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lunes, 22 de agosto de 2022

LA ESCUELA DE FRANKFURT (VI) - LA IRRUPCIÓN DEL "MARXISMO OCCIDENTAL" CON KARL KORSH Y GEORGY LUCKÁCS


3. Georgy Lukács, Karl Korsh y la "Primera Semana de Trabajo Marxista"

En 1923, la oleada de agitación bolchevique en Europa central. Las sucesivas derrotas han enseñado a los partidos comunistas que ni la revolución, ni la guerra civil en los países occidentales iban a estallar en un futuro próximo. Dos teóricos marxistas, Georgy Lukács y Antonio Gramsci, empiezan a considerar que Marx no tuvo en cuenta algunos puntos. El primero coincidirá con Karl Korsh, en la Primera Semana de Trabajo Marxista. Este acto es considerado como el “seminario fundacional del Instituto de Investigación Social de Frankfurt”.

En dicho seminario se presentaron dos trabajos. Por un lado, Historia y conciencia de clase de Georgy Lukács y por otra Marxismo y filosofía de Karl Korsh. A partir de ese momento se inicia lo que se ha llamado el “marxismo occidental” que sería aquella forma de marxismo que rescata al Marx anterior a 1848 en el que, además de demostrar interés por la economía, evidenciará también tendencias filosóficas, éticas, culturales y antropológicas. Los “marxistas occidentales”, asumirían esta herencia y tratarían de actualizarla. Este marxismo sería radicalmente diferente al “marxismo oriental”, considerado no solamente en su acepción geográfica, sino como forma militante del marxismo, encuadrado en los partidos comunistas de obediencia moscovita y en la Tercera Internacional creada por Moscú. El término “marxismo occidental” se aplica, habitualmente, a aquellos marxistas que sitúan en un lugar secundario los estudios económicos de Marx y priorizan el interés por sus ideas filosóficas. Eso les permite introducir en la mecánica materialista de Marx, elementos “humanizadores”, extraídos especialmente de Hegel. Suele enfatizar la importancia de los factores culturales que, los “marxistas orientales” tan solo consideran a la hora de movilizar a los “trabajadores de la cultura” para la causa del proletariado.

Georg Lukács era algo mayor que la mayoría de los miembros de la Escuela de Frankfurt. Había nacido en 1885 (Marcuse nació en 1898, Adorno en 1903, Horkheimer en 1895, Benjamin en 1892, Weil en 1898). Judío como ellos, a diferencia de ellos había sido un hombre de pensamiento y de acción. Al estallar la Primera Guerra Mundial -declarado inútil para el servicio de las armas- abordó el estudio de la obra de Marx e ingresa en el partido socialdemócrata. En noviembre de 1918 figura entre los disidentes socialdemócratas que se integrar en el recién constituido Partido Comunista de Hungría bajo la dirección de Béla Kun.

 

Vale la pena detenernos brevemente en estos hechos. Ente el primer y el segundo congreso del Komintern, los sucesos que tuvieron lugar en Hungría supusieron un nuevo sobresalto para los amantes de la ley y del orden en Europa. Tras la caída de los Habsburgo, asumió el poder, Miguel Károlyi, un pacifista socialdemócrata que achacaba a la monarquía haber arrastrado el país hacia la guerra. Su programa era paz, formación de un Estado Húngaro separado de los territorios de la corona austríaca, régimen republicano y reformas sociales. El 25 de octubre de 1918 se constituyó un Consejo Nacional bajo la presidencia de Károlyi. Sin embargo, el Partido Comunista lanzó a las masas a la calle actuando al margen de las decisiones del Consejo Nacional y proclamaron la revolución socialista, ocupando edificios públicos y cuarteles. El conde Tisza, hombre fuerte de la corte fue asesinado por los soldados, impidiendo el regreso del monarca que se encontraba negociando en Viena. El 16 de noviembre de 1918 se proclamó la República, apareciendo en todo el país comités de obreros, campesinos y soldados. La situación dentro del país era insostenible: Károlyi propugnaba una alianza con Occidente, mientras que los soviets constituidos contemplaban solamente alianzas con Moscú. Pero no existía todavía un “partido comunista” que pudiera capitalizar la acción de los soviets. Lenin recurrió a los prisioneros húngaros que se encontraban en campos de concentración rusos. Con ellos constituiría lo esencial del nuevo partido. Su dirigente sería Bela Kun, un periodista judío de clase media, afiliado al Partido Socialdemócrata desde 1902 y que, a poco de ser capturado por las tropas rusas, ingresó en el Partido Bolchevique. Liberado tras la revolución de octubre de 1917, trabajó como periodista para el Comisariado de Asuntos Exteriores ruso y, finalmente fue elegido por Lenin para ponerse al frente del Partido Comunista Húngaro creado en Moscú el 4 de noviembre de 1918. A finales del mismo mes, Kun entraría en Hungría, acompañado por Tibor Szamuelly y Josef Rabinovicz, judíos como él, fundado con dinero traído de Moscú, el primer diario comunista húngaro, Vörös Ujsáj. Desde el primer momento, el tono de la nueva publicación fue extremadamente combativo y crítico con los medios socialdemócratas. El presidente Károlyi ordenó la detención de Kun y del resto de dirigentes comunistas, pero no les impidió seguir desde la cárcel con su tarea de agitación a través de las columnas de Vörös Ujsáj. Los comunistas húngaros fueron liberados y canjeados por una delegación socialdemócratas que ingenuamente se encontraba en Moscú. El 20 de marzo de 1919 la Entente envió a Budapest las condiciones para el armisticio: Hungría perdía las zonas que en ese momento estaban ocupadas por la Entente y debía ceder otros territorios a Rumania. El gobierno presentó su dimisión y Bela Kun aprovechó para exigir a la socialdemocracia la proclamación e la República Húngara de los Soviets y estableciese una alianza con la URSS.  Al día siguiente se firmó el pacto de unificación entre comunistas y socialdemócratas y se constituía el Consejo Revolucionario, dirigido por Aljandro Garbal, un albañil, sin apenas personalidad política, Bela Kun se reservó el cargo de Comisario de Asuntos Exteriores y Georgy Lukács el de Educación. Es significativa la opinión recogida en una publicación norteamericana contemporánea, New  International Year Book of 1919:

Uno de los puntos débiles principales del nuevo régimen era la animadversión a los judíos. En los distritos rurales el sentimiento general era que la revolución había sido un movimiento de los judíos para apoderarse del poder en beneficio propio; se oía frecuentemente el comentario de que si los judíos de Budapest se morían de hambre, tanto mejor para el resto del país. El gobierno de Bela Kun se componía casi exclusivamente de judíos que también desempeñaban los cargos administrativos. Los comunistas se habían unido inicialmente con socialistas que no eran del partido radical extremista, sino que se asemejaban algo a los laboristas o sindicalistas de otros países. Bela Kun, sin embargo, no seleccionó a su personal entre ellos, sino que se dirigió a los judíos y constituyó virtualmente una burocracia judía”.

En los dos primeros meses, más de 3.000 sociedades y propiedades pasaron a manos del Estado que no estuvo en condiciones de gestionarlas, consiguiendo que pocas semanas después se declararan en quiebra. El hecho de que la casi totalidad de los miembros del del nuevo gobierno revolucionario fueran de origen judío generó reticencias por parte de la población campesina, mientras que los temporeros exigían la rápida distribución de las tierras. El gobierno respondió reprimiendo las protestas de unos y otros y generando 10.000 muertos en los choques con las tropas gubernamentales. Cien días después habían sido asesinadas 35.000 personas, incluyendo mujeres y niños. Lo sorprenden es constatar los grupos sociales a los que pertenecían: burgueses, empresarios, militares y… judíos adinerados. En total, los 100 días de gobierno bolchevique en Hungría habían costado 50.000 muertos… El ejército rumano, entrando en Budapest puso fin a esta desastrosa experiencia que vacunó a Hungría contra el comunismo y cuyos efectos duraron durante todo el período soviético (1945.1988) y subsisten en nuestros días.

Lukacs, al acabar la Primera Guerra Mundial, tenía intenciones de emigrar a Alemania, pero no logró que sus títulos fueran reconocidos en Heidelberg, por lo que decidió seguir una carrera política en Hungría. Lo convenció Bela Kun. Así, en pocas semanas, Lukacs renunció a lo que había escrito en El bolchevismo como problema moral, última publicación premarxista, y se decantó por lo que había criticado apenas unas semanas antes. Fue nombrado Comisario del Pueblo de Educación y Cultura, adjunto del Comisario de Educación Zsigmond Kunfi (nacido Zsigmond Kohn, judío, por tanto). Cuando, el propio Lukacs se descargaba de responsabilidades en las masacres que tuvieron lugar durante la revolución húngara, olvidaba su artículo publicado en Nepszava el 15 de abril de 1919: “La posesión del poder del Estado es también un momento para la destrucción de las clases opresoras. Un momento que debemos usar”, texto que, por sí mismo, le valdría ser considerado como el “autor intelectual” de las masacres de aquella revolución. A pesar de su título de Comisario de Educación y Cultura, fue nombrado también comisario de la Quinta División del Ejército Rojo húngaro. Y se mostró despiadado: en mayo de 1919, ordenó el fusilamiento de ocho de sus propios soldados, algo que se vio obligado a reconocer años después.

Si nos hemos extendido más de la cuenta en la figura de Lukács, es porque, puede ser considerado como “padre intelectual” de la primera generación de la Escuela de Frankfurt. En su trabajo presentado en la Primera Semana de Trabajo Marxista, Lukács, se centra en el concepto de dialéctica hegeliana para descubrir el devenir histórico como una “totalidad”, pero no ya al estilo tradicional, vinculada a los designios divinos, sino su estricta inversión: la comprensión total de la realidad socio-económica de cada momento. Escribe: “El conocimiento de los hechos no es posible como conocimiento de la realidad más que en ese contexto que articula los hechos individuales de la vida social en una totalidad”. Lukács se limita a repetir lo que el “joven Marx” ya había dicho: “las relaciones de producción de toda sociedad constituyen un todo” y son “la clave misma del conocimiento histórico de las relaciones sociales”.

Influenciado por el Tomo I de El Capital, aprovechará para introducir dos temas que luego desarrollará la Escuela de Frankfurt (y, en concreto, Marcuse) en su teoría sobre “la industria cultural”. Por una parte, hablará del “fetichismo de la mercancía”. Fetichismo es toda creencia en que un objeto puede encerrar poderes superiores. Lukács rectifica a Marx que creía que el valor de las cosas es inherente a ellas mismas, y explica que tal valor está determinado por las relaciones sociales de producción. El segundo elemento del capitalismo sobre el que se centra Lukács es la “obsesión cuantitativa” que percibe en él: el capitalista está obsesionado por la producción estandarizada de objetos de consumo y esta es su lógica, producir más, más rápidamente, a un coste menor, obteniendo un mayor beneficio. Lo que le interesa, sobre todo, es la primera parte de esta ley, la producción estandarizada. Lukács sostiene que este paradigma cuantitativo consistente en aplicar patrones de estandarización se reproduce en todos los escalones del sistema capitalista, sea cual sea el escalón que se ocupa: el médico no pensará por sí mismo, se limitará a aplicar protocolos, el juez aplicará leyes estandarizadas, la escuela buscará formar jóvenes en función de los programas de estudio prestablecidos. En cualquiera de estos casos, lo cuantitativo gobierna sobre lo cualitativo. No se trata de llegar a lo “mejor”, sino de superar lo “más”. Y entonces llega a la teoría de la alienación: “la cultura moderna -dice- es el resultado de un proceso generativo que termina separando el alma humana de sus productos culturales”, tema en el que aparece una línea convergente con el pensamiento de Gramsci. Como éste, Lukács intenta reforzar el marxismo con elementos procedentes de Hegel, de Simmel o de Weber, en otras palabras, superando el nivel exclusivamente económico y ampliando la polémica a los aspectos objetivos, estéticos y éticos que Marx había dejado en segundo plano.

Lukács, al igual que hará Gramsci en esa misma época, duda se da cuenta de que algo “no funciona” en el concepto de “conciencia de clase”. Distingue entre la “conciencia de clase” que se atribuye al proletariado, de la conciencia de clase que tendría si no estuviera alienada y fuera consciente de los hechos que la rodean. Lukács toma en consideración a Nietzsche y acepta su doctrina sobre la “muerte de Dios” que ve presente en Hegel. La muerte de los dioses implicó la dispersión y la pérdida del sentido unitario de la historia, pero con la “aparición del proletariado”, y con su inclusión en el proceso dialéctico de la lucha de clases es posible recuperar una interpretación unitaria de la filosofía de la historia. En el momento en el que aparezcan “disidencias” en el devenir histórico, serán interpretadas como obstáculos -contradicciones- que encuentra el proletariado para afirmar su hegemonía sobre la burguesía. Nada más. Y esas contradicciones no serán solamente del capitalismo, sino del proceso total de la historia. Esto implica que, para conocer el capitalismo será preciso recurrir también a las contradicciones que genera y que estarán encarnadas en el proletariado.

Posteriormente, Althuser, marxista estructuralista, miembro del Partido Comunista Francés, desarrolló algunos aspectos del gramscismo. Su vida estuvo marcada por la inestabilidad y los problemas mentales (en 1980 estranguló a su esposa, siendo internado en un psiquiátrico y dictaminado que asesinó a su esposa en un acto de locura). En su obra, Ideología y aparatos ideológicos del Estado, establece que la familia, la iglesia, la escuela, los partidos y los sindicatos terminan siendo siempre “aparatos ideológicos del Estado” a través de los cuales se transmite su influencia a través de la sociedad. Así mismo, las prisiones, las leyes, las policías y los ejércitos, forman parte de los “aparatos represivos del Estado”. Ambos se coaligan para asegurar que la “ideología dominante” siga siéndolo, detener, ralentizar y/o invertir el proceso dialéctico que llevaría al triunfo final del proletariado sobre la burguesía. A través de estos “aparatos ideológicos”, el Estado consigue mantener al proletariado en su estado de “alienación”.

Conocer al proletariado implica conocer la naturaleza de su alienación. Para Marx, la “alienación” era el abandono de la propia naturaleza, de lo que son las personas, para convertirse, ser y pensar en algo que no son. Marx sostenía que el trabajador está alienado desde el mismo momento en el que vende su fuerza de trabajo deja de ser dueño de una parte de sí mismo, le “aleja de su humanidad” y pierde la capacidad para determinar su vida y su destino. Esto ocurre porque el empresario no le importa si el trabajador comprende el valor de su trabajo y la importancia de éste. Todo lo que obliga el capitalista está guiado por el deseo de obtener una mayor cantidad de beneficios y extraer del trabajador el máximo de plusvalía. Marx se limitó a adaptar una teoría de Ludwig Feuerbach, verdadero creador de la teoría de la alienación (que aplicaba al cristianismo afirmando que Dios ha alienado las características naturales del ser humano). Luego, añadió el concepto de “cosificación” al que conduciría inevitablemente la alienación capitalista: los trabajadores dejarían de ser tratados como seres humanos, para pasar a ser “cosas”.

Lukács aspiraba a encontrar una fundamentación filosófica al bolchevismo y sostenía que la superioridad marxista radicaba en el “método”: argumentaba que “aunque todas las proposiciones sustantivas fueran rechazadas, el marxismo seguiría siendo válido debido a su método distintivo”. Lukács, quería evitar por todos los medios que el marxismo pasara a ser una especie de “religión laica”, con sus dogmas, sus sumos sacerdotes, sus catequistas, y sus “creencias”. Sostenía que el marxismo ortodoxo era, ante todo, un “método”. En otras palabras, que el ejercicio del materialismo dialéctico es el camino que conduce a la verdad y, por tanto, hay que conocer a la totalidad del marxismo. Si se acierta en la utilización del método, se percibirán todos los mecanismos de la alienación y será posible esquivarlos, denunciarlos y destruirlos, y, por lo mismo, en ese momento se percibirá que el proletariado es el sujeto histórico y, por tanto, la historia volvería a tener un sentido que había perdido al caer los antiguos dioses.

En el prefacio de la reedición de esta obra en 1967, Lukács explica como tuvo ocasión de leer en 1930, dos años antes de que se publicaran, los Manuscritos económicos y filosóficos de Marx de 1844. En esa época, se encontraba en Moscú colaborando en el Instituto Marx-Engels, encargado de estudiar los manuscritos inéditos de Marx. En ese momento ha tenido que hacer la autocrítica para ser readmitido en el Partido Comunista. Alega que, cuando escribió Historia y conciencia de clase, todavía no conocía estos escritos y atribuyó a Marx, doctrinas que, en realidad, eran de Hegel. Hoy se sabe -tras la caída de la URSS- que durante aquellos años colaboró en las depuraciones estalinistas. Al regresar en 1944 a Hungría, en los furgones del Ejército Soviético, fue nombrado profesor de Estética en la Universidad, miembro del Parlamento y de la Academia de Ciencias. Nombrado ministro de cultura popular en el gobierno de Imre Nagy, siendo encarcelado al producirse la Revolución de 1956. A diferencia de Nagy, Lukács volverá a Budapest al año siguiente, siendo solamente expulsado del partido.

Karl Korsh, ni era judío (a pesar de que su esposa si tuviera un 50% de sangre judía), ni siquiera pertenecía a la aristocracia económica. Estudió en Londres entre 1912 y 1914, adhiriéndose a la Sociedad Fabiana.

También, a diferencia de casi todos los “frankfurtianos” había participado en la Primera Guerra Mundial, si bien nunca participó en los combates de las trincheras y su compañía, llamada “compañía roja”, fue de las primeras en insubordinarse y negarse a combatir generando el hundimiento del frente. Su relación con la Escuela de Frankfurt se limita a su participación en la Primera Semana de Trabajo Marxista. Tampoco participó en ninguna de las acciones insurreccionales de los años 1919-1922. En julio de 1919 se unió a los socialdemócratas independientes (USPD) y con esta formación ingresó en el Partido Comunista Alemán, asumiendo una línea leninista en el “aparato de propaganda”. Tras su participación en la Semana de Trabajo Marxista fue ministro de justicia en Turingia durante unas semanas. Luego fue elegido diputado del parlamento regional y más tarde en el Reichstag. Participó en el V Congreso del Komintern y dirigió la revista teórica del KDP: Die Internationale. Resultaría expulsado del partido en 1926, aunque solamente renunciaría tardíamente a su fe marxista a finales de los años 50.

Su obra más significativa, presentada en el curso de la Semana de Trabajo Marxista es Marxismo y filosofía. De todo el entorno de la primera generación de la Escuela de Frankfurt (a la que él, formalmente, no perteneció, pero con la que se relacionó a través de varios de sus miembros, Félix Weil, entre otros), Korsh fue el único que verdaderamente tuvo una experiencia política y militante directa y no se limitó a ver los toros desde la barrera.

Korsh, en tanto que doctrinario, lamentaba profundamente que los partidos bolcheviques y socialdemócratas hubieran vulgarizado la doctrina marxista amputándole de sus contenidos filosóficos aportados por Marx antes de 1848. En tanto que marxista-leninista, su libro empieza con una cita de Lenin “Debemos organizar el estudio sistemático de la dialéctica de Hegel, guiados por puntos de vista materialistas”. Korsh denostaba que hasta ese momento el marxismo solamente mereciera un párrafo exiguo en los tratados de filosofía del siglo XIX como un resultado de la “descomposición de la escuela hegeliana” y tampoco aceptaba de buen grado que los propios marxistas renunciaran a ser, como pretendía Marx, herederos de la “filosofía clásica alemana”. Para Korsh, el marxismo, es, ante todo y sobre todo, una escuela de filosofía. Si para Lukács, era preciso recuperar a Feuerbach y su teoría de la alienación, Korsh, está de acuerdo con él, en recuperar también el legado de Hegel, pero así como Lukács insistía en incorporar al proletariado como sujeto histórico, Korsh está mucho más interesado en la dialéctica y en incluir y en el “principio de especificación histórica”, para lo cual era preciso estudiar una época histórica concreta para identificar todos los aspectos que pueden tener importancia en la historia de la lucha de clases, fueran o no de naturaleza económica. Esto introducía un elemento nuevo, porque podía darse que, en una situación revolucionaria, el propio Partido Comunista no estuviera en condiciones de asumir su condición de sujeto activo del proceso revolucionario y, por tanto, no pudiera encarnar el papel de punta de lanza de la clase obrera. Korsh, sin embargo, se había apoyado en Marx del que decía que “se ocupó de todas las categorías de la investigación económica y socio-económica en la forma específica y en la conexión específica en la cual aparecen en la sociedad burguesa moderna. No los trató como categorías eternas”.

A partir de 1925, el tono de las críticas de Korsh al estalinismo, a la política del Komintern y a la línea del KPD van creciendo de tono. Fue relevado de la dirección de Die Internationale. Korsh impulsó la creación de una fracción izquierda en el KPD que pronto se dotó de un medio de prensa de aparición mensual, Komunist Politik. En mayo de 1926 sería expulsado del partido y, junto con otros dos diputados igualmente expulsados, formó el Grupo de Comunistas Internacionalistas en el Reichstag (sus compañeros Werner Scholem y Ernst Schwarz eran de origen judío, mientras que Heinrich Schlagewerth, otro miembro del grupo de Korsh, pasó al nacional-socialismo entre 1934 y 1936, generando la desarticulación de varios grupos ultraizquierdistas). El grupo mantuvo contactos internacionales con Amadeo Bordiga y disidentes bolcheviques rusos antiestalinistas. 








martes, 9 de agosto de 2022

LA ESCUELA DE FRANKFURT (III) - UN PENSAMIENTO MARCADO POR LAS SUBJETIVIDADES

La Escuela de Frankfurt, insistió mucho en distinguir las “condiciones objetivas” (siempre de carácter económico) de las “condiciones subjetivas” (que se referían a otros factores que influían en las coyunturas históricas). Pero nunca hablaron de las “condiciones voluntaristas”, es decir, las que dependían de la actitud personal de los “sujetos históricos”.

Podía darse el caso de que una situación histórica contara con las condiciones objetivas necesarias para precipitar un cambio social (una crisis económica generaliza, por ejemplo) y que las condiciones subjetivas estuvieran también presentes (la existencia de un fuerte movimiento de masas y una quiebra generalizada del sistema político y social). Tal era la situación que se daba en Alemania en 1929, en la que, a pesar de ser todo esto favorable a la “revolución del proletariado”, la clase obrera permaneció quieta. Y, por eso, resulta todavía más incomprensible que no introdujeran el tercer factor que explicaría el por qué no estalló una insurrección bolchevique: en efecto, la izquierda alemana empezaba a perder espacio en relación a los avances del NSDAP (800.000 votos en 1929 y 19.000.000 cuatro años después). La llamada “acción de Marzo”, programada por el Komintern, en 1921 había dejado agotado al propio Partido Comunista y el cansancio por las insurrecciones frustradas de los espartaquistas primero y de la “revolución de los consejos obreros” de Baviera después, pesaban todavía en el ánimo de las células comunistas.

Además, las orientaciones del Komintern en esa época eran erráticas. La versión oficial de la Internacional era que los militantes del NSDAP eran los “perros de presa del capital” y estaban teledirigidos por Hugenberg, el magnate de la prensa y dirigente del NVDP (y siguieron afirmando esta versión hasta “La Noche de los Cuchillos Largos”). Además, las distintas formaciones comunistas, parecía claro que habían perdido el impulso revolucionario de 1919-1922. Existía el Partido Comunista Alemán que, incluso, disponía de medios suficientes para hacerse oír, existían células comunistas en ciudades y polígonos industriales, existían comunistas entre las “fuerzas de la cultura”, pero no existía “voluntad revolucionaria”. Por lo tanto, no estaba presentes todas las condiciones para una insurrección del proletariado alemán.

Pues bien, este elemento que hemos definido como “condiciones voluntaristas”, no fue nunca tenido en cuenta por la Escuela de Frankfurt, especialmente en lo relativo a sí mismos. En tanto que grupo elitista -como hemos vistos, todos sus miembros pertenecían a la élite económica y cultural- tenían tendencia a mirar todo lo que ocurría en la sociedad desde su privilegiada atalaya. Estaban convencidos -al menos en los primeros años de existencia del Instituto de Investigaciones Sociales- de la infalibilidad de la doctrina marxista; no en vano defendían el “socialismo científico”. Asumían que si, con todas las condiciones, objetivas y subjetivas, a favor, no estallaba la insurrección proletaria, eso se debía a que era el proletariado el que no estaba a la altura, el que se había equivocado, y no se les ocurrió pensar que la ideología marxista era la errónea

Pero ellos, en su Olimpo, se mostraron incapaces de establecer porqué se interesaban por unas temáticas y no por otras (por ejemplo, les preocupó mucho la aparición del antisemitismo -algo natural, a la vista de que todos ellos eran de origen judío-, pero no por la degeneración moral que se había apoderado de la República de Weimar; les horrorizaba el militarismo, pero no por el fracaso de la Sociedad de Naciones y todos ellos aceptaron el dictamen anglo-francés convertido en dogma en el Tratado de Versalles sobre la responsabilidad germana en el inicio de la Primera Guerra Mundial, tesis hoy completamente desmentida por la historia). Y lo que era peor: en ocasiones, en su búsqueda de “racionalidad” y de “objetividad”, se obstinaban en no reconocer la fuente evidente de algunos problemas. Y lo que se lo impedía era, precisamente, su psicología, esto es, los factores “voluntaristas” a los que antes hemos aludido.

Volvamos al interés que demostraron por la aparición del antisemitismo en la Alemania de Weimar. Buscaron una interpretación a la irrupción de este problema. Una interpretación marxista. Como el marxismo no estuvo en condiciones de ofrecerla, la buscaron en el freudismo. Y, sin embargo, el problema estaba tan claro que cualquiera podía advertirlo sin necesidad de “filosofar”: el antisemitismo se extendió en Alemania a partir de 1919 y no fue por casualidad, ni siquiera por motivos psicológicos (subjetivos), sino por algo tan evidente como el que la inmensa mayoría de dirigentes de la izquierda y de la extrema-izquierda eran de origen judío. Llovía sobre mojado, porque en Rusia había ocurrido otro tanto y lo mismo en la “revolución húngara” de Bela Kun. Y este dato, no era el resultado de un “subjetivismo conspiranoico”, sino una realidad incuestionable que estaba al alcance de quien simplemente se limitaba a repasar los apellidos de los revolucionarios. A esto se unía el que, en los tres casos, en Rusia, en Hungría y en Alemania, la “revolución” bolchevique había provocado auténticas masacres. ¿Era razonable construir teorías sobre el antisemitismo alemán como “hijo del autoritarismo” y éste a su vez como una emanación del “complejo de Edipo” y de la “desviación de la cultura occidental operada por el cristianismo”? Había antisemitismo en la República de Weimar porque apenas en 1930 apenas habían pasado 10 años desde la revuelta de los Consejos Obreros de Baviera, con sus fusilamientos y sus masacres, la “memoria histórica” estaba muy reciente y viva y operaba a modo de vacuna contra el comunismo excitando defensas antisemitas...

El historiador Dominique Venner, en Baltikum, nos obsequia con este párrafo cuya veracidad, nombre por nombre, puede ser confirmado en Wikipedia y en otras fuentes asépticas accesibles. Dice Venner en relación a los dirigentes comunistas alemanes de 1919-22:

“En realidad, casi todos los jefes revolucionarios, izquierdistas y espartaquistas, son israelitas. En Berlín, Liebknecht, Rosa Luxenbourg, Leo Jögisches, Paul Lev, Haas y Landsberg; en Munich, Kurt Eisner, Lipp, Landauer, Töller, Lévine y Levien; en Magdeburgo, Brandès; en Dresde, Lipinsky, Géyer y Fleissner; en el Rhur, Markhus y Levinshon; en Bremarjaven y Kiel, Grünewald y Kohn; en el Palatinado, Lilienthal y Heine; en Letonia, Ulmanis, etc. También el representante de Lenin en Alemania, Radek, es judío. La punta de lanza de la comisión de encuesta instituida por el gobierno socialista para desacreditar a Hindenburg y Ludendorff, está formada por Khon, Gothein y Zinsheimer, los tres judíos. El elenco podría seguir durante un buen rato y es fácil y seductor para la opinión pública nacionalista considerar a los judíos como responsables de la derrota y de la revolución. Serán acusados también de ser los beneficiarios, ya que los judíos son numerosos entre los especuladores que constituyeron fulgurantes fortunas sobre las ruinas de Alemania, gracias, en parte, a sus lazos internacionales”.

Y más adelante añade:

"El papel jugado luego, tras 1918, por numerosos judíos en los intentos revolucionarios, como en los tráficos de aquel atormentado período, habría dado a esta ideología un alimento inagotable".

Sobre la República de los Consejos que dejó una estela de muerte y desolación en Baviera, Venner describe así a sus protagonistas:

Towie Axelrod, que había participado en los primeros momentos de la revolución rusa, en San Petersburgo, había llegado a Alemania antes de noviembre de 1918. Formaba parte de los numerosos agentes que acompañaban al embajador soviético Adolf Joffé. Cuando éste fue expulsado, Axelrod alcanzó Munich en el momento en que triunfaba la revolución de Eisner. Max Levien, nacido en Moscú de una rica familia de comerciantes, había llegado a Alemania para terminar sus estudios y luego regresó a Rusia donde su actividad revolucionaria le llevó a ser deportado a Siberia. Evadido, se refugió en Zurich donde conoció a Lenin. Movilizado en los primeros momentos de la guerra en el ejército alemán, había desarrollado una intensa propaganda revolucionaria. En diciembre de 1918 había sido enviado a Baviera por Karl Liebknecht para impulsar la propaganda espartaquista. Eugene Leviné era el organizador del trío. Nacido en San Petersburgo hacía 36 años, era también el más mayor. Había cursado estudios en Berlín y se había convertido en espartaquista durante la guerra. Rosa Luxemburg, sorprendida por sus capacidades, lo había enviado a Moscú para representar a los comunistas alemanes ante sus compañeros rusos. No habiendo podido pasar la frontera fue enviado a Baviera por el nuevo jefe del Partido Comunista Alemán (KDP), Paul Levi, para organizar el movimiento espartaquista”.

Obviamente el número de alemanes en las formaciones de extrema-izquierda, era más elevado en las bases que el de afiliados de origen judío. Sin embargo, en los organismos de dirección, la proporción era inversa: los judíos copaban casi completamente los puestos de dirección, mientras los no judíos constituían una minoría. Pero es que ¡eso mismo ocurría en el Komintern! ¡y eso mismo había ocurrido en Rusia desde que se estableció el gobierno provisional dirigido por Lenin! ¡y otro tanto había ocurrido en Hungría con los comunistas que secundaron a Bela Kun! (y los miembros de la Escuela de Frankfurt conocían perfectamente estos hechos, porque uno de los hombres de Kun, Georg Lukács, que, como hemos dicho, era el responsable de educación y enseñanza de aquel corto y caótico gobierno comunista húngaro, figuraba entre los inspiradores del grupo).

No creemos, por supuesto, que se tratase de una “conspiración judía”, pero esa insistencia de judíos en las vanguardias que habían generado el movimiento subversivo entre 1917 en Rusia y 1922 en Alemania (con sus masacres, sus insurrecciones, sus atentados, sus fusilamientos y su estela de caos) era suficiente, en primer lugar para explicar por sí mismo, esto es, objetivamente, la existencia de un extendido antisemitismo en la sociedad alemana que, además, veía el mismo fenómeno en la revolución rusa y en la húngara; por otra parte, esa presencia plantea una cuestión que era a la que debía de haber respondido la Escuela de Frankfurt: “¿por qué están presentes tantos judíos en las direcciones del movimiento comunista internacional?”. Y esta pregunta que, sociológicamente, era fundamental e interesantísima, no fue ni siquiera planteada. ¿Por miedo a que la respuesta fuera irreductible al catecismo marxista? ¿Por qué la pregunta siguiente implicaba necesariamente un estudio pormenorizado de la psicología judía e, incluso la aplicación del esquema freudiano?

Era muy evidente que buena parte de todos estos intelectuales que formaban parte de la primera generación de la Escuela de Frankfurt, ”odiaban al padre”, sus pulsiones edípicas no superadas se evidencian en los rastros de sus biografías: Adorno no acepta el apellido paterno y asume solamente el materno (no judío, por lo demás), Felix Weil escribe contra los exportadores de grano amigos de su padre y los trata como explotadores del campesinado argentino, Welter Benjamin se niega a ponerse bajo el cobijo y la seguridad que le ofrece la fortuna de su padre, Horkheimer rechazará el destino que ha trazado su padre para él y se negará a seguir al frente de sus empresas… Todos ellos hablan del “Complejo de Edipo”, pero ninguno es capaz de reconocer que, por encima de todo, ante todo, ellos son quienes lo sufren y quienes no lo han superado.

Todos ellos, incluso no dudaron en traicionar a su patria. Cuando los miembros de la primera generación de la Escuela de Frankfurt llegaron a los EEUU, no se trató de inmigrantes forzados a abandonar su patria que llegaban a una nueva residencia en busca de un futuro mejor, sino que para obtenerlo tuvieron que delatar, traicionar y contribuir al esfuerzo bélico norteamericano en el sector más repugnante: las operaciones psicológicas, el trabajo en los servicios de inteligencia norteamericanos, la difusión de rumores y mentiras sobre la patria en la que habían nacido. Y eso podría, incluso en un esfuerzo de comprensión, en entenderse hasta 1945, pero no con posterioridad.

La figura del “padre”, esto es, de la Patria Alemana, fue odiada y rechazada en tres ocasiones: primero, cuando sus esperanzas en la “revolución socialista” quedaron decepcionadas por el fracaso y la indecisión del proletariado alemán; en segundo lugar, cuando el NSDAP llegó al poder y entre 1935 y 1939, el Tercer Reich iría integrando en la administración a antiguos cuadros obreros de la izquierda alemana; y, finalmente, cuando derrotado el Tercer Reich, algunos que ni siquiera habían participado en su administración, rechazaron aceptar los términos de la “propaganda de guerra” y de las “operaciones psicológicas” promovidas por los servicios de inteligencia norteamericanos (Heidegger, por ejemplo). Varios de ellos “odiaban a su padre” genético, pero todos odiaban a su Patria, traslación de la figura del padre a la dimensión comunitaria. Su gran contradicción interior era que amaban la “causa del proletariado”, esto es de la “sociedad”, traslación de la figura de la “madre”. Pero eran conscientes de que el “proletariado” había “fallado” en la “revolución alemana”. Y, para colmo, en su fe marxista, odiaban tanto a la figura paterna de la patria como a su padre genético que, para colmo, era la antítesis del amado proletariado: multimillonarios, industriales, exportadores monopolistas, esto es, todo lo que Marx había denostado como “capitalista” y cuyo fin había augurado.

Alguien ha propuesto: “dime como vives y te diré lo que piensas”. Que, en la práctica podría formularse así: “dime como vives y cómo te relacionas con tu entorno y te diré, no sólo cómo piensas, sino por qué has elegido pensar así”. Y, si se ven las cosas, desde esa perspectiva, resulta mucho menos interesante la hojarasca ideológica que va generando cada uno de estos pensadores, que las circunstancias por las que va generando ese pensamiento. Lo que menos puede pedirse a un filósofo -y, por extensión, a cualquier ser humano que actúe con un mínimo de racionalidad, es que su pensamiento y su accionar diario vayan en la misma dirección. Cuando esto no ocurre, “o las ideas no valen nada, o los sujetos que las defienden no valen nada”, según la fórmula de Ezra Pound. No querríamos ser tan radicales en esto. Reconocemos la altura intelectual de algunos trabajos elaborados por los miembros de la Escuela de Frankfurt y la importancia que tuvieron, pero, ese valor queda relativizado y empañado por los problemas psicológicos, las contradicciones internas y los silencios no manifestados pero si experimentados, de sus personalidades, en todos los casos, muy complejas.

El objeto de estudio de la Escuela de Frankfurt en su “etapa materialista” (1930-1937) fue simplemente un intento de adaptar el marxismo a la realidad alemana de la época, rectificando -como veremos- algunos aspectos e introduciendo elementos procedentes del “joven Marx” (sus escritos anteriores a 1848). En una segunda etapa (1937-1940), con casi todos sus miembros asentados en los Estados Unidos, se limitan a realizar “antifascismo” e intentar encontrar una explicación al fascismo y al totalitarismo. La obra clave de esa época es Teoría Tradicional y Teoría Critica, escrita por Adorno y Horkheimer en 1937, pero los mayores brochazos antifascistas están contenidos en Dialéctica de la Ilustración.

Para explicar el fascismo y el antisemitismo realizarán, en 1944 (en Dialéctica de la Ilustración, revisada en 1947), un excursus a la Ilustración para sentenciar que la creencia en que la “razón” generará el progreso y resolverá los problemas de la humanidad, constituye una esperanza frustrada: las tres doctrinas surgidas de “las luces”, liberalismo, bolchevismo y fascismo han terminado siendo formas de “totalitarismo”. Paralelamente, durante su estancia en lo Estados Unidos, en el período 1937-1950, completarán esta idea considerando que el “fascismo” es “una patología social” y, para hacerlo echarán mano de las teorías de Wilhelm Reich y de textos freudianos, elaborando la teoría de la “personalidad autoritaria” (libro del mismo título publicado por Adorno en 1950). Más o menos en esa época, entrarán a trabajar para el gobierno norteamericano (que, en el fondo era quien les permitía permanecer en EEUU) y, antes del inicio de las hostilidades, justo cuando llegó a EEUU, para la Fundación Rockefeller y para el Comité Judío Norteamericano (sin que se interrumpiera el flujo de fondos entregados por Felix Weil, el cual se había hecho cargo de los negocios de papá abandonando cualquier veleidad de militancia política). Esta relación estrecha de la primera generación de la Escuela de Frankfurt con el gobierno de los EEUU, les permitirá conocer los entresijos de lo que luego Marcuse llamará “industrial cultural”, y participar en campañas de propaganda antifascista destinadas a orientar a la opinión pública norteamericana, mayoritariamente abstencionista, a ver en el Tercer Reich al “enemigo del mundo”.

Vale la pena dedicar unas líneas al ya mencionado Radio Research Project, financiado por la Fundación Rockefeller “para investigar los efectos de los medios de comunicación en la sociedad”. La base de esta “investigación” fue la Universidad de Princeton. El proyecto estaba dirigido por Paul Lazarsfeld, judío austríaco, y contó con la colaboración de Erich Fromm y de Theodor W. Adorno (que abandonaría el proyecto en 1941). No se trataba de un proyecto inofensivo o realizado con afán de servir al pueblo americano: era, más bien, un intento de estudiar las formas cómo utilizar la propaganda radiofónica para influir en la opinión pública. Para realizarlo se lanzaron bulos -lo que hoy se llaman “fakes” y “fake-news”-, a través de las ondas y se comprobó su resultado. Incluso se llegó a analizar los efectos de la famosa retransmisión de Orson Wells sobre la “Guerra de los Mundos” (1938). Andando el tiempo, a esto se le llamarían “operaciones psicológicas” o formas de “control mental” de las poblaciones.

En dicho proyecto, Adorno y Fromm, se encontraron con otros psicólogos judíos que habían abandonado Europa al llegar Hitler al poder, como Kris Ernst y Hans Speier, que también trabajaron para dicho proyecto y elaboraron un “Estudio de la comunicación totalitaria en tiempos de guerra”, también financiado por la Fundación Rockefeller. Todos estos estudios fueron empleados para inclinar a la opinión pública americana hacia la opción belicista. Copiamos de Wikipedia estas notas sobre el proyecto:

The Radio Project también realizó una investigación sobre la transmisión de Halloween de La guerra de los mundos en 1938. De los seis millones de personas estimadas que escucharon esta transmisión, descubrieron que el 25% aceptaba los informes de destrucción masiva del programa. La mayoría de estos no pensaron que estaban escuchando una invasión literal de Marte, sino más bien un ataque de Alemania”.

Pero lo más interesante del proyecto fue el lanzamiento de bulos y lo que hoy se llaman “fake news” para que el norteamericano medio abandonase su posición “aislacionista”. No lo consiguieron y el pueblo norteamericano, solamente aceptó entrar en guerra después del ataque a Pearl Harbour, pero las iniciativas adoptadas en este proyecto generaron el clima prebélico que, desde los EEUU, se proyectó a todo el mundo e hizo inevitable que la polémica germano-polaca en torno a Danzig y al “corredor” no pudiera resolverse pacíficamente (véase la exhaustiva obra de Udo Walendy sobre este tema: Verdad por Alemania). Es significativo que fue después de la Conferencia de Munich, en donde se alejó temporalmente el peligro de una guerra en Europa, cuando se redobló la difusión de bulos y “fakes” sobre Alemania desde los EEUU.

A los hombres de la Escuela de Frankfurt residentes en aquel momento en EEUU no podía escapárseles que todas estas noticias eran tendenciosas y falsas. Ni siquiera podía escapárseles que el fin era generar un nuevo conflicto en Europa. Es más, todo lo que aprendieron en ese período fue lo que utilizaron posteriormente para denunciar en los años 50-60 a la “industria cultural” utilizando unos argumentos que se adaptaban como un guante -como veremos- a los designios belicistas de la administración norteamericana. Marcuse, ya en los años 60, utilizó todos estos conocimientos para denunciar la intervención norteamericana en Vietnam, eludiendo la presión psicológica ejercida sobre el pueblo norteamericano para forzar, primero su hostilidad hacia Alemania y, después, el envío de grandes cantidades armas a Inglaterra y, finalmente, la entrada en guerra contra Alemania.

Cuando en 1947, Adorno y Horkheimer publiquen la edición revisada de su Dialéctica de la Ilustración (a veces traducido como Dialéctica del Iluminismo), una obra extremadamente violenta y visceral que algunos han calificado como “el grito del judío exiliado”. La idea es que los ideales de la Ilustración se han convertido en un monstruo que ha generado ¡Auschwitz! No vamos a entrar en las teorías revisionistas sobre el Holocausto, pero si, resulta demasiado evidente que buena parte de todo este material generado entre 1933 y 1938 y luego centuplicado en intensidad después de la Conferencia de Múnich y hasta Pearl Harbour, era pura “propaganda de guerra”, algo que no podía escaparse de la perspicacia de los miembros de la Escuela (que, como hemos visto, habían participado en el “The Radio Project Reseach”). Resulta incalificable, tanto por su “subjetividad”, como por su oportunismo, el tomar argumentos propios de la “propaganda de guerra” para justificar teorías filosóficas de altos vuelos… sobre todo, cuando se intuye que se trata de artificios prefabricados para manipular mentalmente a la población. Y las dos principales cabezas de la Escuela, no dudan en entrar en el juego.

Ellos serán, así mismo, los promotores de la gigantesca confusión de ideas que se ha generado en torno al fenómeno histórico del fascismo. Para ellos, “fascismo” termina siendo cualquier forma de autoritarismo. Julio César era “fascista”. El Kaiser Guillermo II, era fascista. Hitler era, claro está, “fascista”. Incluso cuando llegan a EEUU y, especialmente en la postguerra, cuando descubren “pulsiones autoritarias” en el estalinismo, determinan que este es, también, “fascista”. Marcuse explica con una seriedad pasmosa, que la administración norteamericana es “fascista” (lo explicará en los años 50 y 60). Y, fascista es, finalmente, cualquiera que muestra un mínimo ejercicio de la autoridad: desde el padre de familia, hasta el maestro de escuela sentado en su cátedra e impartiendo lecciones desde una tarima en la que evidenciar su “superioridad”, pasando por el confesor (lo más comprensible, si tenemos en cuenta que restaba clientela a los psicoanalistas, prodigando buenos consejos en lugar de interminables sesiones de “terapia”)…Hoy, una vez más, gracias a la Escuela de Frankfurt, esa “última escuela de filosofía” (aun cuando “filosofía” amor a la sabiduría y no “exaltación de la confusión”), es casi imposible determinar qué fue el fenómeno histórico de los fascismos, realizar una divisoria entre “fascismo”, “extrema-derecha”, “derecha autoritaria” y “derecha revolucionaria”. Y, no digamos, establecer una “revisión” de los aspectos más problemáticos y discutidos del nacional-socialismo: la discusión está viciada de partida, porque resulta imposible deslindar lo que es “propaganda de guerra”, de lo que son “hechos objetivos”, sin olvidar, por supuesto, la presión psicológica que experimenta todo aquel que quiere opinar sobre estas temáticas. A los miembros de la Escuela de Frankfurt les cabe el dudoso honor de haber contribuido a esta orgía de la confusión.

En su consideración de “elementos objetivos” y en su “gran hallazgo” de intentar encajar el “marxismo occidental” (es decir, aquella interpretación del marxismo repleta de consideraciones filosóficas derivadas del “primer Marx”) con el freudismo ortodoxo, derivaron hacia clasificaciones “sociológico-psicológicas” hilarantes como la que distingue “personalidades anales” y “personalidades genitales”, superponiéndolas, respectivamente a la burguesía y al proletariado… Es cierto que la jerga filosófica y la superabundancia de referencia que incluyen en sus argumentaciones, desaniman la crítica, pero queda siempre el “mensaje”. El lector, una vez repuesto, de la jerga utilizada por todos estos autores, al preguntarse sobre lo que ha leído, no puede por menos que responderse: “Hay mucho método en tanta locura”.

Y es aquí en donde, este grupo de intelectuales hubiera debido plantearse la pregunta más importante: “¿por qué nosotros, los miembros de la primera generación de la Escuela de Frankfurt, somos así?”; que, inevitablemente, iría unida a esta obra: “¿por qué todos nosotros somos judíos?”. Y este es el gran misterio de la Escuela de Frankfurt: el dato más objetivo de todos los que podemos manejar sobre ellos: todos eran judíos, todos procedentes de familias más que acomodadas y todos ellos optaron por encajar dos teorías emanadas también por dos personalidades origen judío: Marx y Freud. ¿Cómo es que, en su búsqueda y valoración de las “subjetividades”, no se les ocurrió plantearse el por qué también la inmensa mayoría de miembros de la Asociación Psicoanalítica de Viena fundada por Freud, eran, así mismo, judíos? (Wikipedia, fuente aparentemente neutral, recuerda entre otros a Sabimna Spielrein, Max Schur, Herbert Rosenfeld, Frieda Fromm-Reichmann, Laura Peris, Paula Heimann, Karl Abraham, Helene Deutsch, Max Eitingon, y los ya citados Erich Fromm y Wilhelm Reich. No se menciona a Alfred Adler, Otto Rank, Viktor Frankl, Rudolf Allers, Melanie Klein, Sandor Ferenczi, primeros espadas del círculo freudiano, que también eran de origen judío).

¿Cómo es que plantearon preguntas sobre el origen del antisemitismo que eran fáciles de responder y, en lugar de reconocer que el camino más corto entre dos puntos es la línea recta o el principio de la “navaja de Ockham” (la respuesta más sencilla suele ser la correcta), optaron por respuestas basadas en teorías psicoanalíticas nebulosas y especulativas?> Es más, rectificaron apenas nada a Freud y bastante a Marx del que quisieron mantenerse alejados de sus tesis posteriores a 1848, es decir, el Marx centrado en la economía. Aureolaron las tesis freudianas con aires de infalibilidad incorporándolas como base de sus líneas de investigación. El descrédito actual de buena parte de las tesis freudianas es lo que ha restado valor (incluso seriedad) a buena parte de la obra de la Escuela de Frankfurt.