Querido Diario:
¿Qué paso en los años 60 para que
algo se torciera en buena parte del planeta? Ayer estaba recorriendo algunos
barrios de San José que desconocía. Era curioso porque entre un urbanismo
caótico y desordenado aparecían algunas casitas de estilo local y de singular,
pero apagada, belleza. He visto, edificios art-decó rodeados de chabolas y
casas coloniales a dos pasos de chatarrerías chirriantes. Mi acompañante, que
conoce bien la historia local, me comenta que fue a partir de los años 60 cuando la ciudad tomó en muchos
barrios ese aspecto desastrado que tiene. Las calles, por lo demás,
cubiertas por baches producto de la simbiosis entre un mal asfaltado y las
lluvias diarias que genera la particular climatología centroamericana, están
recorridas también por marañas de cables de electricidad y telefonía que
constituyen una verdadera malla, muy propia de cualquier otra ciudad
iberoamericana. ¿Qué ocurrió en los 60 para que las malas prácticas urbanísticas
se desataran en el país? En un país tranquilo y pacífico, que figura como el “país
más feliz del mundo” en las estadísticas internacionales de felicidad, donde no
hay ejército (por tanto no hay posibilidad de golpe de Estado), ni
prácticamente oposición, ni por supuesto movimientos revolucionarios (ni los ha
habido nunca), parece
inevitable que los gobiernos se duerman. A fin de cuentas, los gobernantes ya tienen para
sí lo que quieren (buen sueldo, buenas posibilidades de desviar comisiones y
fondos y posibilidad de grandes negocios que solamente pueden realizarse desde
las esferas del poder) así pues ¿para qué cambiar algo? ¿para qué pensar en los
electores si cada cuatro años votan mecánicamente a quien se les presenta como
oferta electoral? Eso es lo que ocurrió en los años 60: la clase política no consideró
necesario adoptar planes de futuro… porque no tenía ningún tipo de oposición.
Había alternancia en el poder. No había alternativa. Eso es lo que ha
hecho de San José de Costa Rica una ciudad con barrios infernales. El silencio
de la población, siempre garantiza la pereza de la clase política. Bueno, pues
en España, otro tanto…
