¿Qué pensaba entonces del franquismo? No me gustaba. Lo que había
visto de él, me había parecido en la época, gris, burgués y sin nervio. Conocí a suficientes gentes de la Guardia de Franco (la milicia
del partido único), gentes del Movimiento Nacional, o que se movían en su
periferia, para poder asentar esa opinión con fundamento. Había de todo, como
en botica; una parte de los concejales del ayuntamiento de Barcelona,
pertenecían al Círculo José Antonio de Barcelona, del cual yo también fui
miembro durante unos años. Así que los conocí bien. En general, eran gentes
brillantes y honestas. No fueron, desde luego, de los que se enriquecieron con
el franquismo. Algunos eran austeros hasta lo franciscano. Habían sido
falangistas en su juventud, habían participado como soldados del frente en la
Guerra Civil, varios eran Alféreces Provisionales. No cobraban sueldo alguno
de concejales, sino exiguas dietas por asistencia a las sesiones.
Luego estaban los funcionarios de tercera o cuarta fila,
habitualmente con sueldos ridículos que ocupaban cargos en la estructura del
Movimiento: una pequeña burocracia formada por secretarios de distrito,
secretario de excombatientes, secretario de la Guardia de Franco que, creo
recordar, eran los tres cargos remunerados con cantidades que, en el primer
tercio de los 70, no alcanzaban las 5.000 pesetas. Los que conocía, me
parecieron tristes burócratas completamente grises: cobraban poco y trabajaban
menos. Solían enviar a la Secretaría General del Movimiento “informes mensuales
de actividades”: “el día tal, se han reunido los afiliados del distrito, en
numero de 90 y se ha comentado el discurso del Caudillo en el Consejo Nacional,
manifestándose los asistentes en apoyo de las propuestas realizadas”… Ni
siquiera se había convocado reunión. En Barcelona, la mayoría de distritos
del Movimiento estaban vacíos y no registraban apenas actividad alguna desde
finales de los 60. Todos los informes enviados a la Secretaría General eran
del mismo estilo y ocultaban el hecho de que el Movimiento Organización se
encontraba en estado gaseoso. Un amigo se le ocurrió “afiliarse al
Movimiento” en 1972 para tratar de obtener un piso de protección oficial… Los
funcionarios de servicio en la sede de Barcelona tardaron un buen rato en
encontrar el formulario de adhesión: hacía tiempo que nadie lo solicitaba…
El Hogar Cuartel de la Guardia de Franco en Barcelona, muy
céntrico, por lo demás, tenía muy escasa asistencia y otro tanto ocurría en los
locales de los distritos, especialmente a partir de 1968-69. La Sección
Femenina era un remanso de funcionarias bienintencionadas. Solo un poco mejor
iban los locales de la Organización Juvenil Española, que sus mandos
trataban de despolitizar para competir con los boy-scouts, pero también
ahí se había producido una merma de efectivos.
Así pues, cuando muere Franco el balance del “partido único” es
descorazonador: sedes vacías, funcionarios apáticos, informes falseados que
ocultaban una realidad vacía de militantes, la Guardia de Franco en cuadro, con
“centurias” que existían solo sobre el papel, pero me apenas podían reunir a 6
u 8 miembros en el mejor de los casos, con cierta frecuencia pertenecientes al
lumpen. La OJE superada y rebasada por grupos de boy-scouts politizados
por independentistas, católicos progres, incluso por la extrema-izquierda.
Hubiera sido mejor disolver el partido único a finales de los 60 que prolongar
aquella agonía.
En realidad, en noviembre de 1975 del “Movimiento Nacional de
Falange Española Tradicionalistas y de las Juntas Ofensiva Nacional
Sindicalista” solo quedaba en pie el vetusto edificio de la calle de Alcalá 44,
con sus desmesuradas cinco flechas de madera en la fachada, pintadas de rojo y
que ocupaban tres o cuatro pisos.
Es posible, incluso, que sus últimos funcionarios lo ignorasen:
pero el “Movimiento” estaba muerto desde hacía mucho tiempo. Es triste recordar que, en Italia, el Partido Nacional Fascista
estuvo siempre por encima del gobierno, mientras que en Alemania la
“sincronización” situó al NSDAP (el “partido nazi”) al mismo nivel que el
Estado, identificado con él. Pero en España, siempre, el “Movimiento Nacional”
estuvo por debajo del Estado, prácticamente desde el primer momento, hasta el
punto de que, tras la Ley Orgánica del Estado (1967), el
“Movimiento-organización” desapareció, sin pena ni gloria, incluso sin que se
dieran cuenta los miembros de su pequeña burocracia, en beneficio de un
hipotético “Movimiento-comunión de todos los españoles que coinciden con los
ideales del 18 de julio” (como quedó establecido en la LOE)… letanía que, en la
práctica, supuso el fin del “partido único” en España, o de lo poco que quedaba
de él.
Mi impresión personal es que, Franco y el entorno conspirativo
que golpeó a la República el 18 de julio de 1936, tenía un proyecto
“regeneracionista”: recuperar el terreno perdido por España en el siglo XIX y
volver a colocarnos en el pelotón de los países industrializados. Y, para ello
era necesario aparcar las luchas entre partidos, olvidarse de los gobiernos que
apenas duraban unas semanas y de las líneas políticas que se rectificaban
continuamente e imprimir un nuevo rumbo al país, que no podía ser más que
autoritario en lo político y con una economía planificada en lo económico.
Provisto de este objetivo, una vez concluida la Guerra Civil, se
trataba de marchar hacia su conquista. El primer problema que surgió es que el
desenlace de la Segunda Guerra Mundial que, en realidad, fue la “derrota de
Europa” ante las dos grandes potencias, USA y URSS, terminó identificando a
España con las potencias derrotadas. Eso llevó a una economía de
subsistencia desde 1939 hasta 1952; fueron los años del cerco internacional y
de la autarquía (no fue el gobierno, el que cesó sus intercambios económicos
con el exterior y cerró fronteras a las importaciones, como hoy parece
sugerirse, sino que fueron los países vencedores los que obligaron a la
autarquía.
La Guerra Fría vendría en apoyo del franquismo. No en vano, la doctrina de Franco durante la Segunda Guerra
Mundial sostenía que este conflicto, en realidad, encubría dos de naturaleza
completamente diferente, pero que se solapaban en el tiempo: por un lado, la
guerra entre las potencias del Eje y los aliados occidentales, conflicto en el
que España se había declarado “neutral”; y luego la lucha de los pueblos
europeos contra la URSS, en la que nuestro país se declaraba “beligerante”,
como respuesta a la intervención soviética durante la Guerra Civil. Franco,
pues, parecía ser un aliado seguro para los EEUU en la Guerra Fría. Esto fue lo
que salvó al régimen de convertirse en una especie de Albania occidental.
Desde la firma de los acuerdos de cooperación con Washington, el
régimen quedó definitivamente asentado. La Ley de
Inversiones Extranjeras de 1959, marcó el inicio del despegar económico
español: en los años 60, el franquismo se aproximó al objetivo que se había
propuesto inicialmente, con aumentos del PIB anuales de dos cifras. Y así
siguió, prácticamente, hasta la primera crisis del petróleo en 1973 derivada de
la Guerra del Yom-kipur.
Resumiendo: el proyecto “regeneracionista” del franquismo que
nos convirtió en séptimo potencia industrial, tuvo éxito y llevó a buen puerto.
Las luchas políticas y partidarias, los cambios de línea política, la
inestabilidad, se aparcaron en beneficio únicamente del desarrollo económico.
Los españoles, a partir del franquismo, pudimos tener lo que antes nos faltaba:
“pan y trabajo”… Quedaba la “libertad” (y, por entonces, para el español
medio, “libertad” consistía en poder comprar revistas porno y ver cine de
destape, mucho más que en afiliarse a un partido político).
Definir al franquismo como “dictadura” se ha convertido en
habitual, cuando, en realidad, la adjetivación que le corresponde, en rigor,
sería la de “régimen paternalista que priorizaba el desarrollo económico sobre
las libertades políticas”. Tal como Franco dijo a
su primo carnal Salgado-Araujo: “Usted haga como yo, no se meta en política”.
La frase ha quedado para la historia como muestra del pragmatismo del que hizo
gala y que le llevó
1º, a contar con los falangistas entre 1937 y 1942,
mientras las armas fueron favorables a los países dirigidos por partidos que
más se parecían a la Falange;
2º, cuando la fortuna de las armas cambio de bando, excluyó a los
falangistas entregando las parcelas más suculentas de poder a los nacional-católicos,
que, en la práctica, eran lo más parecido a las “democracias cristianas” que
asumieron el destino de Italia y Alemania, los países vencidos, tras la guerra;
3º, y, finalmente, cuando las condiciones mejoraron para impulsar
el desarrollo económico, Franco echó mano del Opus Dei y de los tecnócratas
para garantizar el desarrollo económico.
Por todo ello, siempre consideramos que el franquismo fue “uno y
trino”.
Como militar, Franco sabía que nada debía distraerle a la hora de
alcanzar el objetivo fijado: recuperar el tiempo perdido en el “maldito siglo
XIX”. ¿Las libertades políticas? “No es el
momento”, frase que repetía Franco con insistencia. Pero el momento llegaría,
antes o después.
La segunda obsesión que tenía Franco eran los partidos políticos. Una carrera militar se forja en idea de “unidad” y “disciplina”.
Es posible que, en otros países, los partidos políticos, por tradición,
estuvieran arraigados: pero no en España. Durante la Segunda República se había
vertido demasiada sangre en luchas entre partidos. Y no había motivo para
pensar que esto sería diferente en el futuro. Frente a la idea de “unidad”,
los partidos encarnaban para él realidades antagónicas: división, fragmentación
de la nación, actuación por intereses electorales antes que por intereses
nacionales, etc. De hecho, en los años 30, las críticas a la
“partidocracia” venían desde todos los ángulos del arco político (tanto de la
extrema-derecha, como de la extrema-izquierda, e incluso de la derecha más
moderada) y el hecho de que, tras la Segunda Guerra Mundial, la “nueva
democracia” llegara a Europa en los furgones de los norteamericanos, no
implicaban que esas críticas fueran superadas. Eran críticas que desde finales
del XIX, autores como Ibsen habían reflejado en sus obras (véase El enemigo del
pueblo, presente en youtube y representada durante el franquismo en
Estudio 1 de TVE) y que no habían sido contestadas por los partidarios de la
democracia parlamentaria. Ni siquiera hoy, las objeciones tradicionales contra
la democracia parecen merecer respuesta. Simplemente, se da como hecho que la “partidocracia”
es el más excelso, elevado e insuperable, de todos los regímenes políticos
posibles
Para aceptar la democracia parlamentaria, hay que aceptar primer
la idea de “igualdad”, entre los seres humanos. Idea discutida y discutible a
la vista de que la desigualdad parece más conforme a la ley de la naturaleza. Precisamente, durante la transición, recuerdo que el productor
de los primeros meses de Protagonistas, el programa dirigido durante
años por Luis del Olmo, me invitó a raíz de la aparición de mi primer libro
(escrito con el seudónimo de “Ernesto Cadenas”, La ofensiva neofascista).
En un momento dado, Del Olmo me preguntó qué opinaba de la “democracia”. Le
fui sincero: “Democracia es el sistema en el cual 51 atracadores tienen la
mayoría sobre 49 personas honradas”. No pareció entenderlo: era la primera
vez que alguien le hacía ver la democracia desde otro punto de vista. Le
podía haber dicho, ciertamente, que en los sistemas electorales lo que se tiene
en cuenta es la “cantidad”, pero no la “calidad”: un médico puede tener una
visión muy exacta sobre la sanidad, pero quizás no tenga herramientas
suficientes para entender lo que un diplomático si puede opinar con
conocimiento de causa. Y, por supuesto, siempre hay individuos a los que todo
les importa un pimiento y que, sin embargo, tienen el mismo derecho al voto y
el mismo peso electoral que alguien consciente de los problemas reales y se
muestra preocupado por el futuro.
Lo lamento, pero nunca he creído en el sistema democrático, ni
mucho menos en la bondad de las elecciones para resolver los problemas y
decidir las políticas que debe seguir un país.
Decirlo en 1976, cuando existían ilusiones y esperanzas en que, finalmente,
llegara “la libertad”, parecía muy osado; pero lo pensaba entonces, lo pensaba
antes y sigo pensándolo hoy.
Si bien nunca me puse del lado del franquismo, debo reconocer que
lo que encerraba la Ley Orgánica del Estado de corporativismo, fue quizás lo
mejor de aquella época y lo que se hubiera tenido que reformar, en lugar de
abolir.
Un médico entiende mejor los problemas de su sector que un
diputadillo, normalmente abogado de pocos pleitos, o incluso patán
indocumentado, que vota sistemáticamente, a toque de pito de su jefe de grupo
parlamentario. Un rector de universidad y, por extensión, los representantes
electos del alumnado, conocen directamente los problemas de la enseñanza
superior que un ministro de educación que lo ignora todo del sector al frente
del cual se le ha puesto; un militar formado en el Estado Mayor conoce mucho
mejor los problemas de la defensa nacional que cualquier otro. Y si se trata de
“derechos humanos” y de “libertades”, vale la pena recurrir a abogados, de la
misma forma que los problemas laborales deberían ser conocidos por los
sindicatos y los de la patronal por los que la forman. Y las asociaciones de
carácter cultural, tienen un pulso real que nunca tendrá un ministerio de cultura
dirigido por principios ideológicos de unos o de otros… ¿Qué es, por tanto,
un “parlamento corporativo”? Respuesta: un parlamento en el que están
representados toda la diversidad de grupos profesionales, laborales, y
culturales de la sociedad civil y también representantes de los demás
estamentos de la nación: Iglesia, magistratura, fuerzas de seguridad del Estado
y de Defensa… DIRECTAMENTE y sin a mediación de partidos políticos.
Pues bien, así eran las “cortes orgánicas” aprobadas por la LOE.
¿Qué problema había? Que, cuando se aplicó, ya era demasiado tarde. A
finales de los 60, una parte de la sociedad española quería ser como la
francesa, la italiana o la alemana: “democrática”, esto es, “partidocrática”.
Aun así, todavía era posible introducir la representación de los partidos, a
través del “tercio familiar”, que suponía elecciones directas de representantes
cada cuatro años, y que se unía al “tercio corporativo”.
La arquitectura constitucional del franquismo era tributaria del
corporativismo cristiano del siglo XIX. No era,
desde luego, lo que se llevaba en Europa después de 1945, pero, sin la menor
duda, era muy superior a la representación que hemos heredado de la transición,
en la que unos partidos, que en el fondo, representan menos del 1% (el 0’8% si
hemos de creer a la IA de Gemini, o el 2% si creemos al ChatGPT; me inclino a
dar por buena esta cifra deducida de los datos del IRPF que reflejan a quienes se desgravan las cuotas de afiliación
a partidos) indican que hay en estos momentos en España unos 280.000
afiliados reales a partidos políticos, lo que representa aproximadamente el
0,8% del censo. La media europea se sitúa rozando el 4% (lo que tampoco es
ninguna ganga). Pues bien, este 0’8% de la población controla el 100% de la
política del país.
Más aún: los partidos son lo que son, para bien
o para mal, sus camarillas dirigentes; en cuanto a los afiliados, todo
su papel consiste en pagar la cuota esperando que la dirección les recompense
con un puesto funcionarial a cambio de su fidelidad perruna. La frase de
Alfonso Guerra, “el que se mueve no sale en la foto”, no es una simple boutade
guasona y cínica, es la pura realidad: quienes hacen y deshacen en TODOS los
partidos, son sus cúpulas dirigentes y no sus afiliados de base. Los
partidos políticos están presentes en todos los organismos del Estado y
monopolizan la representación y la acción política. Durante el franquismo, a
partir de la Ley Orgánica, los colegios de periodistas, y demás colegios
profesionales, las universidades, las asociaciones culturales, etc, elegían a
sus representantes en Cortes… Los sindicatos a los suyos y los organismos del
Estado a los suyos. Claro está que la representatividad era cuestionable por
los rasgos propios y las prácticas preferenciales del franquismo, así como por
el hecho de sentir que la “oposición democrática” quería destruir ese sistema.
















