martes, 5 de mayo de 2026

MEMORIA HISTÓRICA: La lucha contra el maquis, residuos de la guerra civil

El llamado “maquis” fue apenas una molestia para el régimen de Franco. Una forma de supervivencia de algunos antiguos republicanos que, ya fuera por idealismo o por delitos de sangre cometidos durante la Guerra Civil, no pudieron normalizar su situación en la postguerra. Era, por lo demás, la típica forma de guerra española que tan buenos resultados dio en la guerra contra las tropas napoleónicas.

La palabra “maquis” procede del francés maquis, que designa un matorral espeso o maleza, característico de la vegetación mediterránea de Córcega y otras regiones del sur de Francia y hace referencia al terreno agreste y accidentado donde se ocultaban los guerrilleros. La palabra fue adoptada durante la Segunda Guerra Mundial, por la Resistencia francesa para denominar a los grupos de partisanos que, tras la derrota de Francia en 1940, se refugiaban en las zonas boscosas y montañosas para combatir a la ocupación alemana y al régimen de Vichy. Estos combatientes eran conocidos como maquisards.

En España, el término se aplicó por analogía a los guerrilleros antifranquistas que, tras la Guerra Civil. Además de maquis, también se utilizaban otros términos como “huidos” o “fuxidos” (en zonas como Galicia, Asturias o León) para referirse a los republicanos que huían de la represión y se echaban al monte.

Nunca fue un fenómeno “popular”, y, a pesar de que el régimen aplicó la “teoría del silencio” y prohibió la difusión de noticias sobre sus acciones, en las zonas rurales en la qu se registró su presencia, tampoco fueron muy populares: se les atribuía, con más o menos razón, el ser ladrones de ganado y saqueadores: en el fondo, su principal problema era sobrevivir y a eso dedicaban buena parte de sus esfuerzos.

El maquis español se prolongó desde 1939 hasta bien entrada la década de 1950, y con acciones meramente residuales hasta principios de los años sesenta. Entre 1939 y 1944, los miembros del maquis eran antiguos republicanos que, por su cuenta, huyeron a las montañas para evitar la represión y, sin un plan prestablecido, solamente buscaban sobrevivir. En esas circunstancias es difícil saber cuántos republicanos se encontraron en esa situación. Parece que fueron poco más de 5.000 y sus acciones apenas tuvieron repercusión bélica.

Fue en octubre de 1944, una vez se retiraron las tropas del Tercer Reich del Sur de Francia, cuando se produjo la famosa “Operación Reconquista de España”, más conocida como “invasión del Valle de Arán”. Apadrinada por el Partido Comunista, logró reunir a 4.000 guerrilleros que se habían curtido en operaciones en la retaguardia alemana entre 1941 y 1944 y tenían también experiencia en combate durante la Guerra Civil. El objetivo consistía en “liberar” una zona de Cataluña, para constituir allí un embrión de “gobierno republicano” que fuera reconocido por las potencias internacionales.

La operación fue idea de Jesús Monzón, entonces líder del PCE. Monzón estaba convencido, en contra de los informes de los propios militantes del interior, de que España estaba en una “etapa prerrevolucionaria” y que el menor impulso externo haría caer al régimen. En realidad, como se comprobó, el error de cálculo fue monumental.

La invasión comenzó el 19 de octubre de 1944, cuando varias columnas de la Agrupación de Guerrilleros Españoles (AGE) cruzaron los Pirineos al mando del coronel Vicente López Tovar; estaban armados con material capturado a la Wehrmacht. Inicialmente, los guerrilleros tomaron varios pueblos fronterizos sin apenas resistencia (Les, Bausén o Bossòst), pero no lograron entrar en Salardú, ni alcanzar la capital del valle, Viella.

Como era de esperar, no se produjo ninguna insurrección popular e, inmediatamente, el ejército contraatacó con artillería pesada y aviación, obligando a los guerrilleros a replegarse. Cinco días después, quedó claro que la operación había fracasado, convirtiéndose en una masacre para los comunistas: casi 600 murieron en combate y otros 800 fueron hechos prisioneros. Los 50.000 hombres movilizados por el ejército de Franco y al mando del General Moscardó, sufrieron, por su parte, 248 bajas mortales.



La Agrupación de Guerrilleros Españoles (AGE) fue disuelta por las autoridades francesas y sus miembros se dispersaron. Los grupos que más se adentraron en el interior para crear, según el plan de Monzón, otros focos de insurrección, quedaron aislados y fueron exterminados por el ejército. El fracaso tuvo graves consecuencias internas para el PCE. Jesús Monzón fue finalmente detenido y encarcelado en Barcelona en julio de 1945, cuando se dirigía a Francia para reunirse con la cúpula del partido tras el fracaso de la operación. Condenado a 30 años de prisión en 1947, fue expulsado del PCE dos años después, condenado por “desviacionismo”. Siempre ha recaído la sospecha de que su presencia en España fue denunciada por Santiago Carrillo (que lo sustituyó y denigró). Pasó 14 años en la cárcel y murió en su Pamplona natal en 1973, olvidado por todos.

La “Operación Reconquista” fue silenciada, tanto por sus promotores (para ocultar su fracaso), como por parte del régimen (para asfixiar con el silencio a la guerrilla) y, acaso por todo esto, el mayor auge del “maquis” fue entre los años 1945 y 1947, cuando la victoria aliada permitió pensar, tanto a los escasos núcleos guerrilleros del interior, como a los anarcosindicalistas radicados en Toulouse que estas acciones lograrían llegar a buen puerto. Todos ellos presumían de que la victoria aliada cortaría las alas al régimen de Franco; engañados por su propia propaganda, creían que el régimen carecía de todo apoyo internacional y se obstinaban en no reconocer que tres años de Guerra Civil habían sido suficientes como para que la población desease prolongarla. Olvidaban que el país que más tibio se había mostrado en su condena al régimen de Franco, los EEUU, empezaban a ver en él un aliado seguro en la Guerra Fría.

Animados por esta valoración errónea de la situación, tras la disolución de la AGE, los núcleos anarcosindicalistas tomaron el relevo y propiciaron acciones mayoritariamente de “guerrilla rural” (ocupaciones de pueblos en los que no existían puestos de la Guardia Civil, en el curso de las que reunían a la población para realizar mítines improvisados, requisar víveres y repartir propaganda,) y algunas, mucho más escasas, de “guerrilla urbana” (atentados contra sedes del Movimiento, atracos a entidades bancarias, asesinato de jefes de las organizaciones del Movimiento). Las zonas donde se concentraron estas acciones fueron en antiguas zonas mineras con proliferación de “huidos” (Asturias y León), y zonas con mucho arraigo del anarcosindicalismo (Cataluña, Extremadura y Andalucía). Eran acciones llamadas al fracaso y que exponían a sus miembros a la represión.

El régimen movilizó a la Guardia Civil y desplegó al ejército en las zonas de mayor actividad de estos grupos. La “estrategia del silencio”, unida a la infiltración sistematizada por parte de la Guardia Civil (era frecuente que sus miembros, vestidos de paisano, se infiltraran en los pueblos fingiendo ser maquis para identificar a sus colaboradores y sembrar la desconfianza) consiguió desactivar a la mayor parte de estos grupos ya en 1947. Los guerrilleros apresados fueron juzgados por tribunales militares y se aplicaron penas de muerte a todos los sospechosos de haber participado en delitos de sangre, tanto en la actividad del “maquis” como en la Guerra Civil. La infraestructura de apoyo desapareció cuando muchos civiles, presionados por la Guardia Civil, acabaron delatando a los guerrilleros.

Para colmo, surgieron divergencias importantes entre los distintos grupos “guerrilleros”.  El PCE intentó controlar y dar una dirección política única a las agrupaciones, lo que generó fricciones con anarquistas, socialistas y guerrilleros autóctonos situados fuera de la disciplina comunista.

A esto se unieron las distintas visiones de las direcciones políticas: los que se mantenían en el interior de España eran profundamente pesimistas en relación a estas acciones y en muchas ocasiones se negaron a cumplir órdenes que les llegaban del “exterior” de España. Los exiliados republicanos, tanto anarquistas como comunistas, eran mucho más optimistas, multiplicaban órdenes creyendo que la situación les era favorable y, en muchos casos, órdenes que implicaban como resultado una mayor desconexión con la sociedad.

Entre los caídos en combate (en torno a 2.000 en ese período, por 257 miembros de la guardia Civil muertos), los desertores, los que ganaron la frontera francesa y nunca más volvieron, y los que se entregaron desde el momento en que quedó claro que los Aliados no intervendrían en España, especialmente tras el inicio de la Guerra Fría, que convirtió a Franco en un aliado potencial para Occidente, a principios de los años 50, el movimiento podía darse por liquidado, si bien algunos grupos resistieron hasta bien entrada la década de 1950 e, incluso hasta los primeros años 60. A partir de 1948, el propio Stalin aconsejó al PCE abandonar la estrategia de “lucha armada”, mientras la CNT–FAI prolongaría unos años estas locas esperanzas.

La actitud del gobierno francés cambió radicalmente a principios de los años 60. En efecto, cuando se inició la Guerra de Argelia y quedó clara la voluntad de De Gaulle, entonces presidente del país, de dar la independencia y ceder al FLN, apareció el movimiento de resistencia armada conocida como Organisation de l’Armé Secrète (OAS) que pronto encontró en España un “santuario” seguro. El gobierno francés entendió que, si quería evitar que España se convirtiera en el territorio privilegiado de acción de los activistas de la OAS, debía de actuar contra los anarcosindicalistas exiliados en Toulouse y cortar toda posibilidad de que siguieran enviando terroristas al interior.

Quico Sabaté fue cazado el 5 de enero de 1960 (edad 44 años), en San Celoni, Ramón Vila “Caracremada”, murió en una embocada en 1963. Dos años después, moría José Castro “O Piloto” en Lugo. Con ellos se extinguieron los últimos núcleos guerrilleros.

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El maquis español de posguerra demostró que, si bien la lucha guerrillera es la forma típica de combate del pueblo español desde la más lejana antigüedad, solamente es eficiente si cuenta con un extendido apoyo del a población civil. La represión que ejerció el franquismo sobre las infraestructuras de apoyo al maquis, no fue superior al que las tropas napoleónicas y los dirigentes “afrancesados” realizaron sobre los guerrilleros durante la guerra de la Independencia, lo que demuestra, ampliamente, que el maquis de posguerra apenas tenía apoyo civil en las zonas donde actuó.

Por otra parte, como ya hemos señalado, para que una lucha guerrillera tenga éxito, sus acciones deben suscitar admiración en la población civil. Y éste no era el caso de las partidas de posguerra. Por una parte, la “estrategia del silencio” con la que el régimen de Franco “castigó” a la guerrilla fue motivo más que suficiente para que, salvo en las zonas afectadas, la población tuviera noticia de sus acciones. Por otra parte, el hecho de que el maquis apenas tuviera apoyo civil, obligó a sus miembros a luchas, sobre todo, por su vida. Y esta experiencia resultó dramática, tanto para sus miembros como para las zonas en las que actuaron y facilitó argumentos al régimen para describir a sus miembros como atracadores, ladrones de ganado y saqueadores.

En cuanto a las circunstancias internacionales, tampoco les fueron favorables. Su acción se situó en la parte de Europa que quedó en la zona de influencia norteamericana. La URSS estaba muy lejos y la inicial permisividad francesa se fue apagando cada vez más para extinguirse por completo a finales de los 50 y principios de los 60, cuando Franco permitió que los dirigentes de la OAS se asentaran en España. El gobierno de De Gaulle entendió perfectamente el mensaje y, a partir de ese momento, los restos en putrefacción del maquis se quedaron sin “santuario”. En esas circunstancias, teniendo que ejercer la clandestinidad a los dos lados de la frontera, el movimiento se extinguió por sí mismo.

En resumen, podemos decir que solamente en el momento de la “invasión” del Valle de Arán, el maquis intentó una operación estratégica articulada según criterios militares. El problema era la desproporción de fuerzas y el que, a fin de cuentas, no es que se tratara de una estrategia equivocada -que lo era- sino que no existían posibilidad de estructurar una estrategia para derribar al franquismo sin el apoyo y la cooperación de los EEUU y, estos, incluso en los momentos finales de la Segunda Guerra Mundial, no estaban dispuestos a correr el riesgo de que se instalara en España un gobierno pro-soviético. En cuanto a Francia, estaba muy debilitada y jamás habría conseguido recuperar por sí mismo su territorio nacional, de no ser por el concurso de la aviación y de los blindados norteamericanos. Y, en cuanto a la URSS quedaba, geográficamente, demasiado lejos.

Ahora bien, la invasión del Valle de Arán costó varios centenares de vidas: el franquismo tenía “repuestos”, el maquís, en cambio, contaba con fuerzas muy limitadas. Todo el mundo era consciente de que la Agrupación de Guerrilleros Españoles era una “organización de pantalla” del PCE y que la “dirección militar” de este partido era la que impulsaba la operación. Su desastre, no solamente agotó las pocas reservas humanas de las que disponía la guerrilla, sino que además, su fracaso contribuyo a un desprestigio absoluto del partido e inhibió a posibles aspirantes a integrarse en el maquis. Y ya se sabe cómo trataban los partidos comunistas a los dirigentes que fracasaban: con la purga, la expulsión y, en el caso de Monzón, con las sospechas de si fue delatado por el aspirante a ocupar su puesto: Santiago Carrillo.

El episodio del maquis constituyó una angustiosa aventura para sus miembros. Apenas estuvieron en condiciones de realizar acciones “ofensivas”, todo se redujo a operaciones para lograr sobrevivir y unos cuantos asesinatos de dirigentes del “partido único”, ninguno de los cuales era relevante para la marcha de la administración franquista. Fueron, en definitiva, rescoldos de la Guerra Civil que algunos se resistían a enterrar. Murió, no tanto por la represión, como de “muerte natural”: en aquel momento, los españoles que querían “paz, pan y progreso” eran mayoría y, unos por identificación con los ideales que preconizaba el franquismo, otros por que aceptaron la situación y pensaban en sus familias y en el futuro de sus hijos, y, otros, finalmente, por indiferencia y pasividad, no estaban dispuestos a luchar en nombre de la “libertad” contra el franquismo. En realidad, el fracaso del maquis, es también el signo más evidente de que, a pesar de haber perdido a sus aliados del Eje, en 1944, el franquismo ya estaba asentado sólidamente en España.

Diga lo que diga la “memoria histórica” sanchista, lo cierto es que la lógica y la racionalidad, circulan en dirección opuesta.