INDICE GENERAL (en fase de elaboración)

lunes, 2 de febrero de 2026

IRENE MONTERO Y EL “GRAN REEMPLAZO” ¿ESTÁN LOCOS LOS DE PODEMOS? (1 de 2)

El sábado 31 de marzo, en el curso del acto electoral central de Podemos en Zaragoza, al que apenas asistieron 200 personas, Irene Montero se despachó a gusto, ante ese pequeña parroquia favorable con frases del tipo "Ojalá podamos barrer de fachas y de racistas este país con gente migrante", dando como cierta la "teoría del reemplazo", defendiendo que las personas migrantes desplacen a "vividores" de las instituciones y anunciando que su próximo objetivo sería conseguir el voto para los inmigrantes mediante un cambio en la ley electoral. ¿Se ha vuelto loca Irene Montero? No y mil veces no: fue perfectamente consciente de sus palabras. Sabe lo que dice y el hecho de que lo diga con modos histéricos y agresivos, no implica que sus palabras hayan sido el producto de un “calentón” en el curso de un mitin, casi familiar. Para justificar esto nos vemos obligados a realizar un viaje político y psicológico.

IRENE MONTERO NO ES UNA CAJEARA DE SUPER VENIDA A MÁS

Deshagamos un bulo que ha acompañado a la Montero desde su lamentable tránsito por el Ministerio de Igualdad. Nunca fue cajera de un super, lo fue, menos de un año en una tienda de electrodomésticos. No es una iletrada absoluta: por el contrario: estudio psicología, trabajo como cajera para costearse sus estudios. Se licenció en Psicología con una nota media alta, luego realizó un master en Psicología de la Educación en donde sus calificaciones fueron también superiores a la media y, finalmente, un doctorado sobre “inclusión educativa” becada e incluso obtuve otra beca -a la que renunció- como investigadora en la Universidad de Harvard

No se trata pues de una tonta del bote, como suele pensarse entre los medios de derecha, ni de una estulta que solamente consiguió auparse gracias a su relación con Pablo Iglesias. Y esto, vale la pena tenerlo muy en cuenta para valorar sus declaraciones y sus actos. Porque a una pobre cajera de super, los prejuicios burgueses tienden a atribuirle una formación intelectual y política muy escasa (prejuicio absolutamente injusto si tenemos en cuenta que el mercado laboral español desde hace un cuarto de siglo, está empleando a licenciados universitarios en tareas modestas y que la diferencia salarial entre un reponedor de super y un investigador junior del CSIC no es mucha). De esto, los medios de derecha deducen que Irene Montero no estaba capacitada para asumir la dirección de un ministerio… En realidad, lo estaba: pero, a diferencia de un Salvador Illa, filósofo puesto al frente de sanidad en tiempos pandémicos o de un Abalos, maestro de primaria, puesto al frente del ministerio de fomento, que no tenían absolutamente ninguna noción de las tareas del departamento a cuyo frente fueron colocados, todos los estudios de Irene Montero iban en la misma dirección y, desde que se afilió a las Juventudes comunistas ya demostró interés por la igualdad, la inclusión y demás.

Ahora bien, su fracaso al frente de Igualdad no se debió a que lo ignorara todo sobre la materia, sino más bien a su falta de experiencia en gestión y en lo radical de sus ideas. Y todo esto es importante para centrar mucho mejor al personaje y a sus circunstancias.

EL ABISMO ENTRE LA IDEALIZACIÓN PODEMITA Y LA REALIDAD SOCIAL

En este blog ya hemos dicho en muchas ocasiones que movimientos que empiezan teniendo un gran tirón en la opinión pública, son arrastrados por sus propios errores, a convertirse en sectas. Esto suele ocurrir, cuando, tras un período de euforia, el movimiento en cuestión empieza a confundir sus ideales y apoyos con la realidad social. Suele creer que el hecho de recibir apoyos, aparentemente unánimes, la sociedad está predispuesta a compartir unos criterios de los que ellos mismos se consideran “vanguardia”. Le ha ocurrido a Podemos como le ha ocurrido también al independentismo catalán.

Yo no he vivido directamente la situación de la izquierda radical, pero sí conozco perfectamente la evolución y las situaciones que se dieron en la extrema-derecha durante la transición. La idea que tenían los miembros de Fuerza Nueva al ver que lograban llenar una y diez veces la Plaza de Oriente y que el lleno de cualquier mitin convocado en la más alejada provincia en la que tomara la palabra Blas Piñar, era el signo de que “la sociedad española” compartía sus puntos de vista. Luego venía, como suele decirse, el tío Paco con la rebaja y el baño de realismo. El problema con este sector político, fue creer que la “sociedad sana” estaba con ellos. Ese mismo problema estuvo presente en la fundación de Podemos.

¿Quién podía negar que, inicialmente, la lucha de los “indignados” fuera justa? ¿Quién podía negar que, tras el zapaterismo, la sociedad española estuvo sumida en una crisis sin precedentes que estuvo a punto de costarnos el ser intervenidos por la UE y que estuvo en el hundimiento cada vez mayor en la deuda pública? ¿Quién podía no ver que las clases más modestas eran las que estaban sufriendo más y más esta crisis? Por tanto, una vez más (y sin que ello suponga plagiar a José Antonio) podemos decir que “el nacimiento de Podemos fue justo”. Ahora bien…

También he dicho en varias ocasiones que, cuando me acerqué a los “campamentos de los indignados”, cuando vi de cerca el movimiento, advertí que allí no se encontraban ni los más desfavorecidos, ni los más modestos, sino que, sobre todo, estaban presentes marginados sociales, miembros de minorías en absoluto competitivas, okupas, extranjeros sin oficio ni beneficio, algún que otro colectivo LGTBIQ+ y poco más. Todo ello dirigido por un grupo de amigotes de la Universidad, suficientemente inteligentes como para saber dónde buscar fondos (en fuentes ya secas o poco menos, Venezuela e Irán), en qué emplearlos y con qué objetivos. Y es muy difícil hacer de este batiburrillo de marginalidades varias, un movimiento político coherente y con perspectiva de futuro.

En las primeras elecciones en las que participó Podemos (las europeas de 2014), la candidatura objetivo un 8% de los votos y 5 diputados. Fue una gran sorpresa. Había nacido a la izquierda un recambio al PSOE y a IU: una “nueva izquierda”. En las siguientes elecciones, las generales de 2015, redoblaron este éxito, junto a “marcas” regionales (En Marea, En Común, Compromís): obteniendo 69 escaños, quedando en terca posición, muy cerca del PSOE (Podemos tuvo un 20’66%, mientras que el PSOE quedaba apenas un punto y medio por encima). Incluso gente habitualmente ubicada a la derecha, votó a las candidaturas de Podemos por auténtico hastío y -no lo olvidemos- por el contenido de la propaganda genial y los spots publicitarios que constituyeron el leit-motiv de la formación.

Acto seguido empezó la crisis. Engañados por su rutilante éxito momentáneo, los dirigentes de Podemos se confundieron creyendo que el éxito se debía a las ideas que no habían explicitado completamente en sus campañas… cuando en realidad, se debía a causas muy diversas: en primer lugar que esas ideas “auténticas” no habían sido las mostradas en los spots publicitarios de aquellas elecciones; en segundo lugar que la participación de Pablo Iglesias en los programas de televisión de Intereconomía, televisión de derecha-derecha, lo que le dio cierto predicamento entre electores de este sector político; y, finalmente, en el hecho de que, en su primer fase, Podemos contara con eficientes colaboradores que creían firmemente en las ideas antiglobalizadoras y en la necesidad de aplicar una “nueva política”. Pero, todo ese “capital” se fue perdiendo en los meses siguientes.

Desde el momento en el que Podemos alcanzó su cénit, se inició también su ocaso. Había demasiada gente en su interior que procedían de IU y llevaban mucho tiempo esperando en el banquillo su turno. Y este nunca llegada. Cuando creyeron que había sonado su hora, se abalanzaron como hienas sobre los puestos de mando, desplazando a “indignados” sin historial previo, que se habían sumado al movimiento y que, en realidad, constituyeron su columna vertebral en los primeros éxitos.

A esta lucha por las poltronas, aquellos que tenían otros puestos de trabajo o unas ambiciones laborales que no estaban dispuestos a sacrificar por la política, o simplemente, no se sentían cómodas en medio de luchas por el poder dentro del partido que creían “alternativa a la política de partidos”, se retiraron sin grandes escándalos, ni escisiones. Los “círculos de afinidad de Podemos” se fueron vaciando, salvo los pequeños grupos LGTBIQ+, que consiguieron mantenerse. En un momento dado, se dio la circunstancia de que dirigentes de Podemos que no sentían el menor interés por estos grupos y que, incluso, sus comportamientos sexuales y personales, iban en contra de ellos, optaron por cambiar el discurso y “adaptarse” a lo que quedaba en las bases. Irene Montero no figuraba entre estos: siempre había sino “feminista” radical y, como hemos visto, llevaba la idea de la “inclusión” en la sangre.

En las elecciones de junio del 2016, Podemos, ya muy debilitado, pactó una coalición con sus antiguos hermanos separados, IU, formado Unidas Podemos, creyendo que así podrían garantizar el "sorpasso" al PSOE. Pero fracasaron: perdieron un millón de votos respecto a los resultados obtenidos por ambas formaciones un año antes. Si hasta ese momento, la crisis había sido interior, a partir de ahora se exteriorizaría.

En 2017, durante el Vistalegre II se produjo la ruptura entre las dos tendencias dirigidas por Iglesias y Errejón. La victoria de Iglesias supuso un giro hacia posiciones más radicales y la salida progresiva de cuadros fundacionales que quedaban en el partido, lo que debilitó la imagen de transversalidad del partido. En 2019, Podemos pasó de 71 escaños a 35: el 50% de pérdidas.

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La subida al poder de Pedro Sánchez facilito el que Iglesias ocupara el cargo de Vicepresidente Segundo del Gobierno de España entre los años 2020 y 2021, apenas 14 meses, hasta que, jugándose el todo por el todo, optó por presentarse candidato a las elecciones de la Comunidad de Madrid, renunciando al puesto en el ejecutivo. Pero, dato importante, mientras fue vicepresidente, Iglesias también estuvo al frente del Ministerio de Derechos Sociales y Agenda 2030. El fracaso de Iglesias le forzó a abandonar la política en 2021 y Podemos, quedó sumido en el vacío y en la crisis. Le sustituyó Ione Belarra en Vistalegre IV, con 4/5 partes de los votos. Belarra, también sucedió a Iglesias en el Gobierno como Ministra de Derechos Sociales y Agenda 2030, cargo que ocupó hasta noviembre de 2023. Durante un periodo, el liderazgo se dividió entre el control orgánico del partido (que asumió Belarra) y el liderazgo institucional y electoral dentro del Gobierno, que recayó en Yolanda Díaz, aunque esta última nunca llegó a formar parte de la estructura interna de Podemos.

Pero el declive se agravó drásticamente en las elecciones municipales y autonómicas de mayo de 2023, donde Podemos desapareció de varios parlamentos autonómicos (como Madrid y Valencia) y perdió casi todo su poder institucional territorial. A finales de 2023, tras la formación de Sumar dirigido por las “tres gracias” (Yolanda Díaz, Ada Colau y Mónica Oltra), Podemos quedó con apenas 4 diputados en el Grupo Mixto.

Poco a poco, el discurso de Podemos se había ido reorientando, a medida que se agravaba su crisis. Con el tándem Belarra-Montero en el gobierno, la orientación principal se había centrado en los derechos LGTBIQ+ (creando, incluso, fricciones con las feministas de la “tercera ola” del PSOE) y en una denuncia radical de la “violencia sexual” que llevó a la redacción de la Ley Orgánica de Garantía Integral de la Libertad Sexual, popularmente conocida como la "ley del solo sí es sí" que acarreó un efecto absolutamente contrario a sus intención (a pesar de las advertencias): más de 1.200 reducciones de condena y al menos se produjeron 126 excarcelaciones prematuras de violadores y agresores sexuales, hasta el punto de que el PSOE pactó con el PP una reforma de la ley en abril de 2023 para elevar las penas mínimas en casos de violencia o intimidación, corrigiendo lo que el presidente Pedro Sánchez calificó como el "mayor error" de su Gobierno. Pero Irene Montero no dio marcha atrás: votó en contra de la reforma y aseguró que el problema no era la ley, sino su “interpretación machista”.

Sánchez que había empezado apoyándose en Podemos, terminó utilizando a Sumar como muleta, a la vista de la crisis de la organización, de lo extemporáneo de sus puntos de vista y del rechazo que generaban en el propio electorado socialista. Y es que, a partir de los desastres que sufrió Podemos en 2023, el grupo -ya convertido en una secta- se había refugiado en los temas queridos por las minorías sexuales. Aquí, Irene Montero solamente fue capaz de repetir una y otra vez, consignas cada vez más estrábicas: el “niñes”, los derechos de “niñas, niños y niñes” para garantizar la “inclusión de las infancias trans y no binarias”, los problemas de “identidad de género”, la Ley Trans impulsada por Montero durante su etapa en el Ministerio de Igualdad, Irene Montero que reconoce el “derecho a la libre determinación de la identidad de género” y, para colmo, los “derechos reproductivos y sexuales” de los menores que, según el partido sostiene que incluso los niños y niñas tienen derecho a conocer su propio cuerpo y a ser educados en la “diversidad”, considerando que el uso del género neutro ayuda a romper estereotipos desde la infancia: “Lo que no se nombra, no existe”, ha dicho y remetido la Montero como leit-motiv.

LA PSICOLOGÍA DE LA PSICÓLOGA IRENE MONTERO

Parece claro que, si en el inició del “movimiento de los indignados”, Irene Montero hubiera exteriorizado los puntos de vista que luego impulsó cuando fue ministra de igualdad, muchos ni siquiera se hubieran acercado. Esta temática estuvo ausente de los primeros tiempos de Podemos, y, en concreto, ni se tocó en tiempos de sus grandes éxitos electorales, cuando estuvo a punto del “sorpasso” al PSOE. Fue, a partir de las primeras derrotas electorales y de las crisis internas de Podemos, cuando el partido fue consciente de que precisaba un electorado propio y cautivo.

Y también aquí confundieron fantasías con realidades: en primer lugar, creyeron que sus ideales sobre sexualidad, transexualidad, infancias y sexualidad, eran compartidos por todos los sectores progresistas. Y se equivocaban: no solamente eran rechazados por los grupos conservadores, sino que también muchos sectores progresistas, incluidas las feministas radicales de “tercera generación”, y padres de familia, las consideraron “excesivamente avanzadas”, o más bien, productos de una élite -como hemos dicho en varias ocasiones- de “chicas loquitas y hombres deconstruidos”. Sea como fuere, mientras Podemos siga ostentando estas ideas, no parece que vaya a recuperar mucho del espacio perdido, sino más bien, ha emprendido el camino que conduce a la extinción.

Para colmo, si, desde el principio, la posición de Podemos en relación a la emigración, fue favorable, la reciente intervención de Irene Montero ante las 200 personas que acudieron a su mitin electoral en Zaragoza, su intervención en relación ha sido comentada mundialmente. ¿Qué ha ocurrido? ¿Se ha vuelto loca?

Ya hemos dicho que no: todo obedece, en primer lugar, a un cálculo político; para Podemos, muy marcado por la rigidez de Pablo Iglesias -que fue profesor asociado en la Facultad de ciencia Política de la Complutense-, todo movimiento político precisa de una “base social” sólida, que marque su “suelo mínimo”, más abajo del cual nunca descenderá. Cuando Podemos inició su crisis, el debate interno los llevó a considerar que el manojo LGTBIQ+ y la defensa de sus derechos e intereses garantizaría ese “suelo mínimo”. Pero, el cálculo se ha mostrado erróneo: ese racimo de preferencias sexuales, no tiene una respuesta política unánime, como no la tuvo el proletariado tal y como preveía Marx; sus opciones varían extraordinariamente: hay gays en el PP, el Sumar, en Vox, etc. Ni siquiera todos los trans se sienten próximos a Podemos.

El fracaso de esta opción es, precisamente, lo que ha generado el cambio de posición de Podemos: sigue hablando -porque Irene Montero, sobre todo- cree verdadera en su particular concepción de la “igualdad” y de la “libertad sexual” y lo aplica a sus excesos lingüísticos, pero ahora en Zaragoza, el énfasis lo ha colocado en la inmigración ilegal y en sus “derechos” adquiridos por el solo hecho de pisar territorio español y, especialmente, en su “potencial electoral”.

Durante años, Montero ha visto cómo disminuían más y más, hasta convertirse en reuniones familiares como el mitin de Zaragoza, los asistentes a los actores Podemos. Una mente ágil y flexible, atribuiría esto a un evidente divorcio entre sus propias ideas y las que recorren la sociedad. Pero Irene Montero es, cualquier cosa, menos flexible: hoy está en posiciones muy parecidas a las que mantuvo en la época en la que ingresó en las Juventudes Comunistas y no advierte el fenomenal divorcio entre sus concepciones en materia de sexualidad y las que están en vigor en la sociedad, incluso en el sector progresista.

Es muy duro haber visto a miles de personas llenando las gradas de Vistalegre para luego dirigirse a 200 personas en un mitin central de campaña: no es raro que, Irene Montero, en su rigidez, no interprete esta mengua como un resultado de sus políticas, sino como una “traición del electorado”: la han abandonado en su lucha por una “nueva sociedad”. La búsqueda de un “suelo electoral” no ha sido entendida ni siquiera por los que fueron sus propios partidarios… que, en el fondo, eran “españoles”. Así pues, en los intrincados corredores de su cerebro, quiere que los “españoles” sean sustituidos por “migrantes”. Ella está dispuesta a luchar por sus derechos: el del voto, nada más resulten regularizados. Así piensa que, en pocos meses, prevé que revertirá su caída de votos, con entre 850.000 nuevos votantes (que se convertirán en 3.500.000 a partir de que se les autorice a la “reagrupación familiar”, algo que ella aspira a que sea un derecho inmediato…) y todo para recuperar cierto “estatus electoral”. En efecto, si, hoy la inmigración y los hijos de los inmigrantes ya suponen entre el 20 y el 25% de la sociedad española, esto implicaría que, en la más tímida de las hipótesis, convertirse en defensora a ultranza de los derechos de los inmigrantes, le acarrearía un aumento del suelo mínimo electoral…

Así se explica el “odio” que destila Montero hacia “los españoles” que no han sabido reconocer sus méritos y el ansia que demuestra en “extranjerizar” o “racializar” el país

Por supuesto, también aquí se equivoca. Se equivoca, pero no ha enloquecido: simplemente, Podemos ha perdido el norte y se resiste a desaparecer como enésimo fracaso de la izquierda.

PODEMOS PUEDE, PERO SOLO MIENTRAS SÁNCHEZ ESTÉ EN MONCLOA

Sacar a colación el tema de la inmigración en el momento actual, puede parecer un error, especialmente, cuando el sector mayoritario de la sociedad española es perfectamente consciente de los desfases de todo tipo que genera la admisión ilimitada de nuevos vecinos con otras costumbres, otras tradiciones, otras religiones y unos físicos diferentes, de los que, además, ni se sabe nada sobre su pasado, ni se quiere saber. Para Podemos, sin embargo, es el último recurso para salir de su indigencia electoral y de su crisis interna. Además, Podemos ha sido el único partido que ha apoyado a Sánchez (además de la Conferencia Episcopal, por supuesto…) para realizar la nueva “regularización masiva”. E Irene Montero está tan orgulloso de ello, como lo está de los 1.200 violadores que han visto reducidas sus penas gracias a su malhadada ley.

No es Montero, ni Podemos, quien se ha vuelto loco. Pero sí hay un colectivo que demuestra un nivel de locura, afortunadamente, inalcanzable para el resto de la sociedad: la dirección sanchista del PSOE.

En efecto, mientras que la regularización masiva y las nuevas orientaciones de Podemos (que, en la práctica, implican una explícita política de “reemplazo”) y está destinada a mejorar su suelo electoral, Sánchez es perfectamente consciente de que la regularización no va aportarle los votos necesarios para mantenerse en el poder. De hecho, sabe con toda seguridad, de que salvo que ocurra un milagro para él, la sigla “PSOE” tiene perdidas las próximas elecciones y suerte tendrá si sobrevive a su mandato.

Entre las muchas opiniones sobre el motivo por el qué Sánchez ha tramitado esta nueva regularización, la que gana más peso, a medida que pasan los días, no es la de que trate de encubrir los casos de corrupción abiertos, el hecho de que su mujer se niegue a entregar el pasaporte, o el desastre ferroviario generado por años de mordidas, incompetencia y desvíos presupuestarios del Ministerio de Fomento, convertido luego en “Ministerio de Transportes, Movilidad y Agenda Urbana” y actualmente en “Ministerio de Transportes Movilidad Sostenible”. Es algo mucho más profundo que solamente podía surgir del cerebro de un individuo como Sánchez: la conciencia muy clara de que lo que ocurra después de su mandato, no solo no le importa en absoluto, sino que, cuando más degradada esté la situación que herede el sucesor, mejor. Es el clásico "Après moi, le déluge" (después de mí, el diluvio) frase atribuida a Luis XV.

El sanchismo, prevé el caos absoluto del país y lo programa para DESPUÉS DEL SANCHISMO. Si nos fijamos atentamente, todas las medidas del sanchismo resultan suicidas, empezando por la regularización masiva de inmigrantes. Pero, mientras que para él es una vendetta en forma de regalo envenenado para la derecha que, sin duda, gobernará España en los próximos años, para Irene Montero, es simplemente una oportunidad de ensayar una nueva temática -en la que profundamente cree, por convicción ideológica, tanto como por resortes psicológicos profundos- para subir su suelo electoral.

Dada la endeblez de Podemos, ni siquiera el fracaso de Sumar, es susceptible de reavivarlo. En próximas elecciones está destinado, sino a extinguirse completamente, al menos a quedar reducido a la mínima expresión. Los dirigentes de Podemos son perfectamente conscientes de que hoy son “algo”, porque Sánchez está en la Moncloa. No es que aprecien al sanchismo (¿quién lo aprecia? Ninguno de sus aliados, por supuesto, que apenas son “amigos” ocasionales y durante pocas semanas). A Sánchez no le importa pactar y conceder las exigencias de unos o de otros, incluso aun cuando sea perfectamente consciente de que sus concesiones van a ser rechazadas por instancias jurídicas o constitucionales.

Es muy difícil que Irene Montero y Podemos consigan este objetivo a la vista de que lo ignoran casi todo sobre la inmigración y lo poco que saben es mucho más teórico e ideológico que realista y “político”. Pero, lo que es seguro es que la estrategia de “tierra quemada” de Sánchez tardará décadas en disiparse de España, si es que algún día este país logra recobrar la normalidad después del período negro que se abrió con las bombas del 11-M y con la irrupción del zapaterismo y que se prolongará hasta que Sánchez salga de la Moncloa. Hasta que ese ocurra, Sánchez no tiene el más mínimo inconveniente en ceder a todos sus aliados ocasionales en lo que hemos llamado “una compra de tiempo”. Para aguantar unos días más, es capaz de vender cualquier cosa. Gracias a Montero, sabemos que el próximo tramo estará jalonado por su petición del derecho a voto para cualquier inmigrante recién regularizado… Y Sánchez le concederá lo que ni siquiera el Tribunal Constitucional aceptará. Pero ¡que le importa! Al menos habrá disfrutado unos pocos días más de las vistas de la Moncloa, del presupuesto público y del Falcon…