El sábado 31 de marzo, en el curso del acto electoral central de
Podemos en Zaragoza, al que apenas asistieron 200 personas, Irene Montero se
despachó a gusto, ante ese pequeña parroquia favorable con frases del tipo "Ojalá podamos barrer de fachas y de racistas
este país con gente migrante", dando como cierta la "teoría del reemplazo",
defendiendo que las personas migrantes desplacen a "vividores" de las
instituciones y anunciando que su próximo objetivo sería conseguir el voto para
los inmigrantes mediante un cambio en la ley electoral. ¿Se ha vuelto loca Irene Montero? No y mil veces
no: fue perfectamente consciente de sus palabras. Sabe lo que dice y el hecho
de que lo diga con modos histéricos y agresivos, no implica que sus palabras
hayan sido el producto de un “calentón” en el curso de un mitin, casi familiar.
Para justificar esto nos vemos obligados a realizar un viaje político y psicológico.
IRENE MONTERO NO ES UNA CAJEARA DE SUPER VENIDA A MÁS
Deshagamos un bulo que ha acompañado a la Montero
desde su lamentable tránsito por el Ministerio de Igualdad. Nunca fue cajera
de un super, lo fue, menos de un año en una tienda de electrodomésticos. No es
una iletrada absoluta: por el contrario: estudio psicología, trabajo como
cajera para costearse sus estudios. Se licenció en Psicología con una nota
media alta, luego realizó un master en Psicología de la Educación en donde sus
calificaciones fueron también superiores a la media y, finalmente, un doctorado
sobre “inclusión educativa” becada e incluso obtuve otra beca -a la que
renunció- como investigadora en la Universidad de Harvard…
No se trata pues de una tonta del bote, como suele
pensarse entre los medios de derecha, ni de una estulta que solamente consiguió
auparse gracias a su relación con Pablo Iglesias. Y esto, vale la pena
tenerlo muy en cuenta para valorar sus declaraciones y sus actos. Porque a
una pobre cajera de super, los prejuicios burgueses tienden a atribuirle una
formación intelectual y política muy escasa (prejuicio absolutamente injusto si
tenemos en cuenta que el mercado laboral español desde hace un cuarto de siglo,
está empleando a licenciados universitarios en tareas modestas y que la
diferencia salarial entre un reponedor de super y un investigador junior del
CSIC no es mucha). De esto, los medios de derecha deducen que Irene Montero no
estaba capacitada para asumir la dirección de un ministerio… En realidad, lo
estaba: pero, a diferencia de un Salvador Illa, filósofo puesto al frente de
sanidad en tiempos pandémicos o de un Abalos, maestro de primaria, puesto al
frente del ministerio de fomento, que no tenían absolutamente ninguna noción de
las tareas del departamento a cuyo frente fueron colocados, todos los estudios
de Irene Montero iban en la misma dirección y, desde que se afilió a las
Juventudes comunistas ya demostró interés por la igualdad, la inclusión y demás.
Ahora bien, su fracaso al frente de Igualdad no
se debió a que lo ignorara todo sobre la materia, sino más bien a su falta de
experiencia en gestión y en lo radical de sus ideas. Y todo esto es
importante para centrar mucho mejor al personaje y a sus circunstancias.
EL ABISMO ENTRE LA IDEALIZACIÓN PODEMITA Y LA
REALIDAD SOCIAL
En este blog ya hemos dicho en muchas ocasiones
que movimientos que empiezan teniendo un gran tirón en la opinión pública,
son arrastrados por sus propios errores, a convertirse en sectas. Esto
suele ocurrir, cuando, tras un período de euforia, el movimiento en cuestión
empieza a confundir sus ideales y apoyos con la realidad social. Suele creer
que el hecho de recibir apoyos, aparentemente unánimes, la sociedad está
predispuesta a compartir unos criterios de los que ellos mismos se consideran “vanguardia”.
Le ha ocurrido a Podemos como le ha ocurrido también al independentismo
catalán.
Yo no he vivido directamente la situación de la
izquierda radical, pero sí conozco perfectamente la evolución y las situaciones
que se dieron en la extrema-derecha durante la transición. La idea que tenían
los miembros de Fuerza Nueva al ver que lograban llenar una y diez veces la
Plaza de Oriente y que el lleno de cualquier mitin convocado en la más alejada
provincia en la que tomara la palabra Blas Piñar, era el signo de que “la sociedad
española” compartía sus puntos de vista. Luego venía, como suele decirse, el
tío Paco con la rebaja y el baño de realismo. El problema con este sector
político, fue creer que la “sociedad sana” estaba con ellos. Ese mismo problema
estuvo presente en la fundación de Podemos.
¿Quién podía negar que, inicialmente, la lucha de
los “indignados” fuera justa? ¿Quién podía negar que, tras el zapaterismo, la
sociedad española estuvo sumida en una crisis sin precedentes que estuvo a punto
de costarnos el ser intervenidos por la UE y que estuvo en el hundimiento cada
vez mayor en la deuda pública? ¿Quién podía no ver que las clases más modestas
eran las que estaban sufriendo más y más esta crisis? Por tanto, una vez más (y
sin que ello suponga plagiar a José Antonio) podemos decir que “el nacimiento
de Podemos fue justo”. Ahora bien…
También he dicho en varias ocasiones que, cuando
me acerqué a los “campamentos de los indignados”, cuando vi de cerca el
movimiento, advertí que allí no se encontraban ni los más desfavorecidos, ni
los más modestos, sino que, sobre todo, estaban presentes marginados sociales,
miembros de minorías en absoluto competitivas, okupas, extranjeros sin oficio
ni beneficio, algún que otro colectivo LGTBIQ+ y poco más. Todo ello
dirigido por un grupo de amigotes de la Universidad, suficientemente
inteligentes como para saber dónde buscar fondos (en fuentes ya secas o poco
menos, Venezuela e Irán), en qué emplearlos y con qué objetivos. Y es muy
difícil hacer de este batiburrillo de marginalidades varias, un movimiento político
coherente y con perspectiva de futuro.
En las primeras elecciones en las que participó Podemos
(las europeas de 2014), la candidatura objetivo un 8% de los votos y 5
diputados. Fue una gran sorpresa. Había nacido a la izquierda un recambio al
PSOE y a IU: una “nueva izquierda”. En las siguientes elecciones, las generales de 2015, redoblaron este
éxito, junto a “marcas” regionales (En Marea, En Común, Compromís): obteniendo
69 escaños, quedando en terca posición, muy cerca del PSOE (Podemos tuvo un
20’66%, mientras que el PSOE quedaba apenas un punto y medio por encima).
Incluso gente habitualmente ubicada a la derecha, votó a las candidaturas de
Podemos por auténtico hastío y -no lo olvidemos- por el contenido de la
propaganda genial y los spots publicitarios que constituyeron el leit-motiv de
la formación.
Acto seguido empezó la crisis. Engañados por su
rutilante éxito momentáneo, los dirigentes de Podemos se confundieron creyendo que
el éxito se debía a las ideas que no habían explicitado completamente en sus
campañas… cuando en realidad, se debía a causas muy diversas: en primer
lugar que esas ideas “auténticas” no habían sido las mostradas en los spots
publicitarios de aquellas elecciones; en segundo lugar que la participación de
Pablo Iglesias en los programas de televisión de Intereconomía, televisión de
derecha-derecha, lo que le dio cierto predicamento entre electores de este
sector político; y, finalmente, en el hecho de que, en su primer fase, Podemos
contara con eficientes colaboradores que creían firmemente en las ideas
antiglobalizadoras y en la necesidad de aplicar una “nueva política”. Pero,
todo ese “capital” se fue perdiendo en los meses siguientes.
Desde el momento en el que Podemos alcanzó su cénit,
se inició también su ocaso. Había demasiada gente en su interior que procedían
de IU y llevaban mucho tiempo esperando en el banquillo su turno. Y este nunca
llegada. Cuando creyeron que había sonado su hora, se abalanzaron como hienas
sobre los puestos de mando, desplazando a “indignados” sin historial previo,
que se habían sumado al movimiento y que, en realidad, constituyeron su columna
vertebral en los primeros éxitos.
A esta lucha por las poltronas, aquellos que
tenían otros puestos de trabajo o unas ambiciones laborales que no estaban dispuestos
a sacrificar por la política, o simplemente, no se sentían cómodas en medio de
luchas por el poder dentro del partido que creían “alternativa a la política de
partidos”, se retiraron sin grandes escándalos, ni escisiones. Los “círculos de afinidad de Podemos” se fueron
vaciando, salvo los pequeños grupos LGTBIQ+, que consiguieron mantenerse. En un
momento dado, se dio la circunstancia de que dirigentes de Podemos que no
sentían el menor interés por estos grupos y que, incluso, sus comportamientos
sexuales y personales, iban en contra de ellos, optaron por cambiar el discurso
y “adaptarse” a lo que quedaba en las bases. Irene Montero no figuraba entre
estos: siempre había sino “feminista” radical y, como hemos visto, llevaba la
idea de la “inclusión” en la sangre.
En las elecciones de junio del 2016, Podemos,
ya muy debilitado, pactó una coalición con sus antiguos hermanos separados, IU,
formado Unidas Podemos, creyendo que así podrían garantizar el "sorpasso"
al PSOE. Pero fracasaron: perdieron un millón de votos respecto a los
resultados obtenidos por ambas formaciones un año antes. Si hasta ese momento,
la crisis había sido interior, a partir de ahora se exteriorizaría.
En 2017, durante el Vistalegre II se produjo la ruptura entre las dos tendencias dirigidas por Iglesias y Errejón. La victoria de Iglesias supuso un giro hacia posiciones más radicales y la salida progresiva de cuadros fundacionales que quedaban en el partido, lo que debilitó la imagen de transversalidad del partido. En 2019, Podemos pasó de 71 escaños a 35: el 50% de pérdidas.
La subida al poder de Pedro Sánchez facilito el
que Iglesias ocupara el cargo de Vicepresidente Segundo del Gobierno de
España entre los años 2020 y 2021, apenas 14 meses, hasta que, jugándose
el todo por el todo, optó por presentarse candidato a las elecciones de la
Comunidad de Madrid, renunciando al puesto en el ejecutivo. Pero, dato importante,
mientras fue vicepresidente, Iglesias también estuvo al frente del Ministerio
de Derechos Sociales y Agenda 2030. El fracaso de Iglesias le forzó a
abandonar la política en 2021 y Podemos, quedó sumido en el vacío y en la
crisis. Le sustituyó Ione Belarra en Vistalegre IV, con 4/5 partes de los
votos. Belarra, también sucedió a Iglesias en el Gobierno como Ministra de
Derechos Sociales y Agenda 2030, cargo que ocupó hasta noviembre de 2023. Durante
un periodo, el liderazgo se dividió entre el control orgánico del partido (que
asumió Belarra) y el liderazgo institucional y electoral dentro del Gobierno,
que recayó en Yolanda Díaz, aunque esta última nunca llegó a formar parte
de la estructura interna de Podemos.
Pero el declive se agravó drásticamente en las
elecciones municipales y autonómicas de mayo de 2023, donde Podemos desapareció
de varios parlamentos autonómicos (como Madrid y Valencia) y perdió casi
todo su poder institucional territorial. A finales de 2023, tras la
formación de Sumar dirigido por las “tres gracias” (Yolanda Díaz, Ada Colau y
Mónica Oltra), Podemos quedó con apenas 4 diputados en el Grupo Mixto.
Poco a poco, el discurso de Podemos se había ido
reorientando, a medida que se agravaba su crisis. Con el tándem
Belarra-Montero en el gobierno, la orientación principal se había centrado en
los derechos LGTBIQ+ (creando, incluso, fricciones con las feministas de la “tercera
ola” del PSOE) y en una denuncia radical de la “violencia sexual” que llevó a
la redacción de la Ley Orgánica de Garantía Integral de la Libertad Sexual,
popularmente conocida como la "ley del solo sí es sí" que
acarreó un efecto absolutamente contrario a sus intención (a pesar de las
advertencias): más de 1.200 reducciones de condena y al menos se
produjeron 126 excarcelaciones prematuras de violadores y agresores
sexuales, hasta el punto de que el PSOE pactó con el PP una reforma de
la ley en abril de 2023 para elevar las penas mínimas en casos de violencia o
intimidación, corrigiendo lo que el presidente Pedro Sánchez calificó como
el "mayor error" de su Gobierno. Pero Irene Montero no dio
marcha atrás: votó en contra de la reforma y aseguró que el problema no era la
ley, sino su “interpretación machista”.
Sánchez que había empezado apoyándose en Podemos, terminó
utilizando a Sumar como muleta, a la vista de la crisis de la organización, de
lo extemporáneo de sus puntos de vista y del rechazo que generaban en el propio
electorado socialista. Y es que,
a partir de los desastres que sufrió Podemos en 2023, el grupo -ya convertido
en una secta- se había refugiado en los temas queridos por las minorías
sexuales. Aquí, Irene Montero solamente fue capaz de repetir una y otra vez,
consignas cada vez más estrábicas: el “niñes”, los derechos de “niñas, niños y
niñes” para garantizar la “inclusión de las infancias trans y no binarias”,
los problemas de “identidad de género”, la Ley Trans impulsada por Montero durante
su etapa en el Ministerio de Igualdad, Irene Montero que reconoce el “derecho a
la libre determinación de la identidad de género” y, para colmo, los “derechos
reproductivos y sexuales” de los menores que, según el partido sostiene que
incluso los niños y niñas tienen derecho a conocer su propio cuerpo y a ser
educados en la “diversidad”, considerando que el uso del género neutro
ayuda a romper estereotipos desde la infancia: “Lo que no se nombra, no existe”,
ha dicho y remetido la Montero como leit-motiv.
LA PSICOLOGÍA DE LA PSICÓLOGA IRENE MONTERO
Parece claro que, si en el inició del “movimiento
de los indignados”, Irene Montero hubiera exteriorizado los puntos de vista que
luego impulsó cuando fue ministra de igualdad, muchos ni siquiera se hubieran
acercado. Esta temática estuvo ausente de los primeros tiempos de Podemos, y,
en concreto, ni se tocó en tiempos de sus grandes éxitos electorales, cuando
estuvo a punto del “sorpasso” al PSOE. Fue, a partir de las primeras derrotas
electorales y de las crisis internas de Podemos, cuando el partido fue
consciente de que precisaba un electorado propio y cautivo.
Y también aquí confundieron fantasías con
realidades: en primer lugar, creyeron que sus ideales sobre sexualidad, transexualidad,
infancias y sexualidad, eran compartidos por todos los sectores progresistas. Y
se equivocaban: no solamente eran rechazados por los grupos conservadores, sino
que también muchos sectores progresistas, incluidas las feministas radicales de
“tercera generación”, y padres de familia, las consideraron “excesivamente
avanzadas”, o más bien, productos de una élite -como hemos dicho en varias
ocasiones- de “chicas loquitas y hombres deconstruidos”. Sea como fuere,
mientras Podemos siga ostentando estas ideas, no parece que vaya a recuperar
mucho del espacio perdido, sino más bien, ha emprendido el camino que conduce a
la extinción.
Para colmo, si, desde el principio, la posición de
Podemos en relación a la emigración, fue favorable, la reciente intervención
de Irene Montero ante las 200 personas que acudieron a su mitin electoral en
Zaragoza, su intervención en relación ha sido comentada mundialmente. ¿Qué ha
ocurrido? ¿Se ha vuelto loca?
Ya hemos dicho que no: todo obedece, en primer
lugar, a un cálculo político; para Podemos, muy marcado por la rigidez de Pablo
Iglesias -que fue profesor asociado en la Facultad de ciencia Política de la
Complutense-, todo movimiento político precisa de una “base social” sólida, que
marque su “suelo mínimo”, más abajo del cual nunca descenderá. Cuando
Podemos inició su crisis, el debate interno los llevó a considerar que el
manojo LGTBIQ+ y la defensa de sus derechos e intereses garantizaría ese “suelo
mínimo”. Pero, el cálculo se ha mostrado erróneo: ese racimo de preferencias
sexuales, no tiene una respuesta política unánime, como no la tuvo el
proletariado tal y como preveía Marx; sus opciones varían extraordinariamente:
hay gays en el PP, el Sumar, en Vox, etc. Ni siquiera todos los trans se sienten
próximos a Podemos.
El fracaso de esta opción es, precisamente, lo que
ha generado el cambio de posición de Podemos: sigue hablando -porque Irene
Montero, sobre todo- cree verdadera en su particular concepción de la “igualdad”
y de la “libertad sexual” y lo aplica a sus excesos lingüísticos, pero ahora en
Zaragoza, el énfasis lo ha colocado en la inmigración ilegal y en sus “derechos”
adquiridos por el solo hecho de pisar territorio español y, especialmente, en
su “potencial electoral”.
Durante años, Montero ha visto cómo disminuían más
y más, hasta convertirse en reuniones familiares como el mitin de Zaragoza, los
asistentes a los actores Podemos. Una mente ágil y flexible, atribuiría esto
a un evidente divorcio entre sus propias ideas y las que recorren la sociedad.
Pero Irene Montero es, cualquier cosa, menos flexible: hoy está en posiciones
muy parecidas a las que mantuvo en la época en la que ingresó en las Juventudes
Comunistas y no advierte el fenomenal divorcio entre sus concepciones en
materia de sexualidad y las que están en vigor en la sociedad, incluso en el
sector progresista.
Es muy duro haber visto a miles de personas llenando
las gradas de Vistalegre para luego dirigirse a 200 personas en un mitin
central de campaña: no es raro que, Irene Montero, en su rigidez, no interprete
esta mengua como un resultado de sus políticas, sino como una “traición del
electorado”: la han abandonado en su lucha por una “nueva sociedad”. La
búsqueda de un “suelo electoral” no ha sido entendida ni siquiera por los que
fueron sus propios partidarios… que, en el fondo, eran “españoles”. Así pues,
en los intrincados corredores de su cerebro, quiere que los “españoles” sean
sustituidos por “migrantes”. Ella
está dispuesta a luchar por sus derechos: el del voto, nada más resulten
regularizados. Así piensa que, en pocos meses, prevé que revertirá su caída de
votos, con entre 850.000 nuevos votantes (que se convertirán en 3.500.000 a
partir de que se les autorice a la “reagrupación familiar”, algo que ella
aspira a que sea un derecho inmediato…) y todo para recuperar cierto “estatus
electoral”. En efecto, si, hoy la inmigración y los hijos de los inmigrantes ya
suponen entre el 20 y el 25% de la sociedad española, esto implicaría que, en
la más tímida de las hipótesis, convertirse en defensora a ultranza de los
derechos de los inmigrantes, le acarrearía un aumento del suelo mínimo
electoral…
Así se explica el “odio” que destila Montero hacia
“los españoles” que no han sabido reconocer sus méritos y el ansia que
demuestra en “extranjerizar” o “racializar” el país…
Por supuesto, también aquí se equivoca. Se
equivoca, pero no ha enloquecido: simplemente, Podemos ha perdido el norte y se
resiste a desaparecer como enésimo fracaso de la izquierda.
PODEMOS PUEDE, PERO SOLO MIENTRAS SÁNCHEZ ESTÉ EN
MONCLOA
Sacar a colación el tema de la inmigración en el
momento actual, puede parecer un error, especialmente, cuando el sector
mayoritario de la sociedad española es perfectamente consciente de los desfases
de todo tipo que genera la admisión ilimitada de nuevos vecinos con otras
costumbres, otras tradiciones, otras religiones y unos físicos diferentes, de
los que, además, ni se sabe nada sobre su pasado, ni se quiere saber. Para
Podemos, sin embargo, es el último recurso para salir de su indigencia electoral
y de su crisis interna. Además, Podemos ha sido el único partido que ha apoyado
a Sánchez (además de la Conferencia Episcopal, por supuesto…) para realizar la
nueva “regularización masiva”. E Irene Montero está tan orgulloso de ello, como
lo está de los 1.200 violadores que han visto reducidas sus penas gracias a su
malhadada ley.
No es Montero, ni Podemos, quien se ha vuelto
loco. Pero sí hay un colectivo que demuestra un nivel de locura,
afortunadamente, inalcanzable para el resto de la sociedad: la dirección sanchista
del PSOE.
En efecto, mientras que la regularización masiva y
las nuevas orientaciones de Podemos (que, en la práctica, implican una
explícita política de “reemplazo”) y está destinada a mejorar su suelo
electoral, Sánchez es perfectamente consciente de que la regularización no
va aportarle los votos necesarios para mantenerse en el poder. De hecho, sabe
con toda seguridad, de que salvo que ocurra un milagro para él, la sigla “PSOE”
tiene perdidas las próximas elecciones y suerte tendrá si sobrevive a su
mandato.
Entre las muchas opiniones sobre el motivo por el
qué Sánchez ha tramitado esta nueva regularización, la que gana más peso, a
medida que pasan los días, no es la de que trate de encubrir los casos de corrupción
abiertos, el hecho de que su mujer se niegue a entregar el pasaporte, o el desastre
ferroviario generado por años de mordidas, incompetencia y desvíos
presupuestarios del Ministerio de Fomento, convertido luego en “Ministerio de
Transportes, Movilidad y Agenda Urbana” y actualmente en “Ministerio de
Transportes Movilidad Sostenible”. Es algo mucho más profundo que solamente
podía surgir del cerebro de un individuo como Sánchez: la conciencia muy
clara de que lo que ocurra después de su mandato, no solo no le importa en
absoluto, sino que, cuando más degradada esté la situación que herede el
sucesor, mejor. Es el clásico "Après moi, le déluge"
(después de mí, el diluvio) frase atribuida a Luis XV.
El sanchismo, prevé el caos absoluto del país y lo
programa para DESPUÉS DEL SANCHISMO. Si nos fijamos atentamente, todas las
medidas del sanchismo resultan suicidas, empezando por la regularización masiva
de inmigrantes. Pero, mientras
que para él es una vendetta en forma de regalo envenenado para la derecha que,
sin duda, gobernará España en los próximos años, para Irene Montero, es
simplemente una oportunidad de ensayar una nueva temática -en la que profundamente
cree, por convicción ideológica, tanto como por resortes psicológicos
profundos- para subir su suelo electoral.
Dada la endeblez de Podemos, ni siquiera el
fracaso de Sumar, es susceptible de reavivarlo. En próximas elecciones está
destinado, sino a extinguirse completamente, al menos a quedar reducido a la
mínima expresión. Los dirigentes de Podemos son perfectamente conscientes de
que hoy son “algo”, porque Sánchez está en la Moncloa. No es que aprecien al
sanchismo (¿quién lo aprecia? Ninguno de sus aliados, por supuesto, que apenas
son “amigos” ocasionales y durante pocas semanas). A Sánchez no le importa pactar
y conceder las exigencias de unos o de otros, incluso aun cuando sea perfectamente
consciente de que sus concesiones van a ser rechazadas por instancias jurídicas
o constitucionales.
Es muy difícil que Irene Montero y Podemos
consigan este objetivo a la vista de que lo ignoran casi todo sobre la
inmigración y lo poco que saben es mucho más teórico e ideológico que realista
y “político”. Pero, lo que es seguro es que la estrategia de “tierra quemada”
de Sánchez tardará décadas en disiparse de España, si es que algún día este
país logra recobrar la normalidad después del período negro que se abrió con
las bombas del 11-M y con la irrupción del zapaterismo y que se prolongará
hasta que Sánchez salga de la Moncloa. Hasta que ese ocurra, Sánchez no
tiene el más mínimo inconveniente en ceder a todos sus aliados ocasionales en
lo que hemos llamado “una compra de tiempo”. Para aguantar unos días más, es
capaz de vender cualquier cosa. Gracias a Montero, sabemos que el próximo tramo
estará jalonado por su petición del derecho a voto para cualquier inmigrante recién
regularizado… Y Sánchez le concederá lo que ni siquiera el Tribunal
Constitucional aceptará. Pero ¡que le importa! Al menos habrá disfrutado unos
pocos días más de las vistas de la Moncloa, del presupuesto público y del
Falcon…










