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miércoles, 15 de julio de 2026

NOSOTROS Y LA TRANSICIÓN A LA QUE ODIAMOS TANTO (2 de 10) - LA TRANSICIÓN INEVITABLE COMO DESTINO FINAL DEL FRANQUISMO

Algunos que entonces militábamos en la extrema-derecha, desde 1969, no nos hacíamos ninguna ilusión sobre el futuro del franquismo. Cuando Franco muere, ya habían caído los regímenes de Grecia y Portugal: era evidente que se trataba de una “operación geopolítica” diseñada ¿por? Solamente existía en aquel momento, un poder en Europa Occidental capaz de apuntalar y derribar gobiernos: los EEUU. En aquel momento, gobernaba en Washington el Partido Republicano, hasta agosto de 1974 con Richard Nixon y, a partir de ese momento, Gerald Ford hasta finales de 1976 con Nelson Rockefeller como vicepresidente. Luego ascendió al poder Jimmy Carter. La presencia de Rockefeller en la vicepresidencia era la muestra de que el verdadero poder no estaba en la Casa Blanca, sino en el Consejo de Relaciones Exteriores, una entidad privada formada por el verdadero poder que hacía y deshacía a su antojo, constituida por miembros del poder económico, empresarial y financiero que tenían ideas propias sobre cómo manejar la política interior y exterior del país. Desde principios del Siglo XX, los presidentes se sucedían uno tras otro, pero el CFR siempre estaba allí, cerca del poder, condicionando el poder, orientando el ejercicio del poder. Del CFR emanó la Comisión Trilateral, que fue el sector hegemónico durante el período de Jimmy Carter.

En resumen, el “sector mundialista” dominó la política norteamericana durante la época Nixon y en las de sus sucesores. Y este poder tenía ideas muy claras:

1) la democracia era el único gobierno legítimo,

2) La OTAN era la expresión militar de la democracia,

3) Era necesario rebajar la tensión internacional con la URSS y demostrar que “Occidente” no tenía intenciones agresivas. A eso se llamó “coexistencia pacífica”.

En este contexto, las dictaduras anticomunistas de la Europa del sur ya no tenían sentido: habia que proceder a su derribo y a su integración en la OTAN. Portugal era “socio fundador” de la OTAN y Grecia, había ingresado en 1952 y abandonó el mando militar tras la ocupación turca de parte de Chipre en 1974, cuando todavía el país estaba dirigido por un gobierno militar. Se conoce la situación de España en relación a la OTAN: excluida, pero vinculada a la “defensa de Occidente” mediante pactos bilaterales con los EEUU.

El caso griego determinó el cambio de rumbo de la política exterior. Hasta ese momento, Washington había apoyado a gobiernos militares, especialmente en Iberoamérica, pero, a partir de ese momento, cuando comprobaron que, incluso los militares educados en la Escuela de las Américas, eran más nacionalistas que anticomunistas, y, por tanto, frecuentemente hostiles al intervencionismo norteamericano, variaron la orientación.

España, por su parte, también había dado muestras de reticencias a la hora de firmar el Tratado de no Proliferación a sabiendas de que, de convertirse en potencia nuclear, el régimen pasaría ser intocable. El teórico de este principio era el Almirante Carrero Blanco, que, al mismo tiempo, era el presidente del gobierno y la garantía de continuidad del franquismo. Se sabe lo que ocurrió con él…

Pero, además de la necesidad de una España sumisa a la OTAN y que le diera “profundidad” (hasta entonces, desde la frontera entre las dos Alemanias y los pirineos mediaban apenas 1000 km, esto es, dos días de marcha de una división acorazada, mientras que la incorporación de España, duplicaba esta distancia, facilitando la capacidad de reacción en caso de ataque soviético) y coordinación a la defensa europea, existían otros motivos que nos inducían a pensar que el franquismo no podría mantenerse por mucho tiempo.

El primero de todos, era la formación de un escuálido capitalismo español en los años 60 que precisaba urgentemente de nuevos mercados para colocar sus productos. Eso pasaba por una integración de España en la Comunidad Económica Europea. Pero desde “el contubernio de Munich” estaba muy claro que, en ese club, solamente se podía participar provisto de una estructura democrática formal.

Luego, ampliamos este análisis e introdujimos elementos “ideológicos”: España se había convertido en buena medida a lo largo de los años del “desarrollismo” en una economía liberal incipiente, sistema económico al que acompaña siempre en lo político, una democracia liberal. En otras palabras: la infraestructura económica creada por el franquismo durante los años del desarrollismo, terminaría por empujar a la superestructura política por los caminos de la democratización para eliminar esta contradicción entre economía y política.

Básicamente, éste era el análisis que hacíamos en aquellas postrimerías del franquismo.

Desde 1970 algunos estábamos al corriente de la evolución de la política española gracias a los contactos que manteníamos con el Servicio Central de Documentación (SEDEC) y con el Coronel San Martín y su grupo. Gracias a estas relaciones obteníamos respuestas a las dudas que nos planteaba la futura evolución del régimen:

  • ¿Por qué el gobierno impulsaba las “asociaciones políticas” desde finales de los 60? Respuesta: era una forma de favorecer la organización de una derecha y de un centro político, frente a una izquierda ya organizada en torno al PCE.
  • ¿Habría “partidos políticos” en el futuro? Respuesta: sí, hasta el Partido Socialista, la línea roja empezaba excluyendo a los comunistas y a las ligas de extrema-izquierda.
  • ¿Cómo se integrarían estos partidos en el sistema franquista? Respuesta: Mediante el “tercio familiar” de las Cortes.
  • ¿Franquismo después de Franco? Respuesta: Todo estaba atado y bien atado, Juan Carlos encarnaría la “monarquía que quiso franco” y Carrero Blanco sería el “hombre fuerte”.

Las respuestas eran breves y tajantes, tendían a dar “seguridad” en el futuro. Pero, en lo personal, no terminaba de “tragármelo”. Y mucho menos tras el asesinato de Carrero.

Al acabar 1975, con el cadáver de Franco junto al de José Antonio en el Valle de los Caído, era evidente que sería imposible evitar la marejada democratizadora. Personalmente, estaba convencido de que se produciría una transición hacia una democracia formal. No sabía cómo, pero era evidente que el poder económico, el poder mediático (los nuevos de comunicación: la Cadena 16, el incipiente Grupo Z, y El País que empezó a publicarse en mayo de 1976), empujaban hacia la transición y, lo que era peor, estaba claro que sus andanadas iban dirigidas contra “el bunker”. Las técnicas de “dinámica de grupos” indican que en todo diálogo político se trata de encontrar alguna parte a la que le toque ejercer el papel de “malo-malísimo” y que suscite la unidad de todos los demás. Tal era el papel que se deparaba “al búnker”, esto es, a la extrema-derecha, la parte activa de la “mayoría silenciosa” que apoyaba al franquismo.

Yo, por entonces, desde 1974, colaboraba con grupos falangistas, empecé a escribir regularmente artículos en el semanario Fuerza Nueva, si bien dedicaba la mayor parte de mi tiempo a la red de ayuda a los exiliados neofascistas italianos que iban llegando en cada vez mayor número desde 1973. El hecho de que el Príncipe Junio Valerio Borghese, un héroe de la Segunda Guerra Mundial, pero también comandante de un submarino italiano durante la Guerra Civil Española con varios barcos de ayuda a la Republica hundidos, se encontrara exiliado en España, y que hubiera llegado también Stefano delle Chiaie, jefe de Avanguardia Nazionale, mejoraron mis fuentes de información. Se habían entrevistado con Carrero Blanco (marino como el comandante Borghese) y luego, acompañados por el coronel San Martín, con el propio Franco. Delle Chiaie, incluso, dio un curso sobre “guerra revolucionaria” a un grupo de oficiales del SEDEC, cimentando una red de contactos personales basados en la amistad.

Estas relaciones dieron a Delle Chiaie un punto de vista coincidente con el de los “carreristas” del régimen. Recuerdo que Blas Piñar, entonces procurador en Cortes, pidió explicaciones a Carrero Blanco en 1973 sobre por qué se estaba estimulando el comercio con países del otro lado del Telón de Acero. Blas opinaba que este comercio era innoble y condenable como cualquier contacto con el comunismo. A mí, sin embargo, me había llegado la información, a través de Delle Chiaie, de que era el “Plan B” diseñado por el Almirante: si la Comunidad Económica Europea cerraba las puertas a una mayor cooperación con España, no había problema: se estimulaba el comercio con los países del Este y aquí paz y después gloria

El asesinato de Carrero (lo más probable es que fuera un asesinato “permitido”) supuso un corte brutal a cualquier posibilidad de que el franquismo sobreviviera a sí mismo. De hecho, si en los meses siguientes a su muerte, todavía no se habia producido una desbandada de la clase política vinculada al franquismo y su tránsito hacia los terrenos de la oposición democrática, fue a causa del miedo y del respeto que imponía el anciano decrépito y frágil de el Pardo, cuya vida se iba agotando.

A partir del asesinato de Carrero se desvanecieron todas mis dudas: el régimen no sobreviviría. No sabía, ni podía prever lo que ocurriría, pero estaba seguro de que España desembocaría en un régimen democrático formal, impuesto por el “mundialismo” que gobernaba en EEUU, por los intereses económicos, tanto interiores como exteriores, de los que los nuevos grupos mediáticos no eran más que los ejecutores necesarios y los políticos que hasta entonces habían servido al franquismo tendrían un papel esencial en el desguace del régimen.