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miércoles, 15 de julio de 2026

NOSOTROS Y LA TRANSICIÓN A LA QUE ODIAMOS TANTO (3 de 10) - POR UN JUICIO OBJETIVO AL FRANQUISMO

¿Qué pensaba entonces del franquismo? No me gustaba. Lo que había visto de él, me había parecido en la época, gris, burgués y sin nervio. Conocí a suficientes gentes de la Guardia de Franco (la milicia del partido único), gentes del Movimiento Nacional, o que se movían en su periferia, para poder asentar esa opinión con fundamento. Había de todo, como en botica; una parte de los concejales del ayuntamiento de Barcelona, pertenecían al Círculo José Antonio de Barcelona, del cual yo también fui miembro durante unos años. Así que los conocí bien. En general, eran gentes brillantes y honestas. No fueron, desde luego, de los que se enriquecieron con el franquismo. Algunos eran austeros hasta lo franciscano. Habían sido falangistas en su juventud, habían participado como soldados del frente en la Guerra Civil, varios eran Alféreces Provisionales. No cobraban sueldo alguno de concejales, sino exiguas dietas por asistencia a las sesiones.

Luego estaban los funcionarios de tercera o cuarta fila, habitualmente con sueldos ridículos que ocupaban cargos en la estructura del Movimiento: una pequeña burocracia formada por secretarios de distrito, secretario de excombatientes, secretario de la Guardia de Franco que, creo recordar, eran los tres cargos remunerados con cantidades que, en el primer tercio de los 70, no alcanzaban las 5.000 pesetas. Los que conocía, me parecieron tristes burócratas completamente grises: cobraban poco y trabajaban menos. Solían enviar a la Secretaría General del Movimiento “informes mensuales de actividades”: “el día tal, se han reunido los afiliados del distrito, en numero de 90 y se ha comentado el discurso del Caudillo en el Consejo Nacional, manifestándose los asistentes en apoyo de las propuestas realizadas”Ni siquiera se había convocado reunión. En Barcelona, la mayoría de distritos del Movimiento estaban vacíos y no registraban apenas actividad alguna desde finales de los 60. Todos los informes enviados a la Secretaría General eran del mismo estilo y ocultaban el hecho de que el Movimiento Organización se encontraba en estado gaseoso. Un amigo se le ocurrió “afiliarse al Movimiento” en 1972 para tratar de obtener un piso de protección oficial… Los funcionarios de servicio en la sede de Barcelona tardaron un buen rato en encontrar el formulario de adhesión: hacía tiempo que nadie lo solicitaba…

El Hogar Cuartel de la Guardia de Franco en Barcelona, muy céntrico, por lo demás, tenía muy escasa asistencia y otro tanto ocurría en los locales de los distritos, especialmente a partir de 1968-69. La Sección Femenina era un remanso de funcionarias bienintencionadas. Solo un poco mejor iban los locales de la Organización Juvenil Española, que sus mandos trataban de despolitizar para competir con los boy-scouts, pero también ahí se había producido una merma de efectivos.

Así pues, cuando muere Franco el balance del “partido único” es descorazonador: sedes vacías, funcionarios apáticos, informes falseados que ocultaban una realidad vacía de militantes, la Guardia de Franco en cuadro, con “centurias” que existían solo sobre el papel, pero me apenas podían reunir a 6 u 8 miembros en el mejor de los casos, con cierta frecuencia pertenecientes al lumpen. La OJE superada y rebasada por grupos de boy-scouts politizados por independentistas, católicos progres, incluso por la extrema-izquierda. Hubiera sido mejor disolver el partido único a finales de los 60 que prolongar aquella agonía.

En realidad, en noviembre de 1975 del “Movimiento Nacional de Falange Española Tradicionalistas y de las Juntas Ofensiva Nacional Sindicalista” solo quedaba en pie el vetusto edificio de la calle de Alcalá 44, con sus desmesuradas cinco flechas de madera en la fachada, pintadas de rojo y que ocupaban tres o cuatro pisos.

Es posible, incluso, que sus últimos funcionarios lo ignorasen: pero el “Movimiento” estaba muerto desde hacía mucho tiempo. Es triste recordar que, en Italia, el Partido Nacional Fascista estuvo siempre por encima del gobierno, mientras que en Alemania la “sincronización” situó al NSDAP (el “partido nazi”) al mismo nivel que el Estado, identificado con él. Pero en España, siempre, el “Movimiento Nacional” estuvo por debajo del Estado, prácticamente desde el primer momento, hasta el punto de que, tras la Ley Orgánica del Estado (1967), el “Movimiento-organización” desapareció, sin pena ni gloria, incluso sin que se dieran cuenta los miembros de su pequeña burocracia, en beneficio de un hipotético “Movimiento-comunión de todos los españoles que coinciden con los ideales del 18 de julio” (como quedó establecido en la LOE)… letanía que, en la práctica, supuso el fin del “partido único” en España, o de lo poco que quedaba de él.

Mi impresión personal es que, Franco y el entorno conspirativo que golpeó a la República el 18 de julio de 1936, tenía un proyecto “regeneracionista”: recuperar el terreno perdido por España en el siglo XIX y volver a colocarnos en el pelotón de los países industrializados. Y, para ello era necesario aparcar las luchas entre partidos, olvidarse de los gobiernos que apenas duraban unas semanas y de las líneas políticas que se rectificaban continuamente e imprimir un nuevo rumbo al país, que no podía ser más que autoritario en lo político y con una economía planificada en lo económico.

Provisto de este objetivo, una vez concluida la Guerra Civil, se trataba de marchar hacia su conquista. El primer problema que surgió es que el desenlace de la Segunda Guerra Mundial que, en realidad, fue la “derrota de Europa” ante las dos grandes potencias, USA y URSS, terminó identificando a España con las potencias derrotadas. Eso llevó a una economía de subsistencia desde 1939 hasta 1952; fueron los años del cerco internacional y de la autarquía (no fue el gobierno, el que cesó sus intercambios económicos con el exterior y cerró fronteras a las importaciones, como hoy parece sugerirse, sino que fueron los países vencedores los que obligaron a la autarquía.

La Guerra Fría vendría en apoyo del franquismo. No en vano, la doctrina de Franco durante la Segunda Guerra Mundial sostenía que este conflicto, en realidad, encubría dos de naturaleza completamente diferente, pero que se solapaban en el tiempo: por un lado, la guerra entre las potencias del Eje y los aliados occidentales, conflicto en el que España se había declarado “neutral”; y luego la lucha de los pueblos europeos contra la URSS, en la que nuestro país se declaraba “beligerante”, como respuesta a la intervención soviética durante la Guerra Civil. Franco, pues, parecía ser un aliado seguro para los EEUU en la Guerra Fría. Esto fue lo que salvó al régimen de convertirse en una especie de Albania occidental.

Desde la firma de los acuerdos de cooperación con Washington, el régimen quedó definitivamente asentado. La Ley de Inversiones Extranjeras de 1959, marcó el inicio del despegar económico español: en los años 60, el franquismo se aproximó al objetivo que se había propuesto inicialmente, con aumentos del PIB anuales de dos cifras. Y así siguió, prácticamente, hasta la primera crisis del petróleo en 1973 derivada de la Guerra del Yom-kipur.

Resumiendo: el proyecto “regeneracionista” del franquismo que nos convirtió en séptimo potencia industrial, tuvo éxito y llevó a buen puerto. Las luchas políticas y partidarias, los cambios de línea política, la inestabilidad, se aparcaron en beneficio únicamente del desarrollo económico. Los españoles, a partir del franquismo, pudimos tener lo que antes nos faltaba: “pan y trabajo”… Quedaba la “libertad” (y, por entonces, para el español medio, “libertad” consistía en poder comprar revistas porno y ver cine de destape, mucho más que en afiliarse a un partido político).

Definir al franquismo como “dictadura” se ha convertido en habitual, cuando, en realidad, la adjetivación que le corresponde, en rigor, sería la de “régimen paternalista que priorizaba el desarrollo económico sobre las libertades políticas”. Tal como Franco dijo a su primo carnal Salgado-Araujo: “Usted haga como yo, no se meta en política”. La frase ha quedado para la historia como muestra del pragmatismo del que hizo gala y que le llevó

1º, a contar con los falangistas entre 1937 y 1942, mientras las armas fueron favorables a los países dirigidos por partidos que más se parecían a la Falange;

2º, cuando la fortuna de las armas cambio de bando, excluyó a los falangistas entregando las parcelas más suculentas de poder a los nacional-católicos, que, en la práctica, eran lo más parecido a las “democracias cristianas” que asumieron el destino de Italia y Alemania, los países vencidos, tras la guerra;

3º, y, finalmente, cuando las condiciones mejoraron para impulsar el desarrollo económico, Franco echó mano del Opus Dei y de los tecnócratas para garantizar el desarrollo económico.

Por todo ello, siempre consideramos que el franquismo fue “uno y trino”.

Como militar, Franco sabía que nada debía distraerle a la hora de alcanzar el objetivo fijado: recuperar el tiempo perdido en el “maldito siglo XIX”. ¿Las libertades políticas? “No es el momento”, frase que repetía Franco con insistencia. Pero el momento llegaría, antes o después.

La segunda obsesión que tenía Franco eran los partidos políticos. Una carrera militar se forja en idea de “unidad” y “disciplina”. Es posible que, en otros países, los partidos políticos, por tradición, estuvieran arraigados: pero no en España. Durante la Segunda República se había vertido demasiada sangre en luchas entre partidos. Y no había motivo para pensar que esto sería diferente en el futuro. Frente a la idea de “unidad”, los partidos encarnaban para él realidades antagónicas: división, fragmentación de la nación, actuación por intereses electorales antes que por intereses nacionales, etc. De hecho, en los años 30, las críticas a la “partidocracia” venían desde todos los ángulos del arco político (tanto de la extrema-derecha, como de la extrema-izquierda, e incluso de la derecha más moderada) y el hecho de que, tras la Segunda Guerra Mundial, la “nueva democracia” llegara a Europa en los furgones de los norteamericanos, no implicaban que esas críticas fueran superadas. Eran críticas que desde finales del XIX, autores como Ibsen habían reflejado en sus obras (véase El enemigo del pueblo, presente en youtube y representada durante el franquismo en Estudio 1 de TVE) y que no habían sido contestadas por los partidarios de la democracia parlamentaria. Ni siquiera hoy, las objeciones tradicionales contra la democracia parecen merecer respuesta. Simplemente, se da como hecho que la “partidocracia” es el más excelso, elevado e insuperable, de todos los regímenes políticos posibles

Para aceptar la democracia parlamentaria, hay que aceptar primer la idea de “igualdad”, entre los seres humanos. Idea discutida y discutible a la vista de que la desigualdad parece más conforme a la ley de la naturaleza. Precisamente, durante la transición, recuerdo que el productor de los primeros meses de Protagonistas, el programa dirigido durante años por Luis del Olmo, me invitó a raíz de la aparición de mi primer libro (escrito con el seudónimo de “Ernesto Cadenas”, La ofensiva neofascista). En un momento dado, Del Olmo me preguntó qué opinaba de la “democracia”. Le fui sincero: “Democracia es el sistema en el cual 51 atracadores tienen la mayoría sobre 49 personas honradas”. No pareció entenderlo: era la primera vez que alguien le hacía ver la democracia desde otro punto de vista. Le podía haber dicho, ciertamente, que en los sistemas electorales lo que se tiene en cuenta es la “cantidad”, pero no la “calidad”: un médico puede tener una visión muy exacta sobre la sanidad, pero quizás no tenga herramientas suficientes para entender lo que un diplomático si puede opinar con conocimiento de causa. Y, por supuesto, siempre hay individuos a los que todo les importa un pimiento y que, sin embargo, tienen el mismo derecho al voto y el mismo peso electoral que alguien consciente de los problemas reales y se muestra preocupado por el futuro.

Lo lamento, pero nunca he creído en el sistema democrático, ni mucho menos en la bondad de las elecciones para resolver los problemas y decidir las políticas que debe seguir un país. Decirlo en 1976, cuando existían ilusiones y esperanzas en que, finalmente, llegara “la libertad”, parecía muy osado; pero lo pensaba entonces, lo pensaba antes y sigo pensándolo hoy.

Si bien nunca me puse del lado del franquismo, debo reconocer que lo que encerraba la Ley Orgánica del Estado de corporativismo, fue quizás lo mejor de aquella época y lo que se hubiera tenido que reformar, en lugar de abolir.

Un médico entiende mejor los problemas de su sector que un diputadillo, normalmente abogado de pocos pleitos, o incluso patán indocumentado, que vota sistemáticamente, a toque de pito de su jefe de grupo parlamentario. Un rector de universidad y, por extensión, los representantes electos del alumnado, conocen directamente los problemas de la enseñanza superior que un ministro de educación que lo ignora todo del sector al frente del cual se le ha puesto; un militar formado en el Estado Mayor conoce mucho mejor los problemas de la defensa nacional que cualquier otro. Y si se trata de “derechos humanos” y de “libertades”, vale la pena recurrir a abogados, de la misma forma que los problemas laborales deberían ser conocidos por los sindicatos y los de la patronal por los que la forman. Y las asociaciones de carácter cultural, tienen un pulso real que nunca tendrá un ministerio de cultura dirigido por principios ideológicos de unos o de otros… ¿Qué es, por tanto, un “parlamento corporativo”? Respuesta: un parlamento en el que están representados toda la diversidad de grupos profesionales, laborales, y culturales de la sociedad civil y también representantes de los demás estamentos de la nación: Iglesia, magistratura, fuerzas de seguridad del Estado y de Defensa… DIRECTAMENTE y sin a mediación de partidos políticos.

Pues bien, así eran las “cortes orgánicas” aprobadas por la LOE. ¿Qué problema había? Que, cuando se aplicó, ya era demasiado tarde. A finales de los 60, una parte de la sociedad española quería ser como la francesa, la italiana o la alemana: “democrática”, esto es, “partidocrática”. Aun así, todavía era posible introducir la representación de los partidos, a través del “tercio familiar”, que suponía elecciones directas de representantes cada cuatro años, y que se unía al “tercio corporativo”.

La arquitectura constitucional del franquismo era tributaria del corporativismo cristiano del siglo XIX. No era, desde luego, lo que se llevaba en Europa después de 1945, pero, sin la menor duda, era muy superior a la representación que hemos heredado de la transición, en la que unos partidos, que en el fondo, representan menos del 1% (el 0’8% si hemos de creer a la IA de Gemini, o el 2% si creemos al ChatGPT; me inclino a dar por buena esta cifra deducida de los datos del IRPF que reflejan a quienes se desgravan las cuotas de afiliación a partidos) indican que hay en estos momentos en España unos 280.000 afiliados reales a partidos políticos, lo que representa aproximadamente el 0,8% del censo. La media europea se sitúa rozando el 4% (lo que tampoco es ninguna ganga). Pues bien, este 0’8% de la población controla el 100% de la política del país.

Más aún: los partidos son lo que son, para bien o para mal, sus camarillas dirigentes; en cuanto a los afiliados, todo su papel consiste en pagar la cuota esperando que la dirección les recompense con un puesto funcionarial a cambio de su fidelidad perruna. La frase de Alfonso Guerra, “el que se mueve no sale en la foto”, no es una simple boutade guasona y cínica, es la pura realidad: quienes hacen y deshacen en TODOS los partidos, son sus cúpulas dirigentes y no sus afiliados de base. Los partidos políticos están presentes en todos los organismos del Estado y monopolizan la representación y la acción política. Durante el franquismo, a partir de la Ley Orgánica, los colegios de periodistas, y demás colegios profesionales, las universidades, las asociaciones culturales, etc, elegían a sus representantes en Cortes… Los sindicatos a los suyos y los organismos del Estado a los suyos. Claro está que la representatividad era cuestionable por los rasgos propios y las prácticas preferenciales del franquismo, así como por el hecho de sentir que la “oposición democrática” quería destruir ese sistema.