El sábado pasado participé en una entrañable comida con otros tres viejos camaradas que hacía mucho tiempo que no veía; en un caso con un querido camarada que hacía 32 años que no nos saludábamos. Milagro de las identidades ideológicas el percibir que pasadas las décadas seguimos compartiendo las mismas posiciones. Nosotros somos, de los que no traicionan. Nosotros somos aquellos que tienen tan asumidos sus comportamientos que no serían capaces de asumir otra identidad ideológica. El motivo del encuentro era realizar un documental sobre Juan Ignacio asesinado por quien algunos imaginamos desde hace 30 años.
Juan Ignacio era el mejor de todos nosotros. Por eso lo apreciábamos y por eso aceptábamos su liderazgo. Era entre todos nosotros el “primus inter pares”, aquel en quien confiábamos y aquel por el que estábamos dispuestos a luchar y a seguir sus órdenes. Fue asesinado en un no-tan-oscuro-episodio en noviembre de 1980. Su crimen sigue impune treinta años después. Ni se sabe quién lo asesinó, ni se sabe quién firmó la orden para que lo asesinaran. Yo no lo he olvidado: quiero saber, antes que cualquier otra cosa, quién lo asesinó y quiero que lo pague a pulso.
Os contaré una historia. En 1919, Benito Mussolini era todavía un agitador socialista. Hacía tiempo que había sido expulsado del PSI y quería que la nación italiana y su proletariado industrial recuperaran su dignidad. Les habló antes de la reunión de la Piazza del Santo Sepolcro en la que se fundó el Fascio milanés y les dijo: “Si avanzo, seguidme; si retroceso, matadme; si me matan, vengadme”. Y esto es lo que hoy quiero aplicar a mi relación (a nuestra relación) con Juan Ignacio.