Tras la Segunda Guerra Mundial, el movimiento nacionalista
marroquí, liderado por el partido Istiqlal (Independencia), ganó fuerza.
En 1947, el sultán Mohammed V comenzó a distanciarse de las
autoridades francesas, y en 1953 fue depuesto y enviado al exiliado por
Francia, lo que radicalizó aún más la lucha por la independencia. Este país,
todavía bajo la impresión de haber perdido ominosamente Indochina en 1948, tras
su derrota decisiva en Dien Bien Phu el 7 de mayo de ese mismo año,
afrontaba el inicio de la guerra por la independencia de Argelia que se
prolongaría con una intensidad salvaje entre 1954 y 1962.
Era evidente que Francia no tenía capacidad para afrontar un nuevo
conflicto por el control del protectorado de Marruecos que obtuvo su
independencia el 2 de marzo de 1956. España, que controlaba la otra parte del
protectorado, se vio forzada a seguir los pasos de Francia.
El 7 de abril de 1956, España firmó una declaración conjunta
reconociendo la “plena soberanía e independencia de Marruecos” y
comprometiéndose a respetar su “unidad territorial”. Este acuerdo
bilateral firmado en Madrid puso fin al Protectorado español, que había
existido desde 1912. En octubre de 1956, la Zona Internacional de Tánger,
administrada por varios países (incluidos España, Francia y Reino Unido), fue
reintegrada a Marruecos mediante el Protocolo suscrito en esa misma
ciudad.
Cuando parecía que la relación con el nuevo país sería idílica,
las cosas empezaron a torcerse. Marruecos empezó a organizar disputas sobre
otros territorios que nunca habían formado parte del protectorado.
En efecto, Franco y la inteligencia española ignoraban en aquel
momento la doctrina del “Gran Marruecos” que constituía el “mito” movilizador
del Istiqlal, el Partido Nacionalista Marroquí que era, a fin de cuentas, quien
movía los hilos de la independencia. Esta doctrina, que puede ser calificada
como una “ficción geopolítica” fue elaborada por Allal El Fasi (fundador del
Istiqlal), durante su exilio en Egipto mientras se desarrollaba la Segunda
Guerra Mundial. Era una teoría muy influida por las concepciones y
reivindicaciones de los países del Eje, sostenía que los límites históricos y
“vitales” de Marruecos se extendían desde el norte de África hasta el Sahel.
Sin apenas apoyos históricos, basándose solo en la contigüidad
geográfica, El Fasi incluía en esta “ficción” a las ciudades autónomas
españolas de Ceuta y Melilla, así como las plazas de
soberanía (Islas Chafarinas, Peñón de Alhucemas, Peñón de Vélez de la
Gomera, Isla de Perejil y las llamadas “islas adyacentes”), todo el territorio
del Sáhara Occidental, la zona de Sidi Ifni y Cabo Juby, las provincias
argelinas de Tinduf, Béchar y el Touat, finalmente, la totalidad
de Mauritania, partes del norte de Mali, el norte de Senegal e,
incluso, las Islas Canarias.
Es importante señalar que los “militares africanistas” (y el
propio Franco entre ellos), ignoraban la existencia de esta “ficción
geopolítica” que fue elaborada posteriormente a su presencia en el
Protectorado. Hasta prácticamente el inicio de los años 70, uno de los puntos
de apoyo de la política exterior de España era subrayado con la tópica frase de
“nuestra tradicional amistad con los árabes”. Pero la visión “africanista”
anterior a 1945, no tenía nada que ver con la que apareció después, en plena
euforia descolonizadora. El panorama había cambiado mucho. Marruecos, no sólo
no agradeció la independencia incruenta y negociada de la parte española del
Protectorado, sino que, el nuevo país asumió, desde el primer momento, la
ficción del “Gran Marruecos”.
Inmediatamente después de la independencia estalló la Guerra de
Ifni, la “Guerra Olvidada”, cuando bandas irregulares del llamado “Ejército de
Liberación Marroquí”, apoyadas directamente por Marruecos irrumpieron en
aquel territorio. En noviembre de 1957, esta organización lanzó una
primera ofensiva sorpresa para ocupar los puestos militares españoles en Ifni.
Ante la superioridad numérica del enemigo y la dificultad de defender puestos
aislados en el desierto, las tropas españolas se retiraron y formaron un
perímetro defensivo alrededor de la capital, Sidi Ifni. Esta ciudad quedó
sitiada durante meses, siendo abastecida únicamente por mar y aire. También
hubo fuertes combates en lugares como Edchera y El Aaiún, donde
destacó la intervención de la Legión Española. Ante el estancamiento de la
situación, España y Francia (que temía por sus intereses en Mauritania y
Argelia) lanzaron una operación aérea y terrestre que logró expulsar a los
rebeldes marroquíes del Sáhara en pocas semanas.
El conflicto terminó formalmente con el Acuerdo de Angra de
Cintra en abril de 1958. España entregó a Marruecos la zona de Cabo
Juby (Tarfaya), pero mantuvo el control solo de la ciudad de Sidi
Ifni (como una provincia de ultramar) hasta 1969, cuando finalmente fue
entregada a Marruecos tras presiones de la ONU. Se estima que hubo cerca
de 300 assesinados, 80 desaparecidos y unos 500 heridos en el bando
español.
Un año antes de la entrega de Ifni, culminó el proceso de
descolonización de Guinea Ecuatorial, el 12 de octubre de 1968.
Inicialmente, debía tratarse de una “descolonización ejemplar”. El futuro
gobierno soberano de Guinea Ecuatorial heredaba, en aquel momento, el país con
mejor nivel de vida de África, después de la Unión Sudafricana. Incluso en los
últimos meses previos a la independencia, España dotó al futuro país de
estudios autónomos de televisión, grabación, montaje, sonido y producción.
Hasta finales de los años 50, el territorio era considerado una provincia más
de España. Guinea Ecuatorial dejó de ser “colonia” para convertirse en
las “provincias españolas de Fernando Poo y Río Muni”. Pero, tanto élites
ambiciosas locales, como la ONU, querían una independencia total y sin
restricciones.
El 15 de diciembre de 1963, un referéndum aprobó un sistema de
autogobierno. Así nació oficialmente Guinea Ecuatorial, con una Asamblea
General (parlamento) y un Consejo de Gobierno presidido por Bonifacio Ondó
Edu, aunque el gobierno español mantenía amplios poderes. En noviembre de 1965,
la ONU pidió a España que fijara una fecha para la independencia. Tras
aceptarlo en 1966, el proceso se aceleró.
La Conferencia Constitucional se celebró entre el 30 de
octubre de 1967 y el 22 de junio de 1968 en Madrid, presidida por el ministro
español Fernando María Castiella. Castiella apostaba por una independencia
inmediata y conjunta para mejorar la imagen exterior de España, mientras que el
vicepresidente Carrero Blanco aconsejaba una independencia lenta y
separada (isla y continente) para proteger los intereses económicos españoles.
Mientras, en Guinea, la mayoría de los partidos querían un país unificado. Solo
la Unión Bubi (de la isla de Bioko) llegó a plantear una independencia
separada o seguir bajo administración española, lo que generó tensión étnica
con la mayoría continental fang. La Constitución, finalmente, resultó de
corte liberal y democrático. Establecía un estado unitario, separación de
poderes y derechos fundamentales. Sometida a referéndum el 11 de agosto de
1968, supervisado por la ONU, fue aprobada por el 64,32% de los votantes.
Entre el 22 y el 29 de septiembre se celebraron elecciones
presidenciales y parlamentarias. El favorito era Bonifacio Ondó Edu,
apoyado por los colonos españoles y que representaba un cambio más gradual. Sin
embargo, el vencedor fue Francisco Macías Nguema, un exfuncionario de la
administración colonial que difundió un discurso radical, anticolonial,
antiblanco y populista. Fue el primer traspiés. El 12 de octubre de 1968, en
una ceremonia presidida por el ministro Manuel Fraga, España transfirió la
soberanía a la nueva República de Guinea Ecuatorial, con Macías Nguema como
primer presidente. Y ocurrió lo que era de esperar y ante lo que el gobierno de
Franco no preparó a la opinión pública…
Menos de un mes después de la independencia, el país estaba
paralizado e, incluso, la televisión había dejado de funcionar por pura desidia
y mala gestión. Cualquier problema de la población era inmediatamente atribuido
a “España” y a la “colonización”. Los vientos eran cada vez más hostiles, el
país recién independizado parecía ingobernable y, desde luego, el gobierno de
Macías Nguema, cuando mayores eran los problemas, más agresivo se mostraba
contra España. A los seis meses de independencia, la mayoría de los 8.000
españoles que vivían en Guinea (funcionarios, empresarios, misioneros), ante
esta situación y en previsión del mismo baño de sangre que se había producido
en otros países africanos recién independizados, optaron por abandonar Guinea,
llevándose capital y experiencia. La economía colapsó y hasta el hallazgo de
petróleo en los años 90, Guines Ecuatorial pasó de ser el segundo país africano
en nivel de vida, a figurar en el pelotón de cola.
Macías suspendió la Constitución de 1968, prohibió los partidos
políticos, se declaró presidente vitalicio e instauró un régimen de terror
durante el cual, desde 1968 hasta su derrocamiento en 1979, un tercio de la
población fue asesinada o huyó al exilio. La mayoría de los líderes
independentistas que participaron en la Conferencia de Madrid, como Bonifacio
Ondó o Atanasio Ndongo, fueron detenidos y asesinados.
No era algo que no hubiera ocurrido antes en el resto de colonias
africanas que demostraron a las claras que África no estaba hecha para el
concepto eurocéntrico de Estado–Nación y que la “tribu” era la única forma
aplicable en el continente. Sin embargo, la opinión pública española de la
época se sintió decepcionada por la reacción, tanto de Marruecos como de la
población guineana e, incluso el mismo gobierno, se mantuvo perplejo por todo
lo ocurrido y a la espera de que las cosas empeoraran todavía más desde el
momento, en el que, no sólo Marruecos reivindicó la soberanía sobre el Sáhara,
sino que apareció un movimiento armado por Argelia de carácter independentista,
el Frente Polisario, que, a principios de los 70, empezó a cometer atentados
terroristas, incluidos asesinatos, contra soldados y civiles españoles.
Pero ésta ya es otra historia y pertenece a los instantes finales del franquismo.






