“El hombre nace sólo para morir y nunca está tan vivo como
cuando muere. Pero su vida solamente tiene sentido cuando él da su vida en
lugar de esperar a que le sea recogida” (pág. 212).
Debía tener 16 años en 1968 cuando Bolivia empezó a ejercer
cierta fascinación sobre mi mentalidad de adolescente. Había dos cosas que me
llamaban poderosamente la atención: el hecho de que allí hubiera transcurrido
la aventura del Ché y el que fuera aquel país el elegido por Drieu La Rochelle
para situar su novela L’Homme à Cheval. Había comprado el volumen en la
librería de Maurice Bardéche quien, por aquellas fechas publicaba mensualmente
La Defense de l’Occident; mi francés era entonces deficiente así que
entendí muy por encima la novela. Años después empecé a traducirla al
castellano en las horas libres –pocas, por cierto– de las que dispuse durante
el tiempo en que permanecí en Bolivia. Sí, porque cuando tenía 30 años llegué
por primera vez a aquel país junto a otros militantes neofascistas europeos.
De aquel país regresé con unos pocos libros, muchas
imágenes, algunos artículos y entrevistas realizadas y un volumen de
experiencias políticas y humanas aquilatadas que jamás hubiera logrado
experimentar en la vieja Europa. No suelo mirar al pasado más que cuando toca
mirar al pasado, esto es, cuando vale la pena reactualizar alguna enseñanza
recibida en otro tiempo. Por ello no he pensado con mucha frecuencia en
aquellos años. Cuando estaba traduciendo en La Paz el Capítulo II de L’Homme
à Cheval me enteré que acababa de ser publicado en México y con una
traducción aceptable, así que abandoné la tarea. Ni siquiera conservo las 50
páginas traducidas. No había vuelto a pensar en esta novela desde hacía mucho
tiempo.
Dos tiempos, dos actitudes, una Bolivia
La vida de Drieu es, como su obra, intimista, inestable, a
ratos ambigua, con la estética pesando mucho más que la ética, un punto
decadentista, saturada por una sobredosis de sensualismo y preocupaciones socialistas–nacionales,
europeístas y a la búsqueda permanente de destellos de heroísmo como forma de
autodestrucción. En ocasiones me he preguntado si he admirado a Drieu por sí
mismo o si es que he tenido que admirarle porque eso estaba implícito en el ambiente
político en el que he militado.
El caso es que hacía años que no pensaba en Drieu hasta que
un querido amigo que sugirió la posibilidad de escribir una crítica a El Hombre
a Caballo, edición en castellano, de la que todavía quedan algunos ejemplares
en el almacén. Había donado mi ejemplar de la obra (como otros varios miles de
libros) a la Biblioteca Pública de Villena así que tuve que pedirle que me
enviara un ejemplar de la obra. Por azares de la vida, el sobre que lo contenía
llegó justo al lado de otro libro que me había remitido otro amigo desde
Trieste: L’Aquila e il Condor, volumen de memorias de Stefano Delle Chiaie a
quien acompañé en su periplo boliviano.
A diferencia de Delle Chiaie (e incluso a diferencia de
Drieu), yo no quedé “prendado” por Bolivia. He de reconocer que me sorprendió
el país y mucho más sus gentes, pero que no dejaron una huella excesivamente
profunda en mi; sí en cambio en Delle Chiaie tal como evidencia el título de su
volumen de memorias, El Águila y el Cóndor: sabemos que L’Aquila es el águila romana, el águila que
aparece como símbolo en todas las tradiciones europeas y en cuanto al Condor
es, por supuesto, el cóndor de los Andes. Algo en el corazón de Della Chiaie se
quedó atrapado en la “olla de La Paz” y en las planicies que la rodeaban, en
las minas de Mapiri y Chungamayo y en las selvas que circundan Santa Cruz de la
Sierra, la ciudad colonial más hermosa de Iberoamérica exceptuando, claro, a
Cartagena de Indias, en las orillas del Titicaca y en el Mercado Indígena de la
capital, en el Paseo del Prado y en la sede del Estado Mayor o de la Escuela
Militar que debíamos frecuentar con asiduidad. Delle Chiaie empleó, a mi
juicio, demasiado tiempo en Bolivia y allí cometimos el peor de todos nuestros
errores: tener una influencia política demasiado evidente en el país en lugar
de limitarnos a pasar desapercibidos, crear un “santuario” seguro para nuestros
camaradas exiliados (nosotros mismos éramos casi todos perseguidos políticos en
Europa y nos movíamos permanentemente con pasaportes y documentos falsos) y
acumular fondos que nos estaban siendo preciosos para poder mantener unos
niveles aceptables de lucha política en Europa e incluso para mantener a
nuestra red de exiliados en activo dispersos por medio mundo. Pero estas
críticas ya las formulé en su momento y ahora apenas tiene sentido
actualizarlas a título de inventario.
La diferencia entre Drieu y Delle Chiaie radica en que,
aunque ambos sintieron la “llamada de los Andes”, el primero jamás estuvo en
Bolivia y todo lo que refirió de aquel país lo sabía por sus lecturas y
seguramente por el testimonio directo de Borges y especialmente de Victoria
Ocampo. Las informaciones que recabó fueron exactas en su mayor parte. En la
última página de El Hombre a Caballo (pág. 221), el último párrafo implica una
confesión de paternidad:
“Qué hubiera dicho mi abuelo si hubiera leído el manuscrito,
titulado Fragmentos de memorias sobre Jaime Torrijos escritas por su hermano.
En efecto, según la historia no había existido un Jaime Torrijos y este relato,
que contiene monstruosas inexactitudes, parece haber sido escrito por alguien
que jamás puso los pies en Bolivia, que cuando mucho lo soñó” (pág. 221).
La construcción de un personaje (I) De Melgarejo a “Jaime
Torrijos”
Drieu escribió esta novela en 1943. Fue una de sus últimas
obras, sin duda de las más maduras y brillantes, después solamente publicaría
una Crónica Política (1934–43), las obras de teatro Charlotte Corday y Le Chef
y Les Chiens de Paille, su última obra. La empezó a escribir el año anterior a
su publicación. El tema de un apuesto capitán de caballería que se convierte en
dictador (“protector” en el calificativo que le da Drieu en la novela), que
quiere reconstruir el Imperio inca, se enfrenta a la oligarquía, la masonería,
a los jesuitas y a los propios indios que desconocen qué es lo que les
conviene, no es otro que la imagen del individuo que lucha contra el destino y
que, más titánico que heroico, fracasa en su aventura. La obra se inspiró en
varios personajes reales que Drieu sintetizó en la figura de “Jaime Torrijos” y
que habían sido dictadores de Bolivia en el llamado período del “socialismo
militar”: David Toro, Germán Busch, etc. El “socialismo” era otro de los
leit–motiv ideológicos de Drieu. En ocasiones –en esta ocasión, por ejemplo– la
realidad superó con mucho la ficción. Bolivia es un país que oscila entre la
desmesura y lo banal. Con cierta frecuencia los dictadores suelen ser
personajes desmesurados.
Jean Larteguy decía que detrás de todo militar boliviano
existe un Melgarejo. Y es cierto. Melgarejo es, sin duda, el personaje más
atractivo, y a la vez odioso, de la historia de aquel país. Los retratos que se
conservan de Melgarejo nos lo muestran con expresión de alienado, endurecido
por la crueldad y el afán de supervivencia; pero no importa si Melgarejo era
cuerdo o loco, bueno o malo, porque de lo que no cabe la menor duda era que fue
un “grande” frente a los “pequeños” y en los “pequeños”.
En la reputada obra de Alcides Arguedas, Los caudillos
bárbaros, Melgarejo aparece como un tirado psicópata “irrespetuoso con la ley”
y que no reconocía poder alguno superior al suyo en lugar alguno del planeta.
Se conoce hasta la saciedad aquella anécdota de que montó al embajador inglés
sobre un burro, atado y mirando la cola del jumento, paseándolo así por la
capital. Enterada de la afrenta, la Reina Victoria de Inglaterra ordenó que la
escuadra bombardeara Bolivia y solamente cuando supo que el país carecía de
costas, simplemente se limitó a tacharlo del mapa: “Bolivia no yo existe”.
Melgarejo, a todo esto, creía que iba a ser traicionado por todos. Un buen día,
en un consejo de ministros, enfurecido gritó: “Todos me traicionan, no me puedo
fiar ni de mi camisa”, y acto seguido se quitó la camisa y mandó que la
fusilaran. He oído decenas de historias como estas contadas por tenientillos
recién salidos de la Academia Militar (reformada por Ernst Röhm, el hombre de
las Secciones de Asalto hitlerianas que preparó al ejército de aquel país para
la Guerra del Chaco).
Melgarejo, como “Jaime Torrijos”, el joven teniente de los
caballeros de Agreda, había comenzado su carrera militar en Cochabamba. Con 35
años, en 1854 participó en su primer golpe militar con el dictador Isidoro
Belzú. Fracasada la intentona, Melgarejo consiguió salvar la vida alegando una
excusa que solamente en los países andinos puede ser entendida: que la culpa no
era suya sino del aguardiente (el
shingani boliviano lo arroya todo como las aguas del Madrededios, nubla la
visión como la más espesa de las brumas y es embriagados como el sexo más
salvaje). Tras apoyar la dictadura de José María Linares, peleó en nombre del
General José Achá que se convertiría, a su vez, en dictador. Isidoro Belzú
consiguió hacerse de nuevo con el control de la mayor parte del país y seguramente
lo habría logrado de no ser porque Melgarejo atravesó todo el territorio hasta
encontrarlo, matándolo con su propio revólver. La leyenda cuenta que ante el
palacio de gobierno (el llamado sintomáticamente “Palacio Quemado”) se
concentró una multitud vitoreando a Belzú. Melgarejo salió al balcón y anunció
“Belzú está muerto ¿quién vive ahora?” y la masa gritó “¡Larga vida a
Melgarejo!”. Había entendido que la voluntad de las masas es una entelequia
débil y tornadiza.
Luego, a medida que transcurre la narración de L’Homme à
cheval se perciben más y más detalles dispersos de la vida de Melgarejo que
Drieu cristaliza en su personaje. Éste es implacable, pero como Melgarejo, da
extraordinarias muestras de piedad y benevolencia. Perdona a sus enemigos, aun a
sabiendas de que volverán a traicionarlo. Es lo que hace Melgarejo con los
chilenos y lo que hace “Torrijos” con quienes han conspirado contra él. Incluso
con “Camila”.
Los seis años en los que Melgarejo estuvo al frente del
gobierno fueron dramáticos para el país. Se enfrentó a los indios, cedió
territorios inmensos a Brasil a cambio de un caballo. Analfabeto, un día un
soldado de su guardia le observó que estaba leyendo el diario al revés;
Melgarejo le contestó: “El que sabe leer, lee, no más”. Otro día ordenó a su
guardia personal que avanzara en el interior del palacio desfilando al frente
hasta un balcón por el que, uno a uno, fueron cayendo sobre la plaza. Todos lo
hicieron produciéndose alguna torcedura y unos cuantos huesos rotos. De no
hacerlo todos habrían sido fusilados.
La construcción de un personaje (II). Germán Toro y David
Busch
Melgarejo murió asesinado –era previsible– por el hermano de
su amante. Un final novelesco para una vida casi de ficción. Pero no fue el
único que prestó sus rasgos al “Jaime Torrijos” de Drieu. Los dos presidentes
que gobernaron Bolivia durante el período del llamado “socialismo militar”
(David Toro y Germán Busch) aportaron también inspiración a Drieu. Se trataba
de dos militares que cubrieron un ciclo en la historia de Bolivia entre 1936 y
1939. En el retrato de Germán Busch se pueden percibir los mismos rasgos
físicos con los que Drieu pinta a “Jaime Torrijos”.
Este período de la historia boliviana es, sin duda, uno de
los más atrayentes a causa de la personalidad de sus dictadores. El “socialismo
militar” había aparecido en Bolivia al concluir la guerra del Chaco y de la
mano de los que habían sido héroes en el conflicto. Se trató, obviamente de una
de las formas que revistió el fascismo andino y fue impulsado por los
excombatientes de la guerra y por jóvenes militares que unían nacionalismo y
socialismo. No hay que olvidar que el capitán Röhm no había ido solo a Bolivia
sino que le acompañaron varios miles de antiguos miembros de los Freikorps, que
dieron forma al ejército boliviano. Röhm, en tanto que “soldado político” no
debió enseñar solamente estrategia y tácticas sino que también debió transmitir
las ideas por las que estaba luchando en ese momento en su tierra natal. Y lo
mismo podía decirse del volumen de combatientes alemanes que pasaron a ser
verdaderos “soldados perdidos” en el Altiplano.
En 1936 el general David Toro (cuando estuve allí conocí a
uno de sus descendientes, el coronel Rico–Toro que me comentó algunos rasgos
singulares de su antecedente) “golpeó” (verbo que solamente existe en Bolivia
como alusión al acto de dar un golpe de Estado), derrocando al presidente
Sorzano (que solamente dejó como recuerdo la urbanización de una deslucida
plaza en un extremo de La Paz, camino al Estado Mayor, y adornada por la
reproducción de varios monolitos de Tiwanaco tan inexpresivos como él). David
Toro estaba imbuido por el “socialismo militar”.
Toro fue sucedido por Germán Busch, éste tenía algo de
sangre indígena y seguramente alguno de sus abuelos lo había sido. También,
estando en Bolivia conocí a uno de sus descendientes, el general Alberto
Natush-Busch. El golpismo le iba a la saga de los Busch porque este que conocí
en 1981 fue presidente durante 19 días por la consabida vía del golpe. Todo su
recorrido transcurrió entre el Palacio Quemado, el Parlamento, la catedral
metropolitana y el Banco Nacional, cuadrilátero del poder situado en la misma
plaza Murillo en el centro de La Paz. Era este Natush–Busch un tipo excepcional
cuando lo conocí, un cerebro privilegiado echado a perder por el alcohol y la
coca. Murió con apenas 62 años y con el comezón de no haber logrado igualar a
su tío.
Un año después de acceder al poder, David Toro, no había
conseguido el apoyo de los indios, ni había satisfecho las necesidades de la
débil burguesía local. Tan solo se había enfrentado a “La Rosca” que intentó
desplazarlo del poder, pero sería su compañero de armas, Germán Busch a quien
entregaría el poder.
Ascendió al poder en julio de 1937 (en Bolivia y en España,
los calores del verano parecen inducir el golpismo más que en cualquier otra
época del año) teniendo como aval el haber sido uno de los héroes de la batalla
del Fuerte Boquerón durante la guerra del Chaco. Atractivo, idealista,
exaltado, impuso reformas que beneficiaron al país y especialmente a las clases
más desfavorecidas. Aprobó una nueva constitución, firmó la paz con Paraguay e
impuso que el 100% de las divisas procedentes de la venta del estaño fueran
entregadas a la Tesorería Nacional. Estableció la sindicalización obligatoria,
creó un ministerio obrero dirigido por un obrero, fundó el Banco Minero y
nacionalizó las propiedades de la Standard Oil Company. Pero su gran obra fue
la creación de los Yacimientos Petrolíferos Fiscales YPF… que sin duda sonará a
los lectores por su retorno a Bolivia durante el gobierno de Evo Morales que lo
arrancó de la tutela de Repsol. Por supuesto, con este historial de reformas y
nacionalizaciones, Germán Busch se creó incontables enemigos.
Drieu aprovecha el físico de Germán Busch para crear a su
personaje “Jaime Torrijos”. Escribe Drieu en el primer párrafo de su obra:
“Jaime Torrijos era teniente del regimiento de caballería de
Agreda, que mantenía su guarnición en Cochabamba. Oficiales y soldados lo
admiraban, porque tenía en su cuerpo una fuerza y una audacia extraordinarias.
Las mujeres lo amaban por la misma razón” (pág. 9).
Ante la imposibilidad de llevar adelante sus reformas,
Germán Busch se suicidó. Aunque él se puso la pistola en la sien, puede
aceptarse que fue la presión de “La Rosca” quien apretó el gatillo…
El enemigo (I). La Rosca o los “barones del estaño”
Lo que Drieu elude en toda su novela es hablarnos de “La
Rosca” y la historia de Bolivia en la primera mitad del siglo XX no puede
entenderse sin esta institución oligárquica. Es cierto que Drieu alude
constantemente a “los poderosos” que se configuran desde el principio como los
enemigos de “Jaime Torrijos”, pero no parece muy interesado en establecer
paralelismos entre “La Rosca” que realmente existió y “los poderosos” a los que
alude y a cuya clase pertenece “Camila”, la amante aristocrática y
conspiradora. “Felipe”, el narrador y guitarrista le dice un día:
“– …Quisiera que charlaras con ella. A través de Camila te
familiarizarías con el espíritu de los grandes y aprenderías a cuidarte mejor.– Los conozco. Me odian, pero eso no importa, porque son
unos cobardes. ¿Cuántos lucharon en el ejército de don Benito? Son demasiado
delicados para tomar las armas”.
En efecto, Camila pertenecía a una de las más grandes
familias del país, pero “la mayor parte de los grandes estaba con el partido de
los rojos vencidos por Jaime en la persona de don Benito y, viendo a Jaime
buscar apoyo popular, vivían en la más hostil reserva para con él”. Tales son
“los poderosos” y su actitud. Seguramente, para no complicar la narración,
Drieu ha preferido simplificar y eludir cualquier alusión a “La Rosca”. Esta
institución estaba compuesta por los llamados “barones del estaño”, quienes
pasaban por ser los hombres más ricos del mundo en el país más pobre de la
tierra. Y, además, todos, sin excepción, eran judíos. Los Aramayo, los Patiño,
los Hotschild, empresarios mineros que exportaban el producto de la explotación
del minero a los EEUU, hacían y deshacían a su antojo y evitaban que se pudiera
estabilizar cualquier gobierno que no “pasara por la rosca”, esto es, que no
limitara ni un ápice sus beneficios.
Pronto “La Rosca” entendió que Germán Busch apuntaba contra
su corazón. Le hizo la vida imposible, conspiró contra él, hasta que,
finalmente, harto de ver que jamás podría aplicar su programa, se suicidó el 23
de agosto de 1939, el día antes de la firma de los pactos Molotov–Ribentrop y
una semana antes del inicio del conflicto fronterizo germano–polaco que luego
la habilidad del gran capital financiero anglosajón transformó en Segunda
Guerra Mundial. Si la vida de Germán Busch había sido sorprendente y
desmesurada, heroica sin duda, su muerte lo elevó a la categoría de mito. Era
el mito que convenía a Drieu para terminar de redondear a su “Jaime Torrijos”.
Por una vez, y seguramente a título de excepción, un relato de Drieu termina
sin suicidio o sin muerte sacrificial. “Torrijos” simplemente dimite después de
haber declarado la guerra a Chile (y haber perdido) y designa un sucesor y se
va hacia el Norte, hacia el Amazonas:
“– Vas a entrar en desiertos inexorables.– Puede ser. Cuando era niño, soñaba con esas regiones
desconocidas. Seré el hombre que habrá intentado todos sus sueños. Después de
todo, no tenía tantos.– Dicen que los incas primitivos se refugiaron por allí,
hace cuatro siglos.– Tal vez.– Nadie puede acercárseles– ¿Quién sabe?”(pág. 218).
El hombre a caballo y la idea de la muerte
No es el suicidio de Germán Busch lo que recoge Drieu, sino
el abandono del poder de su protagonista. A fin de cuentas ¿qué supone para un
dictador el abandono del poder, sino la muerte? Dice el narrador: “Somos de los
que quieren morir con los ojos abiertos”. Se trataba, en definitiva, de muerte.
Germán Busch lo entendió: la imposibilidad de romper el destino de su país, la
tiranía de “La Rosca”, le impulsaron a tomar la pistola, como otros personajes
de novela de Drieu, y suicidarse. Entre el “Alain” protagonista decadente de
Fuego Fatuo (a quien le pesen las letras y no localice la novela traducida le
puedo recomendar la película de Louis Malle que podrá bajar a través de
cualquier peer–to–peer, Le feu follet) y el muy real Germán Busch, dictador de
Bolivia, el final es el mismo: “Una pistola es un objeto… chocar al final con
un objeto” fueron las frases finales del Fuego Fatuo que podrían haber sido
también las de Germán Busch harto de chocar con “los poderosos”, “La Rosca”, la
apatía indígena o la frivolidad.
Cuando “Jaime Torrijos” y “Felipe” se separan en las laderas
de los Andes, éste escribe la frase que da el título a la novela:
“Miré la espalda de ese hombre detrás del cual había
caminado durante veinte años. El hombre a caballo iba a pie” (pág. 220).
“Torrijos” no se suicida como Busch, simplemente desaparece.
En el particular lenguaje simbólico rocheliano, descender del caballo implica
renunciar a la vida. Se vive cuando se cabalga, es decir, cuando se está más
cerca del cielo. Se muere cuando se toca la tierra, cuando se camina. Para
evitar que otro de sus personajes muriera trágicamente, Drieu evita el suicidio
(muchos decían que Drieu llevaba siempre el suicidio en la sangre y otros lo
tenían por un maniaco depresivo) y recurre al símbolo inspirado por el drama de
Germán Busch, el “socialista militar” que no puedo sobreponerse a la presión de
“La Rosca” y a la incomprensión del indio.
Ante la belleza, ante el erotismo, ante la pasión
Drieu es un esteticista que suele vivir sus propias pasiones
con singular intensidad. Ya hemos dicho (y lo reiteramos ahora) que situaba
siempre la estética por encima de la ética. Véase, por ejemplo, las sensaciones
que experimenta ante el desfile de los jinetes de Agreda. No hay rastro de otra
cosa más que del Drieu sensualista:
“Hombres y caballos, en el colmo del espíritu animal,
constituían centauros que se lanzaban en una oleada semidivina hacia nuestro
campanario. Las campanas deberían haber sonado. ¡Oh magnífica hilera de pechos
que avanzaban hacia nosotros, que subían hacia nosotros! ¡Oh crines! ¡Oh colas!
¡Oh sudores! ¡Oh largo grito perdido! ¡Misterio de humanidad que se da por
nada, a nada! ¡Oh belleza que te bastas sola frenéticamente! ¡Oh minuto perdido
para siempre y por siempre terno en el corazón!” (pág. 47)
Es más, cuando alude a “los poderosos”, hay algo que le
impide condenarlos en bloque. “Camila” forma parte de “los poderosos”. Y
“Camila” es hermosa. Nuevamente la ética queda subordinada a la estética, la
belleza hace inclinar ante sí a la justicia. Drieu, el Drieu maduro en la
última etapa de su vida, no puede por menos que escribir:
“Cuando miraba sus
pies y sus manos, bendecía la crueldad de su familia que, desde hacia tres
siglos, dominaba a los indios para asegurar la perfección del ocio en dedos tan
justamente finos y severos” (pág. 63).
Es la maldición de Drieu: perderse ante la belleza. De
hecho, cuando regresa del Congreso de Nuremberg de 1935, tras haber visto el
formidable alarde del NSDAP y del Reich reconstituido, describe lo que vio con
tintes mucho más estéticos que políticos o ideológicos. Si el bolchevismo
hubiera sido capaz de generar belleza, no me cabe la menor duda de que Drieu se
hubiera arrojado tras su estela.
Los indios: el alma de Bolivia
Sabemos quienes inspiraron a Drieu a la hora de crear a la
imagen de “Torrijos” (con fragmentos de Melgarejo, restos de Germán Busch y
recuerdos de David Toro). Sabemos incluso cómo pudo atribuir rasgos ideológicos
y de un programa político a su “dictador”: simplemente se limitó a extraerlo
del “socialismo militar” que realmente existió y que viviría su etapa final
cuando el presidente Gualberto Villarroel entre 1943 y 1946. Villarroel fue el
último gran “socialista militar”, promulgó una legislación favorable a los
indios; el 21 de julio de 1946, una turba asaltó el Palacio Quemado –y lo
incendió de nuevo– sede de la presidencia de la República y asesinó a
Villarroel colgando su cuerpo de una farola ante el palacio presidencial.
Cuando estuve por allí me fotografié bajo esa farola. Villarroel fue asesinado
justamente por aquellos a los que había tratado de defender: por los indios.
Drieu escribe:
“Los indios soportan todo y, luego, un día, lo arrasan todo.
Se apodera de ellos un delirio absoluto. Se precipitan juntos y matan e
incendias. Matan todo lo que es esencial: hombre, mujeres, niños, viejos;
sacrifican a los animales, incendian y arrasan las casas. En una palabra,
proyectan esa desolación que hay en sus corazones (…) He aquí lo que sucedía
bajo el gobierno de Jaime, que amaba a los indios, que soñaba con hacerlos
salir de su abyección, que al vez tenía sangre india” (pág. 132).
L’Homme à cheval se escribió tres años antes de que el
cadáver de Gualberto Villarroel pendiera de la farola de Plaza Murillo. Cuando
leemos el capítulo titulado La rebelión de los indios, se diría que Drieu
intuyera lo que iba a suceder:
– Cómo pudo suceder eso? Lo que he hecho en el gobierno ha
sido mejorar la suerte de esas pobres gentes. ¿Es eso lo que los ha incitado?
Me veo forzado a reprimirlos. No se puede transigir con la locura: están locos,
destruyen todo, se destruyen a sí mismos. Lo que estoy obligado a hacer aquí es
atroz” (pág. 133).
Hubiera sido difícil describir el drama del “socialismo
militar” boliviano de los años 30. Drieu saca a un nuevo personaje, “Tamila”,
una especie de brujo indígena, dirigente de su comunidad. Es el único indígena
que aparece en la trama y nuevamente Drieu lo pinta con rasgos que corresponden
a la realidad de aquella raza (“Tamila era el hombre más silencioso, el más
ensimismado. Y su mujer podía ser tan muda como él”, pág. 136). Es “Felipe”
quien va a entrevistarse con él para recabar sobre las causas de la revuelta
indígena:
– ¿Por qué se han sublevado?– Los indios son desdichados. Prefieren la muerte a la vida.– ¿Por qué ahora?– Ayer o mañana, poco importa para el hombre que desea la
muerte” (pág. 136)
No logra aclarar gran cosa y se pregunta:
“¿Era un vulgar hechicero del pueblo? ¿o bien poseía
secretos antiguos y profundos? ¿Tenía un poder decisivo sobre los indios? ¿O
bien no era más que un agente político sin mucha importancia, un intermediario
al servicio de los aventureros de cualquier procedencia? (…) ¿Creía que era
sincero con él? ¿Tenía ideas claras? ¿O estaba embrutecido?” (pág. 136).
Son las preguntas pertinentes que afloran en cuanto se tiene
contacto con el alma india. Yo mismo me preguntaba esas cuestiones cuando
hablaba con algunos indios y luego, repasando, la biografía del Ché Guevara me
di cuenta de que también él se había preguntado lo mismo. Cuando intentó cruzar
el continente latinoamericano en motocicleta, debió atravesar en camión,
acompañado por su amigo argentino, la frontera entre Bolivia y Argentina:
escribió entonces sobre aquellos rostros inexpresivos, aparentemente apáticos
de los indígenas, completamente impenetrables, nunca se sabe exactamente qué
tienen en la cabeza, qué piensan, es imposible saber si te están dando la razón
sinceramente o simplemente lo hacen para traicionarte mejor después. Cualquiera
de ellos sería un jugador excepcional de póker en Las Vegas y no hay nada más
parecido a la expresión de un indio boliviano que la mirada hierática y
congelada de los monolitos tiwanacotas reproducidos en Plaza Sorzano o en
Miraflores. Hay en La Paz, en la falda de una colina, un mercado indígena y
dentro de él una calle, la calle de las Brujas en donde es posible comprar
desde un feto de llama para que las minas produzcan hasta dulces de colores
chillones cuya única utilidad es ser ofrendas a la Pachamama. Vanamente intenté
comunicarme con aquellos indios y nunca supe si su “ciencia” procedía de los
antiguos incas o simplemente un gancho para crédulos y supersticiosos.
El indio constituye el alma de Bolivia. Drieu lo entrevió e
incluso pinto a “Tamila” con los caracteres que le corresponden a todos los
indios bolivianos. Delle Chiaie se sentía muy próximo a ellos, probablemente
con la misma simétrica lejanía que yo experimentaba hacia ellos. Sí, quedaban
las ruinas de Tiwanaco, la Puerta del Sol y la Puerta de la Luna, la Pirámide
de Atacama (que un vasco, un tal Oyaldeburo, literalmente destrozó; en efecto,
se trataba de un tronco de pirámide situada en un recodo del complejo
tiwanacota; en la superficie de la cumbre había un estanque –que todavía
subsiste hoy– con el altar y el ara de sacrificios; el bueno de Oyaldeburu
llegó allí y oyó las historias de los incas; que si en el corazón de la
pirámide hay oro y plata… Y Oyaldeburu, morrosko y diestro levantador de
piedras, removió toda la estructura de tal manera que hoy, desde lejos ni
siquiera se percibe que era una pirámide sino que más bien parece como una
colina de faldas irregulares. Era evidente que el “oro y la plata” eran el sol
y la luna reflejados en la piscina que se encontraba en la plataforma superior
de la pirámide…), los monolitos, los templetes subterráneos, etc.
Bolivia era un hervidero de sociedades secretas cuando la
conocí. Existía una organización llamada la “Logia del Cóndor Negro” que no era
más que el círculo interior de una sociedad cultural abierta a todos, la
“Sociedad Cultural Los Andes”. Todos, prácticamente todos, los militares que
dieron el golpe en julio de 1980 pertenecían a la Logia, incluido Klaus Altman
que entonces se encontraba allí. Habían reconstruido una especie de misticismo
extraño a medio camino entre oriente y occidente. Las “prácticas espirituales”
que realizaban se reducían al mismo “desdoblamiento astral” que practicaban
otros muchos grupos ocultistas en Europa y, por supuesto, en Bolivia. Nunca
conseguí tomarme en serio ni la magia indígena, ni la reconstrucción de la
religión inca que habían realizado los miembros de la “Logia del Cóndor Negro”.
Cuando, años después en Europa, conocí a un curioso personaje andino, Fernando
Ponce de León, antiguo teósofo que andaba medito en las primeras ONGs de ayuda
a los indios (él mismo era mestizo) tampoco consiguió convencerme de que la
tradición incaica se había logrado perpetuar ininterrumpidamente desde la
colonización española hasta nuestros días. Me parecía mucho más creíble Hergé
en su Tintín en el Templo del Sol. Por lo demás, incluso Alfred Rosemberg
cuando repasaba la tradición nórdico–germánica insistía en que “Odín ha muerto
y sigue muerto” que era como reconocer que una tradición cuando cae ya no puede
ser levantada por nada ni por nadie porque sus mismos dioses han muerto con
ella. Si el siglo XIX hacía sentenciado la muerte de dios y el XX trajo la
muerte del hombre y, por tanto, el reino de las masas, hacia siglos que las
viejas tradiciones incaicas al otro lado del charco y paganas a este, habían
muerto. Nada podía hacerse por ellas y, desde luego, la reconstrucción
antropológica era solo algo menos mala que mantener la ficción de que algo era
“originario” y “regular” cuando solamente era simulación y superstición.
“Tamila” aparece sorpresivamente en la novela de Drieu para acompañar algunas
de estas reflexiones.
El Protector de Bolivia
En el principio de la novela cuando “Jaime Torrijos”,
inmediatamente vence a sus oponentes, se sienta en el butacón de la presidencia
y desde allí labra proyectos y reformas. Como Melgarejo hay en sus rasgos algo
de megalómano:
“… ¿Estoy acaso aquí para esas pequeñas astucias? Me hallo
aquí para destrozar a los grandes, despertar a los indios y rehacer el Imperio
Inca” (pág. 109).
Su interlocutor, el narrador y guitarrista, “Felipe”
entiende entonces la altura del personaje:
“Estas palabras fueron como un rayo. Un sudor de vergüenza
se derritió sobre mi cuerpo. ¿Qué era yo junto a él? Toda mi hipócrita vanidad
era un escombro a sus pies. Él estaba ahí, delante de mí, grande, solo” (pág.
109).
Drieu “preparó” concienzudamente su libro, se informó
seguramente a través de conversaciones con amigos que habían pasado por allí y
leyó artículos sobre Bolivia publicados en la prensa francesa. Es significativo
que utilizara la palabra “Protector” en sustitución de “dictador”. “Jaime
Torrijos” no es “presidente de la república”, tampoco es “dictador de facto”,
es simplemente “El Protector”. El título no es frecuente en Iberoamérica pero
había sido utilizado por el general San Martín cuando asumió la presidencia del
Perú en 1821, el general Santa Cruz fue ungido como “Supremo Protector” y luego
“Protector de la Confederación Perú–Boliviana” en 1837. Se utilizó este título
porque se consideraba que era provisional y en cuando desaparecieran las
circunstancias excepcionales que lo habían generado.

La relectura de la obra me ha confirmado en que,
efectivamente, Drieu estuvo mucho tiempo leyendo e inquiriendo sobre la
realidad boliviana. Los mismos proyectos militares que atribuye a “Jaime
Torrijos” tienen mucho que ver con la psicología de los militares de aquel país
tal como eran en 1940 y seguían inmutables cuarenta años después cuando los
conocí. En efecto, si todo oficial boliviano tiene un Melgarejo dentro, también
en el corazón de todo militar boliviano late una especie de relación de
amor–odio con sus colegas chilenos.
Chile, como se sabe, es el adversario geopolítico de
Bolivia. Han sido frecuentes las alianzas entre Perú y Chile para garantizar
que Bolivia jamás tendría una salida al Pacífico. Mientras estuve allí,
Pinochet gobernaba y los militares bolivianos aspiraban más a imitarle a él que
a la Junta Militar Argentina que, a fin de cuentas, había facilitado el golpe
de Estado de julio (siempre julio) de 1980. Drieu lo sabía:
“Una vez más en mis adentros me burlaba vilmente de él; en
Cochabamba, se iba de juerga y no pensaba más que vagamente en atacar Chile de
cuando en cuando, como todo boliviano después de beber” (pág. 109) “De cuando
en cuando iba a verlo y cada vez me parecía más absorto por proyectos
militares. Organizaba al ejército con vistas a la guerra contra Chile, y ponía
ahí una devoción, un ardor y un genio que ameritaban la vigilancia más
implacable de mi parte” (pág. 122).
“Felipe”, el guitarrista, le recuerda que para emprender una
guerra necesitará poner en la palma de la mano tanto a los “grandes” como al
“pueblo”. Y “Torrijos” asiente: “No, no podré avanzar sin haber destrozado a los grandes”
(pág. 110).
El enemigo (II). Masones y jesuitas
Aquí parece que sea el programa de los socialistas militares
el que habla por él. Ahora bien, hay dos fuerzas ocultas que menciona Drieu y
que aparecen en roles odiosos en su novela: los jesuitas y la masonería. Ambos
se amparan en el secreto, ambas intentar mover los hilos desde las bambalinas,
ambas conspiran, ambas huyen, en definitiva, de la luz del sol. Es difícil que
Drieu tuviera conocimiento del papel de la masonería en Bolivia que se
remontaba a la independencia y a algún que otro episodio aislado del gobierno.
Cuando tuve ocasión de pulsar todos estos ambientes a principios de los años
80, los jesuitas ya estaban completamente desmantelados. Puede decirse que si
el Concilio Vaticano II había ido mal para alguien había sido para ellos y que
la Teología de la Liberación había hecho de ellos una fuerza residual. Y lo que
era peor: las sectas protestante avanzaban a mucha más velocidad y de manera
mucho más visible que el catolicismo (y el jesuitismo) andino.
En cuanto a la masonería solamente conocí masones en el
colegio de abogados. Prácticamente habían desaparecido de cualquier otro sector
de la vida nacional. No creo que Drieu tuviera información privilegiada sobre
unos y otros. En los años 30 y 40 tampoco existían estudios pormenorizados
sobre los jesuitas y sobre la masonería en Bolivia, así que Drieu se limitó a
trasladar a Bolivia el modus operandi de estas dos asociaciones. Y lo hace con
una habilidad excepcional, especialmente en lo relativo a la masonería.
El “padre Florida”, el jesuita conspirador, aparece pintado
con unos rasgos particularmente desagradables y en cuanto a “Bélmez”, el masón,
es así mismo odioso sino repugnante. Incluso “Tamila” siente distancia hacia
“Bélmez”: opina que “Bélmez es un gran hechicero entre los españoles” (pág.
162). “Bélmez” y “Florida” habían participado en la conspiración para sublevar
a los indios contra “Torrijos”. Ambos eran pues hijos de la misma madre:
“… al final de interrogatorio se había establecido que Florida
y Bélmez habían participado por igual en el fomento de la rebelión de los
indígenas; que Bélmez había conseguido de Florida que el gobernador de Oruro,
devoto de los grandes, atormentara a sabiendas a los indígenas para conducirlos
a la desesperación y que, por otra parte, Bélmez había animado y sobornado a
los agitadores por medio de las logias. Muchos párrocos eran masones y le
obedecían directamente sin pasar por Florida” (pág. 165). “… Porque la
masonería comparte con la Iglesia las responsabilidades y las hipocresías de la
propiedad (…) La Iglesia y la masonería son a menudo aliadas, encontrándose
irremediablemente confundidas en sus orígenes, pero son aliadas intermitentes””
(pág. 179). Florida sabe que el cristianismo sucumbirá o se transformará. Bélmez
sabe que ahí donde el cristianismo sucumbe, la masonería no tiene para mucho
tiempo. Pues ésta nunca ha tenido la fuerza como para consolidar serios medios
sociales a su sueños, que es el de reemplazar a la Iglesia. Los masones no son
capaces de reemplazar a la Iglesia, no pueden ni saben actuar sino a su sombra”
(pág. 181). “Estas dos oscuridades, los
jesuitas y los masones, debían encontrarse a menudo enredados en las mismas
conspiraciones. Y me acordé de las palabras de Jaime al comienzo: “Los masones
y los jesuitas nunca han podido más que reconocer los hechos consumados”. Dos
oscuridades, dos ineficacias, pero dos sombras apasionadas, debilitadoras,
engendrando lo odioso y ridículo alrededor de las grandes acciones” (pág. 94).
El eterno femenino: entre la hetaira y la oligarca
Ejército (“Dragones”, el regimiento de “Agreda”), masonería
(“Bélmez”), jesuitas (“padre Florida”),
indígenas (“Tamila”), La Rosca (“los poderosos”, los “Bustamante”), son los
protagonistas que encarnan a las distintas fuerzas sociales que operaban en los
años 30 y 40 en aquel remoto lugar del mundo. La novela va del poder de unos
sobre los otros, de la manipulación de las gentes y de los personajes, de las
rivalidades humanas y, en definitiva, de las pasiones. Porque el centro de la
novela, el centro de la propia obra de Drieu, no es sino la pasión. Y cuando
hablamos de pasión nos estamos refiriendo a pasión entre un hombre (“Jaime”) y
dos mujeres (“Camila” la hija de “los poderosos” y “Conchita”, la bailarina y
prostituta).
Las novelas de Drieu son, todas, novelas apasionadas,
repletas de sensualidad y, frecuentemente, de erotismo. Y esta no iba a ser
diferente. Hay dos mujeres en la trama, dos caracteres completamente
diferentes, dos distintas actitudes ante la vida, dos clases sociales
irreconciliables e incompatibles, para una misma pasión. El amor de la
prostituta, experto, sin mentiras, interesado, sensual, diestro en procurar
placer sin pedir nada a cambio más que la remuneración; la hetaira presente en
todas las épocas que es “Conchita” sabe que las contorsiones de su cuerpo –ella
es bailarina– generan sensaciones eróticas irremplazables en los hombres, así
que usa y abusa de sus habilidades de manera consciente. “Jaime” es su amante,
pero ella tiene otros muchos amantes. “Felipe”, el narrador apunta:
“Conchita y yo tocamos y cantamos alternadamente. Luego, fue
necesario que bailara. Para ahorrar el aburrimiento, había bebido mucho, tanto
que se contorneaba con una lascivia que deshacía las ataduras que la oprimían (pág.
33). ¿Y Conchita? ¿Qué era de ella? Se pensaba que Jaime la había hecho
encerrar en alguna parte, a no ser que hubiera decidido lo peor. Hice una
súplica a la Madona para que esto fuera verdad. Después de todo, quizás la
Madona fuera tan indulgente con las putas como con su Hijo (pág. 36). ¿Qué
hiciste con Conchita? –La azoté. Seré vencedor antes de que esté curada” (pág.
38).
“Torrijos” no es benévolo con “Conchita”. La trata como se
trata a las putas, apenas como objetos de placer, no hay ni pizca de humanidad
en esa relación, sólo erotismo que aflora de manera salvaje especialmente en la
escena en la que “conchita” baila en el palacio ante un grupo de “poderosos”
entre los que se encuentra “Camila”. “Camila” no es un animal erótico, es
simplemente la hija de “los poderosos”, esculpida para gustar y de un fuste muy
diferente (“Ahí estaban los pechos más enteros que se podían ver en La Paz.
Había incluso en el deterioro de los de la madre un recuerdo majestuoso. Y en
el teatro siempre era un placer popular espiar al fondo del palco más bello la
altiva perspectiva de ese tesoro múltiples bajo las mantillas”, pág. 60), el
erotismo de “los poderosos” esta modulado por su poder sobre las cosas que
parece otorgarles control y restarles espontaneidad en el erotismo. “Camila” es
hermosa, no erótica, y no se siente a gusto en un ambiente sensual como el que
crea “Chonchita” cuando danza en la fiesta de palacio:
“La colgadura se levantó… y Conchita–Concepción hizo su
entrada. Concepción en un magnífico atuendo de bailarina, enmascarada. Estaba
enmascarada. Y también llevaba un gran chal sobre los hombros que escondía como
por efecto de un súbito pudor o reto extravagante” (pág. 82). Comenzó a bailar.
Sus primeros pasos iban a quebrantarse, parecía, en el silencio asustado y
hostil, como un vaso en que el agua se hiela. Pero conjeturar eso, era ceder a
sus nervios y olvidar el orgullo de Concepción, el orgullo de Jaime. ¿Era
necesario por lo demás, llamar con el nombre de orgullo el vivo sentimiento de
pureza animal que revestía a esos dos seres, ella bailarina y él jinete, en
medio de todos esos asistentes (pág. 83). Ella bailó. No, no bailaba. Eso no
era un baile, eso era apenas algo de toda esa danza futura al sol embrión
oscuro, imprevisible en un mundo subterráneo. Envuelta en su inmenso chal
sombrío, del que había hecho recaer al principio, con un ligero movimiento, los
pliegues hasta lo más bajo de su brillante vestido, se cubría nuevamente la
cabeza, pisoteaba imperceptiblemente sobre su lugar, sin hacer el menor ruido
con sus talones (pág. 83). Bailo mucho tiempo, con más fuerza que jamás mujer
alguna haya bailado. Las gentes olvidaron todo, quienes eran, porqué habían
venido, la presencia de Jaime, el lugar en donde estaban, quién era Concepción.
Aplaudían enérgicamente, con una violencia sombría como si se entregaran con un
abandono de voluptuosidad a lo inesperado y a la contrariedad de la situación
(pág. 85). De pronto, terminó el último baile. Apareció desnuda hasta la
cintura. Sus dos pechos admirables, cubiertos de sudor, resplandecían con sus
puntas endurecidas por la excitación moral” (pág. 86).
Hace falta leer todo el texto para advertir que frente al
erotismo y a la sexualidad salvaje de “Conchita” y frente a la mesura y a la
belleza sobria y clásica de “Camila”, Drieu opta, sin duda, por la primera.
Bolivia es un país en el que no faltan prostitutas. El mayor
burdel de La Paz era propiedad del entonces presidente de la Asociación de
Mutilados de la Guerra del Chaco. Amigo nuestro, claro está. Y era curioso
porque aquel hombre, que a pesar de la edad seguía siendo alto y caminando
erguido, aparentemente no tenía ninguna mutilación. El día que me atreví a
preguntarle qué le faltaba, maldije lo obvio: la falange del dedo gordo del pie
derecho… Había distribuido entre los “asesores” europeos unas tarjetas que
aseguraban un sustancial descuento en los servicios de su burdel, algo que
siempre agradecían los consumidores. Por otra parte, el primer día de mi
llegada allí, cuando no hacía ni una hora que había descendido del avión y
seguía lamentándome por la pérdida del equipaje, en el Hotel Plaza conocí a una
aventurera y prostituta francesa que recorría el mundo en busca de aventuras,
fortuna y sensaciones. Un estrecho maillot atigrado le ceñía todo el cuerpo
desde los vertiginosos tacones hasta los hombros y permitía adivinar lo rotundo
de sus curvas. Y luego, una vez establecido allí no faltaron prostitutas que
conocer, amantes de ministros, amantes de industriales, amantes de narcos,
amantes de paramilitares, amantes de políticos, amantes de profesores de yoga y
de oficinistas, amantes de todo lo que se moviera, en definitiva.
Es curioso, Bolivia es un país hecho –como las antiguas
Cortes franquistas– hecho a “tercios”: un tercio de “machos”, un tercio de
esposas y un tercio de amantes, todo ello casi en equilibrio ecológico. No es
raro que Drieu introdujera este tema en su novela y creara la antítesis con la
mujer seria y de belleza serena. A no contraponer la “mujer madre” con la
“mujer amante” como hijo Evola en su Metafísica del Sexo. De hecho en la novela
no hay más madre que la de “Camila” y sus hermanas y aparece solamente en una
alusión en la novela solamente para recordar que sus pechos seguían generando
admiración. No hay hijos en las novelas de Drieu. La paternidad tiene poco de
sensual y la maternidad ni siquiera resulta excitante. “Camila” aparece
orgullosa y displicente contra “Torrijos”, contra “Felipe”, por supuesto contra
“Conchita”. ¿Y “Conchita”? “Felipe le
dice a “Torrijos” hacia el final de la novela:
“–Conchita es más mujer que usted. Es una puta, pero nunca
lo engañó como usted.– Bolivia es mi mujer, rió Jaime.– Tú eres la mujer de Bolivia también. El genio macho de
Bolivia fundó tu alma flexible de hombre de acción. Bolivia y usted forman uno
solo: usted es el andrógino perfecto, se encontraron porque ya estaban unidos.– Dices cosas extrañas, Felipe– Te digo cosas extrañas desde que te conozco, Jaime, y las
decía antes de conocerte.– ¿Quién eres?– La mitad de ti mismo, como lo es cada uno de los que te
siguen. Comenzando por Conchita” (pág. 188).
Poco antes, “Felipe”–Drieu ha definido a la perfección el
tiempo del amor: tres días (“El amor no puede durar más de tres días. Eso basta
para entrar en la eternidad” (pág. 186). ¿Acaso Cristo no murió y resucitó en
tres días? Antes había escrito: “Las nupcias de los humanos no duran mas que un
relámpago, como las de los dioses y las de los animales” (pág. 98).
El centro de la novela es, pues la pasión: pasión de un
“jefe” por su país, pasión de un amigo (“Felipe” el guitarrista) por “Jaime”,
pasión de “Jaime” por las mujeres, pasión de masones y jesuitas por las
conspiraciones, pasión. Hay mucha pasión en Bolivia. Se trata de un país
telúrico. Cuando estuvimos trabajando allí todos estábamos de acuerdo en ese
punto. He visto pocas mujeres tan heroicas y esforzadas como las bolivianas. A
decir verdad, ellas son las que mantienen en pie el país. El alcoholismo ha
hecho mella en los hombres de aquella raza. Entonces lo supe cuando estuve
entre ellos, hoy no hace falta ir tan lejos, casi dos millones de andinos están
entre nosotros y nos demuestran día a día que el indio tiene mal beber. A
principios de los 80 la mujer Boliviana tenía una fuerza y una energía que
había desaparecido de la mayoría de los barones. No me sorprende, pues, que le
hubiera llegado a Drieu algún eco de todo esto (Victoria Ocampo debió de
transmitírselo) y que le predispusiera a situar su relato en aquel país (¿por
qué no en Argelia o en algún recodo olvidado del continente africano?, lo
hubiera podido hacer como hizo con alguna otra de sus novelas: Beloukia en la
kabylia, Una mujer en su ventana entre las turbulencias griegas).
Los confidentes de Drieu: la Ocampo y Borges
Detrás de todo esto, claro, hubo una mujer. Victoria Ocampo.
Ha habido que esperar a la publicación en Francia de la correspondencia entre
Pierre Drieu la Rochelle y Victoria Ocampo, la conocida escritora argentina.
Entre 1929 y 1944, ambos mantuvieron una relación más que estrecha,
especialmente en los primeros años. Amantes primero, cuando se extinguió la
pasión, consiguieron salvar la sintonía mutua que sentían el uno por el otro en
una amistad que se prolongó hasta el suicidio de Drieu.
Ambos se conocieron en 1929 en el domicilio de Isabel Dato;
en aquella ocasión estaban presentes Paul Valery y Ortega y Gasset. Ese mismo
año había conocido también al conde de Keyselring convirtiéndose desde ese
momento en amante de Drieu y admiradora del filósofo. Drieu le presentó a
Malraux, Huxley, Aragon. La relación es tan apasionada como en las
descripciones que Drieu hace de los instantes eróticos en sus novelas. Pero la
relación tiene altibajos: él es depresivo y para colmo usa y abusa de
prostitutas. Ambos son la noche y el día: él admira la pintura de Watteau, ella
la detesta; ella es políticamente liberal mientras que él se orienta pronto
hacia el fascismo. Y sin embargo, conviven y sobreviven a sus contradicciones.
En mayo de 1932, ella le invita a pasar una temporada en Argentina.
Conoce a Jorge Luis Borges en el Jockey Club de buenos Aires (luego escribirá
“Borges bien vale el viaje”, mientras que en las postrimerías de su vida,
Borges preguntado sobre Drieu responderá que “había sido un fascista por
pereza”). Y desde el 32 hasta el 44 mantendrá una fluida correspondencia con
ambos. Los datos esenciales sobre Bolivia y los bolivianos, proceden
precisamente de esa correspondencia y de las lecturas recomendadas por los dos
grandes de la literatura argentina (y en lengua castellana) al grande de la
literatura francesa.
La estructura de la novela
La novela responde a una estructura excepcionalmente bien
lograda. En sus primeros capítulos es el “viejo orden” el que cae. El antiguo
dictador, por su misma presencia, consigue que “Torrijos” se resuelva a actuar
contra él. Las descripción del golpe es quizás la que más alejada está de las
realidades. Los golpes de Estado en Bolivia son mucho más novelescos que los
que podría narrarse en la mejor de las novelas. Son, simplemente, increíbles.
Os lo aseguro. De esa primera parte, sin duda, la fuerza radica en las
descripciones que tienen a “Conchita” como protagonista.
Luego, el autor deja de mostrar a “Torrijos” como un “joven
héroe” para atribuirle rasgos propios del estadista: describe su proyecto
político, describe sus inquietudes, describe su voluntad y, sobre todo,
describe los factores que entran en juego en la sociedad boliviana. Y, al
describir a “los poderosos”, describe necesariamente a la contrapartida de
“Conchita”, a “Camila”. A partir de ahí la trama describe los juegos de
influencias, las manipulaciones de unos hacia los otros, las bajezas humanas,
las perfidias y traiciones, las estancias más sombrías del alma humana. Aquello
que todos conocemos pero que no todos somos capaces de describir con la
maestría de Drieu.
Siguen luego los resultados de tanta bajeza: la revuelta de
los indios. Drieu –que se ha preocupado poco en las 150 páginas anteriores por
describir la situación de los indígenas– lo hace ahora. Los indios constituyen
la mayoría de la población de Bolivia. Sino indios, mestizos. Como en todas las
sociedades tercermundistas los escalones más altos de la sociedad los ocupan
los “blancos” y en el más bajo se encuentran los “indígenas” (indios en los
Andes, negros en África). En el estrato intermedio figuran los mestizos
(curiosamente en el ejército boliviano la alta oficialidad frecuentemente es
blanca, la tropa es indígena y los cuadros son mestizos y el mismo esquema
suele repetirse en los países andinos y centroamericanos). “Jaime Torrijos”, el
atractivo militar con pizca de sangre indígena parece ser una síntesis de
Bolivia. En este capítulo aparecen los indios representados por “Tamila”
(deliberadamente o por azar, Drieu atribuye al escalón inferior de la sociedad
indígena un nombre simétrico al de la representante del escalón más alto, de
“los poderosos”, “Camila”). Jaime llega al hartazgo. Él es un “hombre a
caballo”: precisa estar siempre en marcha (Kerouac posiblemente se inspiró en
él apenas un lustro después para escribir On the road -En el camino- verdadero
manifiesto, junto con el Aullido de Ginsberg, de la beat generation). Drieu, el
autor, siente que sus días se están agotando, que el Reich de los mil años no
conocerá muchos más días gloriosos y que el holocausto final adquirirá tonos
wagnerianos y arrastrará en su caída a todos los que creyeron en él.
La última parte es verdaderamente un manifiesto político y
una lección de prospectiva. Se trata de 20 páginas, de la 200 a la 220, que
aparecen bajo el rótulo En el lago Titicaca. Drieu habla del poder, de la
renuncia, de las ilusiones perdidas, de lo que cada mujer le inspiró, de lo que
le inspiró su patria imaginaria, Bolivia, del futuro, augura la resurrección
del inca, la futura revuelta de los indios y de los mestizos y lo hace con
tanta precisión que se diría que estuviera asistiendo a la toma de poder de
Evo Morales. Son 20 páginas lúcidas, intensas, de las que no puede destacarse
nada porque todo ello merecería ser reproducido. Cuando el “hombre a caballo”
desciende de su montura, ahí termina el relato. El hecho de que Drieu no nos
hable ni del final de “Camila”, ni de lo que hizo “Conchita” después de los
hechos, es significativo: sentía que para él la vida había terminado y que la
muerte era el fin del mundo… No es, L’Homme à Cheval, una novela optimista pero
si un ejercicio estético extremadamente rico en matices.
