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miércoles, 15 de julio de 2026

NOSOTROS Y LA TRANSICIÓN A LA QUE ODIAMOS TANTO (4 de 10) - NOSOTROS, LOS ULTRAS, EN NOVIEMBRE DE 1975

La paradoja más sorprendente de la fase inicial de la transición es que no existía apenas una extrema-derecha militante en la calle (al menos en número apreciable), pero sí existía un franquismo inmovilista en algunas instituciones: en el Consejo del Reino, en el Consejo de Regencia, en las Cortes en el Consejo Nacional del Movimiento, también la Confederación de Ex Combatientes, especialmente la Hermandad de Alféreces Provisionales, tenía cierto peso, como también lo tenían en los sindicatos verticales o en lo que quedaba del Movimiento-organización. Estos grupos e instituciones no estaban compuestos solamente por gentes de extrema-derecha, sino que eran muestra de las distintas tendencias del franquismo, pero todos ellos, se movían en las “altas esferas”. A partir de la Ley de Reforma Política el peso de la extrema-derecha en la cúpula del Estado, se extinguió por completo, de un día para otro… De hecho, el propio franquismo institucional se hizo el hara-kiri él solito y sin ayuda de nadie.

A nivel de calle, existían grupos de extrema-derecha. Y decimos “grupos” y no “partidos”, ni tampoco “organizaciones”. Para que exista un partido o una organización dignos de tal nombre deben estar presentes una serie de factores: doctrina, clase política dirigente, objetivos políticos, estrategia, tácticas, y criterio organizativo. La suma de todos estos factores es lo que da como resultado el modelo “partido u organización político”. Pues bien, en 1975, no existía ni un solo grupo que contara con todos estos elementos: por tanto, no podemos hablar de “partidos”, ni de “organizaciones” ultras.

Existían, eso sí, tres grandes sectores, más o menos activistas o que intentaban, con mejor o peor fortuna, organizarse. Los podemos dividir en tres grupos: los “franquistas”, los “disidentes del Movimiento” y los “antifranquistas”.

Entre los grupos “franquistas”, existían dos que tenían ciertas posibilidades de jugar un papel en la época: de un lado Fuerza Nueva y de otro Frente Nacional Español. El primero, formado en torno a Blas Piñar, agrupaba a los que aspiraban a retornar a la pureza del franquismo que ellos identificaban con el nacional-catolicismo, esto es, con el período en el que Franco recurrió sustituyó a los falangistas en los resortes de poder. Blas Piñar, líder de esta fracción, tomó una parte del franquismo (el período nacional-católico) por la totalidad del mismo.

En 1975, la revista Fuerza Nueva llevaba casi diez años publicándose semanalmente (creo recordar que con 10-15.000 ejemplares de tirada) y Blas Piñar, de tanto, en tanto, daba que hablar). Desde 1969 se habían ido constituyendo “delegaciones” provinciales de Fuerza Nueva e, incluso, a partir de 1970 un grupo juvenil, Fuerza Joven. Pero no puede decirse que, en aquel momento, el partido tuviera un gran seguimiento ni estuviera en condiciones de movilizar masas.

El otro grupo era el Frente Nacional Español, que agrupaba a los falangistas que, desde la Guerra Civil, habían apoyado a Franco: Raimundo Fernández Cuesta, la hermana de José Antonio, Pilar Primo de Rivera, José Antonio Girón que, de paso era el presidente de la “Confederación de Combatientes” (que había abandonado la partícula “ex” para demostrar que su espíritu de lucha seguía incólume). Pero, el problema del FNE era que existía una media docena de grupos falangistas que competían con él en el mismo terreno. Se habían realizado conversaciones interminables entre los distintos grupos que, aun reconociéndose todos ellos en la matriz originaria joseantoniana, mantenían enormes diferencias: especialmente entre los que habían colaborado con el franquismo y los que habían roto con él en los años 50 o 60, e incluso entre los antifranquistas (que de todo había). Estas conversaciones solamente habían servido para exteriorizar las divisiones insuperables entre falangistas que se remontaban a la noche de los tiempos.

De hecho, este sector estuvo clavado durante toda la transición por las tensiones internas entre los que asumieron el calificativo de “hedillistas” (sin justificación, por cierto, en la medida en que Hedilla daba a la Falange por extinguida y proponía la creación de un “Frente Nacional de Alianza Libre” del que nunca fue capaz de explicar su línea política, ni de elaborar objetivos, estrategia o tácticas, ni mucho menos, disponer de un criterio organizativo), los falangistas moderados (los Círculos José Antonio y la Falange Independiente, surgida de una ampliación del radio de acción del Frente de Estudiantes Sindicalistas).

En realidad, la clientela falangista se fue polarizando a lo largo de la transición: unos se dejaron arrastrar por la marejada izquierdista y antifranquista y constituyeron una fracción “hedillista”, FE-JONS(A), que llamó mucho la atención de la prensa y que, a pesar de su vacío absoluto en materia doctrinal y de tristes trampas a la hora de redactar algunos documentos (el Manifiesto de la Legitimidad Falangista queda ahí para demostrarlo), fueron capaces de crear un grupo paradójico en el que la camisa azul, el yugo y las flechas y el Cara al Sol iban al paso con llamamientos a la “ruptura democrática”, frases tan sonoras como huecas (“no queremos el poder, queremos la poesía”), o simplemente idealizaciones de la figura de los “fundadores”, resaltando algunos rasgos, contorneando otros e, incluso, negando, los más evidentes.

En general, cabe decir en defensa de las metidas de pata de estos grupos que, en 1975, la historia de Falange Española, se conocía todavía muy mal (incluso por los propios falangistas) y quienes querían retorcer el “pensamiento joseantoniano”, encontrando entre las miles de páginas de sus Obras Completas, frases que pudieran ser interpretadas en clave antifascista, no tenían dificultades, de la misma forma que tampoco las encontraban quienes pretendían hacer justamente lo contrario y demostrar que José Antonio fue, hasta su muerte monárquico, y que si existió el “fascismo español” fue gracias al dinero del grupo alfonsino y al dinero del fascismo italiano. Como tampoco, tuvieron dificultades en encontrar frases de carácter “socialdemócratas”, personajes como Cantarero del Castillo, presidente de la Asociación de Antiguos Miembros del Frente de Juventudes, que luego promovió el grupo Reforma Social Española, en demostrar que en la Falange existía un sustrato “socialista” capaz de vertebrar una “izquierda nacional”.

Y luego estaban los Círculos Doctrinales José Antonio, definidos por la inteligencia franquista como “disidentes del Movimiento”. Y, efectivamente, lo eran, a pesar de que el propio Movimiento, de tanto en tanto, les ayudaba económicamente. Nacidos, originariamente, con una intención “doctrinal”, organizaban especialmente charlas. Partieron de Madrid (su sede, por cierto, estaba en la calle Ferraz) y cuando yo me integré, hacia 1972-73 existía casi un centenar en toda España. En esa época, Diego Márquez era el presidente y a partir de finales de los 60 habían promovido unas “Juntas Promotoras de Falange Española”: querían que las viejas siglas resucitaran de nuevo y se emanciparan del aparato franquista. Creo recordar que llegaron a ser 150 círculos (quizás 200 con muy desigual nivel de actividad). En junio de 1976 organizaron un Congreso de Unidad Falangista (“primera fase”) en el Palacio de Congresos de Madrid. Asistí personalmente y fue allí en donde decidí no volver a interesarme por este ambiente que llevaba en sí mismo el germen de su infertilidad política. Nunca hubo, por supuesto una “segunda fase”, ni aquello llevó a ningún sitio. Poco después, parte de los Círculos pasaron a integrarse en el “hedillismo”, mientras que la otra parte, reconvertido en Partido Nacional Sindicalista, entraba en la órbita del grupo de Raimundo Fernández Cuesta, mientras éste era satelizado por Fuerza Nueva.

El problema del sector falangista es que única propuesta durante aquellos “años decisivos” fue el sempiterno llamamiento a la “unidad”: la “unidad falangista”, se entiende. Objetivo quimérico y que sería alcanzado en los años 80, no tanto por convergencia y fusión de grupos, como por desaparición de la mayoría. Cuando, Diego Márquez pasó a ser secretario general de Falange Española de las JONS, en 1983, prácticamente la “unidad” se había conseguido, como digo, por merma de grupos y extinción de siglas. Tres años después, el candidato rival de Márquez, Dionisio Martín Sanz abandonó el partido a causa de la negativa del primero a colocar una corona de flores sobre la tumba de Franco en el Valle de los Caídos, el 20-N.

 

A la vista de todo esto, se entiende que el papel de los falangistas en la transición fuera mínimo y no precisamente brillante: todos los intentos “unitarios”, se saldaron con trifulcas, caos y rupturas (en ocasiones a hostia limpia, por citar un solo caso en el que estuve presente, pero no único, como en 1973 en el Teatro Rojas de Toledo en la concentración nacional de los Círculos José Antonio). Al final de la primera parte de la transición, cuando las elecciones de junio de 1977 demostraron las dimensiones reales del “hedillismo”, este sector, simplemente, se extinguió. Los falangistas-franquistas, pasaron a apoyar, a Fuerza Nueva, con reservas mentales, mientras que los “independientes” quedaban reducidos a un grupúsculo aislado y asfixiado en la eterna búsqueda de su jefe, Sigfredo Hüllers, de la “pureza joseantoniana”.

Luego estaban los “Guerrilleros de Cristo Rey”, una mera sigla de fortuna, que nunca existió como organización, formada en torno a un “hombre de acción”, Mariano Sánchez Covisa, (que ya había estado presente en el “incidente” del Monasterio de Begoña en 1942, cuando un grupo de falangistas, acosado por carlistas, les lanzó una bomba de mano en un acto presidido por el General Varela). Ya habrá ocasión de hablar más detenidamente de Sánchez Covisa. El “teórico” del grupo era un escritor antimasónico, Mauricio Carlavilla, que formaba parte del grupo editor del semanario ultramontano “¿Qué pasa?” que dejaba a la revista Fuerza Nueva como moderada y, casi, progre…

Existían sospechas de que los “Guerrilleros de Cristo Rey” era un grupo parapolicial, desde que asaltaron una galería de arte madrileña para destrozar grabados de Picasso, siendo inmediatamente todos detenidos. Conocí 15 años después a uno de estos detenidos -José Luis Magaña- quien me explicó que la policía había filmado desde la acera de enfrente de la Galería, toda la acción. Magaña, por cierto, intentó fugarse con Carlos García Juliá, de la prisión de Ciudad Real en una operación apoyada por el Frente de la Juventud y que terminó en fracaso y en los micrófonos del programa radiofónico de noche de Encarna Sánchez…

De los grupos neonazis que habían sobrevivido hasta la muerte de Franco, sin duda, el único organizado era el Círculo Español de Amigos de Europa que irradió a partir de Barcelona y pronto contó con una antena en Madrid. El error de sus miembros durante la transición fue aspirar a ser un “grupo político”, cuando en realidad debía haber quedado siempre como “grupo cultural”. A CEDADE, en honor a la verdad, cabe calificarlo entre los grupos no-franquistas.

En total, en el ambiente activista no militarían más de un millar de miembros divididos en una docena de grupos, de los cuales, puede decirse que ninguno mantenía unidad de criterios en su interior. En CEDADE, por ejemplo, el grupo catalán promovió un “Partido Nacional Socialista Catalán” que no se veía muy bien en Madrid. En el Frente Nacional Español, el corazón estaba roto entre los que querían aproximarse a otros grupos franquistas (Fuerza Nueva, en concreto) y aquellos otros entre los que les atraía más morir políticamente con otros grupos falangistas.

En síntesis: en noviembre de 1975, la “extrema-derecha de las altas esferas” compartía el poder con otras tendencias franquistas en las instituciones, pero a nivel de calle, todos sus grupos pueden calificarse de “indigentes políticos”. Era evidente que, de mantenerse así, nunca podrían jugar un papel político: todos ellos -incluso los antifranquistas- miraban más atrás que hacia adelante.

Durante toda la transición existía un diario, El Alcázar, dependiente de la Confederación de Combatientes cuya dirección había sido entregada a Antonio Izquierdo, antiguo director del diario central del Movimiento, Arriba, cuyas ventas hubieran sido suficientes para demostrar que no era la persona más adecuada para llevar las riendas del diario. Recuerdo que algunos comprábamos El Alcázar para “apoyarlo”, y luego estábamos obligados a adquirir algún otro diario para saber lo que estaba pasando en España. Durante la transición tuve cierta relación con El Alcázar, especialmente en la última fase de ese ciclo. Por entonces, ya tenía cierta experiencia en medios de comunicación y sabía lo que no podía hacerse, si de lo que se trataba era de ganar credibilidad.

Un buen día 1976 compré El Alcazar. La noticia de portada, a cuatro columnas y en grandes caracteres, era espectacular: “40 asesinados por los comunistas”… la cosa era como para llamar la atención y producir escalofríos. Solamente en letra menuda y en la entradilla podía entenderse la cosa mucho mejor: la masacre había tenido lugar “… en Filipinas”. Conocí a Izquierdo cuando yo parecía más joven de lo que era en realidad; en el curso de una cena, me explicó que tenía información de la OTAN según la cual, los tanques rusos iban a romper la línea de demarcación entre las dos Alemanias en uno o dos meses. Eso fue después de que regresara del exilio, cuando ya había adquirido suficiente experiencia y conocimientos en política internacional y geopolítica, para desmentirle con datos muy concretos. Solamente volvió a dirigirme la palabra para despedirse con la excusa de que iba a ver a su “asesor de imagen”…; me fijé en los copos de caspa que resaltaban de manera estridente sobre su blazer azul marino. Dos meses después, cuando volví a verlo, la misma caspa seguía en el mismo sitio. Nunca tuve la menor duda de que Izquierdo era un vendedor de humo, y no particularmente brillante, sino provisto de buen grado de oportunismo. La muerte del diario El Alcázar era solo cuestión de tiempo. Pudo prolongar un poco más su vida, de manera muy poco ética, con los fondos enviados a Juntas Españolas, el partido auspiciado por el propio Izquierda, desviados para pagar los sueldos de la cúpula del diario. El Alcázar, no fue el mejor modelo de diario, en torno al cual podía elaborarse una línea política… murió por falta de lectores, además, por supuesto de por mala gestión económica y, por la negativa del felipismo a pasarle publicidad institucional. Sin olvidar la ambigüedad de la que siempre hizo gala en períodos electorales: el apoyo que prestó el diario a las candidaturas, tanto de Alianza Nacional, como de Unión Nacional, en 1977 y 1979 fue mínimo y la opción defendida por el diario, justo la única en la que nadie sensato podía estar interesado y que, desde un principio, era fantasiosa: un pacto desde UCD hasta Fuerza Nueva. No creo que valga la pena hablar mucho más sobre El Alcázar y su triste final, ni contar miserias que ya he incluido en los dos volúmenes de Ultramemorias (EMINVES, distribuido por Amazon).

En realidad, en 1976, la sociedad española parecía estar dispuesta a dar un voto de confianza a la transición. Ganaba espacio la esperanza en que las “cosas irían mejor” con una evolución del régimen. Así que la extrema-derecha, lejos de reforzarse entre el 20-N de 1975 y las elecciones de junio de 1977, se fue debilitando más y más. No sería sino tras el verano de 1977 cuando, el sector, especialmente el orbitado en torno a Fuerza Nueva y a los grupos radicales, experimentó un crecimiento desmesurado que se prolongaría hasta 1980.

En ningún momento, ninguno de estos partidos pasó del estadio de “grupo”, ni se registraron verdaderos esfuerzos organizativos, ni mucho menos se elaboró una estrategia realista, porque tampoco existía un análisis objetivo de la situación. Se confiaba, en la segunda parte de la transición (1978-1981), cuando ya estaba claro que la “constitución” no iba a ser la panacea universal, en que “algo” detendría la transición y que un “golpe militar” sería la mejor salida. Pero, ni siquiera, la inmensa mayoría de los que pensaban eso eran capaces de dar los pasos necesarios para coagular una estrategia eficiente en esa dirección.