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jueves, 27 de marzo de 2014

"COMEOS LOS UNOS A LOS OTROS...". LA RELIGION DEL CANIBALISMO Y EL SACRIFICIO HUMANO


Info-krisis.- En junio de 1980 fue detenido en París Isei Sagawa, estudiante. Había cortado las nalgas de su amiga holandesa, a la que acababa de matar, con un cuchillo eléctrico -made in Japan, por supuesto- y las había cocinado al curry. Unos años antes los supervivientes del avión de LAN Chile desaparecido en los Andes revivieron el drama de la balsa del "Medusa" inmortalizado por el cuadro de Louis David. En ambos casos supervivientes de una catástrofe debieron devorar los cadáveres de sus compañeros para poder no morir de hambre. Sin embargo, estos tres casos son atípicos en relación al canibalismo y a los sacrificios humanos.

En Noviembre de 1995, el alpinista César Pérez de Tudela, junto al profesor Vicente Martínez, especialista en tribus indígenas, se toparon en Nueva Guinea con lo que parece ser la última tribu de caníbales identificada. Con el apoyo institucional del Príncipe de España y de la Comunidad Autónoma de Madrid, esta expedición supuso un verdadero hallazgo antropológico. Después de un mes de búsqueda y de indecibles penalidades, Pérez de Tudela y Vicente Martínez, encontraron poblados situados en las fuentes de los ríos de Irian Jaya en Nueva Guinea, cuyos habitantes, desnudos y viviendo en los árboles, jamás habían tenido contacto con la civilización. Las autoridades tenían ligeros indicios de que aun practicaban la antropofagia. La expedición española vio numerosas cabezas cortadas a las que habían devorado partes de sus cuerpos. Un misionero desaparecido en esa zona meses antes había sufrido idéntica suerte. Al ser nómadas, estas tribus son de difícil localización; las regiones que recorren, muy insalubres, están habitualmente azotadas por la malaria. Pérez de Tudela y sus acompañantes, habían encontrado a los últimos caníbales del planeta. Hubo un tiempo en que la costumbre de comerse los unos a los otros estuvo extraordinariamente extendida...
        

martes, 2 de abril de 2013

Teoría y práctica de la familia en España


Esta obra forma parte de una trilogía formada por Identidad, patriotismo y arraigo en el Siglo XXI, y Reflexiones sobre la crisis de España (por la construcción de un patriotismo revolucionario). Se trata de un libro de antropología sobre la sociedad tradicional española, concretamente sobre las relaciones hombre-mujer. El autor reconoce que la España en la que existieron las tradiciones que describe, ya no existe, ni va a retornar: se trata de una España que fue y que ya nunca más volverá a ser. Pasa revista a las tradiciones sobre el noviazgo, el matrimonio y la paternidad. El panorama que nos pinta es el de una sociedad ingenua, en blanco y negro, arcaica y rural, pero también alegre, ingenua, y confiada. El mensaje que nos transmite esta obra es que aquella sociedad tradicional, hecha para durar, había sabido mantener una identidad y un concepto básico que aseguraba su cohesión interna: el sentido de la Comunidad. El autor pasa revista a todas estas tradiciones antiguas haciendo gala de un fino sentido del humor que en ocasiones no solamente es ironía en el tratamiento sino especialmente en la selección de los rasgos antropológicos y culturales a los que pasa revista. Una obra, en definitiva, que entretendrá al lector, lo formará, le informará y le concienciará.

martes, 21 de febrero de 2012

¿Por qué los inmigrantes se obstinan en amargarme la vida?


Info|krisis.- El viernes me subo en un tren que me conduce a Valencia a Barcelona. Es un viaje corto, apenas tres horas, pero siempre pródigo en acontecimientos. Por algún motivo, el tren, cuando parte de Lorca (mucho antes incluso del terremoto) suele llegar con retraso. Aquella zona, además, es pródiga en inmigración, así que es frecuente que haya un cierto número de marroquíes en el tren. Todavía recuerdo dos días después del 11-M cuando se me sentó, justo delante, un moro de aspecto intranquilizador con una bolsa que dejó en el portamaletas. Aun cuando yo no creía en la “versión oficial” de los atentados, reconozco que sentí cierta intranquilidad con el moro de marras que me costó superar. En este último viaje, por el contrario, todo era más familiar: una madre magrebí vestida a la usanza de su país y con algo así como 150 kilos intentaba sentarse delante de mí acomodando a sus hijos un poco por todo el vagón. Por si el volumen de la mujer fuera poco, durante todo el viaje estuvo lamiendo chupa-chups. Uno de sus hijos pequeños –apenas dos años- también estaba armado de chupa-chups que, de tanto en tanto, pringaban la tapicería de los asientos, el pantalón del pobre diablo que tenía enfrente o las cortinas del vagón. Además, aquella familia feliz tenía la mala costumbre de hablar en su guirigay particular a voz en grito. Yo tenía endosados en los oídos los auriculares del tablet con las gomas aislantes del sonido ambiental y me era imposible inhibirme de aquella mezcla de chillidos y alaridos que algún lingüista se obstina en llamar idioma. Todos los pasajeros estaban en situación de shock desde la salida de la estación de Pintor Sorolla en Valencia hasta el desembarco en Barcelona Sans. Cuando terminó aquel viaje y dejamos atrás a aquella familia feliz llegada del sur, creo que todos los pasajeros respiramos.