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lunes, 8 de mayo de 2023

CRÓNICAS DESDE MI RETRETE: DE LAS TRES DESAFECCIONES. CLARIDAD EN PERÍODOS ELECTORALES (1 de 8)

Sabemos que nos encontramos en un período electoral porque la clase política aparece con más frecuencia en los medios, multiplicando promesas de imposible cumplimiento. A nadie parece importarle ya que sean falsas o que suenen huecas: lo importante es arañar ese voto que dará mayoría absoluta y garantizará que tal o cual sigla detente durante cuatro años la llave de la caja. A pesar de lo absurdo del sistema electoral y de que las promesas incumplidas salgan gratis, una vez más, el espectáculo, entre circenses y dramático, vuelve a repetirse y eso nos da la oportunidad de dar cuenta de un fenómeno creciente que apareció ya en los primeros años del “felipismo”: la desafección. Todos somos en cierta medida, “desafectos”, pero, también aquí hay clases y niveles: tres, en realidad.

LA PRIMERA DESAFECCIÓN: LA DEL SER HUMANO QUE MIRA Y VE

En junio de 1977, cuando tuvieron lugar las primeras elecciones democráticas, se podía tener fe en que el sistema electoral podría redundar en una mayor representatividad y en que el gobierno que saldría de las urnas implementaría políticas verdaderamente “populares” y deseadas por las masas. Es cierto que, ya entonces, otros que nos habíamos preocupado de conocer cuál era la situación de las “democracias” europeas, sabíamos que el sistema electoral cuantitativo e inorgánico no era la mejor solución, sino que habitualmente conducía a la demagogia, la corrupción, las luchas fraccionales, la inestabilidad y las soluciones erróneas, pero incluso, por un momento, creíamos que podría “funcionar” o, al menos, conseguir más participación popular en las tareas públicas.

Pero hoy, ya han pasado 46 años, hemos acudido a las urnas una media de 4 veces cada cuatro años, entre elecciones generales, municipales, autonómicas, europeas y referendos, esto es: nos han convocado a las urnas en torno a cincuenta ocasiones. A pesar de ese medio centenar de elecciones, basta mirar a nuestro entorno para certificar que estamos mucho peor que hace 46 años, en todos los ámbitos. Lo que puede haber progresado técnicamente nuestra sociedad no tiene nada que ver con los procesos electorales. La inflación, las dificultades de acceso a la vivienda, la delincuencia, la inmigración masiva, la atomización de nuestra sociedad, la inseguridad, la inestabilidad en el empleo, el paro, la deuda pública, la dependencia exterior de nuestro país, la imposibilidad para formar un familia y tener hijos, la degradación de los servicios públicos, todo, absolutamente todo, en todos los ámbitos, sin excepción, todo ha sufrido un deterioro que, incluso, permite pensar que llegados a este punto, nuestra sociedad es inviable a corto plazo.

No importa quién gobierne, no importa cómo gobierne. La sensación que se adquiere, a poco que se compara 1977 con 2023 es que, todas las opciones políticas han fracasado, no ha habido ninguna sigla que haya conseguido remontar la herencia recibida de la anterior, todos los gobiernos, sin excepción, como máximo han aumentado o reducido la velocidad de caída, pero ninguno la ha revertido, nadie ha conseguido, ni siquiera detener por unos años, la marcha inexorable hacia la desintegración de nuestras sociedades.

Esto es lo que nos parece más importante a la hora de una nueva convocatoria electoral: podemos votar o no votar, podemos dar una oportunidad a esta o a aquella sigla nueva, pero lo que, de ninguna forma podemos creer es que lo que no se ha hecho en 46 años, vendrá ahora una sigla milagrosa que redimirá a nuestra sociedad. Nadie, desde hace muchos años, puede dar su voto a sigla alguna sin algún tipo de reserva mental. Como, por lo mismo, nadie puede poner la mano en el fuego por ningún partido.

Aceptar esto es tan fácil como aceptar que existe la ley de la gravedad o que cuando uno asoma más de medio cuerpo fuera del balcón, cae. Por lo mismo, seguir creyendo que una sigla o un líder carismático solucionará una situación que ya está demasiado podrida, excesivamente hundida, o que surgirá un programa electoral milagroso y redentor, supone hacer ejercicio de una ingenuidad rayana en la estupidez.

Así pues, el ser humano consciente, que tiene capacidad para mirar en torno suyo y ver, que aún tiene sensibilidad por los problemas que afectan a su sociedad y los siente, aquel al que no le han podado completamente la inteligencia y es capaz de advertir que desde hace 46 años nos deslizamos por un camino erróneo y aquel, en definitiva, que lleva pantalones largos y ya no cree ni en los Reyes Magos, ni en Papá Noël, y ha dejado atrás los modales de Caperucita, ni en la posibilidad de que Cenicienta se convierta en princesa, aquel, que ya no cree en los cuentos difundidos por los distintos partidos políticos, se encuentra en la primera desafección.

Sentir “afecto”, querencia, atracción, fe, esperanza, en algo lo contrario de sentir “desafección”: distancia, desapego, incredulidad. Hoy, la “desafección” es la primera y única actitud razonable y madura ante una nueva convocatoria electoral. Si alguien no siente “desafección” hacia los partidos políticos, si alguien no desprecia a la actual clase política, se atrinchere tras la sigla que sea, es que todavía no ha madurado políticamente lo suficiente.

Ante unas nuevas elecciones, ante nuevas o viejas siglas, no hay otra actitud razonable más que el escepticismo y la distancia. La desafección, en una palabra.

Esta desafección era, en 1977, instintiva. Pero hoy es un producto de la experiencia. Cuarenta y seis años, medio centenar de elecciones, la avalan. Los únicos que no han sufrido las crisis, los únicos que no han conocido la precariedad, los únicos que han conocido estabilidad en el empleo, los únicos que se han asegurado un futuro esplendoroso para sí mismos y para sus hijos en varias generaciones e, incluso, la posibilidad de tener hijos, son los que han pasado por la Moncloa y quienes se han puesto bajo su sombra.

No hace falta elaborar una teoría sobre esto: es un axioma, esto es una proposición que se acepta como evidente y que no precisa ninguna demostración, precisamente, por su claridad, pero, a partir de la cual, como una semilla, pueden inferirse otras deducciones.

Rechazar, desconfiar, recelar de los partidos políticos marca un primer nivel de desafección. Esto, por supuesto, les resultará incomprensible a los que viven de pertenecer a tal o cual sigla o a los fanáticos de esta o aquella opción. Son pocos, de hecho. Ya no hay “afectos” a los partidos políticos como hubo en 1977, en donde había militantes que realizaban gratuitamente campaña para su sigla. Hoy, el apoyo a un partido se compra. Los figurantes que aparecen en los mítines electorales, detrás del orador, son facilitados por agencias: entre 80 y 120 euros hora. Sino ¿por qué creéis que vitorearían al líder o aginarían las banderas? Forman parte del espectáculo.

Y ante este espectáculo caben sólo dos actitudes: la del escepticismo o la de la fascinación. En la lengua española “fascinación” tiene dos acepciones: “Engaño o alucinación” o “atracción irresistible”. Cada vez son más los primeros y menos los segundos. Pero el área del escepticismo hay distintos matices: unos, simplemente, dudan de la verdad o de la eficacia de algo (en este casi de los programas y de las promesas de los partidos), mientras que otros sostenemos que ningún partido puede defender el “bien público”, porque para hacerlo debería de presentar un cuadro realista de la situación y esto podría costarle votos, impidiendo lanzar promesas electorales incumplibles y exigiendo sacrificios. Una sigla así nunca llegaría al poder.

La primera desafección es, pues, el resultado del escepticismo generado por 46 años de iniquidades cometidas a diario por todas las siglas políticas. La desafección a los partidos es el primer signo de realismo, imprescindible, a partir del cual, si tenemos el valor suficiente, podemos, dar pasos adelante para entender lo que está pasando en nuestras sociedades y en nuestro momento histórica. Y, a la inversa, si no se reconoce este primer nivel desafección, nada podrá entenderse, interpretarse, ni, por supuesto, solucionarse.

LA SEGUNDA DESAFECCIÓN: LA DEL SER HUMANO QUE, VIENDO, ANALIZA

Sabemos que no hay solución dentro de la sopa de siglas. La experiencia histórica así lo enseña. La pegunta siguiente que cabría formular es: ¿cómo hemos llegado hasta aquí? Y la respuesta la ofrece también el análisis histórico: hemos llegado hasta aquí porque el arsenal legislativo aprobado desde la constitución de 1978 permite, justifica y avala el poder de los partidos políticos, garantiza la seguridad de la clase política -el sistema jurídico “garantista” no se ha elaborado para proteger al robagallinas o al tironero de la esquina, sino para ofrecer seguridades a las clases políticas de que solamente, si bajan la guardia y ofrecen flancos demasiado visibles, serán perseguidos y castigados; hemos llegado hasta aquí porque la constitución del 78 ha impuesto una dinámica de “alternancia” entre centro-derecha y centro-izquierda, por mucho que, tanto centro-derecha como centro-izquierda hayan demostrado su incapacidad para resolver problemas reales. Hemos llegado hasta aquí porque esas eran las reglas del juego, como durante la “restauración” entre 1874 y 1931, se aceptaba un “alternancia” a pesar de que el elemento que la permitía y sobre el que se asentaba era el caciquismo.

Todo el arsenal legislativo institucional, convertido en leyes ha ido reforzando el aparato de los partidos políticos y su dominio sobre la totalidad de las actividades sociales. Se ha comprado al peso a sindicatos, al mundo asociativo, se han distribuidos subvenciones en todos los niveles (un porcentaje de las cuales retornaba a quien firmaba la concesión), se ha impuesto la presencia de los partidos políticos en todos los órganos representativos y, esta presencia masiva, abusiva, excesiva, ha ido arrinconando y expulsando a la sociedad civil, hasta el punto de que esta se encuentra excluida de cualquier posibilidad de ser escuchada. Se ha destruido a conciencia, desde la época felipista, el tejido asociativo. Incluso en entes como RTVE los partidos políticos están sobrerrepresentados, pero el espectador, como tal, está completamente ausente.

Esto ocurre en todos los niveles administrativos. Podría creerse que los 46 años de democracia han traído una mayor representatividad, en la medida en que han multiplicado “parlamentos” y organismos de representación democrática (autonomías), pero, en realidad, lo único que han hecho ha sido crear réplicas de la estructura estatal a escalas menores para garantizar la existencia de las clases políticas regionales (que también tienen derecho a lucrar sin trabajar). Y así se ha llegado a la paradoja de que, cuantos más organismos representativos existan, menos representatividad real generan y más burocracia, pesaba, faraónica y cara, se imponen.

Casi medio siglo asistiendo al crecimiento asindótico de la burocracia, a la conversión de los afiliados a los partidos en funcionarios del Estado, al descontrol absoluto en la distribución de subsidios y subvenciones con fines clientelares, a que entre el 3 y el 15% de las subvenciones entregadas retornos a la cuenta corriente del partido que las ha entregado, a que cualquier concesión de obra pública, compra de material, ayuda con los más encomiables fines, devengue una comisión, es algo que ni sorprende, ni siquiera se critica. De tanto en tanto aparece algún personaje esperpéntico que comete el error de dejar excesivas pruebas de sus trapacerías y obliga a la fiscalía del Estado a actuar. Pero no es lo normal: todos sabemos que el sistema político actual se mueve a base de comisiones, pero las leyes “garantistas”, impiden llegar hasta el final. Hoy sabemos que los casos de corrupción no son una “excepción” (como se decía en los años 80 y 90), sino la norma habitual entre la clase política.

Esto nos conduce al segundo nivel de desafección. Si se acepta la primera -la desafección ante los partidos políticos- se verá que no basta para explicar la deriva de las democracias occidentales: no es que, si las siglas fueran diferentes, si por un repentino shock inesperado aparecieran partidos capaces de enderezar la situación ésta podría adoptar un nuevo rumbo. El problema no son solo los partidos políticos, sino el sistema político que han generado y su arsenal legislativo.

Las derechas sostienen que hay que atenerse a la constitución y a darle una interpretación conservadora. Las izquierdas se adhieren a esta misma constitución otorgándole una interpretación progresista en la que cabe todo. El resultado es que, España se está gobernando en el año 2023 por una norma constitucional elaborada en el marasmo de la transición, cuando nada, absolutamente nada era igual a cómo lo es hoy.

De 1978 a 2023 hemos pasado de la segunda revolución industrial a la cuarta, de la era de los hidrocarburos a la de las redes mundiales de comunicación, de la válvula de vacío a la informática quántica. Cuando a mediados de los 90 se realizó la reforma del código penal, apenas se prestó importancia a los “delitos informáticos”, en los juzgados han tardado décadas en introducirse el magnetofón para registrar los juicios. Las instituciones, los parlamentos y los parlamentitos, siempre van por detrás, a casi años luz, de la evolución de la sociedad. La clase política está preocupaba porque cualquier reforma que pueda introducirse -la tecnología blockchain, la IA, etc- puedan alterar su hegemonía sobre la sociedad y, por tanto, prefiere eludir modificar en profundidad marcos legislativos y seguir con “interpretaciones conservadoras o progresistas” de una constitución que ya es de otro tiempo y que cada día queda un poco más retrasada en relación a la marcha de la sociedad.

Esto no funciona. No funciona por los partidos políticos y por el sistema político-legal que han generado. Así pues, la desafección a los partidos políticos, no puede detenerse allí: debe extenderse a su “creación”, a la constitución de 1978 y a todo el sistema generado a partir suyo.

El sistema político español ya ha agotado todas sus posibilidades: nacido de la ambigüedad de la transición, crecido por la corrupción y sobre la destrucción de la sociedad civil, resulta imposible creer que puede dar más de sí. Es cierto que, una constitución debe nacer de consensos y estos son hoy inexistentes, pero lo dramático es que los consensos que dieron lugar a la constitución de 1978, ya no existen y que las fuerzas que los promovieron, todas, sin excepción, han desaparecido o se han reconfigurado. Pero el sistema político sigue siendo el mismo.

Por tanto, es necesario rechazar y mostrar “desafecto”, no solamente a los partidos políticos sino a su obra, la constitución de 1978, los estatutos de autonomía, el tratado de adhesión a la UE y a la OTAN, etc, etc, etc. Y este es el segundo nivel de desafección que no es más que racionalizar las líneas de actuación de los partidos políticos.

En bueno lógica, si se acepta lo primer, hay que aceptar también lo segundo. La diferencia estriba en que rechazar que el arsenal legislativo y la propia norma de convivencia constitucional, esto es, “la obra predilecta de los partidos políticos”, supone dar un salto al vacío al no existir consensos suficientes como para aprobar una nueva constitución.

LA TERCERA DESAFECCIÓN: LA DEL SER HUMANO QUE, TRAS ANALIZAR, CONCLUYE EN LA GRAN NEGACIÓN

Ahora bien, las reformas cuando se abordan, no pueden abordarse a medias. No se trata solamente de limitar el poder de los partidos, eliminar aforados y aumentar los recursos y la independencia de la fiscalía anticorrupción, exigir e imponer moralidad a la clase política, adoptar normas tan básicas como reducir al gasto público, porque 46 años de acumulación de problemas han generado procesos en los que las raíces son demasiado profundas como para que un simple cambio legislativo pudiera alterar la situación.

En un país como España, con una deuda pública de casi billón y medio de euros, está claro que, quien se siente en La Moncloa solamente puede aspirar a llevarse su cuota del 5%, garantizar que la clase dirigente de su partido, se asegure el futuro y a beneficiarse de las mieles de los presupuestos públicos mientras esté en el poder. Nada más. ¿Por qué? Porque se ha llegado a una situación en la que el gobierno no gobierna. Gobiernan los tenedores de la deuda pública. Ellos son los que imponen escenarios, los que permiten o impiden reformas en tal o cual dirección, los que no están dispuestos a que un gobierno adopte una medida que pueda impedir el cobre de los intereses devengados. Cualquier salida de todo, por mínima que sea, de un gobierno constitucional, salido de las urnas, que pudiera lesionar los intereses de los propietarios de la deuda, implicaría un conflicto insuperable para cualquier gobierno. Así pues, debemos ver a los dirigentes políticos, no como responsables de la marcha política de un país, sino como “delegados” de los grandes tenedores de la deuda pública. Eso es todo.

Y esto no lleva al tercer nivel de desafección: ya no se trata solo de rechazar la tiranía inútil de las siglas políticas, no se trata siquiera de sentirse ajeno y distante del marco constitucional y legal generado por esos partidos y que tiende a perpetuar su dominio sobre la sociedad, se trata, además, de rechazar el sistema económico que, ha terminado por prevalecer sobre el sistema político y en el que el poder económico es el que, verdaderamente, impone sus reglas al poder político.

Así pues, el tercer nivel de desafección deriva de la certificación de que el poder político (partidos – aparato constitucional) ni son autónomos, ni soberanos, ni sirven para garantizar otra más que el que los tenedores de la deuda sigan cobrando sus intereses. Mientras los gobiernos sean “obedientes” y sigan pagando intereses, a nadie, absolutamente a nadie le importará el que la deuda crezca hasta hacerse -como ya es- impagable. Hoy, cualquier disminución de la deuda es solamente un truco contable. Lo único cierto, lo verdaderamente cierto y comprobable es que la presión fiscal, especialmente sobre la clase media -pero no solamente, sino sobre toda la sociedad gracias a los impuestos directos- es cada vez mayor e incrementada de manera cada vez más irresponsable.

El ciudadano no es completamente consciente de que de cada euro que pasa por su bolsillo, uno, como mínimo, irá a parar a las arcas del Estado: la inflación, la pérdida de valor de los salarios, la disminución de la capacidad adquisitiva y del ahorro e incluso la transmisión patrimonial de padres a hijos, se añaden a este problema. Y, sin resolver la “cuestión económica”, no existen posibilidades ni de ejercicio de la soberanía nacional, ni siquiera de racionalización de la política.

Si pocos son hoy los que niegan el primer nivel de desafección, son muchos más los que no ven nada más allá de la constitución y sostienen su mantenimiento, no tanto por su valor en sí misma, como para evitar el salto al vacío. Pero son muy pocos los que reconocen hoy que la soberanía política y la soberanía económica van parejas y que, sin esta, aquella es una fantasía irrealizable, un mito.

Los que nos situamos dentro del tercer nivel de desafección negamos que las “leyes del mercado” y los principios de la economía liberal generados en el siglo XVIII sean hoy viables. Cuando algún liberal alega que, no es que hayan fracasado, sino que nunca se han puesto completamente en práctica, lo que se les puede responder es que el mercado no es más que un reflejo de los aspectos más salvajes y primitivos de la humanidad, en la que los grandes se comen a los pequeños y en donde solamente puede haber “competencia” entre iguales. Dado que la igualdad es pura ficción y en economía mucho más, se entiende que las leyes del liberalismo desemboquen en las grandes acumulaciones de capital y estas en la primacía de la economía sobre la política y en la reducción de la “soberanía” al gobierno de las multinacionales, los grandes consorcios, los grandes inversionistas y especuladores, sobre la totalidad de la población. Cuanto más “liberalismo” se afirme, paradójicamente, menos libertades se dispondrán.

Quienes mantenemos un tercer nivel de desafección, negamos que los rumbos económicos “liberales”, hoy indiscutibles y aceptados unánimemente, sean los que convienen para sacar a las poblaciones de su estado de sumisión a los intereses de la economía, a la renuncia a sus libertades y a corregir la tendencia a la acumulación de capital y al empobrecimiento de las masas.

Y este es el gran problema: que la “corrección política”, los “estudios de género”, la “ideología woke”, el “pensamiento único” y las reflexiones sobre la postmodernidad, todas, sin excepción, evitan por todos los medios la crítica al sistema económico, mientras que los sentimos “desafectos” ante los partidos política y ante el sistema legislativo-institucional que han creado, no podemos sino terminar reconociendo que uno de los elementos que bloquean cualquier posibilidad de reforma, es la estructura económico-liberal, ante la que ninguna sigla manifiesta su más mínimo rechazo, sino que, como máximo, unos interpretan de una manera “más liberal” y otros, simplemente, de forma “ultraliberal”, cuando, en cualquier caso, la experiencia de las crisis cíclicas del capitalismo y la inseguridad que genera, demuestra que el liberalismo económico es, sin duda, la doctrina más perniciosa que puede haber alumbrado la perversidad humana y que lleva, paradójicamente a lo que su propio nombre afirma: “libertad”.

A MODO DE CONCLUSIÓN PROVISIONAL

Ante el inicio de un nuevo ciclo electoral y a la vista del repaso que hemos dado a la realidad del sistema actual, el problema ya no es votar a qué sigla, sino para qué votar, especialmente si tenemos en cuenta que las casi cincuenta veces que nos han convocado a las urnas desde el inicio del actual ciclo constitucional, liberalmente no han servido para nada más que para agravar la degradación de la sociedad española y de sus condiciones de vida.

No solamente, hoy el más mínimo sentido del realismo, ya no supone votar a favor de tal o cual sigla, pensando que va a acometer reformas necesarias, sino, en el mejor de los casos, votar en contra de tal o cual candidatura. Enterrar al pedrosanchismo hoy, parece una tarea urgente y prioritaria, así que cualquier voto, salvo a la sigla maldita en la que se apoya para seguir siendo jefe de gobierno, es una opción razonable, incluso para quien acepte el primer nivel de desafección. No se puede votar “a favor de…”, sino que el voto debe ser “en contra de…”.

Ahora bien, votar a la contra tiene como contrapartida, el que nadie puede asegurar que lo que venga sea “mejor” que lo que precede. Como máximo, la historia de los últimos treinta años demuestra que los partidos de izquierda, cuando han gobernado, han generado situaciones de crisis económica y desprecio por el principio de “contener el gasto público”, que luego las opciones de derecha han debido afrontar y han utilizado como teatro preferencial de actuación, evitando actuaciones en cualquier otro terreno: Aznar logró resolver -bien es cierto que gracias a la llegada masiva de fondos de la UE- los problemas económicos generados por el felipismo; Rajoy conjuró, a costa de medidas draconianas, el riesgo de paralización del Estado generado tras los años del zapaterismo, cuando la deuda se disparó. Y quien suceda al pedrosanchismo concentrará sus esfuerzos en el terreno económico, evitará afrontando otros “frentes” que hoy son urgentes: reforma de la enseñanza, reforma de la sanidad, reversión de los efectos más enloquecidos generados por la presencia de la ultraizquierda y el no-Estado en el poder durante seis años, etc.

Y, vale la pena no olvidar que hemos vivido 46 años de acumulación de problemas que se han ido amontonando uno tras otro, y que, actualmente, constituyen un todo problemático e irresoluble que ya no puede resolverse en cuatro años de gobierno.

¿Votar? Pues, ¿para qué? Resulta mucho más realista y positivo, contribuir a extender la desafección en relación a los partidos, al sistema constitucional y al sistema económico. Y, por supuesto a los “valores”.








 

miércoles, 3 de mayo de 2023

CRÓNICAS DESDE MI RETRETE: A MENOS DE 30 DÍAS DE LAS ELECCIONES MUNICIPALES Y AUTONÓMICAS

¿Qué podemos esperar de las próximas elecciones municipales y autonómicas? Desde luego, el inicio de un nuevo ciclo electoral que, no va a ser favorable para la izquierda. Eso es todo. Vamos a intentar resumir algunos elementos que condicionarán la nueva situación que se creará con la apertura de este ciclo electoral. Esto nos permitirán también adoptar una posición personal de cara al cada vez más patético acto de ir a votar.

1. EL TENEDOR DE LA DEUDA ES QUIEN GOBIERNA

Es importante no olvidar que, si un país tiene una deuda excesiva e impagable (como es el caso de España, a lo que se une una indisciplina presupuestaria casi patológica), su gobierno no es independiente ni soberano: está en manos de los “tenedores” de la deuda. Dicho de otra manera: aunque usted y yo fuéramos ciudadanos “responsables y conscientes” y eligiéramos ejercer el voto, de nada serviría elegir a tal o cual gobierno, por la sencilla razón de que España no es un país “soberano”, esto es, independiente: está en manos de los que han comprado los títulos de nuestra deuda pública. Éstos pueden elegir si conformarse con seguir cobrando intereses, o bien recuperar el dinero invertido. Esto último podría generar la quiebra del Estado Español de un día para otro.

Dato importante: casi el 50% de la deuda pública española está en manos de entidades e inversores extranjeros. En la actualidad supone un 115% del PIB (en 2007 era del 36%, compárese). Todo esto se puede pagar… en períodos de bonanza y crecimiento económico, pero resulta insostenible -especialmente por los intereses que devenga- en momentos de ralentización de la economía que coincidan con un aumento de los tipos de interés… como en la actualidad.

Además de la presencia de inversores y entidades extranjeras, la deuda pública española está en un 15% en manos de bancos (15%), del Banco de España (28%), de entidades de seguros, fondos de pensiones, fondos de inversión… Pues bien: estos son los verdaderos poderes. Ningún gobierno hará nada para contravenirles. Conociendo sus objetivos -el máximo beneficio y, en algunos casos, proyectos de ingeniería social- se conocerán las políticas de los gobiernos de turno.

Entonces ¿para qué ir a votar? Respuesta: Es una opción personal que no va a servir para rectificar y enderezar el rumbo o torcer las decisiones del “poder económico”; como máximo votar a favor de un cambio de gobierno -esto es, contra el PSOE- para alargar tiempos, ralentizar la marcha hacia el nuevo modelo social.

Hemos dicho “ralentizar”, no “detener”, ni mucho menos “revertir”. Imaginemos un tipo que camina directamente hacia el abismo: si ese tipo fuera del PSOE, mañana seguirá con el mismo paso que mantiene hoy en esa dirección; si fuera de Podemos, iría más rápido aún, pensando que, en lugar de caer en el abismo, volaría hacia un “mundo mejor”; si fuera seguidor de Núñez Feijóo, simplemente, seguiría en la misma dirección, pero a un paso más lento… ¿Hay otras opciones? Sí: la de detenerse, por ejemplo, o la de ir en dirección opuesta… que aquí se traduciría como no votar, votar en blanco, votar nulo o votar a otras opciones.

2. EL TECHO DEL DESMONTAJE DEL APARATO LEGISLATIVO GENERADO EN EL PEDROSANCHISMO

En la actualidad, la alternativa a la sigla PSOE es la sigla PP, pero esto no quiere decir que la política del PP sea “opuesta” a la del PSOE. No puede serlo, porque, en primer lugar, el gobierno de turno, sea el que sea, deberá satisfacer a los “tenedores” de la deuda. En otras palabras: el PP (“solo o en compañía de otros”) no estará en condiciones de desmantelar las más de 100 leyes generadas en los seis años que llevamos de gobierno de coalición “pedrosanchista”. Ni siquiera las más extremas: “sí solo si”, ley trans, ley de eutanasia, ley de mascotas, ley de memoria democrática, ley de la vivienda… De hecho, anteriores gobiernos del PP ni siquiera han estado en condiciones de derogar las sucesivas leyes de educación socialistas, cada una peor que la anterior. Solamente Esperanza Aguirre, en su período de ministra de educación intentó hacer algo en esa dirección. Apenas duró 3 años en el caro.

Se desacelerarán algunos de los rumbos tomados durante el “pedrosanchismo”, sus aspectos más desagradables y/o enloquecidos (que acompañan y empañan a la sigla PSOE y que no son solamente producto de la presión de Unidas Podemos). Y eso es todo. No esperéis maravillas de lo que venga y, especialmente, no esperéis que Núñez Feijoó termine revirtiendo todo el arsenal legislativo generado atropelladamente durante los años del pedrosanchismo (la polémica sobreactuada del gobierno en el momento en el que Feijoó apenas ha estado reunido 90 minutos con una asociación conservadora de fiscales, indica una de las líneas del PSOE en la próxima campaña electoral: “Alerta, el PP quiere abolir la legislación progresista”, argumento utilizado en 1934 para justificar el golpe de Estado del PSOE contra el gobierno de Lerroux con el rumor de que la incorporación de la CEDA al ). La mayoría de estas leyes han venido para quedarse y tan solo, si dispone de mayoría parlamentaria suficiente, Feijoó las “podará” de sus aspectos más extremos (la colaboración PP-PSOE en esa dirección ya se ha demostrado en la ley del “si solo sí” que, en realidad, no merecía nada más que ser arrojada a la basura.

3. UNA CAMPAÑA ELECTORAL PERMANENTE

Oficialmente una “campaña electoral” dura poco menos de un mes, pero en realidad, los gobiernos y las oposiciones están siempre en campaña electoral. Y cada vez más, hasta el punto de que uno se pregunta qué tiempo emplean para gobernar efectivamente. Claro está que eso se lo dejan a “técnicos”, pero el problema es que, cada vez más, la gestión de un gobierno en tal o cual dirección se basa no en satisfacer promesas electorales formuladas -que, en tanto, que “promesas electorales”, nadie tiene intención ni obligación explícita de cumplir- sino en generar la adhesión de grupos sociales para las siguientes elecciones.

Parece como si los partidos, conscientes de que, en general, la situación nacional no tiene solución (porque no la tiene a causa del exceso de deuda, inflación, subida de tipos, pérdida de peso político de España en la UE y de la UE en el contexto internacional, conflicto ucraniano, degradación de los servicios públicos, obligaciones con respecto a Marruecos, fidelidad bovina a la OTAN, centrifugación autonómica, mutaciones tecnológicas, todo lo cual, unido, da como resultado una “tormenta perfecta” imposible de superar), den relevancia a aspectos muy secundarios de su gestión (transición energética, defensa del medio ambiente, reducción de la huella de carbono, cómo transformar problemas irrelevantes en “temas estrella”), hayan renunciado a planificar su gestión más allá de consignas y eslóganes electorales con la intención de conservar sus propios puestos de trabajo.

Esto se traduce en una campaña electoral permanente en la que la gestión cotidiana importa muy poco y lo único que cuenta es la aprobación de leyes (el parlamento es un teatrito y, como todo teatrito, un simple espectáculo) que llamen la atención, atraigan voto, generen polémicas y distraigan a la opinión pública que, cada vez más, tiende a la apatía y a la “desafección” en relación a TODA clase política. El “oficio” más despreciado en este momento, después del de “sindicalista” y, a corta distancia, es el de “político”.

4. ¿PARA CUANDO ALGO PARECIDO A LO QUE OCURRIÓ EN ITALIA EN 1993?

En Italia, en las elecciones de diciembre de 1993, las opciones tradicionales, DC y PSI, se hundieron. El primero perdió la mitad de sus votos y el segundo casi desapareció tras la gestión corrupta del gran amigo de Felipe González, Bettino Craxi. La Lega Nord se convirtió en la fuerza hegemónica en la mitad superior del país, mientras Berlusconi se preparaba para entrar en política. A Craxi se le acabó la inmunidad parlamentaria en las elecciones de 1994, y para demostrar su “honestidad”, huyó a Túnez, siendo declaro oficialmente prófugo al año siguiente. El sistema político italiano, tal como había sido concebido en 1946, fecha de su fundación, se hundió definitivamente. Había durado exactamente 47 años. Fue, sin duda, el período más negro, corrupto y violento en la historia de Italia. Nadie lo añora. Se crearon nuevos partidos, se recompusieron nuevas alianzas y, aunque nada esencial cambió, sustancialmente el sistema experimentó cierta regeneración que aún se prolonga.

Cuando en 2009, en medio de la gran crisis económica (negada hasta la saciedad por el zapaterismo y, ante la que reaccionó disparando por primera vez la deuda pública), aparecieron nuevas fuerzas políticas en los años siguientes (Cs, Podemos, Vox) dio la sensación de que el régimen nacido de la constitución de 1978, estaba a punto de sufrir una mutación: pero el fracaso de Cs y del centrismo en estado puro, la caída de Podemos en manos de payasos enloquecidos por sus propios delirios intelectuales producto de lecturas mal digeridas y déficits culturales acumulados, además de algunas sobredosis de porros, convirtieron a ambos partidos en caricaturas y malas copias de aquello que el pueblo español aborrece de la clase política: las palabras vacías, el “haz lo que digo, no lo que hago”, la demagogia, el enriquecimiento a costa del erario público, la ambigüedad, y la peor de todas, la ineficiencia en la gestión pública.

De aquella ola renovadora, queda solamente Vox.

Si el sistema de partidos italiano duró 47 años, el español, en 2023 cumple los 45. Se aproxima, pues, a la fecha fatídica.

Nos atrevemos a pronosticar un derrumbe del sistema de partidos tras el próximo ciclo electoral que, inevitablemente, será protagonizado por Núñez Feijóo. El resultado de las elecciones de mayo aclarará los márgenes que separarán al PP del PSOE, y si los primeros necesitarán alguna “ayuda” para gobernar. El recurso más lógico, sería que recurrieran a Vox, pero la lógica y el sentido común no siempre acompañan al discurso y a la voluntad de Feijóo. No olvidemos que, en Madrid, capital de España, el PSOE representa hoy a una parte casi minúscula del electorado y corre el riesgo de convertirse en lo que es el PP en Cataluña: una fuerza residual.

Por otra parte, con Feijóo, el listón de la presidencia está muy rebajado: quizás no esté hecho de la misma pasta que el psicópata que se sienta hoy en la Moncloa, pero, desde luego, es un personaje gris, sin ningún tipo de carisma, con cero ideas propias, lo que podríamos llamar un “conservador-veleta” nunca, por supuesto, predispuesto a oponerse a las tendencias dominantes de los vientos. Sin ningún tipo de carisma, ni sentido del humor, ni ingenio, ni siquiera don de gentes, abogado sin más experiencia que la funcionarial, procede del vivero gallego del PP y no es precisamente su mejor ejemplar. De sus originalidades baste recordar su propuesta de “vacunación obligatoria” durante la crisis del Covid, o su “mano tendida” al PSOE como “primera opción para pactar” a poco de asumir la dirección del partido.

No esperéis maravillas de Feijóo. Llegará al poder, no tanto por méritos propios como por lo insoportable y agónico que está resultando el entierro del pedrosanchismo.

Durante su mandato llegaremos al límite que alcanzaron los partidos políticos tradicionales italianos en 1993-4. ¿Se producirá en España una renovación semejante? La deseamos, pero no estamos muy seguros de si se producirá y, no por solidez de los partidos políticos españoles, sino por la apatía generalizada del electorado.

El PSOE intentará lugar la carta de sembrar divisiones en el interior del PP: ayer vimos una primera escenificación en el placaje de que fue objeto el espontáneo ministro de la presidencia en la tribuna de honor del acto institucional convocado por el gobierno autonómico de Madrid. Es la exposición a la luz pública de una realidad: las “dos almas” del PP. Feijoó y Ayuso: para el pedrosanchismo estimular el conflicto interior en los próximos seis meses es una de las pocas posibilidades de salvar la Moncloa. De ahí la provocación del repipi de Bolaños.

5. ¿QUÉ PUEDE CAMBIAR DESPUÉS DE LAS ELECCIONES DE MAYO?

Las encuestas, salvo las del CIS, son ampliamente favorables al centro-derecha. Obviamente, Pedro Sánchez se refugiará en algunos éxitos parciales que pueda obtener, especialmente en Cataluña, pero todo induce a pensar que, incluso en las comunidades y ayuntamientos en las que hoy gobierna y puede mantener, el apoyo popular habrá disminuido. Así pues, lo que ocurra después, dependerá de las dimensiones de la disminución de apoyo popular al PSOE: porque, está claro que quien venza en mayo de 2023 puede ampliar su victoria el diciembre de 2023, cuando tenga lugar las elecciones generales.

- O bien, el PP da un “estirón” que le permite prescindir del apoyo de Vox y obtiene mayoría absoluta.

- O bien, la victoria del PP es limitada y evidencia que seguirá un ciclo electoral más con la sombra de Vox planeando.

- O bien, puede ocurrir que ninguna de las dos partes, ni PP, ni PSOE, obtengan victorias ni derrotas significativas, que unos ganen en unas demarcaciones y pierdan en otras, presentando todos los resultados como una “gran victoria”.

En cualquier caso, lo que nos espera de mayo de diciembre es una campaña electoral continua, dura, odiosa, agónica, insoportable en la que las dos partes harán promesas cada vez más desmesuradas, extremas, ante un hastío generalizado y una desafección cada vez mayor.

Pero, abandonad toda esperanza nada cambiará:

- Ni al día siguiente se restablecerá la seguridad ciudadana, ni dejarán de llegar diariamente unos miles de inmigrantes atraídos por el “tá to pagao”, ni las 20.000 viviendas ocupadas serán desalojadas, ni se disolverá el ministerio de la igualdad, ni se cambiará ni un ápice la política exterior, ni mejorarán los servicios públicos, ni se cancelará la Agenda 2030, ni se reducirá significativamente la carga fiscal, ni siquiera se reducirá el gasto público de manera significativa.

- Cambiarán los rostros, cambiarán los números de las cuentas opacas en paraísos fiscales donde irán a parar comisiones, dineros desviados de las arcas públicas, etc, etc, etc.

- Seguirá sin existir una planificación a medio y largo plazo y se mantendrán en vigor los tópicos hoy en vigor incluidos en la Agenda 2030, quizás ligeramente más diluidos, pero no tanto como olvidarnos.

Así pues, volvemos a la pregunta de “¿para qué votar?” y “¿por qué votar?”. ¿Para echar a un psicópata y poner a tipo gris en la presidencia? Es un argumento. Y quizás el único que podría, a estas alturas, justificar el acudir a las urnas. ¿Votar a una opción minoritaria? ¿A Vox, por ejemplo? Es otra posibilidad, más atractiva que la anterior, desde luego.

Pero Vox va a contar poco en los próximos años. Si resiste este primer parón y lo supera, es el partido del futuro. Su momento estelar solamente puede derivar del fracaso de un gobierno del PP, unido a un aumento de su capacidad para sumar votos procedentes de la izquierda. Y para ello van a tener que cambiar muchas cosas en Vox. Y no tanto en la base como en la cúpula. Ésta, no puede seguir siendo una especie de fotocopia reducida del PP. Precisa incorporar a rostros que procedan de otros horizontes políticos.

La idea de que la moción de censura la presentara Tamames no estaba mal, pero hacen falta rostros más jóvenes y, sobre todo, hacen falta campañas decididas, beligerantes y militantes que resuelvan problemas de la gente: la acción política de un partido como Vox no puede depender solo de su tarea en las instituciones -especialmente en unas instituciones que cada vez interesan menos a la población y que la población desprecia cada vez más- sino que debe estar presente en movilizaciones en la calle.

Una última pregunta: ¿Qué hace falta en España? Respuesta: un GOBIERNO FUERTE capaz de ganarse el respeto de los tenedores de la deuda, ponerlos en cintura y hablar claro a la población: señalar con el dedo a los que nos han llevado hasta esta situación (aunque sea a costa de destruir para siempre la sigla maldita “PSOE” y de romper el consenso constitucional de 1978 basado en la alternancia entre el centro-derecha y el centro-izquierda), generar entusiasmo, planificar a 10, 20, 30 años vista, y, por supuesto, eficacia y austeridad franciscana en la tarea de gobierno.








 

lunes, 10 de octubre de 2022

CRONICAS DESDE MI RETRETE: EL NUEVO GOBIERNO DE LA gencat, EL PRÓXIMO CICLO DE LA POLÍTICA ESPAÑOLA… Y EL SIGUIENTE

Pere Aragonés, el “noi de Pineda” (cuyo padre fue antiguo Jefe Local del Movimiento en esa misma localidad), ha nombrado nuevo “gobierno” para gestionar la gencat en los meses precios a las elecciones autonómicas. Paradójicamente, su gesto -elegir a restos de serie de anteriores opciones políticas- augura la proximidad de elecciones regionales. Para ERC, el nuevo ciclo de la política española, la firma de un nuevo “pacto del Tinell”, como el de 2003, que auspiciaba el “todos contra Aznar”, sería su escenario ideal. Pero la situación no es la misma. La historia -Marx dixit- se repite como farsa. Y es eso estamos.

CATALUÑA Y EL NUEVO “GOBIERNO” DE LA gencat

Para resumir: los nuevos “consellers” de la gencat no pasan de ser una muestra de la fauna progre catalana desubicada de todos los partidos o excéntricos: un Nadal que ya no tiene sitio en el PSC de Illa, un Campuzano sin partido tras abandonar el PDCat y dejar muy atrás su radicalismo en CDC, la Meritxell (en los gobiernos de la gencat la presencia de una “Meritxell” es casi una exigencia antropológica), que estuvo al lado de Puigdemont hasta darse cuenta de que el “ex onorable” caído no volvería a levantarse, y pasó a ERC; Balcells, especialista en “sanidad” de ERC y aviso a Illa, recuerdo, además del triste papel del secretario general del PSC durante la pandemia; Julio Fernández, incorporado con la idea de que un “Fernández” suscite la confianza del cinturón industrial (hijo de manchego y murciana), una especie de sustituto in pectore de Rufián, un tontorrón del que se recuerda que aparece con las uñas pintadas en mítines y miembro de la ejecutiva de ERC; Gemma Ubasant, ex de podemos-cat que estuvo en su sector soberanista. Como se dice en Cataluña: “tot plegat, res de res” (en conjunto, nada de nada).

El nuevo “gobierno” está formado en clave pre-electoral. ERC sabe perfectamente que tendrá que convocar elecciones anticipadas. Solamente después, podrá pactar con el PSC, pero, antes, claro, tiene que demostrar que es el “partido mayoritario” y que, de la misma forma que necesitará a los socialistas catalanes para gobernar, el socialismo del Estado precisará su concurso para afrontar la próxima etapa post-electoral, incluso para esta.

¿Y el PDCat? El PDCat es una olla de grillos en la que encontramos cinco o seis sensibilidades diferentes: los corruptos, los irresponsables, los ciegos que no han percibido todavía que el “procés” no solamente es cosa del pasado, sino que resulta muy difícil que vuelva a encontrar una vía unitaria, la independentistas por encima de todo, los restos del “nacionalismo moderado” del pujolismo, y los nostálgicos de Puigdemont, figuran bajo la misma sigla, cuando, en realidad, son un batiburrillo de tendencias.

Lo sorprendente es que hace 20 años, CDC era el “partido moderado” y ERC “los radicales”, pero solamente los saltos al vacío con doble pirueta y sin más red que los socialistas, han operado una inversión de polaridades: ahora, los de ERC aparecen como “moderados” y los restos de CDC, reconvertida por los procesos judiciales que hacían la vida de este partido, ahora llamado PDCat, figuran como “radicales”. Es el radicalismo de los perdedores: de los que no quieren aceptar que la partida en el terreno indepe la ha ganado ERC.

ERC tiene necesidad de confirmar su primacía electoral. Y para ello precisa un PDCat reducido a la mínima expresión, con un Puigdemont lejano, remoto y al que basta enviarle unos miles de euros al mes extraídos del presupuesto de la gencat, para mostrar “solidaridad”. Pero, que nadie se engañe, ERC quiere a Puigdemont, lejos, muy lejos, permanentemente en Waterloo.

ERC con este nuevo “gobierno” está preparando las elecciones: en su infantilismo político, Aragonés muestra de dónde pretende rebañar votos:  del PDCat (para eso está Campuzano), del PSC (de ahí que Nadal, que todavía tiene cierto peso en Gerona, figure, como una especie de Ernest Maragall renovado), de Podemos (la Ubasant tiene esa función) y, finalmente, algunos colegios profesionales (como el de médicos, papel de Balcells). También se trata de atraer los votos de los “raritos” y de la inmigración española (rol atribuido a Fernández). Se ha olvidado de colocar algún conseller de origen marroquí o subsahariano, pero, tranquilos, ya habilitará alguna subsecretaría para ello.

Aragonés dirá que este gobierno es para “durar”. Miente, como cualquier otro político que conozca su oficio, miente porque se trata de un gobierno para ampliar el caudal electoral de ERC. Pero este “gobierno” no va a hacer que ERC supere su minoría parlamentaria, así que más vale, que el electorado catalán se vaya haciendo a la idea de que, en un año, le tocará perder el tiempo votando de nuevo.

EN LA CRISIS DEL PEDROSANCHISMO

Recientemente, un periodista se preguntaba por el interés del pedrosanchismo por controlar RTVE, cuando, en realidad, el “ente” está en las horas más bajas de su historia, con una caída de audiencias sin precedentes y con muy poco peso en la conformación de la opinión pública. El hecho de que, en Cataluña, cada vez más, franjas horarias enteras pasen a ser emitidas en catalán (en el primer canal, el TV2 y en el Canal 24 horas), puede ser considerado un éxito por ERC, pero, en realidad, para lo único que está sirviendo es para hundir cada vez más en los índices de audiencia a los tres canales. A pesar de haber hoy más horas de programación de televisión en catalán, las audiencias globales van disminuyendo, lo que indica la debilidad de la lengua catalana en relación a la castellana. Pero, para ERC, es una cuestión de principios.

En el interior del PSC, por mucho que la mayoría de sus miembros no lo digan, se da a Sánchez por amortizado. Es rigurosamente cierto que los “barones”, incluso los alcaldables, tienen reservas a aparecer en fotografías junto a Sánchez, esa verdadera máquina de perder votos y contagiar con su lepra a quien se sitúa cerca. De ahí que tienda, cada vez más, a apoyarse en Podemos, en ERC y en Bildu. Se ha dicho en muchas ocasiones que lo paradójico de estos momentos es que España está gobernado por la “no España”. Si fuera así, no sería incluso tan nefasto. El problema es que, además de la “no España”, algunos ministros, simplemente, son meros perturbados psíquicos. Y no solamente, la pobre Irene Montero, representante de un extraño furor ideológico cogido por los pelos y que generaría sólo una incontenible hilaridad por sus concepciones genérico-gramaticales, de no ser por el presupuesto de su ministerio (que Feijóo debería garantizar que 24 horas después de hacer cargo del gobierno -como máximo- sería liquidado y sus cuentas revisadas al dedillo) maneja todavía fondos restados de educación, sanidad o defensa.

Sánchez está preparando también las elecciones. Pero sus apoyos interiores están a mínimos. El PSOE mantendrá su “unidad estalinista de criterio” en público, pero en privado, todos agradecerían que el psicópata de la Moncloa diera un paso atrás y abriera un período para elegir otro candidato menos comprometido con este gobierno de la “no-España”. Pero Sánchez -y este es uno de los rasgos de su psicopatía- no cederá: él “nunca se equivoca”. Su tendencia actual se basa en tres orientaciones:

- Confirmar y ampliar los pactos con ERC y Bildu para garantizar apoyos parlamentarios al gobierno. Estos partidos están bajo presión por la certidumbre de que, en el próximo ciclo electoral, el PP obtendrá un resultado que sentará a Feijóo en La Moncloa. A partir de ese momento, saben que se han acabado indultos, perdones a los pagos de indemnizaciones judiciales, y que sus posibilidades de poner en práctica ideas de “referéndums” autonómicos se reducen a cero. Condicionando al PSOE pueden obtener algo; con el PP no obtendrán nada. De ahí que

- Romper los restos de Podemos -ya virtualmente roto- ganando e integrando a Yolanda Díaz y al Partido Comunista de España. De hecho, no sería la primera vez que el PSOE crece a costa del PCE. Lo que ocurre ahora es que ya no estamos en tiempos de Carrillo, ni de Gerardo Iglesias, ahora ya “queda poco” del PCE y lo que logre atraer, no compensará las pérdidas sufridas por el PSOE.

- Mantener atado a Podemos manteniéndolo dentro del gobierno, a sabiendas de que cada declaración de sus representantes (especialmente de Irene Montero y de Alberto Garzón) se convertirán en polémicas y generarán sangrías de votos para la coalición de extrema-izquierda. Podemos, está viendo, impotente y alarmado, como Sánchez corteja a Yolanda Díaz, pero se ve incapaz de abandonar ministerios y de renunciar, aunque sea por unos meses, a las prebendas y ventajas económicas, de mantenerse dentro de un gobierno. Podemos sabe que, en las próximas elecciones, puede quedar reducido a la mínima expresión: fuera del gobierno le espera la marginalidad, la irrelevancia y la “muerte lenta en el Hades” que diría un clásico.

El objetivo político del pedrosanchismo, coincide con el de ERC: suscribir un nuevo Pacto del Tinell con ERC, Bildu, la extrema-izquierda y con algún partido “de la España vacía”. Pero la situación es muy diferente a la de 2003.

En realidad, en 2003, aquel pacto hubiera sido algo inútil sin las bombas del 11-M. Fue gracias al 11-M que, entre dos y tres millones de votos, se decantaron pocos días antes de las elecciones hacia el PSOE, cuando el día antes, era indiscutible que el PP iba a ganarlas y todo el problema era sabir si renovaría mayoría absoluta o precisaría el concurso de CiU.

Ahora todo ha variado y el “todos contra el PP” ya no funciona:

- En primer lugar, porque la derecha ya no es “una”. La aparición de Vox, más que cualquier otra cosa o que la desaparición de Ciudadanos, ha trastocado todo el panorama político. De ahí la importancia que está teniendo en estas semanas, la ofensiva contra este partido.

- En segundo lugar, por la bisoñez, el infantilismo y la falta de experiencia de sus interlocutores en ERC. En 2003, Zapatero tenía como interlocutor a Pujol que todavía pesaba en la gencat: un viejo zorro corrupto… pero con experiencia sobre lo que se “podía hacer” y lo que “no se podía hacer”. La ERC se hoy, en cambio, es un amasijo de ambiciosos sin experiencia (Aragonés), dogmáticos independentistas y viejas glorias que ni siquiera se atreven a confesar el ridículo del 1-O y la imposibilidad de repetir el “procés” (Junqueras). Y todo este amasijo quiere ofrecer “apoyo” a cambio de “referéndum” (por aquello de que, en su masoquismo, son adictos al “jugar y perder”).

- En tercer lugar, porque no habrá nuevas bombas providenciales que decanten votos in extremis en favor del PSOE. Bush ya no gobierna en EEUU y resulta muy difícil organizar “extraños atentados” ni por parte de la Al Qaeda de entonces, ni del Isil de ahora.

- En cuarto lugar, porque la derecha ya no está dirigida por un “antisocialista” como Aznar, sino por una persona que ha repetido, por activa y por pasiva, desde que fue elegido secretario general del PP, que, si necesita pactar, lo hará con el PSOE antes que con Vox. Y Feijóo tiene en mente obtener mayoría, claro, pero si no la obtiene, su planteamiento ideal sería pactar con un PSOE liderado por Page o por algún otro barón socialista desvinculado de los pactos con la “no España” y con Podemos. No es un planteamiento absurdo, si tenemos en cuenta que el día después de las elecciones, se acaba el pedrosanchismo, o dimite o, simplemente, sus pares, lo echan a patadas.

ANTE LAS PRÓXIMAS ELECCIONES Y CONTEMPLANDO LAS SIGUIENTES

Ejerzamos de futurólogos. Las próximas elecciones (para después de las municipales y autonómicas del año que viene, en las que el PSOE recibirá un “palo” notable y que seguramente se convocarán para septiembre u octubre de 2023) registrarán un ascenso sin precedentes del PP y una merma de votos del PSOE. Ninguna de las dos formaciones revelará sus cartas -como viene siendo tradición en la democracia española: ocultar al electorado lo que se hará el día después con el voto depositado por el ciudadano-; es muy difícil que el PP alcance la mayoría absoluta. Vox haría mal en “apoyar exteriormente” al gobierno. Y Feijóo, se sentirá libre, especialmente después de que el PSOE haya jubilado a Sánchez, lanzar un llamamiento para una “gran coalición” (la fórmula reclamada por la socialdemocracia alemana desde los años 90 y, hoy por hoy, por toda la Unión Europea).

Por entonces, la situación económica del país estará muy deteriorada: lo insoportable de la deuda pública y el hecho de que el Banco Central Europeo hayan dejado de comprar las emisiones de deuda del Estado, generará el que las primas de los seguros se disparen. Feijóo realizará un esfuerzo en la única dirección que ha prometido hacer: tratar -como hizo Rajoy al asumir el poder- tratar de reconducir la situación económica. ¿Reducir impuestos? Hay un camino más simple que no dudamos adoptará: reducir el gasto público, ahorrar unas decenas de miles de millones en ministerios absurdos, reducir las subvenciones a los chiringuitos “humanitarios”. Todo lo demás quedará exactamente igual que ahora: es cierto que no se adoctrinará en la misma medida que ahora y que se recortará los efectos más chuscos de algunas leyes emitidos por los sectores más perturbados y enloquecidos del gobierno. Pero, salvo la economía y acallar el runrún de las autonomías y de los sindicatos (que solo chistan cuando les reducen el pienso), serán las consecuencias de este pacto de gobierno (ya sea una “gran coalición” formal, con representantes de los dos partidos en el gobierno, o disimulada, como es más probable, con pactos de apoyo parlamentario entre PP y PSOE). Esta hipótesis es la más querida por Feijóo.

¿Y Vox? Vox debe “aguantar el tirón”. Si Vox sabe gestionar la inmensa virtud de la paciencia, tiene el terreno ganado en las elecciones siguientes. Feijóo, habrá afrontado solamente el problema económico, pero, a esas alturas, ya será de muy difícil resolución: la deuda no puede estirarse mucho más. Y, por mucho que se baje el gasto público o se gestione mejor, las bajadas de impuestos y el aumento de los intereses y de lo seguros de la deuda, hace cuestionable una “recuperación” que sitúa los niveles de inflación y de paro en la media europea. Pero, hay que excluir marchas atrás en “memoria histórica”, “aborto”, “LGTBIQ+”, política internacional, política magrebí, política de inmigración, la ruina del sistema educativo y la alarmante situación en la que se encuentra el sistema sanitario, todo esto seguirá exactamente como está hoy. Habrá que estar atentos a las “reformas constitucionales” que se puedan pactar. Pero si el gobierno Feijóo quiere alardear de algo más, sin duda, presentará batalle en materia de “orden público” (la especialidad de la derecha… lo que implica una nueva política en ruptura con la impuesta por Marlaska y sus “chuequistas”) y en aumento del número de turistas… otro sector en el que la derecha, históricamente, siempre se ha movido bien. En definitiva: casi nada o muy poco para la tarea de reconstrucción nacional pendiente y que, desde luego, Feijóo no tiene interés en asumir.

Pero, además, el riesgo de una “gran coalición” consiste en el desgaste de los dos partidos, especialmente en un país en el que, por activa y por pasiva, las dos partes, durante más de cuarenta años se ha negado a negociar. Una coalición de este tipo se hubiera impuesto en varios momentos en años anteriores, incluso para afrontar reformas constitucionales, poner fin al terrorismo por la vía de su aplastamiento, en lugar de negociando perdones y dando la espalda a las víctimas, resolver el problema de la centrifugación independentista, resolver problemas sociales, tomar posturas unitarias ante la UE, etc. En principio, es imprevisible la reacción que pueda tener el electorado de ambos partidos. Pero, lo que está muy claro es que, si estas políticas fracasan -y todo hace pensar que tienen un riesgo muy elevado de fracasar, ambas formaciones pueden quedar heridas de muerte; y mucho más el PP que el PSOE: el PP tiene, hoy por hoy, a su derecha al que es el “tercera partido”, mientras que, a la izquierda del PSOE solo quedan despojos. Ya no estamos en los tiempos en los que, con Rajoy o con Aznar hubiera podido zurcirse una “gran coalición”, cuando todavía regía el “sin enemigos a mi derecha”, tan obstinadamente defendido por Fraga. Ahora, hay un partido “a la derecha de la derecha”.  Sin olvidar que Feijóo sigue teniendo dentro del partido sectores que parece estar mucho más cerca de Vox que de su estrategia de buscar apoyos en el PSOE.

Por entonces, no hay que olvidar que, tanto en Francia como en Alemania puede haber rectificaciones de los equilibrios tradicionales entre partidos. En Francia, las olimpiadas a celebrar en París en el 2024 serán una prueba de fuego que, no dudamos impactará a la sociedad francesa y europea y escenificará, delante de todo el mundo, el fracaso de las políticas de integración orientadas hacia la inmigración africana. Marina Le Pen espera ese momento como agua de mayo. También será el momento de Vox, a condición de que tenga paciencia, separa esperar sin convulsiones internas, insistir en las políticas para seguir siendo un partido verdaderamente “populista” (patriotismo + justicia social), que sea el “partido de nuestra gente” e insista, como condición previa para una “regeneración nacional”, en restar poder a la partidocracia y entregarlo a la sociedad civil.

Falta hace, aunque solamente sea para cambiar de siglas. Porqué las del PP y del PSOE llevan ya demasiado tiempo prolongando su existencia, y los problemas del país no dejan de aumentar.