lunes, 27 de abril de 2026

POR UN JUICIO OBJETIVO DEL FRANQUISMO: ADAPTACIONISMO Y REGENERACIONISMO


Concluida la Guerra Civil se inicia el “régimen de Franco”. Dicho período comprendido entre 1939 y finales de 1975, es el central en la Historia de España del siglo XX. Es habitual definirlo como una “dictadura”, si bien hay que presentar matices (que, en parte, ya vimos en la primera parte de este estudio). El primero de todos ellos es que no se trató de un período homogéneo, sino cambiante (que ya definimos como una forma de “adaptacionismo político”).

Las tres etapas del régimen están perfectamente marcadas: una primera, entre 1939 y 1942, con un marcado carácter “fascistizante” y la hegemonía de Serrano Suñer, próximo, en política internacional, a los países del Eje, en el que el régimen se adapta a una forma particular de “fascismo” (que hemos llamado “tercer fascismo” y al que hemos consagrado varios estudios en esta publicación) de moda en Europa en ese momento y ante la posibilidad de que los países del Eje resulten vencedores en la Segunda Guerra Mundial. Cuando estos deseos se vieron decepcionados (tras El Alamein, Stalingrado y la entrada de los EEUU en la guerra), se inició la segunda etapa que se prolongará entre 1943 y 1957, es la etapa “nacional–católica, en que se produce un segundo vuelco adaptacionista.

El cambio se decanta hacia lo más parecido al “catolicismo social” que habían promovido los vencedores en los países vencidos (tanto en Alemania como en Italia, las “democracias cristianas” fueron la opción con la que sustituyeron a los fascismos). Se desmantelaron los símbolos fascistas más evidentes y se potenció el papel de la Iglesia Católica a la que se entregaba la legitimidad moral del régimen y el control sobre la educación y sobre la vida pública.

El período nacional–católico fue el de mayor asfixia económica, hasta que, en la última etapa, la presión internacional fue cediendo y España se convirtió en un prometedor lugar de inversión y un aliado seguro de los EEUU en la lucha por la hegemonía mundial durante la Guerra Fría.

Y esto llevó a la tercera adaptación del régimen: tras la firma de los acuerdos con los EEUU de defensa mutua y cooperación, el régimen pudo entrar en los organismos mundiales de crédito creados en la postguerra mundial y, por otra parte, entró capital en España suficiente como para desarrollar la economía y convertir el país en la séptima potencial industrial de ese período. Y, entonces, lo que hizo falta fue: por un lado, terminar de institucionalizar el régimen, rebajar la tensión político–religiosa y colocar cuadros técnicos preparados para esta etapa “desarrollista”. Este último período, fue el “tecnocrático” que se prolongaría prácticamente hasta el final del régimen en 1975.

En general, los historiadores –salvo una minoría excesivamente ideologizada– coinciden que en el franquismo fue un régimen autoritario y no totalitario, ya que permitió cierto pluralismo limitado dentro de las élites (monárquicos, católicos, militares), no existió una componente única que fuera hegemónica a lo largo de las casi cuatro décadas en las que se prolongó y no buscó la movilización permanente de las masas, a diferencia del nazismo o el fascismo italiano.

El elemento determinante de este período fue el objetivo propuesto por Franco en 1936: llevar a España a niveles de desarrollo equiparables con el resto de países de Europa Occidental. Cuando concluyó el régimen con la muerte de Franco, puede decirse que este objetivo se había alcanzado en grandísima medida. Contrariamente a las visiones “ideológicas”, por nuestra parte, sostenemos que el régimen de Franco tuvo un objetivo a largo plazo, exclusivamente económico, de manera preferente y que iba parejo al intento de “reconstrucción nacional” que pretendía el viejo regeneracionismo español al cual, el régimen franquista, se adscribió objetivamente.

Y aquí es donde se inicia una polémica histórica, aún no resuelta, cuya cuestión fundamental es si el régimen fue “regeneracionista” o, simplemente, “autocrático”. Para nosotros está muy claro que Franco se apropió de muchos de la mayor parte del ideario “regeneracionista” para legitimarse, presentándose como la culminación de la “cura” que España necesitaba. Joaquín Costa, el principal intelectual regeneracionista, proponía al “Cirujano de Hierro”, como una figura autoritaria temporal que extirpara los males de la política (oligarquía y caciquismo). Era evidente que Franco asumió ese rol (y las circunstancias sugieren que se trató de un papel que no buscó deliberadamente, pero al que le determinó su historial previo a la Guerra Civil, su “baraka”, y demás azares de su biografía. Todo induce a pensar que Franco nunca fue ni quiso ser un “político”. Su historial de ascensos confirma a las claras que solamente aspiraba a ser un militar, el mejor de su promoción y a ocupar los más altos cargos… en las fuerzas armadas. Nada más.

Pero, además, el leitmotiv del franquismo fue el mismo que el eslogan propuesto por Costa: “Escuela y Despensa”:  priorizar la educación y el bienestar material sobre la política parlamentaria, para justificar la despolitización de la sociedad y centrar el discurso en el desarrollo económico y el orden social. Y en ese punto, cabría decir que el ideal franquista y el del resto de componentes que participaron en la “coalición” que dio lugar el “18 de julio”, coincidían colocando como denominador común de todo el ciclo, la voluntad de “Regeneración Nacional”, buscando romper con la decadencia del sistema liberal anterior: un objetivo que compartían desde 1898 las mentes más lúcidas del país. Cada componente tenía matices propios, connaturales a cada una de las ideologías y tendencias de las que procedían: pero el denominador común era siempre el mismo, llevar a la práctica el regeneracionismo.

Quienes opinan en contra de que el régimen franquista fuera “regeneracionista”, argumentan que fue “antidemocrático”. Sostienen que el regeneracionismo buscaba reformar el sistema, pero que el franquismo eliminó la posibilidad de elecciones libres y fue particularmente represivo y basado en la violencia política y en un aparato represivo. Sostienen que no “modernizó” España, sino que restauró valores tradicionales, con fuerte peso de la Iglesia católica.  Y, finalmente, que la modernización limitada y tardía: el desarrollo económico serio llega décadas después, y no implicó apertura política.

A la vista de todo esto, cabe preguntarse si, cuando Costa sostenía la necesidad de un “cirujano de hierro” creía que éste saldría de unas elecciones libres y que, con mandato de cuatro años, en medio de luchas partidarias, bastaría para “regenerar” España. Por otra parte, al hablar de “regeneracionismo” existen algunas confusiones: “regenerar” no era segar a la “España tradicional”, sino implementar el desarrollo económico y educativo de España. Existe una deliberada malinterpretación del regeneracionismo que consiste en que su propuesta solamente podía ejecutarse tirando por la borda todo lo que había sido España hasta ese momento. Y España, no lo olvidemos, era católica a lo largo de toda su historia desde la “conversión de Recaredo”. Su atraso secular no era un producto de ese catolicismo sino de circunstancias históricas muy concretas. Una de ellas, desangrarse durante los siglos XVI y XVIII en defensa de la catolicidad, no a causa de la catolicidad, sino en lucha contra otros países. Nadie, ni el propio Costa creía en que fuera posible una “regeneración” de guante blanco: en su propia idea de un “cirujano de hierro”, veía un “momento” traumático en la aplicación de los principios que proponía y que, él mismo, reconocía que no serían compartidos por la totalidad de la población.

Así pues, dejemos claro, desde el principio, que en el franquismo existió esa deliberada voluntad regeneracionista. Y que si el desarrollo económico se limitó a un período “tardío” (finales de los años 50) se debió, sobre todo a circunstancias internacionales. En efecto, en los años 40 se ha critica que el régimen fuera “autárquico”: en realidad no tenía otra salida y, la realidad de los hechos, impulsó un modelo de autosuficiencia. No es que, el desarrollismo de los años 60 hubiera supuesto el “despertar” del régimen, sino que solamente fue posible en ese momento gracias a cuatro elementos:

1º. La firma de los acuerdos con los EEUU.

2º. El fin del cerco internacional.

3º. La culminación de la reconstrucción de Europa Occidental tras la guerra mundial,

4º. La Ley de Inversiones Extranjeras de 1959 que, junto con el Plan de Estabilización, España abrió su economía a excedentes de capital y a inversionistas en busca de nuevos destinos particularmente rentables.

El “aislamiento internacional” fue el castigo que sufrió el régimen de Franco por haber apoyado al Eje en el primer momento de la Segunda Guerra Mundial. La “teoría de las dos guerras”, a la que ya hemos aludido en la primera parte de este estudio, chocó con la creación de las Naciones Unidas y del Nuevo Orden Internacional: en efecto, el régimen se había declarado “neutral” ante el conflicto entre el eje y los aliados occidentales, pero seguía considerando a la URSS como responsable de la Guerra Civil y cuando estalló el conflicto germano–soviético, Franco apoyó al Eje enviando la División Azul de voluntarios a Rusia: no fue, por tanto, neutral.

Pero, el Nuevo Orden Mundial cristalizado con la instauración de las Naciones Unidas (remedo relativamente mejorado de la Sociedad de Naciones), hizo de las cuatro potencias vencedoras, los garantes de la nueva situación y, una de ellas, la URSS, apoyada por una Francia que debía mucho a los exiliados republicanos españoles que habían participado en la última fase de la “resistencia” anti-alemana y donde la izquierda alcanzó un peso decisivo tras la guerra, impulsaron el “cerco internacional”. En el Reino Unido, el Partido Laborista (que durante la Guerra Civil había apoyado el envío de las Brigadas Internacionales, una de cuyas compañías llevaba su nombre), encabezado por Clement Atlee se prolongó desde su contundente victoria electoral en julio de 1945 hasta octubre de 1951 e hizo todo lo posible para mantener un “cinturón sanitario” en torno al franquismo. Bajo el liderazgo de su secretario de Exteriores, Ernest Bevin, el Reino Unido apoyó la exclusión de España de la ONU en 1945 y participó en la retirada de embajadores de Madrid en 1946 como señal de desaprobación. A medida que la Guerra Fría iba concretando sus frentes, el Reino Unido y el propio Atlee rebajaron esta hostilidad, hasta que, finalmente el regreso de los conservadores implicó una modificación de estas políticas.

En la medida en que el acta de constitución de la ONU establecía que cinco naciones tendrían derecho de veto (Estados Unidos, Reino Unido, Unión Soviética, Francia y la República de China (en ese periodo representada por el gobierno nacionalista, que posteriormente se trasladó a Taiwán), bastaba con que una lo pusiera sobre la mesa para impedir el acceso a la nueva entidad internacional de una u otra nación. Durante estos primeros años, la Unión Soviética fue el país que más utilizó el veto. El primer veto de la historia lo emitió la URSS el 16 de febrero de 1946 respecto a la situación en Líbano y Siria. Países como Estados Unidos no ejercieron este derecho por primera vez hasta mucho después (en 1970) y en cuanto a Francia y el Reino Unido utilizaron sus primeros vetos para bloquear resoluciones relacionadas con la invasión de la zona del Canal de Suez. La URSS usaba el veto con frecuencia para bloquear la admisión de nuevos estados, entre ellos España. Y México, ya durante la Conferencia de San Francisco, había lanzado una propuesta especialmente dirigida contra España.

Todo esto generó que, entre 1945 y 1950, España fuera excluida de la ONU y de los planes de reconstrucción europea (Plan Marshall). Pero el estallido de la Guerra Fría en 1948–49, modificó esta situación. El anticomunismo de Franco le valió la alianza con Estados Unidos. En 1953 se firmaron los Pactos de Madrid, que establecieron bases militares estadounidenses en suelo español, y en 1955 España ingresó en la ONU.

En los años 60, puede decirse que ya habían quedado atrás las lacras y los lastres de la Guerra Civil. Alguien ha dicho que fueron “años tranquilos”, en realidad, el elemento dominante fue la euforia económica, los “planes de desarrollo”. Fue la época de “los tecnócratas” procedentes de una fuerza que no había participado en la coalición del 18 de julio, el Opus Dei, prácticamente irrelevante en 1936.

Aquí vale la pena realizar un distingo que no suelen hacer algunos historiadores: es necesario distinguir entre los “nacional–católicos” y el Opus Dei; no solamente no eran lo mismo, sino que, muy a menudo, sus posiciones eran contradictorias. Mientras que los primeros tendían a una visión tradicionalista de la Iglesia y se mostraban interesados por la pureza católica de las costumbres, los miembros del Opus Dei, salidos de centros universitarios que impartían formación técnica y, especialmente, presentes en el Consejo Superior de Investigaciones Científicas y en la Universidad de Navarra, apostaban por el desarrollismo y las soluciones técnicas a los problemas.

En otras circunstancias, es posible que esta minoría opusdeísta no hubiera jugado nunca un papel determinante en el desarrollismo (si las otras componentes, los falangistas, los carlistas, los monárquicos, hubiera dispuesto de cuadros técnicos suficientes como para garantizar el curso del desarrollo económico: pero no los tenían) y Franco, con su irreprimible pragmatismo, optó por ellos a la hora de constituir los gobiernos de los años 60.

Pero, en 1967 era evidente que el tiempo pasaba, Franco, poco a poco, iba envejeciendo y empezaba a plantearse lo que ocurriría después. Así que el régimen optó por completar su cuadro legislativo (las Leyes Fundamentales) con la Ley Orgánica del Estado. Aprobada ésta, en 1969, Franco nombró como su sucesor al príncipe Juan Carlos de Borbón, a título de Rey. Era el intento de perpetuar el régimen (un “franquismo sin Franco”) tras su muerte.