Info-Krisis.- No sabríamos como definir la Barcelona tradicional, si inhibida y pacata en lo sexual o desenfadada y dionisíaca. A decir verdad hemos encontrado rastros de lo uno y de lo otro. Barcelona tuvo, como todo puerto de mar, un barrio de dudosa reputación, salpicado de lupanares, llamados aquí, eufemísticamente, "casas de barrets". Incluso hasta nuestros días la institución de los "meublés", cuya discrección y exquisitez ponderan todos los que han pasado por ellos, es muestra de ese doble aspecto: de un lado se vive el deseo de gozar, de otro se mantiene en secreto. ¿Tiene la sexualidad de los barceloneses algo que ver con lo mágico y misterioso que nos ocupa? Hubo un tiempo en que sí.
Antes hemos aludido a las brujas y hechiceras. No es ningún secreto -y así lo hemos dicho- que, desde la más remota antigüedad existió un nexo de unión entre brujas y celestinas; desde Roma y, posiblemente también en Egipto, las primeras celestinas fueron también hechiceras; el filtro amoroso se situaba en el espacio común y exigía de la celestina una sabiduría que iba mucho más allá de satisfacer las necesidades lúbricas de la clientela. Por lo demás, alguién ha definido al sexo "como la fuerza mágica más fuerte de la naturaleza" y a poco que meditemos sobre ello veremos que así es, en efecto. El sexo está íntimamente ligado -aunque no necesariamente- al Amor. Y los barceloneses de ayer y de hoy se han amado como pocos pueblos.