ahí están: son tardíos e incómodos para quienes han presentado a José Antonio como portaespadas del sindicalismo, apóstol del obrerismo y populista social…

De hecho, en el volumen Papeles póstumos de José Antonio solamente se alude al “sindicalismo” en las partes relativas al proceso de Alicante. Desde el 20 de noviembre de 1936 hasta 1977, la maleta que contenía las pertenencias de José Antonio y las carpetas con los escritos que había ido recopilando en prisión, parecían perdidas. No lo estaban: habían llegado a manos de Indalecio Prieto y con él se fueron al exilio. Al morir Prieto en 1962, Víctor Salazar, albacea testamentario de Prieto quedó encargado de restituirlo a la familia del propietario y fue así como llegó a manos de Miguel Primo de Rivera y Urquijo, Vº Marqués de Estella, título que había heredado de su tío, José Antonio Primo de Rivera. Hijo del hermano menor de José Antonio, enero de 1977, Miguel Primo de Rivera había ocupado distintos cargos de cierto lustre durante el franquismo (alcalde de Jerez, procurador en Cortes, Consejero Nacional del Movimiento y Consejero del Reino, pero su papel más importante fue convencer a sus compañeros en Cortes que votaran a favor de la Ley para la Reforma Política, utilizando el prestigio de su apellido entre los veteranos del régimen. Cumplir esta misión le valió ser designado senador por Juan Carlos I en las Cortes Constituyentes de 1977. Solamente en 1996, Editorial Plaza & Janés publicaría el volumen titulado Papeles póstumos de José Antonio (Barcelona, 1996) en el que se incluyen todos estos textos que, evidentemente, rompen con la imagen que generalmente se tiene de José Antonio. Se entiende perfectamente el por qué de los casi veinte años de retraso en la publicación.

miércoles, 21 de abril de 2021

> Germanos contra bereberes, o las reflexiones históricas del “último José Antonio” (3 de 6) - ANALISIS DEL TEXTO, CONSIDERACIONES PREVIAS

Para muchos falangistas este texto puede ser perturbador en más de un sentido. ¿Se trata de una reflexión extemporánea que no tiene nada que ver con todas las anteriores que la preceden en las Obras Completas? ¿O más bien es la conclusión de todo lo anterior?

El escrito fue elaborado por José Antonio cuando llevaba exactamente cinco meses de prisión, casi dos desde que había sido enviado a la prisión de Alicante y uno desde que había estallado la Guerra Civil. Todo inducía a pensar que la guerra se prolongaría y que su propio futuro dependía del resultado del juicio por conspiración y rebelión militar que implicaba pena de muerte. En estas circunstancias, es habitual que una estancia en prisión altere el punto de vista que hasta ese momento ha sido habitual: unos se reafirman en sus convicciones y las extreman, otros adoptan nuevos puntos de vista, como si los que han ostentado hasta ese momento fueran culpables de la situación en la que han terminado encontrándose, otros rectifican por puro oportunismo o afán de supervivencia, es poco frecuente que las reflexiones que realiza un preso durante el tiempo de su exilio sean fruto del razonamiento lógico o de una evolución lineal. También son frecuentes las crisis de fe o el refugio en la creencia en algo sobrenatural que anteriormente se negaba (recuérdese a Ramiro Ledesma confesándose la tarde antes de ser fusilado). En el caso de José Antonio hay que añadir como él mismo reconoció que empleó en el juicio los “mejores recursos de su oficio” para tratar de eludir la condena a muerte. Finalmente, el tiempo de ocio que dispone el preso le predispone a meditar, abordar proyectos que nunca antes había podido acometer y que ahora aborda, pero sin disponer de los recursos que hubiera podido tener a mano en libertad (consulta de fuentes, entrevistas con especialistas, uso de su biblioteca, etc).

Todos estos elementos hacen que las meditaciones del “último José Antonio” (es decir, las elaboraciones intelectuales que realizó en el curso de sus últimos meses de  internamiento tengan una importancia relativa: si fue “más social” en algunas de las respuestas que dio ante el tribunal popular fue porque quienes debían absolverle o condenarle eran miembros de la CNT, del PCE y del PSOE; si negó hechos que la historia ha confirmado –su participación en la conspiración cívico-militar que estalló el 18 de julio- es porque en ello le iba la vida… Así pues, todas las reflexiones que realizó estando en prisión hay que someterlas a caución: para atribuirles algún valor y encuadrarlas dentro de un esquema de pensamiento riguroso es preciso que tengan algún tipo de ilación lógica con su actividad intelectual precedente. De lo contrario, cuando se trata de una ruptura con lo que anteriormente se pensaba o defendía, hay que interpretar el por qué se ha producido un punto de inflexión, a qué hay que atribuirlo y si puede establecerse algún tipo de relación con las posiciones anteriormente defendidas.

Hasta ahora hemos pasado revista a los planteamientos que presenta en el ensayo Germanos contra bereberes, queda ahora por establecer tres cuestiones centrales, a saber:

1.- ¿Por qué José Antonio escribió en su encierro el ensayo Germanos contra bereberes? Y, en consecuencia, ¿qué importancia puede atribuirse al texto?

2.- ¿Tiene algún tipo de relación el contenido del ensayo con lo expuesto previamente por él mismo en sus escritos y discursos?

3.- ¿Existen otros escritos del mismo período de prisión en los que José Antonio expresara ideas análogas o complementarias a lo expuesto en Germanos contra bereberes?

Respondiendo a estas tres cuestiones tendremos todo lo necesario para valorar y encuadrar este escrito dentro del pensamiento joseantoniano.

Como ya hemos apuntado y demostrado con la lectura del texto, Germanos contra bereberes es una historia étnico-racial de España que intenta explicar las constantes de nuestra historia, a partir del reino visigodo que se superpuso a las capas autóctonas celtibéricas y a los distintos estratos que se habían ido superponiendo y que estaban romanizados. No era una excentricidad: era algo impuesto por un fenómeno europeo que había salido a la superficie del continente con la victoria electoral del NSDAP en 1930, cuando, bruscamente, pasó de tener 12 diputados a disponer de 107 escaños en el Reichstag. Hasta ese momento, el fascismo alemán era relativamente desconocido y, os pocos periodistas que habían oído hablar de él fuera de Alemania le atribuían un valor marginal. El Stahlelm o el mismo Deutsche National Volkspartei (DNVP) de Hugenberg, eran mucho más conocidos fuera de Alemania en ese momento. La referencia y el faro del fascismo genérico mundial era Roma, en absoluto Alemania. Fue a partir de las elecciones del 14 de septiembre de 1930 cuando empezó el ciclo de apenas veintiocho mees y quince días hasta que Hitler fue nombrado Canciller. En esos meses apareció un fenómeno que se ha conocido como “el Brennero ideológico”.

En efecto, de la misma forma que este paso alpino marca la diferencia entre el mundo germánico centro europeo y el mundo latino mediterráneo, a partir de 1930-1933 también existió una división entre los “fascismos” europeos que se polarizaron en torno al fascismo italiano y los que lo hicieron en torno al fascismo alemán. Nadie duda –y nosotros mismos nos hemos encargado de recordarlo- que el nacimiento de Falange Española fue tributario del fascismo alemán, es más, que inicialmente se conoció al entorno de José Antonio como el “fascismo español”, mientras, para los medios de comunicación, el grupo de Ledesma eran “los nacional-sindicalistas”. Las diferencias que pudieron existir entre la referencia originaria italiana y la versión española fueron análogas a la que existieron en todas las demás variedades nacionales del fascismo en Europa. Todas tenían algún matiz diferenciador que encajaba especialmente por su condición de nacionalistas y por las peculiaridades propias de cada país.

En 1933, cuando se crea Falange Española, en el entorno de José Antonio, el modelo es el fascismo italiano. Sin embargo en el entorno de las JONS el modelo del fascismo alemán ha ido cobrando cada vez más importancia. Ledesma tenía cierta predilección por la filosofía alemana, Onésimo Redondo conoció directamente el movimiento nacional-socialista que era particularmente fuerte en la Universidad de Heidelberg donde estudió: en 1929, la Liga de los Estudiantes Nacional Socialista (NSStB) era ampliamente mayoritaria: allí había estudiado el primer gran mito del movimiento hitleriano, Albert Leo Schlageter fusilado por los franceses tras cometer actos de sabotaje contra la ocupación del Ruhr. El propio Heidegger que ejercía allí de profesor, le dedicó un encendido elogio. En las columnas de La Conquista del Estado abundan las referencias al nacional-socialismo. También a Italia, por supuesto, pero hay un detalle importante: Ledesma menciona en varios artículos a Curzio Malaparte, e incluso sus concepciones estratégicas estaban muy influidos por la obra de este autor, Técnica del Golpe de Estado. Pero cuando Ledesma realiza sus primeros pinitos político-periodísticos, Malaparte ya es un disidente del fascismo oficial.

En todos los países europeos, incluso en Iberoamérica, se produjo, primero tímidamente (en el período 1929-1933) una decantación entre quienes se sentían atraídos por el fascismo italiano o por el fascismo alemán. Esta decantación se acentuó en el período 1934-1937. Incluso en países lejanos como Bolivia, la influencia alemana (y los fondos) estuvo presente en el Movimiento Nacionalista Revolucionario de Víctor Paz Estensoro, mientras que la influencia italiana (y, por supuesto, los fondos) se orientaron hacia la Falange Socialista Boliviana. En los países nórdico-germánicos, a partir de 1933 la influencia italiana se vuelve cada vez más imperceptible: el fascismo es ya, solamente, alemán. La formación de la llamada “internacional fascista” (en realidad los Comités de Acción por la Universalidad de Roma) fue un intento de Mussolini de mantener y recuperar la influencia sobre el fascismo internacional: el NSDAP nunca fue invitado y la organización perdió su sentido y se disolvió en cuanto Hitler y Mussolini aproximaron sus posiciones… a partir de su encuentro en Roma el 3 de mayo de 1938. De hecho, la mejora de relaciones entre Hitler y Mussolini comienza cuando acuerdan una posición común ante la Guerra Civil español. No antes.

En el tiempo en el que José Antonio escribe Germanos contra bereberes, la sombra de Hitler empieza a proyectarse sobre el fascismo internacional. De los años 1933 a 1935 Hitler había llegado al poder, pero era frecuente pensar que se trataba de una presencia momentánea y que el régimen no se consolidaría. Interiormente se había producido algunos episodios que indicaban un alto grado de inestabilidad interior (especialmente en el episodio de la Noche de los Cuchillos Largos; el partido comunista y el socialdemócrata eran los más fuertes de Europa y muchos se resistían a creer que habían sido derrotados sin lucha) y de oposición exterior (a diferencia de Italia que solamente empezó a registrar una oposición internacional real a partir de la invasión de Etiopía). Pero en 1936, especialmente a partir de la celebración de las Olimpiadas de Berlín, el régimen demostró, no solamente estabilidad sino una solidez a toda prueba. De hecho, aquellas Olimpiadas fueron el escaparate internacional que otorgó la credibilidad que le había faltado al régimen en sus dos primeros años. En aquel momento, ya estaba claro que los 8.000.000 de parados que llegaron a haber en Alemania a finales de 1932, ya habían sido absorbidos por la política de obras públicas e impulso a la reindustrialización. La clase obrera era, en aquel momento, la que más agradecida estaba al NSDAP. Por eso los focos de oposición comunistas se fueron extinguiendo: en 1933, -tal como recuerdan las obras clásicas de I. Kershaw y Joachim Fest sobre el Tercer Reich- la mayor parte de obreros afiliados al Partido Comunista Alemán eran parados. El trabajo y la legislación social del Tercer Reich, que prácticamente, era el anticipo del Estado del Bienestar, hizo lo demás y desarboló, mucho más que los agentes de la Gestapo, cualquier intento de reorganizar la oposición de izquierdas.

Todo esto había influido extraordinariamente a José Antonio. No es determinante, pero sí significativo, el que José Antonio firmara su Germanos contra Bereberes el 13 de agosto de 1936, coincidiendo con los últimos días de las Olimpiadas de Berlín que se celebraron del 1 al 16 de agosto de ese año.

Tempranamente, desde el 23 de julio, habían llegado a Berlín, emisarios enviados por Franco que se entrevistaron con Hitler en Bayreutg. A partir de ese momento, se puso en marcha la Unternehmen Feuerzauber (Operación Fuego Mágico) con carácter de urgencia. Tres días después llegaban a Marruecos los primeros veinte aviones de transporte Junker 52 y seis cazas Heinkel 51. Los medios de comunicación republicanos advirtieron pronto esta ayuda y el eco debió llegar al encierro de José Antonio.

Todos estos elementos contribuyen a pensar que José Antonio albergaba la idea de introducir dentro del patrimonio doctrinal de la Falange, algunos elementos que lo aproximaran al del fascismo alemán. No era “racista”, pero realizaba una “interpretación racial” de la historia de España, no era “nacional-socialista”, pero veía en la política social del Tercer Reich un modelo a seguir. Era lo que podía esperarse después de que las Olimpiadas de Berlín hubieran prestigiado al régimen alemán y después de que éste hubiera enviado prontamente ayuda material sin la cual no hubiera podido trasladarse a unidades de la Legión a la Península.

Esta afinidad fue creciendo en los meses siguientes: no es por casualidad que fueron los medios alemanes los que más interés pusieron en liberar a José Antonio y fueron también el Tercer Reich el que durante los primeros meses de guerra confiaba más en Hedilla que en Franco.

El “giro joseantoniano” no tendría continuación, de la misma forma que, poco pudo hacer el Tercer Reich después del Decreto de Unificación. Goebbels en sus Diarios se mostró excepcionalmente crítico hacia Franco. Hitler tenía al caudillo como la traducción española de aquellos militares conservadores de los que se sentía tan distante. En España, cuando Gerardo Salvador Merino, jefe de los sindicatos, volvió maravillado por lo que había visto en Alemania fue, inmediatamente expulsado y sometido a juicio. La tendencia falangista encabezada por Serrano Suñer y su grupo de intelectuales (Ridruejo, Tovar, Laín, etc) que habían trazado una estrategia de entrada de España en al Guerra Mundial como detonante de la “Revolución Nacional”, fueron alejados del poder a partir de 1942.

Desde este punto de vista, el ensayo Germanos contra bereberes, tiene su explicación y su sentido: trata de hacer algo que no se había hecho hasta ese momento y que suponía objetivamente una aproximación a los puntos de vista del NSDAP. Fue un primer paso dado por José Antonio. La fatalidad hizo que no pudiera tener continuación.

Respondida a la pregunta de “¿Por qué José Antonio escribió en su encierro el ensayo Germanos contra bereberes?”, habrá que responder a la importancia que puede atribuirse al texto, lo que enlaza con la segunda pregunta que habíamos formulado: “¿Tiene algún tipo de relación el contenido del ensayo con lo expuesto previamente por él mismo en sus escritos y discursos?”.

A nadie se le escapa la importancia de las respuestas a estas dos cuestiones: si el texto carece de antecedentes indicaría la aparición de una nueva influencia en el pensamiento joseantoniano procedente del “racismo socialista alemán”. Eso, o que se trató de un mero juego intelectual sin ningún interés, ni otra ambición que hacer pasar las horas en el tedio de la prisión. Pero si, por el contrario, existieran rastros que indicasen una evolución de José Antonio y un progresivo distanciamiento de Italia, paralelo a un acercamiento a Alemania, esto diría mucho sobre la evolución del “último José Antonio”.

Los problemas a afrontar para contestar a esta pregunta son tres:

-          ¿Existe algún testimonio que evidenciara predisposición de José Antonio hacia el Tercer Reich?

-          Sabemos cuál era la posición de José Antonio en relación a una interpretación étnico-racial de la Historia de España, pero ¿cuál era su posición ante el “racismo socialista alemán”?

-          ¿Qué tesis presentan otros textos escritos por José Antonio en ese mismo período?

Tampoco es determinante, pero no resulta menos significativo el que en su entrevista con el periodista Ramón Blardony, concedida en la cárcel de Alicante el 16 de junio de 1936, a la pregunta de ¿a qué fascismo se aproxima más, al italiano o al alemán?”, la respuesta fue la siguiente:

“Coincide con la preocupación esencial a uno y otro: la quiebra del régimen liberal capitalista y la urgencia de evitar que esta quiebra conduzca irremediablemente a la catástrofe comunista, de signo antioccidental y anticristiano. (…) En lo económico, Falange tiende al sindicalismo total; esto es, a que la plusvalía de la producción quede enteramente en poder del Sindicato orgánico, vertical, de productores, al que su propia fuerza económica procuraría el crédito necesario para producir, sin necesidad de alquilarlo –caro– a la Banca. Quizá estas líneas económicas tengan más parecido con el programa alemán que con el italiano. Pero, en cambio, Falange no es ni puede ser racista”.

Seguramente las dos últimas frases son las esenciales: en el aspecto social se sentía más próximo al “programa alemán” que al “italiano”; y, por lo demás nadie ha dudado que existieran pulsiones “racistas” en José Antonio. José María Fontana, que departió con José Antonio durante su visita a Barcelona antes de ir a encontrarse con Mussolini en mayo de 1935, recuerda que el fundador de Falange le reprendió después de que se le escapara un comentario “más o menos racista”. Así mismo, el catolicismo de José Antonio le hacía refractario a tomas de posiciones racistas. Antes de la fundación de Falange, en un artículo publicado en La Nación el 23 de octubre de 1933, José Antonio reprochaba al NSDAP que fuera “racista (y, por tanto, antiuniversal)”, mientras elogiaba al “movimiento mussoliniano, que es, como Roma –como la Roma imperial y como la Roma pontificia- universal por esencia; es decir, ‘católico’”. Pero estas líneas estaban escritas tres años antes. Desde entonces habían pasado muchas cosas en Alemania y muchas más en España.

José Antonio, en función de su nacionalidad y de su credo religioso no podía ser nacional-socialistas… pero sí podían aproximarse al nacional-socialismo. Y de la misma forma que Mussolini, para facilitar una aproximación de Italia a Alemania escenificó algo que había estado ausente en el primer fascismo, la introducción de una política racial y de medidas antisemitas, igualmente podía haber intentado José Antonio. El escrito Germanos contra bereberes hubiera sido una primera aproximación en esa senda. Las declaraciones al periodista Blardony, indicarían, así mismo, un elogio a la política social del Tercer Reich. ¿Hay más textos que apunten en la misma dirección?

En realidad, no. No puede decirse, por tanto, que José Antonio se hubiera “nazificado”, sino más bien que era consciente de que estaba cambiando la correlación de fuerzas en el fascismo internacional. En Alemania se había creado en poco tiempo un régimen extremadamente moderno que, indudablemente llamó la atención de José Antonio (que, a fin de cuentas lo que quería era un “Estado moderno” para España). Y esto, efectivamente, aparecen, como mínimo, en dos ocasiones en un escrito fechado, más o menos, en la misma época: el Cuaderno de Notas de un estudiante europeo, que debió escribirse en septiembre de 1936. El documento son apenas unos apuntes incompletos y deslavazados en el que José Antonio apunte unas cuantas ideas sin apurarlas. Es, apenas, un esbozo.

En el citado documento, José Antonio escribe: “El fascismo es fundamentalmente falso: acierta al barruntar que se trata de un fenómeno religioso, pero quiere sustituir la religión por una idolatría. Nacionalismo. El nacionalismo es romántico, anticatólico; por lo tanto, en último modo, antifascista. De ahí su carácter multitudinario, fatigoso por la permanencia en la crispación. Falso además en lo económico, porque no se remueve la verdadera base: el capitalismo. Eso del sistema corporativo es una frase: conserva la dualidad: patrono-obrero, aunque agigantada en los sindicatos. Es decir, persiste el esquema bilateral de la relación de trabajo y, atenuada o no, la mecánica capitalista de la plusvalía. Pero el fascismo atisba (quizás, sobre todo, en Alemania) que hay algo de forma ascética que asumir”. Salvo la última frase, el resto son ideas que antes, en libertad ya había expuesto; en ella explicita lo que le atrae del Tercer Reich: la austeridad que propaga y el hecho de que las inversiones que el Estado ha realizado en obra pública reviertan en la comunidad. Las Olimpiadas de Berlín acaban de terminar, todas las revistas y radios han dado cuenta de los logros del régimen hitleriano en apenas tres años. A José Antonio no se le escapaba que en un tiempo récord se había absorbido el paro y que la izquierda alemana había desaparecido. El Tercer Reich es un régimen “nuevo”, mientras que el régimen fascista italiano con sus trece años, se mostraba mucho más conservador. Alemania, además, estaba unificando a las naciones germánicas, lo que generaba en José Antonio la sugestión de que eso implicaría una reconstrucción de facto de un polo de agregación europeo: solo quedaba que esa unificación europea realizada por Alemania (no hay unificación sin unificador) se realizara bajo el signo “universal”, por tanto “católico” en sentido etimológico.

La última frase que precede al Apéndice, entrecomillada: 

“Y así acaso un día vuelva a encenderse sobre Europa unificada la alegría católica”. En el primer parágrafo del Apéndice amplía esta idea: “¿Qué es España? ¿Una nación? Pero antes: ¿qué es una nación? Nacionalismo = individualismo d los pueblos. El individuo, lo nativo; la nación, lo nativo; frente a individuo, persona; frente a nación (esta nación), unidad de destino = unas cuantas unidades de destino en lo universal. Entre ellas España = el destino de España: la incorporación de un mundo a la cultura católica”. Esta idea se ve completada en el parágrafo VII del mismo Anexo: “Los grandes logros de los sistemas fascistas y s quiebra interna: exterioridad religiosa sin religión. Alemania: llegará a ser un sistema profundo y estable si alcanza sus últimas consecuencias; la vuelta a la unidad religiosa de Europa; es decir, si se aparta de la tradición nacionalista y romántica de las Alemanias y resume el destino imperial de la casa de Austria. En caso contrario, los fascismos tendrán corta vida”. Y en el VIII añade: “Solución religiosa: el recobro de la armonía del hombre y su entorno en vista de un fin trascendente. Este fin no es la patria, ni la raza, que no pueden ser fines en sí mismos: tienen que ser un fin de unificación del mundo, a cuyo servicio puede ser la patria un instrumento; es decir, un fin religioso - ¿Católico? Desde luego, de sentido cristiano”.

Si en los años anteriores (a partir de 1931, especialmente), José Antonio se había fijado en que el fascismo italiano exaltaba la universalidad de Roma y esto era, precisamente, uno de los elementos que más le atraían, tanto a él como a Giménez Caballero (y la justificación era que Hispania era una de las zonas más romanizadas del Impero que aportó varios emperadores), cinco años después, percibe en la unificación de los territorios germanófonos, un intento de reconstrucción imperial. Cuando José Antonio escribe El Cuaderno de notas de un estudiante europeo, las reivindicaciones alemanas sobre los Sudetes y Austria se han reavivado. Se ha recrudecido la ofensiva del movimiento nacional-socialista que opera en el interior de Austria, para lograr el Anschluss, la unificación germano-austríaca que, finalmente, se logrará en marzo de 1938 y, sólo unos meses después se reincorporarán al Reich el territorio de los Sudetes. Y todo esto cuando, las democracias europeas aun no se ha habían recuperado de la remilitarización de Renania que tuvo lugar el 7 de marzo de 1936.

Si unimos este escrito –por deslavazado y provisional que sea- con lo dicho en el ensayo más cerrado, Germanos contra bereberes, parece evidente que se trata de textos complementarios, escritos con pocos días de diferencia (del 13 de agosto a un día indeterminado de septiembre de 1936). Considera en ambos que España forma parte de Europa y que los rasgos comunes son, el catolicismo (el objetivo) y la componente germánica cuya importancia se ha cuidado de definir. Ahora, en el Cuaderno de Notas, tiene esperanzas en que el “nacionalismo alemán” se aparte de su tradición romántica para devolverlo al “destino imperial de la casa de Austria”.