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viernes, 29 de mayo de 2026

MEMORIA HISTORICA DEL FRANQUISMO: LAS "CRISIS AFRICANAS"

Tras la Segunda Guerra Mundial, el movimiento nacionalista marroquí, liderado por el partido Istiqlal (Independencia), ganó fuerza. En 1947, el sultán Mohammed V comenzó a distanciarse de las autoridades francesas, y en 1953 fue depuesto y enviado al exiliado por Francia, lo que radicalizó aún más la lucha por la independencia. Este país, todavía bajo la impresión de haber perdido ominosamente Indochina en 1948, tras su derrota decisiva en Dien Bien Phu el 7 de mayo de ese mismo año, afrontaba el inicio de la guerra por la independencia de Argelia que se prolongaría con una intensidad salvaje entre 1954 y 1962.

Era evidente que Francia no tenía capacidad para afrontar un nuevo conflicto por el control del protectorado de Marruecos que obtuvo su independencia el 2 de marzo de 1956. España, que controlaba la otra parte del protectorado, se vio forzada a seguir los pasos de Francia.

El 7 de abril de 1956, España firmó una declaración conjunta reconociendo la “plena soberanía e independencia de Marruecos” y comprometiéndose a respetar su “unidad territorial”. Este acuerdo bilateral firmado en Madrid puso fin al Protectorado español, que había existido desde 1912. En octubre de 1956, la Zona Internacional de Tánger, administrada por varios países (incluidos España, Francia y Reino Unido), fue reintegrada a Marruecos mediante el Protocolo suscrito en esa misma ciudad.

Cuando parecía que la relación con el nuevo país sería idílica, las cosas empezaron a torcerse. Marruecos empezó a organizar disputas sobre otros territorios que nunca habían formado parte del protectorado.

En efecto, Franco y la inteligencia española ignoraban en aquel momento la doctrina del “Gran Marruecos” que constituía el “mito” movilizador del Istiqlal, el Partido Nacionalista Marroquí que era, a fin de cuentas, quien movía los hilos de la independencia. Esta doctrina, que puede ser calificada como una “ficción geopolítica” fue elaborada por Allal El Fasi (fundador del Istiqlal), durante su exilio en Egipto mientras se desarrollaba la Segunda Guerra Mundial. Era una teoría muy influida por las concepciones y reivindicaciones de los países del Eje, sostenía que los límites históricos y “vitales” de Marruecos se extendían desde el norte de África hasta el Sahel.

Sin apenas apoyos históricos, basándose solo en la contigüidad geográfica, El Fasi incluía en esta “ficción” a las ciudades autónomas españolas de Ceuta y Melilla, así como las plazas de soberanía (Islas Chafarinas, Peñón de Alhucemas, Peñón de Vélez de la Gomera, Isla de Perejil y las llamadas “islas adyacentes”), todo el territorio del Sáhara Occidental, la zona de Sidi Ifni y Cabo Juby, las provincias argelinas de Tinduf, Béchar y el Touat, finalmente, la totalidad de Mauritania, partes del norte de Mali, el norte de Senegal e, incluso, las Islas Canarias.

Es importante señalar que los “militares africanistas” (y el propio Franco entre ellos), ignoraban la existencia de esta “ficción geopolítica” que fue elaborada posteriormente a su presencia en el Protectorado. Hasta prácticamente el inicio de los años 70, uno de los puntos de apoyo de la política exterior de España era subrayado con la tópica frase de “nuestra tradicional amistad con los árabes”. Pero la visión “africanista” anterior a 1945, no tenía nada que ver con la que apareció después, en plena euforia descolonizadora. El panorama había cambiado mucho. Marruecos, no sólo no agradeció la independencia incruenta y negociada de la parte española del Protectorado, sino que, el nuevo país asumió, desde el primer momento, la ficción del “Gran Marruecos”.

Inmediatamente después de la independencia estalló la Guerra de Ifni, la “Guerra Olvidada”, cuando bandas irregulares del llamado “Ejército de Liberación Marroquí”, apoyadas directamente por Marruecos irrumpieron en aquel territorio. En noviembre de 1957, esta organización lanzó una primera ofensiva sorpresa para ocupar los puestos militares españoles en Ifni. Ante la superioridad numérica del enemigo y la dificultad de defender puestos aislados en el desierto, las tropas españolas se retiraron y formaron un perímetro defensivo alrededor de la capital, Sidi Ifni. Esta ciudad quedó sitiada durante meses, siendo abastecida únicamente por mar y aire. También hubo fuertes combates en lugares como Edchera y El Aaiún, donde destacó la intervención de la Legión Española. Ante el estancamiento de la situación, España y Francia (que temía por sus intereses en Mauritania y Argelia) lanzaron una operación aérea y terrestre que logró expulsar a los rebeldes marroquíes del Sáhara en pocas semanas. 

El conflicto terminó formalmente con el Acuerdo de Angra de Cintra en abril de 1958. España entregó a Marruecos la zona de Cabo Juby (Tarfaya), pero mantuvo el control solo de la ciudad de Sidi Ifni (como una provincia de ultramar) hasta 1969, cuando finalmente fue entregada a Marruecos tras presiones de la ONU. Se estima que hubo cerca de 300 assesinados, 80 desaparecidos y unos 500 heridos en el bando español. 

Un año antes de la entrega de Ifni, culminó el proceso de descolonización de Guinea Ecuatorial, el 12 de octubre de 1968. Inicialmente, debía tratarse de una “descolonización ejemplar”. El futuro gobierno soberano de Guinea Ecuatorial heredaba, en aquel momento, el país con mejor nivel de vida de África, después de la Unión Sudafricana. Incluso en los últimos meses previos a la independencia, España dotó al futuro país de estudios autónomos de televisión, grabación, montaje, sonido y producción. Hasta finales de los años 50, el territorio era considerado una provincia más de España. Guinea Ecuatorial dejó de ser “colonia” para convertirse en las “provincias españolas de Fernando Poo y Río Muni”. Pero, tanto élites ambiciosas locales, como la ONU, querían una independencia total y sin restricciones.

El 15 de diciembre de 1963, un referéndum aprobó un sistema de autogobierno. Así nació oficialmente Guinea Ecuatorial, con una Asamblea General (parlamento) y un Consejo de Gobierno presidido por Bonifacio Ondó Edu, aunque el gobierno español mantenía amplios poderes. En noviembre de 1965, la ONU pidió a España que fijara una fecha para la independencia. Tras aceptarlo en 1966, el proceso se aceleró.

La Conferencia Constitucional se celebró entre el 30 de octubre de 1967 y el 22 de junio de 1968 en Madrid, presidida por el ministro español Fernando María Castiella. Castiella apostaba por una independencia inmediata y conjunta para mejorar la imagen exterior de España, mientras que el vicepresidente Carrero Blanco aconsejaba una independencia lenta y separada (isla y continente) para proteger los intereses económicos españoles. Mientras, en Guinea, la mayoría de los partidos querían un país unificado. Solo la Unión Bubi (de la isla de Bioko) llegó a plantear una independencia separada o seguir bajo administración española, lo que generó tensión étnica con la mayoría continental fang. La Constitución, finalmente, resultó de corte liberal y democrático. Establecía un estado unitario, separación de poderes y derechos fundamentales. Sometida a referéndum el 11 de agosto de 1968, supervisado por la ONU, fue aprobada por el 64,32% de los votantes.

Entre el 22 y el 29 de septiembre se celebraron elecciones presidenciales y parlamentarias. El favorito era Bonifacio Ondó Edu, apoyado por los colonos españoles y que representaba un cambio más gradual. Sin embargo, el vencedor fue Francisco Macías Nguema, un exfuncionario de la administración colonial que difundió un discurso radical, anticolonial, antiblanco y populista. Fue el primer traspiés. El 12 de octubre de 1968, en una ceremonia presidida por el ministro Manuel Fraga, España transfirió la soberanía a la nueva República de Guinea Ecuatorial, con Macías Nguema como primer presidente. Y ocurrió lo que era de esperar y ante lo que el gobierno de Franco no preparó a la opinión pública…

Menos de un mes después de la independencia, el país estaba paralizado e, incluso, la televisión había dejado de funcionar por pura desidia y mala gestión. Cualquier problema de la población era inmediatamente atribuido a “España” y a la “colonización”. Los vientos eran cada vez más hostiles, el país recién independizado parecía ingobernable y, desde luego, el gobierno de Macías Nguema, cuando mayores eran los problemas, más agresivo se mostraba contra España. A los seis meses de independencia, la mayoría de los 8.000 españoles que vivían en Guinea (funcionarios, empresarios, misioneros), ante esta situación y en previsión del mismo baño de sangre que se había producido en otros países africanos recién independizados, optaron por abandonar Guinea, llevándose capital y experiencia. La economía colapsó y hasta el hallazgo de petróleo en los años 90, Guines Ecuatorial pasó de ser el segundo país africano en nivel de vida, a figurar en el pelotón de cola.

Macías suspendió la Constitución de 1968, prohibió los partidos políticos, se declaró presidente vitalicio e instauró un régimen de terror durante el cual, desde 1968 hasta su derrocamiento en 1979, un tercio de la población fue asesinada o huyó al exilio. La mayoría de los líderes independentistas que participaron en la Conferencia de Madrid, como Bonifacio Ondó o Atanasio Ndongo, fueron detenidos y asesinados.

No era algo que no hubiera ocurrido antes en el resto de colonias africanas que demostraron a las claras que África no estaba hecha para el concepto eurocéntrico de Estado–Nación y que la “tribu” era la única forma aplicable en el continente. Sin embargo, la opinión pública española de la época se sintió decepcionada por la reacción, tanto de Marruecos como de la población guineana e, incluso el mismo gobierno, se mantuvo perplejo por todo lo ocurrido y a la espera de que las cosas empeoraran todavía más desde el momento, en el que, no sólo Marruecos reivindicó la soberanía sobre el Sáhara, sino que apareció un movimiento armado por Argelia de carácter independentista, el Frente Polisario, que, a principios de los 70, empezó a cometer atentados terroristas, incluidos asesinatos, contra soldados y civiles españoles.

Pero ésta ya es otra historia y pertenece a los instantes finales del franquismo.