El empantanamiento actual de la política española, solo puede entenderse
si tenemos en cuenta que, desde la muy lejana transición, todo, absolutamente
todo, se hizo mal (yo, incluso, diría: de la peor
manera posible). La mentira mil veces repetida, fue que se trató de una
transición “ejemplar”. No lo fue. Un régimen que se inicia con mentiras y
bellaquerías -y eso fue lo dominante en la transición-, termina, inevitablemente, desembocando en la mentira como régimen
y espacio preferencial para el ejercicio de la bellaquería de más baja estofa.
Ahora, cuando se cumple medio siglo del inicio de la transición, vamos
a ejercer, siquiera por unos folios, ese ejercicio de “memoria histórica”,
no tanto, para recrearnos en aquellos tiempos en los que éramos jóvenes y -como
decía un camarada- “vestíamos de negro”-, sino para entender mejor el presente.
No estará de más dar, en primer lugar, unas notas personales sobre
el autor de estas líneas.
1. INTRODUCCIÓN: MI ITINERARIO PERSONAL
Hace años, Manolo Vázquez Montalbán, para su libro Encuentros
con gente inquietante, me preguntó, intrigado, cómo había llegado a ser lo
que fui: esto es, un militante de extrema-derecha, en puestos de dirección,
siendo que me correspondía ser un honesto burgués medio, con pocas
preocupaciones políticas, cierto desahogo económico y que, además, visiblemente
hacía gala de un carácter poco dado al extremismo. Como siempre la respuesta reside
en las circunstancias familiares, sociales y ambientales. Empecemos por ahí.
En mi familia se vivió con intensidad el drama de la guerra civil
y de los que no tomaron partido. Acaso por eso, muy pocas veces se hablaba en
casa de aquel conflicto fratricida.
Mi padre, casado con su primera esposa, una dama de la alta
burguesía catalana, era completamente apolítico (un hermano suyo, en cambio,
estuvo en la Falange barcelonesa y, antes aún, en grupos patrióticos de
Barcelona durante la Dictadura de Primo de Rivera), pero estuvo, desde muy
joven, implicado en la vida cultural barcelonesa. El matrimonio
Milá-Ferrer-Mascaró, era asiduo a las veladas del Liceo, vivían en calle Aribau
a pocos metros de la Diagonal (donde yo nacería mucho después) y mi padre se
ganaba muy bien la vida como ingeniero textil e ingeniero químico. Si estaba próximo
a algún grupo, era, desde luego de la Lliga de Francesc Cambó. También conoció
a Josep Dencás, si bien no compartía sus posiciones independentistas. Mi padre
pensaba y se expresaba en correcto catalán del Penedés; de niño leía El Patufet
y, ya maduro, estuvo suscrito desde 1922 hasta su muerte a las publicaciones de
la Fundació Bernat Metge, vinculada a la Lliga, que publicaba en catalán los
clásicos griegos y romanos.
Durante las primeras semanas de guerra civil, cuando Lluis
Companys entregó la gencat a la CNT-FAI, y las cunetas de las carreteras
catalanas se vieron cubiertas por 9.000 asesinados, mi padre y su esposa
decidieron huir a Francia (mi padre había aprendido a volar en los cursos que
le dio un piloto francés, Julien Mamet, en los terrenos que hoy ocupa el
aeropuerto del Prat y el matrimonio siempre había tenido buenos contactos en
Francia y mantenía estrecha amistad con la Condesa de Dax). No solamente eran
culpables de ser católicos, sino de ser burgueses acomodados. Lograron pasar la
frontera a pie y alcanzar Perpignan. Unos meses después, entrarían en la
“España Nacional” por el Irún recién tomado por las tropas de Franco. Con mi
padre y su esposa, iba un grupo de carlistas que luego morirían en el sitio de
Codo bajo la bandera del Tercio de Montserrat. En el puente internacional de
Hendaya, cuando estaban esperando para pasar al otro lado, en tanto que
catalanes, todo el grupo se expresaba en su lengua vernácula. Allí fue donde un
oficial del ejército español, les repitió aquel tópico de: “¡Hagan el favor
de hablar en cristiano!”. El matrimonio Milá-Ferrer Mascaró estuvo a punto
de volverse para Francia. Aquello no empezó bien para ellos.
Y, sin embargo, pocos meses después de albergarse en un caserío
vasco, mi padre entró a trabajar en los Laboratorios Alter (e incluso diseñó el
logotipo inspirado en la aviación que tanto amaba). Luego, el matrimonio pasó a
residir en Logroño, donde se encontraba un hospital de retaguardia y la base
aérea de Recajo, utilizada por la Legión Cóndor. Mi padre me habló de las
frecuentes peleas entre legionarios y voluntarios italianos en las calles de la
ciudad y de la cortesía, el estilo y la elegancia de los pilotos alemanes. Mi
padre solamente se emborrachó una vez en su vida: el día de las tropas de
Franco entraron en Barcelona. Su esposa moriría de cáncer unos años después, a
poco de llegar la paz. Muy pocas veces se habló de política en mi casa, si bien
estaba claro que mi padre fue siempre un católico conservador.
En el caso de mi madre (segunda esposa de mi padre), las cosas eran
distintas. Mi abuelo materno, militar de carrera, pidió la excedencia a poco de
llegar la República, acogiéndose a la Ley Azaña. Emprendió la aventura de las
Américas, fundó un semanario en Perú y tuvo otros negocios que no le fueron
particularmente bien: volvió a España y pidió el reingreso en el ejército que
le fue concedido el 18 de julio de 1936… Destinado como teniente coronel del
cuerpo de intendencia al Tembleque, allí pasó toda la guerra civil. Unía a su
carrera militar, el pertenecer a la masonería (creo recordar que a la misma
logia que Martínez Barrio o quizás Casares Quiroga). Sea como fuera, al
rendirse la República, mi abuelo materno, fue juzgado por una improbable “rebelión
militar” y, en tanto que miembro de la masonería, resultó condenado a dos penas
de muerte de las que fue indultado, pasando tres años en cárcel. Para colmo se
había separado de mi abuela materna y nunca más volvieron a verse. Yo mismo, lo
vi apenas tres veces en mi vida, si bien estuvimos en contacto permanente por
carta hasta que falleció a finales de los 60. Creo que me ha quedado de él, ese
carácter cínico y socarrón.
Mi madre, durante la guerra, había sido funcionaria del Tribunal
Supremo de la República (instalado en Barcelona durante la guerra civil) y se
le ofreció la posibilidad de huir a Francia, cosa que rechazó. De hecho, estuvo
presente en la misa que tuvo lugar en la Plaza de Cataluña a poco de entrar las
tropas de Franco en la ciudad. Hasta su muerte, fue apolítica. Cuando el Frente
Popular decretó la amnistía, desde el balcón de su casa en calle Diputación, no
muy lejos de la Prisión Modelo, pudo ver el tipo de patibularios que el
gobierno había puesto en la calle. A partir de ese momento, se sintió una mujer
de convicciones conservadoras que aumentaron cuando realizó en los primeros
meses de la postguerra el Servicio Social en la Sección Femenina de la que
siempre conservó un buen recuerdo.
En casa, nunca se hablaba de política. La guerra civil había roto
a las familias, pero la sociedad consiguió restablecer la normalidad y la reconciliación,
mucho antes de que se convirtiera en un eslogan político. No creo que, en esto,
mi familia fuera una excepción. Inevitable mencionar que en la película Frente
de Madrid, dirigida por Edgar Neville en 1939, ya se apuntaba un
primer e inequívoco intento de “reconciliación” que los “trabajadores de la
cultura” desde siempre han pretendido eludir, olvidar y/o denigrar. Vamos, que
la idea de “reconciliación” no la inventó Santiago Carrillo…
En ese ambiente nací yo, con un padre 20 años mayor que mi madre,
e hijo único. Crecí sobreprotegido. Hasta los 14 años acompañé a mis padres a
misa los domingos y fui un católico convencido, con director espiritual (al que
aún sigo apreciando especialmente) y alumno de los Escolapios de la calle
Balmes.
Y, entonces, ocurrió lo inesperado: de un curso a otro, pasamos de
cantar la misa en gregoriano y el rito tridentino, a los espirituales negros y a
las canciones derivadas del “aggiornamento” que realizó la Iglesia Católica
tras el Concilio Vaticano II, y al ingenuo rito de “darnos la paz” como quien
da el “hola, qué tal, cómo te va”. La liturgia cambió bruscamente. Lo que, el
curso anterior tenía pompa, ceremonia, intensidad, misterio… pasó a ser un mero
acto social relajado, rutinario e intrascendente.
Mi fe católica se resintió en sus cimientos. Perdí la fe que es
como la virginidad: resulta imposible reconstruirla. Por otra parte, la casi
totalidad de los padres escolapios del colegio habían participado en la
“manifestación de las sotanas” frente a la Jefatura de Policía en mayo de 1966,
ausente en el “mes de María” que se celebraba cada mayo. En clase de religión,
ese mismo año, en una de las dos horas semanales de esta asignatura me
empezaron a dar clases de catalán y en la otra me introdujeron en la filosofía
de Feuerbach y de Marx… Sin olvidar, la crisis de la pubertad que coincidió en
esa época.
En ese tiempo, me había ocurrido algo mucho más interesante:
consultando la amplia biblioteca paterna, me encontré dos volúmenes titulados: “Los
mil libros”. Se trata de resúmenes de libros, compilados por Luis Nueda, que
habían tenido una amplia circulación. Estaba publicados a finales de los 40 y
llamó la atención porque resumía los libros de Julio Verne… pero también las
Obras Completas de José Antonio y lo esencial de Federico Nietzsche,
Spengler. Y todo aquello empezó a fascinarme porque era justo lo opuesto de
lo que me enseñaban los escolapios, devenidos en plataforma publicitaria
ofrecida a laicos marxistas, más o menos, “enteraos” y dispuestos a realizar un
fácil adoctrinamiento entre los jóvenes.
Por otra parte, yo era hijo único, me sentía sobreprotegido, lo
notaba y tenía ansias de volar solo… aunque me estrellara. Entre los 13
y los 14 años empecé a hacerlo. Paseos por Barcelona: visita a las librerías de
viejo próximas a la Plaza de Universidad y a la calle Muntaner, al mercadillo
del libro de ocasión que estaba detrás del edificio de la Universidad (y antes
había estado en el Portal de la Santa Madrona), cines de restreno con matinales
de los de “extraordinario programa doble” los días en los que decidía hacer
“campana”. E incluso, “solo o en compañía de otros”, incursiones en el Barrio
Chino, antes o después de acudir a la Biblioteca Central (hoy Biblioteca de
Cataluña)… Nietzsche, los discursos de José Antonio, lo que pillaba de
Spengler, el rechazo creciente a la enseñanza que recibí en los Escolapios, el
deseo de “volar sólo” muy lejos, todo ello, incluso las lecturas de Verne,
despertaron en mí un insensato afán de aventura.
Dos años después, a los 16 años, empecé a frecuentar ambientes
de la extrema-derecha barcelonesa. Era 1968 y, por entonces, empezaba
tener, las ideas algo claras: no creía en el marxismo, en tanto que no creía
en el papel mesiánico de la clase obrera, no creía que existiera una
“conciencia de clase”, a menos que fuera el deseo de todo obrero de convertirse
en burgués, ni siquiera creía en fatalismos históricos: Nietzsche me lo había
enseñado, como tampoco creía que el ser humano naciera “libre e igual” como
había proclamado Rousseau: no había nada tan frágil y dependiente como un
recién nacido, ni nada tan diferente entre un ser humano y otro ser humano,
desde la propia infancia; bastaba mirar a mis compañeros de clase y saber que
todos eran desiguales entre sí. No creía que pudiera existir una sociedad sin
“valores” y los que tenía por básicos eran “orden, autoridad y jerarquía”, en
absoluto “libertad, igualdad y fraternidad”. Tendía a rechazar el pensamiento
masificado y huía de todo lo que eran masas y espectáculos de masas.
Por todo ello, no milité ni en la izquierda comunista -algo que
estaba de moda y que hicieron buena parte de mis compañeros de estudio-, ni en
formaciones de tipo democrático, socialdemócrata o liberal, ni mucho menos en
el anarquismo; en el rebaño, pronto tuve la conciencia de ser, no la oveja
negra, sino más bien una especie de halcón, un permanente outsider, figura
relativamente habitual en la Cataluña de aquellos años. Pienso ahora en Jaume Sisa,
pienso en Salvador Dalí, pienso en Pau Riba, pienso en Francesc Pujols que
habían elegido caminos propios para huir de la masificación y “ponerse al
margen” siempre con una ironía en los labios. Yo, por mi parte, había
elegido, como vehículo de mi aventura el fascismo… Hoy sé que me equivoqué,
aunque no pueda decir que esté “arrepentido”: a lo hecho, pecho.
No reparé en que, a partir de 1945, el fascismo era un sistema
derrotado. No fui consciente de que el pasado, es pasado y nunca ha retornado. En realidad, nunca creí que mi aventura personal pudiera llegar
a buen puerto. Unos años después, leyendo esa joya de la literatura hindú, el Bhagavad-Gita,
pude encontrar una justificación: “Hay que realizar la acción, pero no
apegarse a sus frutos”. Entendí que era necesario quemarse en la acción,
al margen de los resultados que pudieran obtenerse y eso, más tarde, me
llevaría a adoptar en su totalidad como referente el pensamiento de Julius
Evola y de René Guénon.
Repasar todo esto, me ha confirmado que no fui un típico miembro
de la extrema-derecha española de la época. Era agnóstico en un ambiente de
católicos, muchos de ellos ultramontanos; miraba a movimientos europeos
(y pronto logré contactar con ellos) para aprender algo de su experiencia, en
un ambiente de autosuficiencia españolista. Pronto -tras la lectura de Jean
Thiriart- fui más europeísta que nacionalista. Tras un primer entusiasmo
por los discursos de José Antonio Primo de Rivera, pude comprobar que las
Falanges, tanto la “disidente”, como la “oficialista”, se encontraban
anquilosadas y en el mismo estado de elaboración doctrinal que en 1936.
Existían falangistas (y, algunos de los que tuve ocasión de conocer, eran muy
brillantes), pero el falangismo estaba muerto y dividido en decenas de capillas
hostiles entre sí, todas ellas envueltas en idealizaciones confusas y
autosuficientes e, incluso, ignorantes de su propia historia. Mi paso por el
Círculo Doctrinal José Antonio de Barcelona, fue uno de los momentos en los que
más he tenido la sensación de pérdida de tiempo y, sin embargo, en los que conocí
a gente más interesante.
A partir de 1972 empezaron a llegar a España, exiliados
neofascistas italianos. Gracias a algunos de ellos, pude completar mi formación
política.
Y, entonces, Franco murió…
















