La paradoja más sorprendente de la fase inicial de la transición
es que no existía apenas una extrema-derecha militante en la calle (al menos en
número apreciable), pero sí existía un franquismo inmovilista en algunas
instituciones: en el Consejo del Reino, en el Consejo de Regencia, en las
Cortes en el Consejo Nacional del Movimiento, también la Confederación de Ex Combatientes,
especialmente la Hermandad de Alféreces Provisionales, tenía cierto peso, como
también lo tenían en los sindicatos verticales o en lo que quedaba del
Movimiento-organización. Estos grupos e
instituciones no estaban compuestos solamente por gentes de extrema-derecha,
sino que eran muestra de las distintas tendencias del franquismo, pero todos
ellos, se movían en las “altas esferas”. A partir de la Ley de Reforma Política
el peso de la extrema-derecha en la cúpula del Estado, se extinguió por
completo, de un día para otro… De hecho, el propio franquismo institucional
se hizo el hara-kiri él solito y sin ayuda de nadie.
A nivel de calle, existían grupos de extrema-derecha. Y decimos
“grupos” y no “partidos”, ni tampoco “organizaciones”. Para que exista un
partido o una organización dignos de tal nombre deben estar presentes una serie
de factores: doctrina, clase política dirigente, objetivos políticos,
estrategia, tácticas, y criterio organizativo. La suma de todos estos factores
es lo que da como resultado el modelo “partido u organización político”.
Pues bien, en 1975, no existía ni un solo grupo que contara con todos estos
elementos: por tanto, no podemos hablar de “partidos”, ni de “organizaciones”
ultras.
Existían, eso sí, tres grandes sectores, más o menos activistas
o que intentaban, con mejor o peor fortuna, organizarse. Los podemos dividir en
tres grupos: los “franquistas”, los “disidentes del Movimiento” y los
“antifranquistas”.
Entre los grupos “franquistas”, existían dos que tenían ciertas
posibilidades de jugar un papel en la época: de un lado Fuerza Nueva y de otro
Frente Nacional Español. El primero, formado en
torno a Blas Piñar, agrupaba a los que aspiraban a retornar a la pureza del
franquismo que ellos identificaban con el nacional-catolicismo, esto es,
con el período en el que Franco recurrió sustituyó a los falangistas en los
resortes de poder. Blas Piñar, líder de esta fracción, tomó una parte del
franquismo (el período nacional-católico) por la totalidad del mismo.
En 1975, la revista Fuerza Nueva llevaba casi diez años
publicándose semanalmente (creo recordar que con 10-15.000 ejemplares de
tirada) y Blas Piñar, de tanto, en tanto, daba que hablar). Desde 1969 se
habían ido constituyendo “delegaciones” provinciales de Fuerza Nueva e,
incluso, a partir de 1970 un grupo juvenil, Fuerza Joven. Pero no puede decirse
que, en aquel momento, el partido tuviera un gran seguimiento ni estuviera en
condiciones de movilizar masas.
El otro grupo era el Frente Nacional Español, que agrupaba a
los falangistas que, desde la Guerra Civil, habían apoyado a Franco: Raimundo
Fernández Cuesta, la hermana de José Antonio, Pilar Primo de Rivera, José
Antonio Girón que, de paso era el presidente de la “Confederación de
Combatientes” (que había abandonado la partícula “ex” para demostrar que su
espíritu de lucha seguía incólume). Pero, el problema del FNE era que existía
una media docena de grupos falangistas que competían con él en el mismo terreno.
Se habían realizado conversaciones interminables entre los distintos grupos
que, aun reconociéndose todos ellos en la matriz originaria joseantoniana,
mantenían enormes diferencias: especialmente entre los que habían
colaborado con el franquismo y los que habían roto con él en los años 50 o 60,
e incluso entre los antifranquistas (que de todo había). Estas
conversaciones solamente habían servido para exteriorizar las divisiones
insuperables entre falangistas que se remontaban a la noche de los tiempos.
De hecho, este sector estuvo clavado durante toda la transición
por las tensiones internas entre los que asumieron el calificativo de “hedillistas”
(sin justificación, por cierto, en la medida en que Hedilla daba a la Falange
por extinguida y proponía la creación de un “Frente Nacional de Alianza Libre” del
que nunca fue capaz de explicar su línea política, ni de elaborar objetivos,
estrategia o tácticas, ni mucho menos, disponer de un criterio organizativo),
los falangistas moderados (los Círculos José Antonio y la Falange
Independiente, surgida de una ampliación del radio de acción del Frente de
Estudiantes Sindicalistas).
En realidad, la clientela falangista se fue polarizando a lo largo
de la transición: unos se dejaron arrastrar por la marejada izquierdista y
antifranquista y constituyeron una fracción “hedillista”, FE-JONS(A), que llamó
mucho la atención de la prensa y que, a pesar de su vacío absoluto en materia
doctrinal y de tristes trampas a la hora de redactar algunos documentos (el Manifiesto
de la Legitimidad Falangista queda ahí para demostrarlo), fueron capaces de
crear un grupo paradójico en el que la camisa azul, el yugo y las flechas y el
Cara al Sol iban al paso con llamamientos a la “ruptura democrática”, frases
tan sonoras como huecas (“no queremos el poder, queremos la poesía”), o
simplemente idealizaciones de la figura de los “fundadores”, resaltando algunos
rasgos, contorneando otros e, incluso, negando, los más evidentes.
En general, cabe decir en defensa de las metidas de pata de
estos grupos que, en 1975, la historia de Falange Española, se conocía todavía
muy mal (incluso por los propios falangistas) y quienes querían retorcer el
“pensamiento joseantoniano”, encontrando entre las miles de páginas de sus Obras
Completas, frases que pudieran ser interpretadas en clave antifascista, no
tenían dificultades, de la misma forma que tampoco las encontraban quienes
pretendían hacer justamente lo contrario y demostrar que José Antonio fue,
hasta su muerte monárquico, y que si existió el “fascismo español” fue gracias
al dinero del grupo alfonsino y al dinero del fascismo italiano. Como tampoco,
tuvieron dificultades en encontrar frases de carácter “socialdemócratas”,
personajes como Cantarero del Castillo, presidente de la Asociación de Antiguos
Miembros del Frente de Juventudes, que luego promovió el grupo Reforma Social
Española, en demostrar que en la Falange existía un sustrato “socialista” capaz
de vertebrar una “izquierda nacional”.
Y luego estaban los Círculos Doctrinales José Antonio, definidos
por la inteligencia franquista como “disidentes del Movimiento”. Y,
efectivamente, lo eran, a pesar de que el propio Movimiento, de tanto en tanto,
les ayudaba económicamente. Nacidos, originariamente, con una intención
“doctrinal”, organizaban especialmente charlas. Partieron de Madrid (su sede,
por cierto, estaba en la calle Ferraz) y cuando yo me integré, hacia 1972-73
existía casi un centenar en toda España. En esa época, Diego Márquez era el
presidente y a partir de finales de los 60 habían promovido unas “Juntas
Promotoras de Falange Española”: querían que las viejas siglas resucitaran
de nuevo y se emanciparan del aparato franquista. Creo recordar que
llegaron a ser 150 círculos (quizás 200 con muy desigual nivel de actividad). En
junio de 1976 organizaron un Congreso de Unidad Falangista (“primera fase”) en
el Palacio de Congresos de Madrid. Asistí personalmente y fue allí en donde
decidí no volver a interesarme por este ambiente que llevaba en sí mismo el
germen de su infertilidad política. Nunca hubo, por supuesto una “segunda
fase”, ni aquello llevó a ningún sitio. Poco después, parte de los Círculos
pasaron a integrarse en el “hedillismo”, mientras que la otra parte,
reconvertido en Partido Nacional Sindicalista, entraba en la órbita del grupo
de Raimundo Fernández Cuesta, mientras éste era satelizado por Fuerza Nueva.
El problema del sector falangista es que única propuesta durante
aquellos “años decisivos” fue el sempiterno llamamiento a la “unidad”: la
“unidad falangista”, se entiende. Objetivo
quimérico y que sería alcanzado en los años 80, no tanto por convergencia y
fusión de grupos, como por desaparición de la mayoría. Cuando, Diego
Márquez pasó a ser secretario general de Falange Española de las JONS, en 1983,
prácticamente la “unidad” se había conseguido, como digo, por merma de grupos y
extinción de siglas. Tres años después, el candidato rival de Márquez, Dionisio
Martín Sanz abandonó el partido a causa de la negativa del primero a colocar
una corona de flores sobre la tumba de Franco en el Valle de los Caídos, el
20-N.
A la vista de todo esto, se entiende que el papel de los
falangistas en la transición fuera mínimo y no precisamente brillante: todos
los intentos “unitarios”, se saldaron con trifulcas, caos y rupturas (en ocasiones a hostia limpia, por citar un solo caso en el que
estuve presente, pero no único, como en 1973 en el Teatro Rojas de Toledo en la
concentración nacional de los Círculos José Antonio). Al final de la primera
parte de la transición, cuando las elecciones de junio de 1977 demostraron las
dimensiones reales del “hedillismo”, este sector, simplemente, se extinguió.
Los falangistas-franquistas, pasaron a apoyar, a Fuerza Nueva, con reservas
mentales, mientras que los “independientes” quedaban reducidos a un grupúsculo
aislado y asfixiado en la eterna búsqueda de su jefe, Sigfredo Hüllers, de la
“pureza joseantoniana”.
Luego estaban los “Guerrilleros de Cristo Rey”, una mera sigla de
fortuna, que nunca existió como organización, formada en torno a un “hombre de
acción”, Mariano Sánchez Covisa, (que ya había
estado presente en el “incidente” del Monasterio de Begoña en 1942, cuando un
grupo de falangistas, acosado por carlistas, les lanzó una bomba de mano en un
acto presidido por el General Varela). Ya habrá ocasión de hablar más
detenidamente de Sánchez Covisa. El “teórico” del grupo era un escritor
antimasónico, Mauricio Carlavilla, que formaba parte del grupo editor del
semanario ultramontano “¿Qué pasa?” que dejaba a la revista Fuerza
Nueva como moderada y, casi, progre…
Existían sospechas de que los “Guerrilleros de Cristo Rey” era un
grupo parapolicial, desde que asaltaron una
galería de arte madrileña para destrozar grabados de Picasso, siendo
inmediatamente todos detenidos. Conocí 15 años después a uno de estos detenidos
-José Luis Magaña- quien me explicó que la policía había filmado desde la acera
de enfrente de la Galería, toda la acción. Magaña, por cierto, intentó fugarse
con Carlos García Juliá, de la prisión de Ciudad Real en una operación apoyada
por el Frente de la Juventud y que terminó en fracaso y en los micrófonos del
programa radiofónico de noche de Encarna Sánchez…
De los grupos neonazis que habían sobrevivido hasta la muerte de
Franco, sin duda, el único organizado era el Círculo Español de Amigos de
Europa que irradió a partir de Barcelona y pronto contó con una antena en
Madrid. El error de sus miembros durante la transición fue aspirar a ser un
“grupo político”, cuando en realidad debía haber quedado siempre como “grupo
cultural”. A CEDADE, en honor a la verdad, cabe calificarlo entre los grupos
no-franquistas.
En total, en el ambiente activista no militarían más de un millar
de miembros divididos en una docena de grupos, de los cuales, puede decirse que
ninguno mantenía unidad de criterios en su interior. En CEDADE, por ejemplo, el
grupo catalán promovió un “Partido Nacional Socialista Catalán” que no se veía
muy bien en Madrid. En el Frente Nacional Español, el corazón estaba roto entre
los que querían aproximarse a otros grupos franquistas (Fuerza Nueva, en
concreto) y aquellos otros entre los que les atraía más morir políticamente con
otros grupos falangistas.
En síntesis: en noviembre de 1975, la “extrema-derecha de las
altas esferas” compartía el poder con otras tendencias franquistas en las
instituciones, pero a nivel de calle, todos sus grupos pueden calificarse de
“indigentes políticos”. Era evidente que, de mantenerse así, nunca podrían
jugar un papel político: todos ellos -incluso los antifranquistas- miraban más
atrás que hacia adelante.
Durante toda la transición existía un diario, El Alcázar,
dependiente de la Confederación de Combatientes cuya dirección había sido
entregada a Antonio Izquierdo, antiguo director del diario central del
Movimiento, Arriba, cuyas ventas hubieran
sido suficientes para demostrar que no era la persona más adecuada para llevar
las riendas del diario. Recuerdo que algunos comprábamos El Alcázar para
“apoyarlo”, y luego estábamos obligados a adquirir algún otro diario para saber
lo que estaba pasando en España. Durante la transición tuve cierta relación con
El Alcázar, especialmente en la última fase de ese ciclo. Por entonces,
ya tenía cierta experiencia en medios de comunicación y sabía lo que no podía
hacerse, si de lo que se trataba era de ganar credibilidad.
Un buen día 1976 compré El Alcazar. La noticia de portada,
a cuatro columnas y en grandes caracteres, era espectacular: “40
asesinados por los comunistas”… la cosa era como para llamar la
atención y producir escalofríos. Solamente en letra menuda y en la entradilla
podía entenderse la cosa mucho mejor: la masacre había tenido lugar “… en
Filipinas”. Conocí a Izquierdo cuando yo parecía más joven de lo que era en
realidad; en el curso de una cena, me explicó que tenía información de la OTAN
según la cual, los tanques rusos iban a romper la línea de demarcación entre
las dos Alemanias en uno o dos meses. Eso fue después de que regresara del
exilio, cuando ya había adquirido suficiente experiencia y conocimientos en
política internacional y geopolítica, para desmentirle con datos muy concretos.
Solamente volvió a dirigirme la palabra para despedirse con la excusa de que
iba a ver a su “asesor de imagen”…; me fijé en los copos de caspa que resaltaban
de manera estridente sobre su blazer azul marino. Dos meses después, cuando
volví a verlo, la misma caspa seguía en el mismo sitio. Nunca tuve la menor
duda de que Izquierdo era un vendedor de humo, y no particularmente brillante,
sino provisto de buen grado de oportunismo. La muerte del diario El Alcázar
era solo cuestión de tiempo. Pudo prolongar un poco más su vida, de manera muy
poco ética, con los fondos enviados a Juntas Españolas, el partido auspiciado
por el propio Izquierda, desviados para pagar los sueldos de la cúpula del
diario. El Alcázar, no fue el mejor modelo de diario, en torno al
cual podía elaborarse una línea política… murió por falta de lectores, además,
por supuesto de por mala gestión económica y, por la negativa del felipismo a pasarle
publicidad institucional. Sin olvidar la ambigüedad de la que siempre hizo
gala en períodos electorales: el apoyo que prestó el diario a las candidaturas,
tanto de Alianza Nacional, como de Unión Nacional, en 1977 y 1979 fue mínimo y
la opción defendida por el diario, justo la única en la que nadie sensato podía
estar interesado y que, desde un principio, era fantasiosa: un pacto desde UCD
hasta Fuerza Nueva. No creo que valga la pena hablar mucho más sobre El
Alcázar y su triste final, ni contar miserias que ya he incluido en los dos
volúmenes de Ultramemorias (EMINVES, distribuido por Amazon).
En realidad, en 1976, la sociedad española parecía estar dispuesta
a dar un voto de confianza a la transición. Ganaba espacio la esperanza en que
las “cosas irían mejor” con una evolución del régimen. Así que la
extrema-derecha, lejos de reforzarse entre el 20-N de 1975 y las elecciones de
junio de 1977, se fue debilitando más y más. No sería sino tras el verano de
1977 cuando, el sector, especialmente el orbitado en torno a Fuerza Nueva y a
los grupos radicales, experimentó un crecimiento desmesurado que se prolongaría
hasta 1980.
En ningún momento, ninguno de estos partidos pasó del estadio de
“grupo”, ni se registraron verdaderos esfuerzos organizativos, ni mucho menos
se elaboró una estrategia realista, porque tampoco existía un análisis objetivo
de la situación. Se confiaba, en la segunda parte
de la transición (1978-1981), cuando ya estaba claro que la “constitución” no
iba a ser la panacea universal, en que “algo” detendría la transición y que un
“golpe militar” sería la mejor salida. Pero, ni siquiera, la inmensa mayoría de
los que pensaban eso eran capaces de dar los pasos necesarios para coagular una
estrategia eficiente en esa dirección.

















