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jueves, 20 de mayo de 2021

Un subgénero cinematográfico De la pornografía antinazi a las novelas “stalag” (8 de 8) – Anexo - La sexploitation en el comic: Hessa

A lo largo de los años 60, en España aparecieron algunos libros de fotografías sobre el tema de los judíos en los campos de concentración alemanes. Tuvieron cierto éxito y consiguieron mantenerse durante un tiempo inusual en las librerías (en ocasiones varios años) especialmente a causa de su bajo precio e, indudablemente, porque algunas de las fotos mostradas eran de grupos de mujeres desnudas… justo en un momento en el que en España para poder ver cuerpos femeninos desnudos había que recurrir a este tipo de literatura, a libros de arte con fotos de estatuas o bien a libros sobre etnología y poblaciones africanas. La escasez de literatura erótica en la época de Franco era casi total, a excepción de estos tres canales que suscitaban la atención de los adolescentes de los años 40–70. A partir de los años 60 y hasta el final del franquismo abundó este tipo de literatura buena parte de la cual tenía que ver con la temática nazi. Todo esto cambió inmediatamente se inició la transición española y las aguas que habían estado contenidas hasta ese momento se desbordaron. Fue entonces cuando apareció otro subproducto de la pornografía antinazi: Hessa.

En 1933. Una niña de apenas 13 años es objeto de un intento de violación por parte de su padre. Se trata de la condesa Hessa Von Thurm cuya madre, para restablecer el orden en la familia, envía a la adolescente a un internado remoto al que van a parar otras niñas salidas de ambientes conflictivos. La iniciativa resultará ser fatal porque el colegio tanto alumnas como institutrices parecen mucho más interesadas en el ejercicio de la sexualidad lésbica y del sadismo que en completar los programas de estudio. Al cabo de unos meses, Hessa, muchacha inquieta, harta de la rutina de todo aquello, simplemente, incendia el internado. Perecen todas las internas y profesoras. Hessa, por todo recuerdo se lleva el látigo de la directora que una década después le acompañará cuando asuma el mando de un improbable SS Sonder Sexo Sturmtruppen

La misión de estas unidades es utilizar el sexo como arma del Reich (algún guasón ha podido decir que los pezones erectos de Hessa hubieran sido la mejor “arma secreta” de Hitler). La unidad es conducida inicialmente a los países bajos para realizar algunas represalias. En el curso de este relato inicial, Hessa deberá asesinar con graves tormentos a Walter Van Dorn, un holandés que se ha enamorado de ella. Hará falta esperar al segundo cuaderno para saber que Van Dorn no está realmente muerto, sino que Hessa a quien ha asesinado verdaderamente es a su hermano... Logra encarcelarla, pero su amor es tal que no tiene valor para ejecutarla, así que se la entrega a Rouwerson, un gigante holandés ciego y que, por tanto, no puede apreciar los encantos de la mujer. Sin embargo, tal como era de prever, Hessa consigue engañarlo, seducirlo y asesinarlo y, finalmente, huye. Tal es el inicio de la saga que se prolongará a lo largo de casi cuarenta novelas gráficas.

Se ha dicho que la saga, italiana en su origen, estaba inspirada en la figura de la protagonista de Ilsa, la loba de las SS, una película de exploitation a la que ya hemos aludido. Pero algunos han querido ir más allá y ver en el personaje a Elsa Koch, esposa del comandante del campo de concentración de Buchenwald, sobre la que se urdió una leyenda. Porque, efectivamente, existió una Elsa a la que la literatura especializada sobre el Holocausto conoció como “la bruja de Buchenwald”. Los relatos truculentos sobre Buchenwald nos la pintan como especializada en confeccionar objetos decorativos con piel de los prisioneros: pantallas de lámparas, pisapapeles con cabezas reducidas y, los famosos guantes realizados con pieles humanas. Cuanta la leyenda que tenía tendencia a elegir entre fragmentos de pieles de presos que tenían bonitos tatuajes como si se tratara de un valor añadido.

Sin embargo, la vida de Elsa Koch es suficientemente conocida. Resultó procesada por el asunto de los guantes… y absuelta. Fue detenida en 1947, tras haber huido de la zona de ocupación soviética, procesada en los juicios de Dachau, el tribunal no estimó que existieran pruebas suficientes para conceder la ejecución que solicitaba el fiscal y fue condenada a cadena perpetua. Su marido, del que era segunda esposa, había sido ejecutado en 1945. En 1948 la condena fue reducida a 4 años, a pesar de la gravedad de la acusación, “crímenes contra la humanidad”. En 1951, la casación le concedió la libertad por falta de pruebas en contra. Sin embargo, a poco de salir de la cárcel fue detenida, procesada y condenada de nuevo, aunque, una vez más, el tribunal rechazó el considerar que hubiera construido guantes con piel humana. Se suicidó en la cárcel de Aichach cuando acababa de cumplir 61 años, el 2 de septiembre de 1967. En la carta a su hija escribió: “No hay otra salida para mí, la muerta es la única liberación”.

A pesar de que la historia sobre los guantes de piel humana no fue aceptada por los tribunales suele repetirse en todos los artículos escritos sobre ella. La leyenda cuenta que su marido le construyó un pabellón especial en Buchenwald para que torturara a los prisioneros e hiciera los famosos guantes allí. Los datos sobre Elsa Koch son pocos y dan la sensación de no estar suficientemente documentados. Hoy se sabe que Ilse Koch ni siquiera había llegado a entrar en el interior del campo de concentración. A lo largo de todo el proceso sostuvo que no era nada más que un ama de casa y jamás aceptó que una pantalla de lámpara que, al parecer había aparecido hecha con piel humana y que desapareció en el momento del juicio, hubiera sido suya o hubiera tenido algo que ver con ella.

Al parecer, la historia sobre sus perversiones sexuales se inicia con la declaración de un testigo, el monje franciscano Froeboeß Herbert, quien explicó que “Tuvimos que cavar una zanja profunda para tender un cable, estábamos en la zanja y, de repente, alguien gritó desde arriba: “Prisionero, ¿qué estás haciendo ahí abajo? Miramos hacia arriba y vimos a Ilse Koch. Llevaba una falda corta, sin ropa interior. Entonces nos golpeó con un látigo en la cara”… así pues, de esta breve descripción se desprendió lo esencial del personaje de “Ilse, la loba de las SS” y, posteriormente, de Hessa. Por cierto, el “franciscano” no era tal, sino un individuo que se había hecho pasar por clérigo. Tras la llegada de los americanos, se había ofrecido a testificar contra antiguos miembros de las SS a cambio de una elevada recompensa. En el proceso de Dachau llegó a describir los detalles exactos de los crímenes cometidos por cada uno de los 31 acusados, todos oficiales de las SS. Incurrió en innumerables contradicciones y no fue creído en la casación. Quien lo dice no es ningún autor revisionista sino el prestigioso semanario alemán Der Spiegel en su edición el 16.02.1950, reproducida en la actual web del medio (http://www.spiegel.de/spiegel/print/d–44447388.html).

El episodio entra dentro de la gama de ataques a la sexualidad de los adversarios que se suele utilizar en operaciones psicológicas. A poco que nos fijemos: Ghedaffi, Saddam Huseim, Mao Tsedong, el propio Hitler e incluso el káiser Guillermo II, tienen en común haber sido objeto de ataques muy similares. Incluso a Ghedaffi se le achacaba el ir rodeado de una especie de guardia personal femenina mientras estuvo en el poder. Cuando fue asesinado, se añadió un elemento nuevo a la historia: habitualmente Ghedaffi violaba a las mujeres miembros de esta curiosa guardia. Otro tanto se dijo de Saddan. 

Es fácil establecer que la figura de Ilse Koch (y de su suicidio) y algunos aspectos de su proceso fueron aprovechados para construir a la protagonista de Ilse, la loba de las SS y, a su vez, el recuerdo de los pulp–stalag fue recuperado para elaborar el personaje de Hessa. La secuencia de las fechas permite establecer:

            1967 – Suicidio de Ilse Koch en prisión.

            1974 – Estreno de la película Ilse, la loba de las SS.

            1975 – Aparición en Italia de los cómics de Hessa (llegada a España, 1976).

La edición española apareció en 1976 publicado por Ediciones Elviberia, empresa radicada en Madrid que aprovechó la primera oleada de pornografía tras la muerte de Franco. Su venta estaba prohibida a menores de 18 años, tenía formato libro (17x12 cm) de 132 páginas impresas en blanco y negro y estaba encuadernado en rústica. Su aparición era mensual y estaba considerada como “Colección numerada de historietas”. Los primeros ejemplares se vendieron al precio de 40 pesetas y los últimos a 50. Llegaron a aparecer 36 ejemplares. Los primeros números, a la vista de la clasificación, se vendían retractilados para evitar que los menores los pudieran ojear en el kiosco. Más tarde pasaron a ser considerados como “publicación para adultos” y el relajamiento de la censura hacia 1977 hizo que los últimos números ya no se retractilaran.

La edición original había sido publicada por Edizioni ErreGi, editorial italiana especializada desde los años 60 en publicación de cómics (fumetis) eróticos, semipornográficos, pornográficos y de carácter sado–masoquista. A mediados de los años 70, Hessa fue el principal producto de la editorial. Durante los 70 y en buena parte de los 80, la industria italiana del cómic erótico gozó de gran prestigio social cuando algunos de los mejores dibujantes de aquel país (Hugo Prat, Milo Manara, Guido Crepax, Vittorio Giardino, etc.) aceptan crear historietas gráficas de temática erótico. En ese tiempo, Hessa no fue el único subproducto pornográfico de esta empresa, apareció junto a otras revistas como Lucifera, Belzeba, Zora la vampira, todos ellos de una calidad gráfica bajísima, estereotipados como los stalags y los pulps originarios y producidos y vendidos masivamente.

La editorial que los publicó todavía existe, si bien ha cambiado de nombre, llamándose hoy Ediperiodici. Renzo Barbieri (1940–2007) y Giorgio Cadevon fueron sus impulsores, dibujando el primero parte de la producción de la empresa. En 1972, Cavedon compró la totalidad de la empresa mientras que Barbieri fundará EdiFumetto. Las ventas de Hessa alcanzaron sus máximos históricos en Italia hacia 1974–76 (coincidiendo con la oleada de antifascismo promovida por el PCI y la extrema–izquierda y en plenos “años de plomo”).

Sin embargo, a diferencia de los stalag en Israel que lograron un éxito de masas y a cuyo “calor” se formaron los adolescentes hebreos de entre 1960 y 1965, lo cierto es que esta otra pornografía antinazi que apareció en la Europa del Sur en los años 70, distó mucho de alcanzar el mismo éxito. En Italia debió competir con otras muchas series pornográficas y coexistir con revistas eróticos y pornográficas de cierta solera que habían ido abriéndose paso desde los últimos años 50, irrumpiendo decididamente en los 60, especialmente a partir de la “revolución sexual”. Despertó un interés muy secundario, especialmente porque los amantes del cómic permanecieron ajenos a un material de tan ínfima calidad y porque en ese mismo país apareció el fenómeno del cómic erótico de la mano de dibujantes de primera fila.

Algo parecido ocurrió en España en donde todos estos subgéneros irrumpieron solamente a partir de los primeros meses de 1976, pero lo hicieron masiva y desordenadamente debiendo competir con cientos de productos que, bruscamente, aparecieron como hongos a lo largo de toda la geografía nacional.

En realidad, la aparición de estos productos solamente afectó a las “novelas del oeste” o a los pulps policíacos que hasta entonces eran leídos masivamente e incluso a las fotonovelas, género que intentó renovarse yendo al paso con la pornografía pero que apenas consiguió sobrevivir unas semanas más a su liquidación casi total. Hay que recordar que, en aquellos momentos, la irrupción de la pornografía parecía estar unida a la recuperación de las libertades políticas y era, sobre todo, asumida como uno de los primeros logros de la “democracia”, una democracia que, obviamente no podía ser sino antifascista.

En ese contexto, aparentemente, una publicación como Hessa (en la que se presentaba a una bruja pervertida cuyas convicciones políticas eran nacionalsocialistas) hubiera debido tener mucho más éxito del que tuvo. La mala calidad de los dibujos y la pobreza argumental de los guiones, por sí mismos, no explican su escasa repercusión, en cambio, el momento en el que apareció caracterizado por una salida masiva a la superficie de cientos de publicaciones, cómics, eróticos y pornográficos, nos ponen en la pista de por qué desapareció pronto. Más o menos, las causas de que el fenómeno se deshinchara son las mismas que ocasionaron la irrupción, el auge y la caída de las película de Naziexploitation: había demasiados productos para un público poco predispuesto. Era una literatura para adolescentes… pero que no llegaba a los adolescentes sino que la calificación oficial le atribuía un carácter “para mayores”. Y los “mayores” preferían otros productos…

lunes, 17 de mayo de 2021

Un subgénero cinematográfico De la pornografía antinazi a las novelas “stalag” (6 de 8) - El origen judío de las novelas pornográficas sobre el “holocausto”

Yehiel Feiner De–Nur había permanecido durante dos años en Auschwitz y sobrevivió a pesar de que algo pareció haberse roto en su cerebro. Fue autor de lo que se considera como el precedente de los relatos stalags que firmó con el seudónimo de “K. Tzenik” (en hebreo “campo de concentración”) y de “Karl Zetinski” (nuevamente las iniciales son KZ). En 1955, Tzenik había publicado La casa de muñecas que narraba la historia de la hermana del autor convertida en “esclava sexual” en Auschwitz y a la que situaba concretamente en el Bloque 24. El libro es histórico, no por su contenido, sino en la medida en que se trató del primer relato escrito en hebreo sobre Auschwitz y fue difundido masivamente en medios populares. K. Tzenik había abierto la puerta por la que luego circularían los demás escritores de stalags.

Hoy, La casa de muñecas, es considerada como una “ficción pornográfica”. Ningún investigador judío serio ha encontrado razones para considerar la obra de Tzenik más allá de cómo una narración pornográfica de escasa calidad. El investigador del Yad Vashem, considerado como autoridad en materia de “holocausto”, Na’ama Shik, judío y doctor en historia, afirma taxativamente que el relato de K. Tzenik era “pura ficción” y que “no había prostitutas judías en Auschwitz”, entre otras cosas porque la legislación nacionalsocialista había prohibido las relaciones sexuales entre judíos y nazis… todo lo cual no es óbice para que K. Tzenik, aún hoy, sea considerado por muchos judíos como autor de “narraciones históricas” y sus textos leídos en las escuelas israelitas.

De–Nur murió de cáncer en 2001, pero el momento álgido de su vida fue cuando declaró el 7 de junio de 1961 ante el tribunal que juzgó a Adolf Eichmann y allí, entonces, se supo que era el autor que había firmado su libro con el seudónimo de “K. Tzenik”… Toda la televisión mundial mostró su declaración como la de un internado en Auschwitz, al que calificó literariamente como “planeta de cenizas”. Antes de que pudiera responder a las preguntas que el fiscal había preparado para él, pareció evidenciar malestar y se levantó de la silla; el juez le ordenó que se volviera a sentar y, justo en ese momento, cayó desmayado y convulso… Luego le fue imposible completar su declaración. Esta declaración se presentó como muestra de las consecuencias psíquicas que tuvo el internamiento en los campos de concentración.

La casa de muñecas describe lo que llama “Joy Division”, el sistema ideado por los nazis para convertir a mujeres judías en esclavas sexuales en los campos de concentración. Y es entonces cuando alude a su hermana y la convierte en protagonista afirmando que no sobrevivió a estas experiencias. Sin embargo, el historiador judío Tom Segev, especializado en las repercusiones sociológicas del “holocausto” denunció que De–Nur jamás tuvo una hermana. Luego, en 1961, justo mientras se abría el proceso contra Eichman volvió a sacar un nuevo relato, Piepel, en el cual describe como los nazis abusan de niños pequeños judíos. Y en esta nueva obra, su hermano es presentado como uno de estos menores torturados. Hacia 1976 se sometió a psicoterapia psicodélica, entonces de moda en Israel, y que incluía la utilización de LSD, una droga alucinógena. Al parecer vivía en un estado de permanente depresión sufriendo constantes pesadillas. Las experiencias alucinógenas las resumió en su libro Shiviti (palabra derivada del salmo 16 de David y que quiere decir algo así como “He visto al Señor delante de mí”.

Los relatos stalag o la pornografía judía de los 60

Los campos alemanes para prisioneros de guerra aliados eran conocidos como Stammlager, y de manera abreviada, como Stalag, y estaban sometidos a la Convención de Ginebra de 1922 y en ellos solamente había cabida para militares, nunca para detenidos políticos o civiles. Existían “stalags” para oficiales, suboficiales y para tropa. Se suele aceptar que, aparte de las privaciones propias de todo conflicto, la vida en los “stalags” era digna y aceptable y no se cometieron abusos. Se produjeron fusilamientos cuando se dieron situaciones previstas en la Convención de Ginebra y no hay que confundir estos campos de concentración con aquellos otros en los que fueron encerrados personal no uniformado que, por algún motivo, era considerado como un peligro por el III Reich.

En los años 60, un tipo de novela similar al “pulp” norteamericano, irrumpió en el Estado de Israel recibiendo precisamente el nombre “stalag”. Como se sabe, el “pulp” es una historieta de distintos géneros, encuadernada en rústica, de alta tirada, argumentos simples, que empiezan a aparecer en el primer tercio del siglo XX y se prolongan hasta los años 60 en los EEUU. Las historias eran gráficas y extremadamente sencillas, adaptadas para un público poco exigente.

Vale la pena recordar que la mayoría de judíos encerrados durante la guerra en los campos de concentración no fueron combatientes regulares, sino resistentes o población civil que, por cualquier motivo, en especial su posibilidad de que se vincularan a la resistencia antinazi en los países ocupados y en la propia Alemania, habían sido deportados. No hay, pues, que confundir el universo concentracionario que albergó a los judíos con los “stalags” diseñados para albergar presos procedentes de los ejércitos regulares aliados… Sin embargo, este fue el nombre de estas novelas populares que aparecieron hacia principios de los años 60 en el Estado de Israel.

Se trataba de relatos pornográficos en los que los prisioneros eran torturados y sufrían las iras de sus guardianes, frecuentemente mujeres de las SS que los utilizaban sexualmente. Obviamente, también los hombres de las SS aparecían como sádicos torturadores en unos relatos en los que las connotaciones sadomasoquistas eran explícitas y constituían el leit–motiv y el rasgo más evidente de estos relatos.

La existencia de estos pulps–stalags parecen hoy completamente increíbles: pensemos que solamente quince años después del desenlace de la guerra, en el propio Estado de Israel se había generado una literatura frívola y pornográfica, de carácter sado–masoquista que utilizaba el sufrimiento de las víctimas, e incluso que caricaturizaba este sufrimiento, derivándolo hacia el sendero de la pornografía más baja y de peor calidad. Durante algo más de dos años, no hubo nadie que impidiera esa literatura en el Estado de Israel, a pesar de que obviamente lesionaba y denigraba la peripecia sufrida por buena parte de los ciudadanos que en aquel momento constituían ese mismo Estado y que habían pasado los años 1939–45 como residentes de los campos de concentración. El mal gusto que hoy generan todas esas publicaciones no son nada comparado con el que debían generar en los años 60, especialmente entre los antiguos detenidos judíos y, no digamos, entre quienes habían perdido a algún familiar… y, sin embargo, esos pulps se pudieron difundir sin dificultades. Fue así como el “holocausto” se banalizó en el propio Estado de Israel.

Tener presente este tipo de literatura es básico a la hora de entender porqué quince años después, dejaban de ser literatura “popular” judía y la misma temática pasaba a la cinematografía en un subgénero de dudoso gusto y muy mediocre ejecución. La inflación de películas de subgénero nazi–pornográfico en los años 70 y 80, no se puede explicar sin recurrir antes a estos stalags que fueron sus precedentes y las fuentes primarias de inspiración. De hecho, nadie en la época se habría atrevido a filmar porno–antinazi, frivolizando especialmente el tema del “holocausto”, de no haber aparecido antes estos pulps–stalag precisamente en el Estado de Israel.

La historia de los stalag ha sido cuidadosamente ocultada durante décadas y en la época en la que aparecieron (primera mitad de los años 60), las noticias que llegaban a Europa sobre Israel aludían a otros temas mucho más importantes y significativos que estas novelas populares. La atención de la opinión pública en relación a Israel estaba centrada en el llamado “proceso Eichmann”.

En efecto, el 11 de mayo de 1960, en la zona norte del Gran Buenos Aires, había sido localizado y secuestrado por el Mosad, un ciudadano alemán con documentación falsa a nombre de “Richard Klement”. El secuestrado resultó ser Adolf Eichmann un alto oficial de las SS especializado en la “cuestión judía” (véase la Revista de Historia del Fascismo, nº V, dossier: Cuando las SS negociaban con Israel). El 20 de mayo despegó clandestinamente de Ezeiza con destino a Haifa. De nada sirvió que el embajador argentino ante la ONU denunciara la operación como una grave violación de la soberanía argentina y una burla a las leyes internacionales. Poco después se iniciaría el proceso y Eichmann sería, finalmente condenado y ejecutado, el 31 de mayo de 1962. Pues bien, fue durante ese mismo período (1960–1962) cuando se produjo el período “dorado” de los stalags. Luego decaería y hacia 1965 se trataba ya de una literatura a olvidar e incluso a ocultar su propia existencia.

Como todas las literaturas populares, los relatos stalags parecen casi todos cortados con el mismo patrón (si la fórmula tiene éxito ¿para qué modificarla?). En realidad, los propios autores a los que ha sido posible localizar actualmente (en 2007 la TV hebrea realizó un documental sobre este tema titulado Stalags, holocausto y pornografía en Israel del que hemos extraído lo esencial de información para esta parte del artículo) reconocen que apenas se limitan a modificaciones de aspectos muy secundarios, pero que nunca afectan a la línea central de los relatos. Estos tratan de aviadores norteamericanos que deciden realizar alguna acción bélica contra el poder militar alemán pero son derivados y encerrados en un stalag dirigido por mujeres exuberantes y crueles de las SS que los torturan, los utilizan sexualmente, los violan, aunque, finalmente, es el piloto norteamericano, símbolo de la virilidad masculina en la época, el que se resarce de tanto sufrimiento infringiéndoles a ellas idénticos castigos. La moraleja es que la aplicación de la Ley del Talión genera una especie de equilibrio cósmico en la que los efectos del mal son, finalmente, anulados y quienes lo han generado sucumben inevitablemente.

Variará la descripción del látigo, variarán las torturas, variará si el piloto es de Arkansas, Vermont o Alabama, variarán los castigos y su secuencia… pero todo lo demás, la estructura general del relato, permanecerá inalterable y constante como en cualquier otra saga de “novelas populares”.

Los libritos serán de pequeño formato (muy parecidas a las novelas “del Oeste” que florecieron en España en los años 50 y 60), impresas en un papel de ínfima calidad y con unas portadas suficientemente explícitas sobre lo que aguarda al lector: porno de alto voltaje, violencia, sadismo y crueldades sin fin en cada una de las páginas.

Hasta no hace mucho, los autores de todas estas obras han permanecido en secreto voluntario y los editores se han negado a prestar declaraciones. Era evidente que, una vez pasado el baño de masas, por su misma temática, la tosquedad en el desarrollo de las tramas y su contenido ominoso y ofensivo para los que vivieron en los universos concentracionarios de uno y otro bando, esta literatura era repulsiva y estaba llamada a ser condenada por la opinión pública. De hecho, el final de la misma se produjo cuando la magistratura hebrea llevó ante los tribunales al autor de Yo fui la puta del coronel Schultz que terminó siendo retirada de los kioscos por la policía.

Las novelas están escritas sin talento e incluso llama la atención que los partidarios de este género que han florecido con el nuevo milenio, coleccionistas de pornografía y erotómanos atraídos por los complejos sado–masoquistas, intenten ver “belleza” o “literatura en descripciones pobres, reiterativas, frases mal construidas y tosquedad argumental. Los autores y los editores que han podido ser identificados por los especialistas en la materia, sostienen, todavía hoy, que todo aquello ocurría habitualmente en los campos de concentración nazis y que, precisamente por eso, lo denunciaban a las jóvenes generaciones: nada de lo narrado se presenta, pues, como inventado o fruto de una pobre y obsesiva imaginación erótica, sino como hechos que sucedieron realmente.

De hecho toda esa literatura floreció, como hemos dicho, durante el proceso a Adolf Eichmann. El proceso fue escenificado con los habituales efectos grandguiñolescos (desmayos de testigos, rabinos judíos expulsados de la sala en momento álgidos del proceso, coups de thèatre y una sentencia final, esperada desde el principio del proceso) y la única duda que asalta es si las novelas stalag aparecieron para reforzar deliberadamente los efectos del proceso generados a modo de “operación psicológica”, o bien fueron el resultado de editores avispados, autores poco dotados para una literatura “seria” y un público ávido de emociones fuertes, los que aprovecharon la coyuntura del proceso Eichmann para lanzar y consumir estos subproductos pornográficos.

Se suele olvidar que en los circuitos pornográficos da la sensación de que los judíos están sobrerrepresentados. Obviamente se trata de judíos de raza que han abandonado la sinagoga (excepcionalmente restrictiva y exigente en materia de sexualidad, tal como las otras dos religiones abrahámicas lo son también). No es éste ni el medio, ni el lugar para realizar un estudio sobre la “pornografía hebrea”, pero si en Google se colocan las palabras de búsqueda “pornografía+judíos” aparecen en lengua castellana 1.200.000 entradas. Sin duda, no es por casualidad, que en una serie tan inofensiva, pero crítica, como The Simpsom’s, Krusty, el payaso, no solamente sea judío, sino también un gran consumidor de pornografía. La lectura que hacen los antisemitas de datos como este es errónea en la medida en que la pornografía no es, desde luego, una técnica para “controlar a los goyms” como sostienen, sino que también en el propio Estado de Israel, es decir, entre las filas judías, la pornografía ha causado estragos y quizás más que en ningún otro lugar. A fin de cuentas, los mismos stalags, adaptados y reconvertidos en novelas de guerra con tintes pornográficos al estilo de Hessa o de Los crímenes sexuales de la Gestapo, llegaron a Europa durante los años 70 y apenas pudieron mantenerse en los 80, pero, evidentemente no dejaron ni el más mínimo recuerdo e incluso el impacto de películas como las que describimos en este artículo fue extraordinariamente benigno y reducido a franjas freakys propias de toda sociedad moderna, excepcionalmente restringidas. En cambio, fue toda una generación joven en Israel –la que tenía entre 14 y 20 años durante los años 1960–1965– la que se nutrió de este tipo de literatura popular. Así pues, los propios judíos suelen ser las primeras víctimas de fenómenos seudo culturales en los que están implicados sus co–nacionales.

En un nuevo estudio presentado por la Universidad Bar–Ilan, dirigido por el doctor Dr. Yaniv Efrati, se demostró que las adolescentes judías ortodoxas y haredi (judíos ultra ortodoxos, literalmente “los que temen a Dios”) son casi dos veces más propensas a ver porno en Internet que las muchachas judías de su misma edad y laicas. La investigación se realizó entre 500 estudiantes con objeto de “medir su exposición a internet” y los “conflictos sexuales” que podían aparecer. El estudio reveló que el 33% de las chicas ortodoxas y haredi ven habitualmente porno en Internet, mientras solamente lo hace el 17% de las adolescentes laicas. Así pues, no hay “conspiración”, sino simplemente un esquema mental producto de las visiones sádicas y apocalípticas que acompañan descripciones de episodios del Antiguo Testamento que generan una psicología particularmente retorcida. Las creencias religiosas se ven reforzadas por pornografía sado–masoquista en la medida en que la enseñanza religiosa tiende a mostrar un rostro sádico de Yahvé en episodios como las doce plagas, los sufrimientos del “pueblo elegido”, la historia del “santo Job”, y un largo, larguísimo.

No es raro, por lo demás, que Hugh Heffner, fundador de Play–boy, sea de origen judío como otros muchos empresarios conocidos del sector: siempre se da la misma característica, se trata de judíos de origen, no de judíos de religión. Da la sensación de que cuando el judío se ve libre de su religión, da rienda suelta a lo que ha estado reprimido hasta ese momento en unos casos o bien, al haber renunciado a su propia tradición se cree obligado a destruir cualquier otra tradición (caso de los humoristas judíos del que Krusty el payaso es arquetipo, cuya ironía está orientada a demoler cualquier visión conservadora). Sea como fuere, los stalags son una rareza del alma judía que, promocionados como “operación psicológica” o surgidos voluntariamente de mentes judías retorcidas, alcanzaron en Israel más impacto y seguidores en la opinión pública que en cualquier otro lugar del mundo.

En los años 60, el Estado de Israel era extremadamente conservador y puritano (todavía no había llegado allí ni la minifalda, ni la píldora anticonceptiva, ni siquiera el bikini, ni, por supuesto, la “revolución sexual” que, desde California iba a arrasar el conservadurismo sexual en todo el mundo apenas unos años después). En el Israel de la época no había más literatura erótica que la ofrecida por los relatos stalag, de tal manera que los adolescentes atraídos por el sexo y que “buscaban”, terminaban inevitablemente leyendo estas novelas.

Se ocultaba por todos los medios que los autores fueran judíos. Aparecían como traducciones de libros publicados en EEUU, a pesar de que habitualmente en la mancheta de edición se aludía “Autor–Traductor”. Así pues, los autores se escondían bajo nombres ficticios, pero era significativo el énfasis que ponían en que el redactado pareciera, efectivamente, como si se tratase de una traducción: las frases eran complicadas, propias de una traducción realizada rápidamente. El éxito acompañó a ese estilo. En 1960, se llegaron a vender 80.000 ejemplares semanales de cada una de estas publicaciones, lo que en la actualidad y a la vista de la densidad de población de Israel en 2020, equivaldría a 1.000.000 de ejemplares.

El relato Stalag 13 fue, sin duda la que alcanzó más difusión. A la vista del éxito siguieron Stalag 3, Stalag 190, y, por supuesto, Yo fui comandante de un stalag cuya portada remitía directamente a Hitler aunque el protagonista del relato fuera una traslación de la figura con la que el fiscal había presentado a Eichmann durante su proceso: funcionario, indolente, dispuesto siempre a cumplir no importa qué tipo de órdenes. El propio autor, localizado para el documental mencionado explicó que el proceso “hizo de raqueta” y multiplicó en espiral los efectos de la pelota lanzada, la novela stalag.

Puede decirse que los stalags murieron de éxito. Uno de los editores explicó que “cada día salía un nuevo número cada vez más extremo que el anterior”. El autor de algunas de estas novelas, Nachman Goldberg llegó a escribir varias sobre canibalismo e incesto. Pronto los temas se agotaron y las variaciones eran tan mínimas que casi resultaban imperceptibles. El proceso Eichmann pasó, y las nuevas orientaciones del género no suscitaron el mismo entusiasmo.

El mismo autor, Goldberg, tras la ejecución de Eichmann, pensó si no sería bueno desplazar el eje de atención a la Alemania de la época e inició una serie: Vengadores israelíes en Alemania, algunos de cuyos títulos son ilustrativos: El día más corto o El hombre que esquivó a un mísil... Ahora eran judíos los que viajaban a Alemania a buscar a antiguos criminales de guerra y copulaban con alemanas. Algunas eran novelas en las que se reconocía la existencia de mafias judías en Europa e incluso se aludía a gansters judíos que no habían estado en los campos de concentración pero que, habitualmente, hacían en gesto de remangarse la manga de la camisa para mostrar el número tatuado en su antebrazo, número que nunca enseñaban, pero cuyo gesto bastaba para generar respeto en otros judíos. Era novela, pero indicaba también cómo estaban las cosas. 

En aquellos momentos posteriores a la ejecución de Eichmann que había dejado un sabor agridulce en la sociedad hebrea (muchos hebreos habían visto aumentar su complejo de culpabilidad con el pensamiento “¿Cómo fue posible que otros muchos no sobrevivieran y yo si?” y –tal como explica el documental realizado por la TV hebrea y, por tanto, incuestionable en este aspecto– no entendían porqué, habiendo sido encerrados en los mismos campos de concentración no habían sufrido consecuencias tan atroces como habían desgranado los testigos presentados en el proceso Eichmann.

En realidad, este tipo de relatos (que realmente podemos considerar como la “segunda generación” de los stalag) tenían otro leit–motiv diferente. Si el de los stalag de primera generación, el erotismo y la iniciación sexual de los adolescentes especialmente atraídos por las prácticas sadomasoquistas, constituían el eje central de los mismos, y la conclusión final era las bondades de la Ley del Talión, en estos otros la idea de la “venganza” es central, desde principio a fin. Los relatos stalags generaron un desmesurado interés en la juventud del estado israelí, hasta el punto de que muchos de ellos, una vez llegados a la madurez confesaron antes las cámaras un explícito deseo de poder ser el pobre prisionero sometido a la voracidad sexual de una fanática y voluptuosa nazi. No sólo eso, sino que reconocían que, en una situación así, jamás hubieran tenido intención de abandonar el stalag

Sólo uno de estos relatos fue censurado: el que muestra a una madre alemana casada con un padre judío, cuyo hijo identificado con el judaísmo retorna para violarla y torturarla. Aquello fue mucho más de lo que el conservadurismo judío de la época podía consentir. Así que el autor y el editor fueron llevados a los tribunales. Otro no se pudo difundir a causa de la crudeza extrema de todo lo que narraba, el ya mencionado, Yo fui la puta particular del coronel Schultz, cuya tirada fue completamente destruida.

Una jueza israelí que llevó estos casos en los tribunales, explicó a los realizadores del documental citado que los editores y autores presentaban todas aquellas aberraciones como si realmente hubieran ocurrido (después de lo dicho por varios testigos durante el proceso Eichmann todo parecía ser posible), pero la propia jueza reconocía que nada de todo aquello había existido y que todo, absolutamente todo, era el producto de “mentes judías enfermas”.

En aquella época existían distintos semanarios judíos de información general, habitualmente realizados de manera tosca y con una pobreza de medios de composición y de soporte, verdaderamente significativo de las privaciones del Estado de Israel en esos primeros años de existencia. Era significativo que en esas publicaciones tipo magazine durante los años 60–62 tuvieran en la portada una imagen de las novedades que se iban produciendo en torno al proceso Eichmann, mientras que en la contraportada mostraban el anuncio habitual de una novela stalag. El horror se mezcló con el sexo. No era la primera vez que así ocurría.

 

jueves, 13 de mayo de 2021

Un subgénero cinematográfico De la pornografía antinazi a las novelas “stalag” (4 de 8) - Los arquetipos del género (II). Salón Kitty de Tinto Bras

En 1976 se estrenó una película con ambiciones, Salón Kitty, dirigida por Tinto Bras y que recogía parte de la herencia preciosista de La caída de los Dioses de Luchino Visconti. La película se proyectó en pantalla grande, beneficiándose de los grandes circuitos de distribución y de algunos activos (como la presencia del más que mediocre y excesivamente acaramelado Helmut Berger). Así mismo, a diferencia de otras cintas propias del subgénero realizadas con escaso presupuesto, Salón Kitty fue, verdaderamente, una superproducción que no ahorró medios ni para la contratación de actores, ni para la promoción posterior al montaje. La película es reseñable porque a partir suyo se filmaron otras muchas secuelas, convirtiéndose, como Ilsa: She Wolf of the SS, en modelo y paradigma del subgénero. Así pues, Salón Kitty es importante, no sólo en sí misma, sino porque preparó la irrupción de cintas de calidad y presupuesto mucho más bajos, constituyendo un modelo para producciones que convirtieron la cartelera de la segunda mitad de los años 70 en un bazar de imitaciones, más o menos desafortunadas y siempre, inevitablemente, de pésima calidad y mediocre realización, aptas hoy solamente para coleccionistas del género de Naziexploitation y para amantes del freakysmo cinematográfico.

Al parecer hubo un establecimiento de prostitución en los años 30 regentado por una tal Kitty Schmidt y situado en el número 11 de la Giesebrechtstraße de Berlín. Inicialmente se llamó Pensión Kitty, pero en 1933 cambió el nombre. De todas formas, todo lo que se sabe sobre este local hay que someterlo a caución. En efecto, muchos de los datos publicados son producto de la propaganda anti–nazi. Así, por ejemplo, en el libro Mujeres espía de Laura Manzanera (Editorial Debate, Barcelona 2008, pág. 350–353) se cuenta que el burdel pasó durante un tiempo bajo control del SD y que se grababan todas las conversaciones entre clientes y prostitutas. Esa obra fabula sobre el deterioro de las relaciones entre Hitler y el Conde Ciano aduciendo que se produjo precisamente por eso (cuando es suficientemente conocido que tal deterioro se debía a la oposición de Ciano a entrar en guerra junto a Alemania), así mismo se cuenta que el general SS Sepp Dietrich pidió las 20 chicas para él solo o que la operación fue dirigida por Walter Schellemberg quien se negó, tras la guerra, a entregar las 25.000 fichas recogidas a los aliados y, finalmente, se cuenta que Kitty Schmidt murió en 1954 sin haber revelado nada de toda aquella operación… En otro libro se cuenta que Kitty Schmidt trabajaba para los aliados y que temerosa de ser descubierta huyó a Holanda siendo detenida en el camino (La historia más curiosa, Alberto Granados, Editorial Aguilar, Madrid 2006, pág. 106). En otras ocasiones se añade que Kitty transfería grandes sumas de dinero a bancos británicos a través de refugiados judíos a los que ella misma ayudaba a pasar la frontera y que éste fue el motivo por el que cedió a las presiones del SD y convirtió su burdel en un centro de espionaje…. No faltan narraciones que hacen de Kitty Schmidt una fanática nazi, ni otras incluso que la consideran como judía “colaboracionista” con los nazis por miedo. En definitiva, todo está envuelto en brumas de leyenda y, lo que es peor, todos estos datos están presentes y fueron extraídos de una novela.

Kitty Schmidt era, en realidad, Catherina Zammit y parece que, efectivamente, sí existió un burdel con ese nombre en Berlín–Charlottenburg en la tercera planta del número 11 de la Giesebrechtstraße que resultó destruido durante los bombardeos angloamericanos a la capital del Reich. Pasó la guerra, el edificio se reconstruyó y la hija de Catherina y luego sus nietos siguieron con el burdel en funcionamiento hasta principios de 1990 cuando el negocio decayó y el nieto de la fundadora lo transformó en albergue para inmigrantes en busca de asilo. Los vecinos protestaron y, poco tiempo, después cerró. Eso es todo lo que se sabe de cierto; el resto es material novelado escrito por Peter Norden en su obra de ficción Salon Kitty. Report einer geheimen Reichssache (Limes–Verlag, Wiesbaden u. München 1976).

Y es precisamente esta novela la que lleva al cine Tinto Bras, director italiano especializado en cine erótico–pornográfico cuyo relativo prestigio deriva del éxito de la película Calígula (1979). Él mismo ha definido Salón Kitty como un “poema erótico”, algo que, como mínimo, parece excesivo. Quizás el elemento más original de la película sea la utilización de espejos en algunas escenas, a pesar de que, tanto en esta como en otras producciones suyas, se percibe claramente que experimenta un fetichismo particular hacia el vello púbico. Salón Kitty no es la única novela erótica que Tinto Bras ha llevado al cine: ha realizado el mismo tránsito en L’uomo che guarda de Alberto Moravia, Le Lettere da Capri de Mario Soldati, y en otras tres ocasiones más (su mismo Calígula se basaba en un guion de Gore Vidal), novelas en las que el erotismo juega un papel destacado. Desde los años 80, se ha situado políticamente entre los “radicales” italianos.

Lo primero que se percibe al visualizar esta película es el intento de situarse tras el surco abierto por Luchino Visconti con su La Caída de los Dioses. Dos son, en efecto, los actores presentes en el filme viscontiniano que repiten: Helmut Berger e Ingrid Thulin, que encarnan respectivamente a Walter Schellemberg jefe del SD, en la cinta Walter Wallemberg, y a Kitty Schmidt, para la ocasión Kitty Kellermann. Berger está, como siempre, inexpresivo y amanerado ejerciendo una vez más de icono gay de los años 70. La Thulin salva la película introduciendo su arte interpretativo y su capacidad para asumir los papeles que le encargan. El guion es débil y la dirección de Bras excesivamente lenta, añadiendo pesadez y falta de ritmo a su proverbial barroquismo.

Lo que intenta transmitir la novela y la cinta es que el régimen nazi era dictatorial y consideraba la sexualidad como una forma de controlar a la población e incluso a los cuadros destacados del mismo régimen. Nada mejor que un burdel para conocer en esas horas de relajación la verdadera opinión de los visitantes. El tema sirve para mostrar cómo el III Reich intentaba controlar las conciencias utilizando incluso la sexualidad. La novela empieza con una redada de la Sittenpolizei berlinesa en la que resultan arrestadas cientos de prostitutas; entre éstas se seleccionarán a 20 que serán adoctrinadas por las SS y adiestradas en los métodos para sonsacar opiniones a sus clientes. Estas prostitutas formarán un grupo aparte en el Salón Kitty a las que se les reservará cierto tipo de clientes. Bras, por supuesto, es un cineasta “progresista” y, por tanto, tiende a presentar a las prostitutas como “colaboradoras inocentes” del “infame” SD. En efecto, las chicas ignoran que sus conversaciones están siendo grabadas. La propia Kitty y sus prostitutas son presentadas como mártires antinazis. Cuando un cliente utiliza la frase “Vengo de Rothenburg”, Kitty les muestra el book en el que aparecen las 20 prostitutas seleccionadas por la seguridad del Estado.

La película fue vapuleada por la crítica y supuso un punto de inflexión en la carrera de Helmut Berger que, a partir de ese momento, dejará atrás las refinadas películas viscontinianas en las que participó para asumir producciones cada vez de más bajo nivel y terminar filmando incluso con “Jess Franco” (Jesús Franco) una más que olvidable cinta (Faceless, los depredadores de la noche). En lo que a Ingrid Thulin se refiere, también para ella su carrera terminó allí. Después de Salón Kitty no filmaría más que una sola película ocho años después.

Los subproductos del Salón Kitty

El hecho de que la película contara con el favor de las distribuidoras y se proyectara en las mejores salas de exhibición de la época, no pudo evitar que fuera un fracaso comercial. Sin embargo, se trató de una coproducción en la que se había invertido mucho dinero y medios y que arrastró a otros productores menores a seguir por el mismo camino… con presupuestos incomparablemente menores. En otras palabras, si Salón Kitty sirvió para algo fue para reactualizar y revitalizar el subgénero de Naziexploitation.

Los rasgos de este subgénero, repetidos obsesivamente, son:

1.  Todas las cintas están ambientadas en el III Reich, en campos de concentración la inmensa mayoría y o en locales en donde las prisioneras son forzadas a ejercer la prostitución; en ocasiones de lo que se trata es de realizar con las presas experimentos pretendidamente científicos y auténticamente sádicos.

2. Como en todas estas películas, la escena cumbre que indica que se trata de una película de pretendido alto voltaje erótico es la revista a las presas recién llegadas al campo de concentración… que aparece en todas, absolutamente todas, las películas de este subgénero.

3. Los personajes están pintados a brochazos, con rasgos excesivamente maniqueos: los malvados (guardianes, SS) son incapaces del más mínimo rastro de compasión y de un solo pensamiento honesto; los “buenos” (presos) carecen de cualquier egoísmo, valientes hasta la temeridad incluso en la tortura, están dispuestos a darlo todo por sus compañeras y compañeros de infortunio.

4. Las escenas de violación son igualmente explícitas y se repiten con crecientes dosis de violencia. Habitualmente se trata de violaciones colectivas y, siempre el sexo es explícito y está mucho más próximo a las cintas pornográficas que a los estándares eróticos.

5. Los reconocimientos médicos a las prisioneras suelen ser el ingrediente insustituible en toda cinta de Naziexploitation que se precie.

6.  El reparto es siempre el mismo: guardianes sádicos, detenidas ingenuas e indefensas, malvadas guardianas lesbianas, oficiales de las SS afeminados y crueles, soldados pacifistas que terminan haciendo causa común con las presas y, finalmente, presas que hartas de abusos deciden responder a las agresiones y vengarse de sus agresores.

7.  Pocos son los directores que utilizan su verdadero nombre para firmar estas producciones como si fueran perfectamente conscientes de que están realizando cine–basura (el concepto de género de cine de explotación que justificaba todos estos subgéneros aparece con posterioridad) y evitan utilizar su propio nombre. Se trata, por tanto, de películas “alimentarias” realizados por directores que, por algún motivo, no han logrado destacar en otros géneros.

Sin ánimo de ser exhaustivos presentamos una breve lista de películas que se filmaron en la estela de Salón Kitty:

La larga noche de la Gestapo (1977).– Dirigida por Fabio De Agostini, director del cual no consta ninguna otra película y que, por tanto, hay que pensar que se trata de un seudónimo. El argumento sorprende por su desprecio a la verdad histórica y a toda muestra de rigor. Rudolf Hess y un grupo de generales del ejército y de magnates de la industria armamentística alemana, ponen en marcha una conspiración para derrocar a Hitler y no se les ocurre nada mejor que construir un burdel con prostitutas extraídas de la Gestapo para obtener información de los traidores al Reich…

 Casa privada para las SS (1977).– dirigida por Bruno Mattei (1931–2007), director italiano que habitualmente trabajaba con el seudónimo de “Vincent Dawn” y especializado en cine de exploitation. Sus dos primeras películas (SS Girls y KZ9 ambas de 1977) tienen como temática el porno anti–nazi. La película intenta describir a un grupo de fieles del III Reich que se proponen desarticular cualquier conspiración para derrocar a Hitler y, a la vista de que la oposición frecuentaba burdeles, contratan y entrenan a prostitutas para que los mantengan informados de cualquier trama en marcha. Si en Salón Kitty las prostitutas contratadas son 20, aquí, a causa del presupuesto apenas son 10 las que ejercerán de espías.

Bordel SS (1978).– dirigida por José Bénazéraf, cineasta argelino que desde 1962 ha rodado infinidad de películas porno. En esta ocasión se nos cuentan las aventuras de unos soldados alemanes en un burdel del París ocupado. Todo gira en torno a los amores de un capitán alemán con una prostituta; ambos, por supuesto, acabarán trágicamente. Cabe destacar que el papel femenino está encarnado por Brigitte Lahaie, que hasta los años 80 había participado en todo tipo de cintas porno, incluso con el director español Jess Franco en la mencionada Faceless, los depredadores de la noche junto a Helmut Berger.

La última orgía del III Reich (1977).– producida y dirigida por Cesare Canevari (1927–2012), actor, productor, regidor y montador italiano especializado en películas erótico–pornográficas de muy escaso interés, la penúltima de las cuales fue este subproducto inspirado en Salón Kitty. El guion, al menos, tiene la virtud de mostrar ciertas ambiciones: cinco años después de concluida la Guerra Mundial, el antiguo comandante de un campo de concentración, Conrad von Starker, se reúne con Lise Cohen, una antigua prisionera judía y recorrerán los lugares ya vacíos que constituyeron el escenario de su relación. Ella recordará las torturas y vejaciones a las que fue sometida por su amante, a base de flash–baks. Un subproducto más en el que una mujer presa, aceptar ser prostituida por miedo a las consecuencias de una negativa.

A pesar de que estas cuatro cintas (y seguramente alguna otra que se nos escapa de la que ni siquiera ha quedado constancia en las historias del cine), la última película introduce un elemento nuevo que en ese mismo momento estaba a punto de ser explotado por la primera entrega de la serie sobre Ilsa: el campo de concentración como escenario claustrofóbico de las secuencias de sadismo y torturas sexuales. A partir de entonces, ese elemento del campo de concentración coexiste con el burdel en el que agentes–prostitutas tratan de sobrevivir.