martes, 14 de diciembre de 2010

Estudios sobre el fascismo III. Las distintas componentes del fascismo. 3. Sindicalismo revolucionario

Infokrisis.- A partir de 1902 y hasta 1905, Mussolini evoluciona “en la estela del sindicalismo revolucionario” (1). Se encuentra exiliado en Suiza y permanece allí entre julio de 1902 y noviembre de 1904 colaborando asiduamente con la publicación L’Avenire del lavoratore, semanario del Partido Socialista Italiano en ese país y luego con Il Proletario, igualmente socialista y publicado en Nueva York. Zeev Sternhell cree posible que durante la permanencia de Mussolini en Lausana asistiera a las clases de Vilfredo Pareto (2). En esa época también se nutría de Marx (“el más grande de los teóricos socialistas” como había escrito) y el profesor Sternhell ve también influencias de Rosa Luxemburgo, Guesde y Jean Jaurès, pero también de Georges Sorel y Antonio Labriola… Seguramente Sternhell tiene razón cuando dice que en esa época Mussolini era “un militante socialista intelectualmente a la deriva”.


Labriola había militado desde 1895 en las filas del socialismo napolitano y en 1898 debió exiliarse a Suiza a causa de su participación en los motines que tuvieron lugar ese año en Italia. En el exilio tomó contacto con Vilredo Pareto y luego, ya en Francia, conoció las ideas de Georges Sorel que incorporó a su revista. En 1900 volvió a Italia y dos años después fundó en Mlán Avanguardia Socialista con la que Mussolini colaboraría prácticamente desde su fundación. Esta publicación se convirtió en el portavoz de la corriente “revolucionaria”, también llamada “sindicalista revolucionaria”, dentro del PSI (3). 



En aquellos años, a pesar de militar en el socialismo, las ideas de Mussolini rebasaban con mucho los altos muros de esta formación y se sentía próximo al anarquismo (4) aunque después adoptara las tesis del sindicalismo revolucionario tal como en aquel momento las estaba exponiendo Georges Sorel en Francia. Por si había alguna duda, apoya la huelga general (5) de septiembre de 1904 en la más pura tradición sindicalista-revolucionaria. Uno de los temas en los que insistía Sorel era en la importancia de la violencia como arma del proletariado. Había llegado a escribir: “nos vemos conducidos a preguntarnos si ciertos actos criminales podrían tornarse heroicos, o por lo menos meritorios, por razón de las consecuencias que sus autores esperaban de ellos en pro de la felicidad de sus conciudadanos” (6). Y por si esto no quedara suficientemente clara, añadía: “todo puede salvarse si mediante la violencia logra el proletariado consolidar de nuevo la división de clases, y devolver a la burguesía algo de energía” (7). Así mismo, cuando Sorel recordaba la gesta de las Termópilas, era inevitable que sus palabras tuvieran un eco en el joven Mussolini: “Saludemos a los revolucionarios igual que los héroes espartanos que defendieron las Termópilas y contribuyeron a mantener la luz en el mundo antiguo” (8). Este continuado “piropeo” y esta incorporación de la violencia al proyecto político sindicalista revolucionario fue heredado posteriormente por el fascismo mussoliniano. La revolución rusa de 1905 terminaría situando el tema de la violencia en el centro del debate radical en Europa. Y con mucha más razón en Italia donde el año anterior de habían producido insurrecciones obreras en varias zonas y una gran huelga general en el verano de 1904 como represalia por uno de estos estallidos de violencia y la represión subsiguiente en Castelluzzo. Las acciones de protesta habían sino iniciadas por Labriola y su Avanguardia Socialista.


Esta corriente considera que la acción sindical debe ser independiente de la actividad y de los objetivos de los partidos polítidos. La marcha hacia la formación de esta corriente había sido larga desde sus primeros despuntes con Fernand Pelloutier hasta su concreción final con Georsel Sorel. En Italia, la corriente nació en el seno del partido socialista de la mano de Arturo Labriola y Alceste De Ambris. 


En 1898, Labriola se entrevistó con Sorel en París. En Italia habían aparecido capas de trabajadores extremadamente combativas especialmente en las ciudades industriales del norte, carecían de tradición sindical (9). De estos núcleos derivaría en 1907 la formación de la Unión Sindical Italiana. 


La influencia de Sorel y de Pelloutier desembocó en la creación de una forma de sindicalismo revolucionario en Italia muy parecido al de la CNT en España.  El sindicato debía de ser para sus impulsores el “nuevo principio directivo de una sociedad”, solamente así se evitaría que el sindicalismo fuera “la extensión de la sociedad burguesa” (10). Al frente de la nueva formación se encontraba Alceste de Ambris que ya había destacado desde 1906 en el ala radical de la CGL (11) que cristalizó en un grupo minoritario  que actuó con el muy soreliano nombre de Acción Directa compuesto por varias decenas de miles de trabajadores. Tras acusan a la CGL de no apoyar las huelgas de los ferroviarios y marineros crearon un Comité de Resistencia. Al año siguiente se produjo otra oleada de huelgas y al concluir se reunión Acción Directa en su segundo congreso cuando contaba con 150.000 afiliados (la CGL tenía en la misma época 300.000 y los sindicatos cristianos 100.000). En medio de un clima de agitación contraria a la guerra de Libia, el Congreso de Módena (1912) proclamó la constitución de la Unión Sindical Italiana dirigida por Alceste de Ambris. Su primera declaración era tan soreliana como nietzscheana (“el proletariado debe confiar únicamente en sus propias fueras…”) (12). Mientras los sucesos de la llamada “semana roja” de Ancona (13) aumentaron el prestigio combativo de la USI, la política intervencionista creó disensiones internas dentro de la USI. De un lado la mayoría permaneció contraria a la guerra, obligando a De Ambris y a otros miembros de la dirección a dimitir el 14 de septiembre de 1914 y constituir la Unióne Italiana del Laboro.
La actividad de la nueva organización fue nula durante 1914-17, pero en la última falta consiguió popularizar sus tesis defendidas a través de la publicación L’Italia Nostra en cuyo primer número podía leerse: “nuestro objetivo es la guerra contra el sistema capitalista y contra todas las instituciones que le sostienen”. El lema de la revista estaba dirigido a los nacionalistas: “La Patria no se niega, se conquista” (14). 


En 1918, tras el fracaso de la huelga general de Parma, empezó a aparecer la revista La Lupa dirigida por Paolo Orano que intenta sintetizar en un único esfuerzo a los nacionalistas de Corradini y a los sindicalistas revolucionarios de Labriola. Eran los tiempos en los que los nacionalistas hablaban continuamente de “naciones proletarias” con un lenguaje que encontraba eco en el sindicalismo revolucionario que terminó por aceptar las tesis de Orano (15), cuando ya los sindicalistas revolucionarios se habían aproximado a las tesis nacionalistas y habían participado activamente en las actividades  intervencionistas.


Mussolini acogió con elogios desde Il Popolo d’Italia la fundación de la UIL e incorporó varios elementos de su programa al de los Fasci di Combattimento e incluso en la tardía época de la República Social Italiana se pueden encontrar en su programa de “socialización” algunos elementos que aparecieron por primera vez en el Segundo congreso de la UIL (5 y 6 de enero de 1919). Mussolini desde su periódico apoyó todas y cada una de las propuestas e iniciativas de Edmondo Rossoni, secretario general del sindicato. Poco después, en 1921, Rossoni pasará a dirigir la Camera del Laboro de Ferrara constituida por los fascistas y un año después se afilia oficialmente al Partido Nacional Fascista siendo el padre de la Carta del Trabajo después de promover la fusión en un organismo único de los sindicatos obreros y de los paronales, que dará origen al Estado Corporativo del Ventennio.


Conclusión


La formación doctrinal del “primer Mussolini” era la propia de un militante de la izquierda radical compuesta por dosis de marxismo extraídas directamente de los textos clásicos escritos por Marx y Engels, interpretaciones y aportaciones del marxismo extremista alemán con Rosa Luxemburgo y sindicalistas revolucionarios franceses e italianos. No es sólo un periodista que se enardece ante la máquina de escribir, sino que es también y sobre todo un agitador de masas, sin duda el más prestigioso a partir de 1912. 


El intervencionismo hará que algunos sindicalistas revolucionarios terminen confluyendo con los agitadores nacionalistas de la ANI y con los futuristas exaltados de Marinetti. El fascismo, a partir de la reunión de la plaza de San Sepolcro se configura pues como una síntesis de estas corrientes de la que surgirán las tres tendencias del fascismo: el ala izquierda, indudablemnte, está representada por el sindicalismo revolucionario de la UIL y por los seguidores de Mussolini llegados del socialismo.


Hubo pues, algo de izquierdismo en el fascismo de los orígenes y esta corriente jamás se terminó de eclipsar del todo durante el Ventennio, luego volvería a emerger de nuevo en el programa de socialización de la República Social a partir de 1943. En el Congreso de Roma en el curso del cual los Fasci di Combatimento se transforma en Partido Nacional Fascista (noviembre de 1921), Dino Grandi resumió el programa del fascismo como representante de una tendencia “de izquierdas”: “Libertad, nación, sindicalismo: el Estado debe resumirse en una grande y potente jerarquía de sindicatos”. Dos meses después, Rossoni organizó la Confederación Nacional de las Corporaciones Sindicales que en agosto de 1922 contaba con 458.000 afiliados (16). En ese mismo congreso de transformación, Mussolini, en cambio, abandonó completamente sus posiciones “de izquierdas” y “acentuó su giro a la derecha” (17) negando la lucha de clases, evitó pronunciarse sobre la monarquía, e hizo todo lo posible por presentar su aspecto más moderado y “centrista”. Pasarían todavía unos meses antes de que Mussolini aceptara la monarquía: “La Corona no está en juego, con tal de que la Corona no quiera entrar en el juego. ¿Está claro?” había dicho en Udine el 20 de septiembre de 1922 (18). 


Tras haber visto las distintas componentes del fascismo (el socialismo mussolinisno, el sindicalismo revolucionario, el nacionalismo y el futurismo) puede concluirse que en la medida en que se trató de una síntesis, ésta fue imperfecta: en algunos elementos (Farinacci, Orani) la “izquierda fascista” estuvo siempre encarnada; en ellos el sindicalismo (primero “revolucionario” y luego “nacional”) mantuvo siempre su personalidad y sus perspectivas de un “fascismo social”. Como en todo equilibrio inestable entre “lo nacional” y “lo social” o se mantiene el equilibrio o se tiende hacia un lado o hacia otro. En los nacionalistas, ocurrió otro tanto: desde el principio se interesaron más por lo nacional, por la expansión del Imperio y por el irredentismo a despecho del aspecto “social” del fascismo. 


El “adaptacionismo” mussoliniana se prolongó hasta la Marcha sobre Roma. En su concepción de la política, lo importante era aproximarse de manera implacable a los objetivos propuestos, sea como fuere. No es que Mussolini fuera un “maquiavelista”, sino que en su óptima, un fin (la “revolución fascista”) justificaba los medios. Porque Mussolini aprendió pronto –probablemente a través de su lectura de Sorel y de sus observaciones empíricas- que “sin poder no hay revolución posible”. Se trataba por tanto de ir agregando fuerzas para alcanzar una masa crítica suficientemente compacta y con base social como para poder lanzarse a la conquista del poder con garantía de éxito.


El 25 de octubre, durante el congreso del PNF de Nápoles, alguien lanzó un llamamiento a la insurreccion: “Fascistas: en Nápoles llueve ¿qué es lo que esperamos?”. Fue el pistoletazo de salida de la Marcha sobre Roma. El fascismo “uno y trino” se abalanzaba sobre el poder…


Notas:


(1)          Z. Sternhell, op. cit., pág. 298.


(2)          Ibídem., pág. 298. “¿Os acordáis de la teoría de las elites de Vilfredo Pareto? Es probable que se trata de la concepción sociológica más genial de los tiempos modernos, una concepción que nos enseña que la historia no es más que una sucesión de elites dominantes” había escrito Mussolini en el artículo titulado Intermezzo polémico, en La Lima, 25 de abril de 1908.


(3)          Labriola era uno de esos exponentes del sindicalismo revolucionario socialista que compartía tesis con los anarquistas y que no tená empacho en reconocer su pernencia a la masonería de la que fue Gran Maestre del Gran Oriente de Italia entre 1930 y 1931. En 1906 fue co-director de la revista sindicalista-revolucionaria Pagine Libere que se publicó en Lugano hasta 1911 que fue favorable a la intervención italiana en Libia pero que luego terminó criticando a los mandos militares por la forma de conducir la guerra. Solamente en 1913 se separó definitivamente del sindicalismo revolucionario para ser elegido diputado socialista. Fue un destacado intervencionista de izquierdas y cumplió varias misiones internacionales para el gobierno una vez Italia entró en guerra. En 1920-21 fue ministro de trabajo en el último gobierno de Giolitti. Exiliado en Francia a causa de la llegada del fascismo, en diciembre de 1935 retornó al país sin ser molestado, mostrándose favorable a la intervención en Etiopía. De 1936 a 1943 fue colaborador de Nicola Bombacci en la revista mensual La Verità que propugnana un “socialismo nacional” y se situaba “a la izquierda” del régimen fascista. Tras la guerra fue elegido diputado en la Asamblea Constituyente y luego senador en 1948.


(4)      Z. Sterhnell, op.cit., pág. 298. Dice textualmente: “Simpatiza con el anarquismo, pero al final opta por las tesis del sindicalismo revolucionario”.


(5)          La “huelga general” es el mito recurren del sindicalismo revolucionario. Hasta finales del siglo XIX, la huelga había sido utilizada con fines de presión sobre los gobiernos y las patronales, pero Georges Sorel introdujo en sus Reflexiones sobre la violencia, aprovechando las experiencias sobre la huelga general consideró que la huelga general era el mito a través del cual se iniciaría la revolución social. No solamente se trataba de paralizar la actividad del Estado y, por tanto, colapsarlo, sino que además se trataba de impulsar el control obrero sobre la producción. El mismo desarrollo de la “huelga general” reforzaría los lazos de solidaridad, el espíritu revolucionario y la conciencia de clase de los trabajadores. El propio Sorel la calificó como “mito”, es decir, el relato de un hecho extraordinario. Cfr. Georges Sorel: apóstol de la violencia (Daniel Kersffeld, Colección Razón Política, Ediciones del Signo, buenos Aires 2004), en donde se define a la “huelga general” como una “creencia destinada al combate que se encargará de retomar la inteligibilidad de los principios fundamentales del marxismo”, (pág. 80).


(6)          Citado en Los monstruos políticos de la modernidad: de la revolución francesa a la revolución nazi. María Teresa González Cortés, Ediciones de la torre, Madrid 2007, pág. 289.


(7)          Idem, pág. 289



(8)          Reflexiones sobre la violencia, George Sorel, Alianza Editorial, Madrid 1976, cap. II, apartado III.
(9)          R. Paris, op. cit., pág. 40-41.


(10)     R. París. op. cit., pág. 41-42


(11)     CGL: Confederazione Generale del Laboro, sindicato italiano fundado en 1906 que llegó a agrupar a 250.000 trabajadores antes de la guerra con una orientación moderada. Tras autodisolverse durante el Ventennio fascista, se reconstruyó al acabar la guerra con el nombre de Confederazione Generale Italiana del Lavoro (CGIL).


(12)     R. Paris, op. cit., pág. 44.


(13)     Junio de 1914. Ver Nota 13 de la primera parte de este estudio.


(14)     Citado por Z. Sternhell, op. cit., pág 211.


(15)     R. Paris, op. cit., pág. 42, quien añade: “bajo su forma soreliana, el sindicalismo revolucionario no era entonces mucho más que un nacionalismo de izquierda, anunciando con ello el intervencionismo de izquierdas de 1914”. Z. Sternhell en El nacimiento…, op. cit., pág. 209, plantea idénticas tesis.


(16)     R. Paris, op. cit., pág. 96-97.


(17)     Ibidem, pág. 96


(18)     A. Tasca, op. cit., pág. 279.


(19)     I. Bolinaga, op. cit., pág. 49


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