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domingo, 2 de septiembre de 2018

365 QUEJÍOS (126) - OFICIOS QUE VAN MURIENDO


Acabo de oír una música familiar: la del afilador. ¿Quién no la recuerda? (Para el que no la tenga presente, en youTube la podéis revivir). Me ha alegrado, francamente, porque creo que es uno de los pocos oficios que todavía sobreviven mal que bien. El afilador es necesario y, por algún motivo, sin duda porque conoce su oficio, sus trabajos son mucho más duraderos y de mejor calidad que los que podemos obtener afilando nosotros mismos nuestros cuchillos con una piedra comprada en los Todo a 100 chinos o con el mejor artefacto colocado por Amazon en nuestro hogar. Bien por los afiladores y me gustaría que su música estuviera siempre presente en las calles de mi Patria. Serían una excepción, porque de lo que me quejo es de que los oficios vayan desapareciendo poco a poco.

Se dirá que la importancia del artesanado es minúscula en la época de la producción en cadena y de los circuitos integrados en los que, estropeado un condensador, cuesta menos cambiar toda la placa que sustituir el elemento averiado. Pero es que, más allá del pragmatismo y del estadio actual de la producción capitalista (deslocalizada a países que viven todavía en la época del mandarinato), el ejercicio de un oficio enseñaba otras cosas. En la sociedad indo-europea (y mientras el número de africanos no supere al de europeos, esa es NUESTRA sociedad, esos son NUESTROS orígenes y esa es NUESTRA identidad) existía una triple división de funciones que dependía de la personalidad.

Por un lado estaban los que tenían un mentalidad meditabunda y estaban volcados a la introspección, eran la casta sacerdotal y cristalizaron en última instancia en ORDENES RELIGIOSAS. Por otro lado estaba la casta guerrera, abocada a la defensa de la comunidad y que agrupaba a gentes que llevaban el fuego en las venas y se habían dotado de unos valores de honor, lealtad y sacrificio. Estos cristalizaron en la Edad Media en ORDENES MILITARES. Finalmente, estaban aquellos otros que trabajaban con sus manos, era la “función productiva” que proveía a la sociedad de lo que necesitaba. En la Edad Media se organizaron en GREMIOS. Así era la sociedad trifuncional indo-europea descrita por Dumezil y de la que todavía quedan rastros.


No había un único modelo educativo: sino un modelo educativo para cada actividad (la meditación, la guerra, el trabajo). No había una sola forma de ser, sino tres, adaptadas a tres hipos humanos: aquel que da preferencia a la meditación sobre la acción, aquel que vive la acción en defensa de la comunidad y aquel que practica el trabajo para proveer a la sociedad de los bienes que necesita. Hoy puede rastrearse lo que era la educación en los gremios gracias a la institución del “compagnonage” que todavía subsiste en Francia; en las escuelas de los “compagnons” (gremios) no solamente se aprende el ejercicio de una profesión: se aprende un estilo, se transmite un carácter, se educa la voluntad.

Cualquier francés sabe que en Francia, si se contrata a un fontanero, carpintero, ebanista, albañil, cantero, cerrajero, etc, se estará contratando a un profesional eficiente y, además, a una buena persona. Y es tan importante que el profesional que metes en tu casa para hacer un trabajo, sea eficiente, sino que además, vale la pena que sea una persona educada en el valor de la honradez. Eso se enseñaba en los gremios: a vivir digna y honestamente y amar el trabajo que se está desempeñando. No había síndrome postvacacional en los gremios.

Todo esto ha desaparecido en la modernidad y con ella los oficios tienden a extinguirse. Es el tiempo de la fabricación en serie, del usar y tirar al primer problema. Los pocos oficios que subsisten, están en la modernidad, pero no son de la modernidad.

Y, sin embargo, son necesarios, porque nadie puede garantizar cuánto durará esta época de la abundancia y de la obsolescencia controlada de los productos. Hoy ya no necesitamos reparar nada porque es más barato comprar otra unidad exactamente igual y nueva. Pero ¿hasta cuándo? Es curioso, pero en España el pequeño comercio está agonizando… relativamente. Personalmente creo que vivimos una época dorada del pequeño comercio chino, pakistaní, marroquí… Lo que está en vías de desaparición es el pequeño comercio carpetovetónico. Sin embargo, los oficios si han desaparecido casi completamente, porque los recién llegados carecen por completo de formación profesional por mínima que sea. Y un buen artesano no se hace de un día para otro, ni se importa de países con otras materias primas y otros hábitos.

El día del Corpus, frente a la explanada de la Catedral de Barcelona, el obispado ofrece una misa para los gremios. Hace años que no tengo ocasión de ir (hasta no hace mucho un ateo como yo seguía yendo a la Misa del Gallo y a la Misa del Corpus, por tradición) a ese acto en donde el público está formado por personas ya jubiladas, todas con un estilo y un porte que no es habitual y que sorprende: no se han puesto de acuerdo, pero todos ellos visten modesta pero dignamente, todos tienen un comportamiento educado y mesurado, todos parecen gentes relajadas y prudentes, no hay “familias monoparentales”, suelen ir acompañados de sus esposas… son los últimos representantes de los, otrora poderosos, gremios barceloneses. Son los representantes de una Barcelona que fue y que ya no es, ni volverá a ser.

¿Entendéis de qué me quejo? De que la modernidad ha destruido las estructuras tradicionales, pero no ha sido capaz de crear otras nuevas que resulten estables, sino meras fantasías, fuegos fatuos, productos de un período de crisis: partidos políticos, sindicatos, ongs, tribus urbanas, bandas latinas, mafias… Voy a buscar un par de cuchillos para que me los afilen y a ver si me hace un presupuesto para la katana.

domingo, 13 de mayo de 2018

365 QUEJÍOS (14): ESAS DEVOLUCIONES DEL CAMBIO MAL DADAS



Me quejo de que la tasa de errores a la hora de devolver el cambio en los comercios está subiendo desmesuradamente en los últimos años. Compras una barra de pan que cuesta ochenta céntimos, pagas con un billete de cinco euros y te devuelven dos veinte euros… ¿Y los otros dos euros? Pueden ocurrir dos cosas: que lo adviertas o que no lo adviertas. Lo sorprendente es que si lo adviertes y reclamas, quien te ha dado el cambio, ni siquiera examina las monedas que le muestras: te devuelve los dos euros sin mediar disculpa y con expresión de acordarse de tus muertos. Simplemente, te ha querido engañar. Si no lo adviertes, los dos euros van a parar a la caja B de su bolsillo. En las grandes ciudades esto se ha convertido en el pan de cada día.

Uno tiene que permanecer constantemente en guardia para evitar que le timen pequeñas cantidades. Ciertamente, no es como para presentar una denuncia, pero la reiteración es lo suficientemente grave como para pensar que hay cientos de personas al día a los que les hacen el mismo truco y no lo advierten. ¿A qué se debe todo esto?

Personalmente lo atribuyo a tres causas:

1) La formación de primaria en matemáticas es tan básica y poco exigente que una parte de los alumnos salen de las aulas sin saber realizar una simple resta. No lo hacen por mala fe, sino que se equivocan. Lo digo, porque en alguna ocasión, me ha ocurrido lo contrario: he visto que me daban más cambio del que correspondía. Problema grave que, por sí mismo, denota el fracaso de nuestro sistema de enseñanza. Los niños van pasando de curso en curso a pesar de tener las asignaturas suspendidas. Y al final resulta que no les sale un cálculo diferencial-integral simplemente porque no tienen facilidad para multiplicar ni restar…

2) Ha aparecido un grupo social nuevo, bruscamente, en los últimos veinte años, que está habituado en sus países de orígenes a realizar este tipo de trucos o bien que ha llegado con la idea de que en España todos atamos los perros con longaniza así que ni siquiera nos preocupamos, si damos un billete de cinco, de veinte o de cincuenta euros, del cambio. Como nos sobra el dinero, no lo miramos. E incluso, como algunos españoles de a pie es, por término medio, son algo paradillos, aunque lo advierta, prefiere no reclamar. Sí, me estoy refiriendo a la inmigración. Siempre ha dicho que los inmigrantes son mucho más “listos” que los de aquí, que tienen más instinto de supervivencia. Y lo ponen en práctica con mucha facilidad, no sólo en los cambios, sino en las reclamaciones y la exigencia de beneficios sociales.

3) Y luego está, claro, la mezquindad salarial que también influye. Determinados empleos se realizan a cambio de salarios de miseria. El empleado debe compensar de alguna manera esta carencia y lo hace, simplemente, buitreando cambios a los clientes que es menos comprometedor que escatimando productos del propio comercio. Cuando trabajaba en radio, aquello era un hervidero de becarios sin sueldo o con sueltos que no cubrían ni siquiera los transportes que utilizaban: no era raro que CD que llegaba a la emisora regalado por las distribuidores y para que se emitiera en el curso de los programas, se lo quedaran los becarios. La sala de archivo de CDs era periódicamente sometida a saqueo hasta el punto de que Luis del Olmo, en Onda Rambla, optó por contratar un segurata para evitar el expolio (prefería pagar uno de estos servicios, antes que subir 100 o 200 euros el “salario” a los becarios…).

Sea cual sea el motivo que induce a unos empleados a sistematizar los errores en la devolución de los cambios, de lo que me quejo es de tener que estar permanentemente en guardia. La base para la sostenibilidad de una sociedad es la confianza entre vecinos, no el estar permanentemente en situación de “prevengan” como se decía en la mili. Y además, reconozco que estoy harto de decirle a la de la panadería: “Me has dado mal el cambio” o de ver como uno de cada X clientes se ve obligado a repetir la misma frase. Estos harto de listos, de listillos y de listones. ¿A quién no le ha pasado esto?